Mujeres quemadas, un paso más en el horror del feminicidio en Argentina
La violencia de género viene registrando cifras récord en Argentina, donde en el último año irrumpió una modalidad criminal cada vez más frecuente, que es rociar con combustible y transformar en una pira a las víctimas, en su mayoría parejas o ex parejas.
La violencia de género viene registrando cifras récord en Argentina, donde en el último año irrumpió una modalidad criminal cada vez más frecuente, que es rociar con combustible y transformar en una pira a las víctimas, en su mayoría parejas o ex parejas.
La opinión pública se vio sacudida en 2010 por la muerte de once mujeres jóvenes atacadas con fuego presuntamente por sus parejas. Muchas de ellas, con hasta el 90% de su cuerpo quemado, fallecieron tras varios meses de agonía.
En lo que va de este año, ya se denunció una cantidad similar de casos, según informes de prensa recopilados por la Casa del Encuentro, una organización no gubernamental que se ocupa de la violencia contra la mujer.
Uno de los casos más que más conmocionó a los argentinos sucedió en febrero del año pasado, cuando Wanda Taddei, de 29 años y madre de dos hijos, resultó gravemente herida tras ser rociada con alcohol y prendida fuego en su casa del barrio porteño de Mataderos.
Su marido Eduardo Vázquez (34), ex baterista del grupo de rock Callejeros, sostuvo por entonces que había sido un accidente, pero actualmente está detenido acusado de homicidio agravado por el vínculo, delito que prevé una pena de prisión perpetua.
El último caso tuvo lugar el sábado en la provincia de Santa Fe (centro-este), donde tras una discusión familiar un hombre de 41 años ató a una cama a su esposa de 33, la roció con un líquido inflamable y le prendió fuego.
Si bien los especialistas llaman la atención sobre la brutalidad de la quema de mujeres, explican que la mayoría de las muertes se producen por golpes y arma blanca o de fuego.
Las estadísticas llevadas a cabo por entidades humanitarias revelan que los feminicidios van en aumento: 208 en 2008, 231 en 2009 y 260 en 2010.
Con motivo del Día Internacional de La mujer, la Casa del Encuentro convocó a una 'sentada' frente al Congreso Nacional bajo la consigna "A ellas nadie las escuchó", en referencia a las mujeres que se atreven a denunciar violencia familiar y son desoídas en dependencias policiales.
La Suprema Corte de Justicia tomó cartas en al asunto con la creación en setiembre de 2008 de la Oficina de Violencia Doméstica, que recibió en enero pasado un total de 657 denuncias, cuando dos años antes en el mismo lapso habían sido 375.
La Oficina está abierta durante las 24 horas todos los días del año y en ella las víctimas reciben asistencia gratuita de abogados, psicólogos, médicos y asistentes sociales.
De ser necesario, pueden obtener en un plazo de 20 minutos una orden de no acercamiento para el agresor, un trámite que antes demoraba entre tres y cuatro meses en expedirse.
Si bien se han obtenido avances, las entidades humanitarias señalan que el sistema judicial arrastra su inercial lentitud, ya que sobre un universo de 13.000 denuncias registradas desde setiembre de 2008, apenas hubo 42 procesamientos y un 0,2% de condenas.
Otro grave problema que azota a las mujeres en el país sudamericano es la trata con fines de prostitución. En los últimos 20 meses, más de 700 mujeres fueron secuestradas y mantenidas prisioneras en burdeles de todo el país, según la Casa del Encuentro.
La información disponible permite establecer que Argentina es un país de origen, tránsito y destino de la trata en el que operan mafias de México, Rusia y China con conexiones locales.
lunes, 7 de marzo de 2011
viernes, 4 de marzo de 2011
Borges y Bioy
CONTRATAPA
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Por Juan Forn
Hace una punta de años, antes del advenimiento de los motoqueros y los pagos electrónicos y la mensajería por Internet, se cadeteaba rigurosamente de a pie (el Expreso Imaginario los bautizó en una de sus tapas “los Superman de los Subtes”, pero cualquier cadete con más de dos días de veteranía ya había aprendido a encanutar cuanta moneda le dieran de viático y hacer todos los trámites caminando). Yo era en aquel tiempo cadete en Emecé. Una de mis tareas era llevar a un edificio de la Curia, a una cuadra del Palacio Pizzurno, las traducciones mecanografiadas de aquella infecta colección de best-sellers titulada, con humor involuntario, “Grandes Novelistas”. El paquete iba con todas las escenas de sexo marcadas, para que los censores eclesiásticos decidieran cuáles pasaban y cuáles no. Curiosamente, nunca eliminaban ninguna del todo pero, tuvieran veinte líneas o veinte páginas, las reducían invariablemente a dos renglones: el del apriete inicial y el del cigarrillo post-orgasmo (a una cuadra de distancia, en el Ministerio de Educación, eran peores: prohibían enteros los libros “peligrosos”, como por ejemplo El principito o un manual para estudiantes de ingeniería titulado La cuba electrolítica).
De tanto en tanto también me tocaba llevar sobres o paquetes a la casa de algunos de los autores de Emecé, que eran en su abrumadora mayoría cachivaches de los suplementos literarios de La Nación o de La Prensa, pero una mañana ocurrió un pequeño milagro: me dieron un paquete para llevar a lo de Bioy. En el primer banco de plaza que encontré libre me acomodé y lo abrí (abría siempre que podía lo que me daban para llevar a lo de Borges y a lo de Bioy), y descubrí que eran las galeradas de su nueva novela, La aventura de un fotógrafo en La Plata. Bioy llevaba más de diez años sin publicar novela y casi cinco desde su último libro, los cuentos de El héroe de las mujeres. Cuando por fin llegué a su casa, a eso de las cuatro de la tarde, me abrió la puerta él mismo y me preguntó tan desencajado dónde me había metido (de Emecé le habían avisado a las nueve de la mañana que salían las galeradas para allá, y había menos de veinte cuadras de un lugar al otro) que no pude mentir, no me animé.
“¿La leyó toda, sentado en un banco de plaza? ¿Por eso tardó tanto?”, dijo Bioy. Y fue hasta el teléfono y llamó a la editorial, y le oí decir que el paquete había llegado sano y salvo y que no se preocuparan por el cadete porque lo tenía esperando ahí para llevarlas de vuelta. Acto seguido, pidió té para dos a una mucama invisible (un té que no llegó nunca), me sentó en un sillón y empezó a hacerme preguntas sobre el libro, y yo tuve la mala idea de decir que en una de las grandes escenas de la novela, cuando Nicolasito Almanza es visitado en medio de la noche por una de las mellizas que viven en su pensión, no se entendía el chiste de que fuera siempre la misma o se turnaran las dos. Lo que sucedió a continuación fue un momento mágico: Bioy rastreó la escena en las galeradas, destapó su lapicera, se quedó pensando unos cinco segundos largos, hizo un par de correcciones, fue a otra página e hizo lo mismo, conmigo espiando por encima de su hombro, y de golpe fue como si toda la escena, y por extensión el libro entero, terminara de encastrar ahí mismo: casi alcanzó a oírse el clic. Con el tiempo tuve la suerte de ver a unos cuantos escritores más en el mismo trance y les aseguro que es lo mejor que le puede pasar en la vida a alguien que está en una editorial porque escribe, porque quiere escribir: asistir a esos instantes. No hay momento en que un autor esté más inseguro de su texto y, a la vez, más abierto, y más en foco, que en el instante agónico de la última corrección, antes de que el libro se le vaya de las manos rumbo a la imprenta. Alguna vez alguien me contó que vio al gran Oreste Berta meterle mano contra reloj a uno de sus Torinos cuando entró boqueando en boxes en aquellas 24 Horas de Nürburgring que terminaron ganando heroicamente: no hay mejor manera de describir aquello que le vi hacer a Bioy esa tarde, y a tantos otros después.
La cuestión es que el libro se publicó un par de meses más tarde, le organizaron a Bioy una presentación en La Plata, y como el viejito Carlos Frías (director de la colección de argentinos de Emecé) estaba enfermo, me mandaron a mí a acompañarlo. Fuimos en su Volvo, él al volante. El viaje era eterno en aquella época, y era diciembre, la ruta hervía, y Bioy manejaba a dos por hora, pero conversaba como si no estuviésemos en una ruta endemoniada, sino dejando pasar el tiempo en un bar al aire libre. Me contó que se había comprado aquel Volvo porque no sabía qué hacer con los dólares que le había pagado la Playboy italiana por cuatro de sus viejas Historias de amor ilustradas cachondamente por Milo Manara. Se divirtió como un enano cuando le confesé que abría siempre los sobres que me mandaban entregar en su casa y en la de Borges (“¿Así que ya sabe la miseria que nos pagan por derechos de autor?”). Al llegar a la librería donde se presentaba el libro, pasó de largo y estacionó en una calle lateral. Me llamó la atención, cuando salimos del auto, que me pusiera las llaves en la mano. Más me llamó la atención que, a medida que nos acercábamos a la librería, se me colgara del brazo, empezara a arrastrar los pies y me murmurara al oído: “Usted no me suelte en ningún momento y explíqueles a todos que estoy muy viejito y no puedo quedarme mucho tiempo”. Sorteamos como pudimos los flashes de los fotógrafos, Bioy soportó con estoicismo los interminables discursos y la firma posterior de ejemplares sin dejar que me alejara un milímetro de él. Y cuando la gente se abalanzó en malón a las bandejas de canapés y bebidas primorosamente desplegados en el fondo, me agarró el brazo con su garra, dijo en un hilo de voz: “Diga que se ha hecho muy tarde y tenemos que irnos”, tendió una mano trémula a sus anfitriones y así salimos de la librería, él encorvado y arrastrando los pies, yo de lazarillo, pensando que a lo mejor el viejo estaba cansado de verdad y que mi hambre de lobo no era un precio tan alto ante la posibilidad de manejar aquel Volvo. Pero al doblar la esquina Bioy se enderezó como un resorte, me arrancó de la mano las llaves del auto, en dos saltos estuvo al volante y arrancamos rumbo a Capital.
Para entonces ya eran como las once de la noche, pero seguía sin refrescar; y a Bioy no le gustaba el aire acondicionado, así que íbamos con las ventanillas abiertas, y a cada parrillita que pasábamos por la ruta el olorcito era más y más irresistible, y Bioy estaba de tan buen humor que yo pensé: “Ahora paramos a comer y coronamos la noche”. Pero el muy cabrón siguió a la misma desesperante velocidad, ajeno por completo a la hora, a los ruidos que hacía mi estómago y a mi decepción cada vez más evidente, hasta que entramos en la ciudad, enfiló por la 9 de Julio, dobló por Posadas, frenó a metros de Schiaffino, en la puerta del garaje de su departamento y, mientras esperaba inequívocamente que yo me bajara para internarse con su bólido en las profundidades del edificio, me dijo con esa cabrona manera que tenía de sonreír como si se le iluminara toda la cara: “Ha sido una pesadilla de lo más grata”.
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Por Juan Forn
Hace una punta de años, antes del advenimiento de los motoqueros y los pagos electrónicos y la mensajería por Internet, se cadeteaba rigurosamente de a pie (el Expreso Imaginario los bautizó en una de sus tapas “los Superman de los Subtes”, pero cualquier cadete con más de dos días de veteranía ya había aprendido a encanutar cuanta moneda le dieran de viático y hacer todos los trámites caminando). Yo era en aquel tiempo cadete en Emecé. Una de mis tareas era llevar a un edificio de la Curia, a una cuadra del Palacio Pizzurno, las traducciones mecanografiadas de aquella infecta colección de best-sellers titulada, con humor involuntario, “Grandes Novelistas”. El paquete iba con todas las escenas de sexo marcadas, para que los censores eclesiásticos decidieran cuáles pasaban y cuáles no. Curiosamente, nunca eliminaban ninguna del todo pero, tuvieran veinte líneas o veinte páginas, las reducían invariablemente a dos renglones: el del apriete inicial y el del cigarrillo post-orgasmo (a una cuadra de distancia, en el Ministerio de Educación, eran peores: prohibían enteros los libros “peligrosos”, como por ejemplo El principito o un manual para estudiantes de ingeniería titulado La cuba electrolítica).
De tanto en tanto también me tocaba llevar sobres o paquetes a la casa de algunos de los autores de Emecé, que eran en su abrumadora mayoría cachivaches de los suplementos literarios de La Nación o de La Prensa, pero una mañana ocurrió un pequeño milagro: me dieron un paquete para llevar a lo de Bioy. En el primer banco de plaza que encontré libre me acomodé y lo abrí (abría siempre que podía lo que me daban para llevar a lo de Borges y a lo de Bioy), y descubrí que eran las galeradas de su nueva novela, La aventura de un fotógrafo en La Plata. Bioy llevaba más de diez años sin publicar novela y casi cinco desde su último libro, los cuentos de El héroe de las mujeres. Cuando por fin llegué a su casa, a eso de las cuatro de la tarde, me abrió la puerta él mismo y me preguntó tan desencajado dónde me había metido (de Emecé le habían avisado a las nueve de la mañana que salían las galeradas para allá, y había menos de veinte cuadras de un lugar al otro) que no pude mentir, no me animé.
“¿La leyó toda, sentado en un banco de plaza? ¿Por eso tardó tanto?”, dijo Bioy. Y fue hasta el teléfono y llamó a la editorial, y le oí decir que el paquete había llegado sano y salvo y que no se preocuparan por el cadete porque lo tenía esperando ahí para llevarlas de vuelta. Acto seguido, pidió té para dos a una mucama invisible (un té que no llegó nunca), me sentó en un sillón y empezó a hacerme preguntas sobre el libro, y yo tuve la mala idea de decir que en una de las grandes escenas de la novela, cuando Nicolasito Almanza es visitado en medio de la noche por una de las mellizas que viven en su pensión, no se entendía el chiste de que fuera siempre la misma o se turnaran las dos. Lo que sucedió a continuación fue un momento mágico: Bioy rastreó la escena en las galeradas, destapó su lapicera, se quedó pensando unos cinco segundos largos, hizo un par de correcciones, fue a otra página e hizo lo mismo, conmigo espiando por encima de su hombro, y de golpe fue como si toda la escena, y por extensión el libro entero, terminara de encastrar ahí mismo: casi alcanzó a oírse el clic. Con el tiempo tuve la suerte de ver a unos cuantos escritores más en el mismo trance y les aseguro que es lo mejor que le puede pasar en la vida a alguien que está en una editorial porque escribe, porque quiere escribir: asistir a esos instantes. No hay momento en que un autor esté más inseguro de su texto y, a la vez, más abierto, y más en foco, que en el instante agónico de la última corrección, antes de que el libro se le vaya de las manos rumbo a la imprenta. Alguna vez alguien me contó que vio al gran Oreste Berta meterle mano contra reloj a uno de sus Torinos cuando entró boqueando en boxes en aquellas 24 Horas de Nürburgring que terminaron ganando heroicamente: no hay mejor manera de describir aquello que le vi hacer a Bioy esa tarde, y a tantos otros después.
La cuestión es que el libro se publicó un par de meses más tarde, le organizaron a Bioy una presentación en La Plata, y como el viejito Carlos Frías (director de la colección de argentinos de Emecé) estaba enfermo, me mandaron a mí a acompañarlo. Fuimos en su Volvo, él al volante. El viaje era eterno en aquella época, y era diciembre, la ruta hervía, y Bioy manejaba a dos por hora, pero conversaba como si no estuviésemos en una ruta endemoniada, sino dejando pasar el tiempo en un bar al aire libre. Me contó que se había comprado aquel Volvo porque no sabía qué hacer con los dólares que le había pagado la Playboy italiana por cuatro de sus viejas Historias de amor ilustradas cachondamente por Milo Manara. Se divirtió como un enano cuando le confesé que abría siempre los sobres que me mandaban entregar en su casa y en la de Borges (“¿Así que ya sabe la miseria que nos pagan por derechos de autor?”). Al llegar a la librería donde se presentaba el libro, pasó de largo y estacionó en una calle lateral. Me llamó la atención, cuando salimos del auto, que me pusiera las llaves en la mano. Más me llamó la atención que, a medida que nos acercábamos a la librería, se me colgara del brazo, empezara a arrastrar los pies y me murmurara al oído: “Usted no me suelte en ningún momento y explíqueles a todos que estoy muy viejito y no puedo quedarme mucho tiempo”. Sorteamos como pudimos los flashes de los fotógrafos, Bioy soportó con estoicismo los interminables discursos y la firma posterior de ejemplares sin dejar que me alejara un milímetro de él. Y cuando la gente se abalanzó en malón a las bandejas de canapés y bebidas primorosamente desplegados en el fondo, me agarró el brazo con su garra, dijo en un hilo de voz: “Diga que se ha hecho muy tarde y tenemos que irnos”, tendió una mano trémula a sus anfitriones y así salimos de la librería, él encorvado y arrastrando los pies, yo de lazarillo, pensando que a lo mejor el viejo estaba cansado de verdad y que mi hambre de lobo no era un precio tan alto ante la posibilidad de manejar aquel Volvo. Pero al doblar la esquina Bioy se enderezó como un resorte, me arrancó de la mano las llaves del auto, en dos saltos estuvo al volante y arrancamos rumbo a Capital.
Para entonces ya eran como las once de la noche, pero seguía sin refrescar; y a Bioy no le gustaba el aire acondicionado, así que íbamos con las ventanillas abiertas, y a cada parrillita que pasábamos por la ruta el olorcito era más y más irresistible, y Bioy estaba de tan buen humor que yo pensé: “Ahora paramos a comer y coronamos la noche”. Pero el muy cabrón siguió a la misma desesperante velocidad, ajeno por completo a la hora, a los ruidos que hacía mi estómago y a mi decepción cada vez más evidente, hasta que entramos en la ciudad, enfiló por la 9 de Julio, dobló por Posadas, frenó a metros de Schiaffino, en la puerta del garaje de su departamento y, mientras esperaba inequívocamente que yo me bajara para internarse con su bólido en las profundidades del edificio, me dijo con esa cabrona manera que tenía de sonreír como si se le iluminara toda la cara: “Ha sido una pesadilla de lo más grata”.
VARGAS LLOSA
EL PAIS › OPINION
Acerca de Vargas Llosa
Por Roberto “Tito” Cossa *
Vargas Llosa inaugurará la Feria del Libro, el día 21 de abril próximo. De eso no cabe duda. Es probable que quien hable en la Feria sea el escritor y no el político, mucho más después del tole-tole que produjo la reacción visceral del maestro Horacio González. Y, especialmente, de la intervención de la Presidenta. No nos olvidemos de que Vargas Llosa, además de escritor y político, es un hombre de negocios. Y los hombres de negocios suelen ser prudentes.
De última, serán los medios hegemónicos los que impulsarán y amplificarán las barrabasadas que el autor de La casa verde vomita acerca de la Argentina y los argentinos.
¿Qué hacer? En principio, aguantarlo. Serán dos o tres días de show y tendremos a Vargas Llosa metido hasta en la sopa. Pero me parece que los intelectuales, los artistas, los científicos, en fin, todos los que integramos el mundo cultural y que –con mayores o menores diferencias (o ninguna)– apoyamos este proyecto político, salgamos a decir lo nuestro. Somos muchos y muy representativos. Probablemente, Vargas Llosa conozca a algunos por sus obras; a otros de nombre y no faltará algún asesor que le informe quién es quién en Argentina.
Propongo que le hagamos una carta para desasnarlo, porque me parece que el escritor peruano-español desconoce algunos datos importantes de la historia argentina. Habría que explicarle, por ejemplo, cómo le fue al país cuando gobernó el populismo y qué consecuencia le trajeron las políticas que él defiende. Empezando por 1945-1955, con el acceso de Perón, clásico populista. Entre 1955 y 1963 se aplicaron las políticas antipopulistas. Entre 1963 y 1966 volvió el populismo, con un gobierno que anuló los contratos petroleros. Entre 1966 y 1973 reaparecieron las políticas antipopulistas. Pero en el ’73 volvió el populismo hasta la muerte de Perón. Y otra vez el antipopulismo hasta 1983, cuando reapareció el populismo radical. Pero el antipopulismo renació en 1989 hasta 2003. Y, desde 2003, hasta ahora, ¡otra vez! el populismo.
Habría que proporcionarle cifras que demuestren la marcha de la economía con uno y otro modelo. Y recordarle que los antipopulistas bombardearon Plaza de Mayo, destruyeron la universidad pública y provocaron la desaparición de 30.000 argentinos.
Y, de posdata, preguntarle, señor Vargas Llosa, ¿cómo puede ser que entidades emblemáticas como Madres y Abuelas de Plaza de Mayo apoyen a este gobierno populista?
* Dramaturgo.
Ver nota en www.pagina12.com.ar
Contratapa Jueves, 3 de marzo de 2011
Vargas Llosa en la Feria porteña
Una trampita o poco cuidado
Por Mempo Giardinelli
En estos días se discute, en diversos ambientes vinculados con la literatura y la industria del libro, la invitación a Mario Vargas Llosa para que inaugure la Feria del Libro de Buenos Aires este año.
El más reciente Premio Nobel de Literatura es un grande de las letras latinoamericanas, maestro de por lo menos dos generaciones y no sólo en Perú y aquí, sino en el mundo entero. Debiera ser considerado honrosísimo y muy oportuno que una personalidad tan destacada venga a la Argentina a abrir nuestra feria mayor, seis meses después de haber sido galardonado en Estocolmo.
Sin embargo, esta vez es absolutamente cuestionable que se lo haya invitado a dar el discurso inaugural. Porque se trata, cada año, de un discurso político. Lo cual debería imponer un extremo cuidado a los organizadores, a la hora de invitar a quien lo pronuncie. Y eso es lo que no ha habido en este caso. Por eso estuvo bien Horacio González en su carta, como estuvo bien la Presidenta después. Pero caben otras consideraciones.
La posición política e ideológica de Vargas Llosa es conocida en todo el mundo como propagandística del más dogmático neoliberalismo; por lo tanto es desaconsejable invitarlo a abrir la Feria, pero del mismo modo que sería desaconsejable invitar a cualquier representante dogmático de cualquier otra posición doctrinaria. Esa es la cuestión central de este episodio.
Es cierto que el maestro Vargas Llosa hace menos de un año anduvo haciendo y escribiendo declaraciones muy agresivas acerca de nuestro país, nuestros gobiernos y nosotros los argentinos. Fueron declaraciones no sólo provocadoras sino también, y por decir lo menos, desinformadas y prejuiciosas; injustas y gratuitas.
Nada de eso ameritaría distinguirlo, por lo tanto. De donde invitarlo a abrir la Feria magna de este país y este año es, y otra vez por lo menos, un error. Y una tontería si fuera una decisión ingenua, que no es lo que parece. Porque alguien –ignoro quién o quiénes– parece haber buscado que esta feria, en año electoral, sea una piedra en el zapato del Gobierno.
Y eso es lo irritante. Porque pone a la Presidenta en un lugar gratuitamente incómodo. Si asiste, se comerá un discurso ofensivo, desinformado y provocador. Y si no va, quedará colocada en un lugar de cobardía.
Peor aún: si va y escucha y no responde, acabará contrariada. Y si va y escucha y responde (que es lo más probable), entonces la prensa española y la prensa argentina neocolonizada la despedazarán diga lo que diga.
No hay salida. Y ahí está la trampa.
Por lo tanto, el problema no es el Premio Nobel Vargas Llosa, cuya consagración fue irreprochable porque en él se premió una estética literaria moderna, innovadora, original y escrita en los márgenes de la civilización imperial. El se prestará a este juego por afinidad ideológica, y porque más allá del enorme narrador que es, también es un cruzado neoliberal, de esos que se espantan ante cualquier gesto o corruptela kirchnerista, pero a Menem le toleraron sin chistar que nos rifara el país, el petróleo, los ferrocarriles, los puertos y la mar en coche.
Pero si el problema no es Vargas Llosa –que ya que fue invitado debe venir, y hablar, y decir lo que se le ocurra, que es lo que corresponde en un país democrático y en el que sí impera la libertad de expresión–, entonces el problema son las autoridades de la Feria del Libro. Obviamente no todas, porque conozco esa institución a la que respeto desde hace años. Pero alguien ahí, no sé si una interna o algún dinosaurio/a extraviado, ha jugado esta baza inteligente: es difícil, casi imposible oponerse a la idea de un último Nobel, y además latinoamericano, para abrir la Feria.
Me parece, pues, que simplemente habría que repudiar esta invitación si él viene a pronunciar un discurso político (lo que me parece altamente probable). Y habría que aplaudirla si viene a dictar una conferencia magistral sobre Literatura, materia en la que es docto como pocos y sin dudas deleitará al auditorio. Sería bueno que se conozca desde ahora el título de su discurso, aunque es obvio que luego el maestro Vargas Llosa dirá lo que se le antoje, y en mi opinión no se privará de esgrimir en su texto dardos, estiletes e ironías. Allá él.
Pero una cosa es una cosa y otra es que alguien parece haber hecho una trampita en este asunto. Para convertir la organización de la Feria del Libro en una especie de Mesa de Enlace intelectual, utilizando la figura de Mario Vargas Llosa, y acaso con su beneplácito. Penoso episodio, si fue así.
Acerca de Vargas Llosa
Por Roberto “Tito” Cossa *
Vargas Llosa inaugurará la Feria del Libro, el día 21 de abril próximo. De eso no cabe duda. Es probable que quien hable en la Feria sea el escritor y no el político, mucho más después del tole-tole que produjo la reacción visceral del maestro Horacio González. Y, especialmente, de la intervención de la Presidenta. No nos olvidemos de que Vargas Llosa, además de escritor y político, es un hombre de negocios. Y los hombres de negocios suelen ser prudentes.
De última, serán los medios hegemónicos los que impulsarán y amplificarán las barrabasadas que el autor de La casa verde vomita acerca de la Argentina y los argentinos.
¿Qué hacer? En principio, aguantarlo. Serán dos o tres días de show y tendremos a Vargas Llosa metido hasta en la sopa. Pero me parece que los intelectuales, los artistas, los científicos, en fin, todos los que integramos el mundo cultural y que –con mayores o menores diferencias (o ninguna)– apoyamos este proyecto político, salgamos a decir lo nuestro. Somos muchos y muy representativos. Probablemente, Vargas Llosa conozca a algunos por sus obras; a otros de nombre y no faltará algún asesor que le informe quién es quién en Argentina.
Propongo que le hagamos una carta para desasnarlo, porque me parece que el escritor peruano-español desconoce algunos datos importantes de la historia argentina. Habría que explicarle, por ejemplo, cómo le fue al país cuando gobernó el populismo y qué consecuencia le trajeron las políticas que él defiende. Empezando por 1945-1955, con el acceso de Perón, clásico populista. Entre 1955 y 1963 se aplicaron las políticas antipopulistas. Entre 1963 y 1966 volvió el populismo, con un gobierno que anuló los contratos petroleros. Entre 1966 y 1973 reaparecieron las políticas antipopulistas. Pero en el ’73 volvió el populismo hasta la muerte de Perón. Y otra vez el antipopulismo hasta 1983, cuando reapareció el populismo radical. Pero el antipopulismo renació en 1989 hasta 2003. Y, desde 2003, hasta ahora, ¡otra vez! el populismo.
Habría que proporcionarle cifras que demuestren la marcha de la economía con uno y otro modelo. Y recordarle que los antipopulistas bombardearon Plaza de Mayo, destruyeron la universidad pública y provocaron la desaparición de 30.000 argentinos.
Y, de posdata, preguntarle, señor Vargas Llosa, ¿cómo puede ser que entidades emblemáticas como Madres y Abuelas de Plaza de Mayo apoyen a este gobierno populista?
* Dramaturgo.
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Vargas Llosa en la Feria porteña
Una trampita o poco cuidado
Por Mempo Giardinelli
En estos días se discute, en diversos ambientes vinculados con la literatura y la industria del libro, la invitación a Mario Vargas Llosa para que inaugure la Feria del Libro de Buenos Aires este año.
El más reciente Premio Nobel de Literatura es un grande de las letras latinoamericanas, maestro de por lo menos dos generaciones y no sólo en Perú y aquí, sino en el mundo entero. Debiera ser considerado honrosísimo y muy oportuno que una personalidad tan destacada venga a la Argentina a abrir nuestra feria mayor, seis meses después de haber sido galardonado en Estocolmo.
Sin embargo, esta vez es absolutamente cuestionable que se lo haya invitado a dar el discurso inaugural. Porque se trata, cada año, de un discurso político. Lo cual debería imponer un extremo cuidado a los organizadores, a la hora de invitar a quien lo pronuncie. Y eso es lo que no ha habido en este caso. Por eso estuvo bien Horacio González en su carta, como estuvo bien la Presidenta después. Pero caben otras consideraciones.
La posición política e ideológica de Vargas Llosa es conocida en todo el mundo como propagandística del más dogmático neoliberalismo; por lo tanto es desaconsejable invitarlo a abrir la Feria, pero del mismo modo que sería desaconsejable invitar a cualquier representante dogmático de cualquier otra posición doctrinaria. Esa es la cuestión central de este episodio.
Es cierto que el maestro Vargas Llosa hace menos de un año anduvo haciendo y escribiendo declaraciones muy agresivas acerca de nuestro país, nuestros gobiernos y nosotros los argentinos. Fueron declaraciones no sólo provocadoras sino también, y por decir lo menos, desinformadas y prejuiciosas; injustas y gratuitas.
Nada de eso ameritaría distinguirlo, por lo tanto. De donde invitarlo a abrir la Feria magna de este país y este año es, y otra vez por lo menos, un error. Y una tontería si fuera una decisión ingenua, que no es lo que parece. Porque alguien –ignoro quién o quiénes– parece haber buscado que esta feria, en año electoral, sea una piedra en el zapato del Gobierno.
Y eso es lo irritante. Porque pone a la Presidenta en un lugar gratuitamente incómodo. Si asiste, se comerá un discurso ofensivo, desinformado y provocador. Y si no va, quedará colocada en un lugar de cobardía.
Peor aún: si va y escucha y no responde, acabará contrariada. Y si va y escucha y responde (que es lo más probable), entonces la prensa española y la prensa argentina neocolonizada la despedazarán diga lo que diga.
No hay salida. Y ahí está la trampa.
Por lo tanto, el problema no es el Premio Nobel Vargas Llosa, cuya consagración fue irreprochable porque en él se premió una estética literaria moderna, innovadora, original y escrita en los márgenes de la civilización imperial. El se prestará a este juego por afinidad ideológica, y porque más allá del enorme narrador que es, también es un cruzado neoliberal, de esos que se espantan ante cualquier gesto o corruptela kirchnerista, pero a Menem le toleraron sin chistar que nos rifara el país, el petróleo, los ferrocarriles, los puertos y la mar en coche.
Pero si el problema no es Vargas Llosa –que ya que fue invitado debe venir, y hablar, y decir lo que se le ocurra, que es lo que corresponde en un país democrático y en el que sí impera la libertad de expresión–, entonces el problema son las autoridades de la Feria del Libro. Obviamente no todas, porque conozco esa institución a la que respeto desde hace años. Pero alguien ahí, no sé si una interna o algún dinosaurio/a extraviado, ha jugado esta baza inteligente: es difícil, casi imposible oponerse a la idea de un último Nobel, y además latinoamericano, para abrir la Feria.
Me parece, pues, que simplemente habría que repudiar esta invitación si él viene a pronunciar un discurso político (lo que me parece altamente probable). Y habría que aplaudirla si viene a dictar una conferencia magistral sobre Literatura, materia en la que es docto como pocos y sin dudas deleitará al auditorio. Sería bueno que se conozca desde ahora el título de su discurso, aunque es obvio que luego el maestro Vargas Llosa dirá lo que se le antoje, y en mi opinión no se privará de esgrimir en su texto dardos, estiletes e ironías. Allá él.
Pero una cosa es una cosa y otra es que alguien parece haber hecho una trampita en este asunto. Para convertir la organización de la Feria del Libro en una especie de Mesa de Enlace intelectual, utilizando la figura de Mario Vargas Llosa, y acaso con su beneplácito. Penoso episodio, si fue así.
CLASES
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Verano12 | Jueves, 3 de marzo de 2011
Clase magistral
Por Pedro Lipcovich
Hace ya varios minutos que el profesor posterga la iniciación de su clase mientras los ordenanzas se esfuerzan sobre el micrófono descompuesto como insectos torpes. Semejante situación, piensa el profesor, es característica de esta universidad de paredes descascaradas, cuyo desorden material no es, sin duda –menea imperceptiblemente la cabeza el profesor–, excusado por el genio o el fervor. Los alumnos no se muestran tan impacientes. Se trata de la segunda lección de un cursillo al que concurren estudiantes y egresados de distintas carreras e, incluso, personas sin formación académica. Si bien la invitación para dictar estas clases ha constituido una prueba de reconocimiento –mal remunerada, es cierto– por parte de la universidad, el profesor admite, en esta distraída meditación que acompaña la espera, que su auditorio no le resulta muy estimulante. Ello, sin embargo, no implica ninguna hostilidad hacia estos ocasionales alumnos. Ahora mismo intercambia con ellos miradas de entendimiento ante la evidente torpeza de los ordenanzas que, en su empeño por hacer funcionar el aparato –aseguran que no está descompuesto sino mal conectado–, enchufan y desenchufan, mueven de mil maneras las distintas llaves y perillas que controlan un equipo de sonido cuya complicación misma es irritante. El profesor, de la jarra reservada al disertante, se sirve un vaso de agua que resulta estar tibia.
Un breve alarido brota del aparato que en seguida vuelve al silencio, mientras un ordenanza explica al profesor por señas, como si no pudiera hablar, que el desperfecto pronto será solucionado. Entre los alumnos hay risas y, ya a esta altura, cierto fastidio. El profesor ha llegado a preguntar si entre ellos hay algún técnico en sonido, alguien que pudiera contribuir a la reparación. Uno o dos muchachos se acercaron pero sus tímidos intentos no dieron resultado, mientras los ordenanzas daban muestras evidentes de considerarlos un estorbo. Sólo la deprimente perspectiva de tener que hablar a los gritos –su garganta viene ya resentida y, además, él sabe que de ese modo perdería la posibilidad de un discurrir libre y sutil–, sólo la perspectiva de tener que gritar su clase lo demora en la decisión que parece inevitable, reconocer la ineptitud de los ordenanzas y desestimar definitivamente el amplificador, cuando, de repente, el aparato vuelve a la vida con un cálido zumbido. Un ordenanza le tiende el micrófono para que lo pruebe y el profesor dice un “hola” que suena como trueno en el salón largo y estrecho. Los alumnos se han tapado automáticamente los oídos. El ordenanza señala al profesor la perilla de control del volumen, a su alcance en el panel del aparato: el profesor la baja al mínimo y vuelve a probar casi susurrando; esta vez el resultado es satisfactorio. Evidentemente, piensa con disgusto el profesor, la potencia del aparato es más apropiada para un estadio que para esta pequeña aula. Bebe un sorbo del agua tibia de la jarra y, con cuidado de no alzar la voz, empieza a dictar su clase.
El profesor ve ante sí las caras atentas y algo estólidas de los alumnos que siguen sus palabras y toman notas. Su discurso se desenvuelve sin tropiezos, transitando en la seguridad de conocer el tema y de saber que no es éste un auditorio que haya de exigirlo demasiado. Sus dedos juguetean distraídamente sobre el panel del amplificador; en un movimiento casual, hacen girar apenas la perilla del volumen y la voz del profesor de nuevo se alza como un extraño grito susurrado. Los alumnos levantan las cabezas. Los ha incomodado pero ahora sonríen: ya saben que hay problemas con el sonido. El profesor siente una especie de impaciencia. Esta vez voluntariamente lleva la perilla hasta la mitad del volumen máximo y sigue dictando la clase con el susurro que ahora es atronador. Debe haber una expresión de desa-fío en su cara, los alumnos lo miran con desconcierto, buscan a los ordenanzas que se mantienen inexpresivos con las manos a la espalda, protestan los alumnos, algunos han visto con asombro que él movía la perilla, le piden por señas que baje el volumen. El profesor, sin interrumpirse ni alterar el tono de su voz, lleva la perilla casi hasta el máximo –su mano se ha crispado al hacerlo–. El susurro es ahora un rayo sólido que ocupa la sala y los alumnos se tapan los oídos; muchos se ponen de pie, señalan al profesor, le gritan cosas inaudibles porque sólo su voz se oye allí, él sigue hablando suavemente, dictando su clase mientras experimenta una tenue ebriedad, una fina angustia, unos alumnos se alzan y ahora, constata el profesor con tanto alivio, ahora los ordenanzas severamente miran a los alumnos, golpean los pupitres con las palmas de las manos para acallarlos, los golpes no se oyen pero el gesto es inconfundible, y entonces el profesor lleva el volumen al máximo.
El ve como si contemplara un cuadro las caras contorsionadas de los alumnos, las manos que se alzan inútilmente a tapar los oídos. Se asombra de no ensordecer él también; el ruido de su voz –que sigue desarrollando la clase– no lo afecta como a los alumnos, tal vez por tratarse de sí mismo, se dice sin comprender en realidad, y advierte que los ordenanzas tampoco parecen perturbados por el sonido, mientras que el sufrimiento de los alumnos es innegable. En la segunda fila de pupitres, un muchacho y una chica intentan vanamente taparse los oídos el uno al otro en una especie de abrazo balbuceante. Algunos se desploman ya en sus asientos con expresión atontada y el profesor comprende que han quedado sordos. Pero en la tercera fila se pone de pie un muchacho alto, los ojos colorados; con las manos como garras camina hacia el profesor; la voz del profesor vacila; entonces dos de los ordenanzas detienen al alumno tomándolo por los brazos y violentamente lo devuelven a los pupitres. El alumno intenta todavía rehacerse: uno de los ordenanzas le pega un codazo que hace crujir los huesos de su cara y lo arroja de nuca contra el suelo. Las manos del alumno suben a la cara ensangrentada, y se aflojan. Otros alumnos han intentado escapar pero los ordenanzas, bien ubicados junto a la salida, a empujones los han hecho retornar a sus lugares. La situación está controlada ahora y el profesor, sin dejar de hablar, pasea la vista por su alumnado. Algunos han caído al suelo pero en su mayoría yacen sobre los pupitres. Los que han quedado sordos miran al vacío en actitud beatífica. La pareja de la segunda fila está inmovilizada, sus manos han cesado en el intento de proteger pero ellos permanecen en una especie de abrazo rígido que los enfrenta. Los ordenanzas vigilan con calma. Entonces, el profesor suavemente hace disminuir el volumen del sonido. Un estremecimiento de animal agradecido recorre al alumnado. El volumen ya ha vuelto al mínimo. Algunos alzan las cabezas, miran al profesor con ojos opacos. Es evidente que nadie atiende al contenido de la clase: el profesor, por primera vez, levanta un poco el tono de su voz para reclamar atención. Luego, retornando al susurro, vuelve a subir por un instante el volumen del aparato como quien chasquea un látigo. Los alumnos se reincorporan ante sus pupitres. Buscan cuadernos y lapiceras, codean a quienes no han escuchado o comprendido. Otro breve golpe de volumen necesita el profesor para que todos vuelvan a mirarlo atentos, menos el que había sido herido en la cara, que permanece inerte. Un ordenanza mira interrogativamente al profesor: él asiente, confiando en lo que ellos hagan. Dos ordenanzas levantan el cuerpo del alumno y, apartándolo de los pupitres, lo arrojan al suelo, atravesado ante la salida. Unos pocos alumnos echan miradas furtivas pero ciertamente no se atreven a apartar la vista del profesor o el cuaderno. Aun los que han quedado sordos intentan seguir el movimiento de los labios del profesor, o bien copiar las notas de los que todavía pueden escuchar. El profesor no ha alterado el tono de su voz, pero siente que sus palabras brotan más cálidas y firmes. El muchacho y la chica de la segunda fila, sin mirarse, atienden a los labios del profesor. Varios alumnos, parcialmente sordos, se atreven a pedirle que suba un poco el volumen del sonido. En los ojos de muchas alumnas, el profesor percibe esa luz de admiración que enlaza la discípula al maestro y es una de las maneras del amor.
Verano12 | Jueves, 3 de marzo de 2011
Clase magistral
Por Pedro Lipcovich
Hace ya varios minutos que el profesor posterga la iniciación de su clase mientras los ordenanzas se esfuerzan sobre el micrófono descompuesto como insectos torpes. Semejante situación, piensa el profesor, es característica de esta universidad de paredes descascaradas, cuyo desorden material no es, sin duda –menea imperceptiblemente la cabeza el profesor–, excusado por el genio o el fervor. Los alumnos no se muestran tan impacientes. Se trata de la segunda lección de un cursillo al que concurren estudiantes y egresados de distintas carreras e, incluso, personas sin formación académica. Si bien la invitación para dictar estas clases ha constituido una prueba de reconocimiento –mal remunerada, es cierto– por parte de la universidad, el profesor admite, en esta distraída meditación que acompaña la espera, que su auditorio no le resulta muy estimulante. Ello, sin embargo, no implica ninguna hostilidad hacia estos ocasionales alumnos. Ahora mismo intercambia con ellos miradas de entendimiento ante la evidente torpeza de los ordenanzas que, en su empeño por hacer funcionar el aparato –aseguran que no está descompuesto sino mal conectado–, enchufan y desenchufan, mueven de mil maneras las distintas llaves y perillas que controlan un equipo de sonido cuya complicación misma es irritante. El profesor, de la jarra reservada al disertante, se sirve un vaso de agua que resulta estar tibia.
Un breve alarido brota del aparato que en seguida vuelve al silencio, mientras un ordenanza explica al profesor por señas, como si no pudiera hablar, que el desperfecto pronto será solucionado. Entre los alumnos hay risas y, ya a esta altura, cierto fastidio. El profesor ha llegado a preguntar si entre ellos hay algún técnico en sonido, alguien que pudiera contribuir a la reparación. Uno o dos muchachos se acercaron pero sus tímidos intentos no dieron resultado, mientras los ordenanzas daban muestras evidentes de considerarlos un estorbo. Sólo la deprimente perspectiva de tener que hablar a los gritos –su garganta viene ya resentida y, además, él sabe que de ese modo perdería la posibilidad de un discurrir libre y sutil–, sólo la perspectiva de tener que gritar su clase lo demora en la decisión que parece inevitable, reconocer la ineptitud de los ordenanzas y desestimar definitivamente el amplificador, cuando, de repente, el aparato vuelve a la vida con un cálido zumbido. Un ordenanza le tiende el micrófono para que lo pruebe y el profesor dice un “hola” que suena como trueno en el salón largo y estrecho. Los alumnos se han tapado automáticamente los oídos. El ordenanza señala al profesor la perilla de control del volumen, a su alcance en el panel del aparato: el profesor la baja al mínimo y vuelve a probar casi susurrando; esta vez el resultado es satisfactorio. Evidentemente, piensa con disgusto el profesor, la potencia del aparato es más apropiada para un estadio que para esta pequeña aula. Bebe un sorbo del agua tibia de la jarra y, con cuidado de no alzar la voz, empieza a dictar su clase.
El profesor ve ante sí las caras atentas y algo estólidas de los alumnos que siguen sus palabras y toman notas. Su discurso se desenvuelve sin tropiezos, transitando en la seguridad de conocer el tema y de saber que no es éste un auditorio que haya de exigirlo demasiado. Sus dedos juguetean distraídamente sobre el panel del amplificador; en un movimiento casual, hacen girar apenas la perilla del volumen y la voz del profesor de nuevo se alza como un extraño grito susurrado. Los alumnos levantan las cabezas. Los ha incomodado pero ahora sonríen: ya saben que hay problemas con el sonido. El profesor siente una especie de impaciencia. Esta vez voluntariamente lleva la perilla hasta la mitad del volumen máximo y sigue dictando la clase con el susurro que ahora es atronador. Debe haber una expresión de desa-fío en su cara, los alumnos lo miran con desconcierto, buscan a los ordenanzas que se mantienen inexpresivos con las manos a la espalda, protestan los alumnos, algunos han visto con asombro que él movía la perilla, le piden por señas que baje el volumen. El profesor, sin interrumpirse ni alterar el tono de su voz, lleva la perilla casi hasta el máximo –su mano se ha crispado al hacerlo–. El susurro es ahora un rayo sólido que ocupa la sala y los alumnos se tapan los oídos; muchos se ponen de pie, señalan al profesor, le gritan cosas inaudibles porque sólo su voz se oye allí, él sigue hablando suavemente, dictando su clase mientras experimenta una tenue ebriedad, una fina angustia, unos alumnos se alzan y ahora, constata el profesor con tanto alivio, ahora los ordenanzas severamente miran a los alumnos, golpean los pupitres con las palmas de las manos para acallarlos, los golpes no se oyen pero el gesto es inconfundible, y entonces el profesor lleva el volumen al máximo.
El ve como si contemplara un cuadro las caras contorsionadas de los alumnos, las manos que se alzan inútilmente a tapar los oídos. Se asombra de no ensordecer él también; el ruido de su voz –que sigue desarrollando la clase– no lo afecta como a los alumnos, tal vez por tratarse de sí mismo, se dice sin comprender en realidad, y advierte que los ordenanzas tampoco parecen perturbados por el sonido, mientras que el sufrimiento de los alumnos es innegable. En la segunda fila de pupitres, un muchacho y una chica intentan vanamente taparse los oídos el uno al otro en una especie de abrazo balbuceante. Algunos se desploman ya en sus asientos con expresión atontada y el profesor comprende que han quedado sordos. Pero en la tercera fila se pone de pie un muchacho alto, los ojos colorados; con las manos como garras camina hacia el profesor; la voz del profesor vacila; entonces dos de los ordenanzas detienen al alumno tomándolo por los brazos y violentamente lo devuelven a los pupitres. El alumno intenta todavía rehacerse: uno de los ordenanzas le pega un codazo que hace crujir los huesos de su cara y lo arroja de nuca contra el suelo. Las manos del alumno suben a la cara ensangrentada, y se aflojan. Otros alumnos han intentado escapar pero los ordenanzas, bien ubicados junto a la salida, a empujones los han hecho retornar a sus lugares. La situación está controlada ahora y el profesor, sin dejar de hablar, pasea la vista por su alumnado. Algunos han caído al suelo pero en su mayoría yacen sobre los pupitres. Los que han quedado sordos miran al vacío en actitud beatífica. La pareja de la segunda fila está inmovilizada, sus manos han cesado en el intento de proteger pero ellos permanecen en una especie de abrazo rígido que los enfrenta. Los ordenanzas vigilan con calma. Entonces, el profesor suavemente hace disminuir el volumen del sonido. Un estremecimiento de animal agradecido recorre al alumnado. El volumen ya ha vuelto al mínimo. Algunos alzan las cabezas, miran al profesor con ojos opacos. Es evidente que nadie atiende al contenido de la clase: el profesor, por primera vez, levanta un poco el tono de su voz para reclamar atención. Luego, retornando al susurro, vuelve a subir por un instante el volumen del aparato como quien chasquea un látigo. Los alumnos se reincorporan ante sus pupitres. Buscan cuadernos y lapiceras, codean a quienes no han escuchado o comprendido. Otro breve golpe de volumen necesita el profesor para que todos vuelvan a mirarlo atentos, menos el que había sido herido en la cara, que permanece inerte. Un ordenanza mira interrogativamente al profesor: él asiente, confiando en lo que ellos hagan. Dos ordenanzas levantan el cuerpo del alumno y, apartándolo de los pupitres, lo arrojan al suelo, atravesado ante la salida. Unos pocos alumnos echan miradas furtivas pero ciertamente no se atreven a apartar la vista del profesor o el cuaderno. Aun los que han quedado sordos intentan seguir el movimiento de los labios del profesor, o bien copiar las notas de los que todavía pueden escuchar. El profesor no ha alterado el tono de su voz, pero siente que sus palabras brotan más cálidas y firmes. El muchacho y la chica de la segunda fila, sin mirarse, atienden a los labios del profesor. Varios alumnos, parcialmente sordos, se atreven a pedirle que suba un poco el volumen del sonido. En los ojos de muchas alumnas, el profesor percibe esa luz de admiración que enlaza la discípula al maestro y es una de las maneras del amor.
EL AMOR

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Psicología Jueves, 3 de marzo de 2011
Cuando lo que se pide es nada
Signo de amor
La demanda de amor es “demanda incondicional de la presencia y de la ausencia” –destaca el autor–: “El amor requiere la presencia, el ‘Aquí estoy’ del Otro”, pero esa presencia “toma su valor extremo, vital, si el Otro no está”, por eso “la carta de amor tiene una función eminente”. Y aun en oscuras fantasías como la del niño que es pegado, “lo que se encuentra al inicio es una cuestión de amor”.
Por Jacques-Alain Miller *
¿Tendrían los hombres idea del amor si las mujeres no les enseñaran? En verdad, es dudoso. Para ambos sexos eso empieza con la madre. Es cierto que aquello que se da no lo es todo. También están el arte y la manera: si se considera el modo en que se hacen los regalos, puede decirse que el arte y la manera de dar valen más que dar mucho. Los japoneses son muy buenos para dar naderías rodeadas de una pompa sensacional. Me ha ocurrido recibir regalos de japoneses. Debo decir que eran de lo más exquisito, aunque fuesen naderías. También se puede pensar en esa ceremonia con la que saben rodear la producción de una taza de té. Es un gran despliegue de artificios, de maneras, de arte, para, finalmente, muy pocas cosas: un pequeño vertimiento que, gracias al arte y la manera, toma el valor de un elixir, de una quintaesencia. En el amor es igual. Si ustedes no lo rodean de una suerte de ceremonia, el pequeño vertimiento tiene un valor muy, muy relativo.
Con el alimento, es igual. A tal punto que hace unos años, al volver de Japón, hice una pequeña anorexia. Si en Kyoto los alimentan durante una semana con comidas que constan de un considerable número de platos, a cual más pequeño –donde hay una cosita escondida, envuelta, una miniatura de alimento, bocaditos, semibocados con la superficie ocupada esencialmente por el delicadísimo envoltorio–, al regreso, cuando vuelven a los churrascos, el puré, la cabeza de ternera, las pezuñas de cerdo, se dicen: Ya no puedo comer eso, y se vuelven un poquito anoréxicos. Al regresar de allí demandamos nada, encontramos que aquí todo es excesivamente pesado. En Japón se aprende a consumir nada. Es delicioso.
Esto contrasta con lo que se llamó la sociedad de la abundancia. Pero, para que esa nada tenga valor, debe venir por añadidura, debe ser un suplemento; un suplemento de nada.
En nuestras calles de la sociedad de la abundancia se multiplican los mendigos. ¡Qué figura fascinante es el mendigo! Hoy no puede hacerse su elogio: son desempleados. Es muy difícil recuperar el valor eminente que el mendigo tuvo en la historia, antes que el trabajo se volviera un valor esencial, antes que entrara en el superyó. Hubo una cultura de la mendicidad, un mito del mendigo. En el Medioevo, volverse mendigo era un recurso. Ustedes dejan todo por el amor de –por el amor de Dios, por el amor de Cristo, por el amor de una mujer–, y se van a pasear su falta por el mundo; así dan a los otros la oportunidad de hacer buenas acciones –por el amor de Dios–. Solución formidable, devenir así (por otra parte suelen ser más bien hombres que mujeres) una falta ambulante, una falta peregrina. Claro que hoy pueden caer bajo la crítica de ser una boca inútil. Hoy se trata mal a las bocas inútiles. Pues bien, es lo contrario: las bocas inútiles son muy útiles. Se consagran a hacer presente el agujero; un agujero con derechos sobre quienes tienen, sobre quienes están colmados. Es una invitación a que éstos se descompleten.
Lamentablemente, los mendigos se transformaron en holgazanes. El término holgazán [fainéant] data de 1321. Holgazán es quien hace nada [fait néant]. ¡Es formidable ser holgazán! Pero en cierto momento de la historia del buen Occidente ya no se pensó más que en poner a trabajar a los holgazanes, en extraer su fuerza de trabajo para la producción. Eso permitió convertirlos en desempleados para que los otros trabajen tanto más y por mucho menos –ese es el uso del desempleado–. Debería honrarse al holgazán. En efecto, hacer nada es angustiante. A veces, para librarse de la angustia, uno hace algo, no importa qué; se mueve, se agita.
Tomo estos atajos para hacer el elogio de algo que las mujeres han logrado en Occidente: que los hombres respeten la nada. No lo lograron tanto en Japón, pero sin duda no lo necesitaban, pues allí todo el mundo respeta la nada. En Occidente lograron, en el curso de una larga elaboración del amor, que los hombres respetaran la nada. Piensen en ese momento distinguido por Lacan, el del amor cortés. Un retoño del amor cortés es el preciosismo. Floreció en el siglo XVIII, especialmente en Francia, donde se vieron las mayores expresiones de esa gigantesca empresa de educación del hombre por parte de las mujeres. Además, en el siglo XVIII el gusto mismo se convirtió en un problema teórico. Se indagó cómo hacer para que las maneras se refinaran y que, en vez de caer sin vueltas sobre el objeto de la necesidad, se empezara a hacer lo que villanos y toscos llamarían zalamerías.
El cortesano es una forma pulida del caballero. Su aparición estuvo vinculada con el crecimiento del Estado, que exigió dejar en la puerta la lanza, la espada, la armadura. Hoy en día, curiosamente, en algunas culturas se observa cierta renuncia femenina. El feminismo, en las formas estridentes que a veces toma en Estados Unidos y que quizá nos llegarán de allí, el feminismo valeroso, guerrero –ellas son las que toman la lanza, la espada y la armadura–, está quizá fundado en una decepción, la de que el hombre sigue siendo un burro, es radicalmente ineducable, y para que se comporte tal vez haya que amenazarlo sin cesar con las iras de la ley. En Francia y entre los latinos todavía es diferente. Para una mujer, sigue siendo esencial el signo de amor.
Ella busca el signo de amor en el otro, lo espía. Quizás a veces lo inventa. El signo de amor es tan frágil, tan fugaz, que hay que hablar de él con todos los miramientos. El signo de amor es a la vez mucho menos y mucho más que la prueba de amor. La prueba de amor siempre pasa por el sacrificio de lo que se tiene, es sacrificar a la nada lo que se tiene, mientras que el signo de amor es una nadería que se marchita, que decae y se borra si no se la trata con todos los miramientos, si no le testimonian todas las consideraciones.
“¿Estás aquí?”
Lacan distinguió entre la demanda simple y la demanda de amor. La demanda simple ya tiene un efecto de significantización de la necesidad; más allá, la demanda es demanda de amor, es decir, demanda de nada o “demanda incondicional de la presencia y de la ausencia”, como dice Lacan en “La dirección de la cura y los principios de su poder”. ¿Por qué demanda “de la ausencia”? La presencia es el puro llamamiento a que el Otro esté y dé signos de su presencia; que al menos diga que está, que dé signos de su existencia; que responda, pues, al llamamiento, o que llame para decir simplemente: “Aquí estoy”. Ahora bien, que el Otro diga “Aquí estoy” por cierto sólo tiene su valor extremo, vital, si no está. Es en ese caso cuando en verdad vale algo. Si el Otro está aquí, dándoles la mano, y ustedes son muy sofisticados, pueden aún demandarle: “¡Dime que estás aquí!”; sobre todo si el señor que les da la mano es un obsesivo, que justamente piensa en otra cosa. Podemos entonces exigir “¿Estás aquí?” aun en presencia del Otro. Pero en fin, el hecho de que diga “Aquí estoy” tiene su valor vital cuando él no está. Por eso Lacan, en su Seminario XX, decía que la carta de amor tiene una función eminente en el amor. En general, solo se envía una carta a alguien que precisamente no está. En todo caso, es el testimonio de un tiempo en el que el Otro no estuvo, hasta ese instante en el que se redacta la carta. La ausencia del Otro es también la mía, y toda carta de amor dice: “Tú no estás aquí” y, en tu ausencia de mí y en mi ausencia de ti, estamos juntos, estás conmigo. También existe el teléfono. A veces un llamado telefónico se torna estrictamente equivalente al don del amor.
Entonces, por un lado la demanda, y por el otro la demanda de amor. Está la demanda que tiene algo por objeto, es decir, la demanda del objeto de la necesidad –tengo hambre, tengo sed, etcétera–: allí el objeto, aunque pase por la demanda que lo significantiza, es algo. Y está la demanda de amor, que apunta radicalmente a la nada –un simple signo, una nadería–. En la conjunción entre la demanda y la demanda de amor, está el deseo. Si el objeto en la demanda es algo, y en la demanda de amor es nada, el objeto del deseo es como una amalgama entre algo y nada. Lo que Lacan llamará objeto a –y se hará célebre– es el significante de algo en conexión con nada. Si la demanda de amor apunta a la nada, en asuntos del deseo no puede desatenderse la insistencia de algo –algo absolutamente particular–. Además, en el amor es esencial la relación con el Otro, que distribuye los signos de amor y del cual se espera el signo de amor, mientras que el deseo se sustrae de esta relación con el Otro. El deseo tiene más bien relación con algo en el Otro, y por eso puede ser angustiante.
El deseo, según la fórmula que Lacan propondrá en el Seminario XI, involucra en ti algo más que tú: involucra en el Otro un elemento no conocido por el Otro mismo, que pertenece a la intimidad más reservada del Otro, una intimidad incluso no conocida por ese Otro. Por eso propuse utilizar, para esa zona del Otro, el término “extimidad”. Mientras que el amor depende de los signos del Otro, el deseo está enganchado, estimulado por algo desapegado del Otro. A eso se debe que Lacan, tras haberlos construido en continuidad, se vea llevado a oponerlos. Lo hará bajo una forma dialéctica, marcando que en cierto modo el amor y el deseo tienen la misma estructura, que en el deseo se reencuentra lo incondicional de la demanda. Para articularlos, Lacan dice que hay como un trastrocamiento en el que lo exigido en el amor, lo sin-condición del amor, se invierte. En el amor, el sujeto está sometido al Otro, pero en el deseo lo incondicional se invierte. Si el amor está ligado al Otro, el deseo está ligado a algo desapegado de este Otro, algo que Lacan llamará la causa del deseo.
Con la causa del deseo, el sujeto ya no queda sujeto al Otro. A este respecto, el deseo es una relativa emancipación respecto de los signos de amor. Un deseo decidido –puede reprochársele– no siempre se preocupa demasiado por los signos de amor. Pero eso no está bien. Hay que saber que el deseo decidido no excusa todo. A deseo decidido, amor tanto más cortés.
“Pegan a un niño”
Dije que esta oposición, situada en el origen mismo del concepto lacaniano de deseo, ya tan célebre, acentúa la emancipación del deseo con relación al amor. El ejemplo que da Lacan es elocuente, pues dice que eso ya se ve en el nivel del objeto transicional. (N. de la R.: El psicoanalista Donald Winnicott desarrolló la noción de objeto transicional: es, por ejemplo, un muñequito o una manta, que llega a adquirir una importancia vital para el niño pequeño, sobre todo en ausencia de la madre o al ir a dormir.) El objeto transicional consiste en tomar un trocito, y luego ¡ciao al Otro! El objeto transicional de Winnicott permite al sujeto remitir el Otro a sus fallas o a su falta y resistir el impacto, pero Lacan señala que es apenas el emblema del objeto a; apenas una representación imaginaria, en imágenes, del objeto a, cuyo lugar está en el inconsciente. El objeto a no es el objeto transicional: la observación de este último sólo sirve de apoyo. El objeto a está en el inconsciente.
Esta presencia del objeto a en el inconsciente permite sostener que el fantasma inconsciente siempre tiene, según la fórmula de Lacan, un pie en el Otro; pero no los dos, dado que a está desapegado del Otro. Pueden remitirse a la construcción que Lacan retoma de Freud con su comentario del fantasma “Se pega a un niño”. (N. de la R.: “La fantasía de presenciar cómo ‘pegan a un niño’ es confesada con sorprendente frecuencia por personas que han acudido al tratamiento psicoanalítico, y surge probablemente aún con mayor frecuencia en otras que no se han visto impulsadas a tal decisión (...) La confesión de esta fantasía cuesta gran violencia al sujeto”; S. Freud, “Pegan a un niño. Aportación al conocimiento de la génesis de las perversiones sexuales”, 1919.)
Freud distingue tres tiempos de elaboración, al último de los cuales corresponde la fórmula “Se pega a un niño”. Muestra cómo, en estos tres tiempos, hay una transformación de las fórmulas. La segunda fórmula, señala, es la que debe ser reconstruida porque nunca es recordada por el sujeto. Esta fórmula es: “Yo soy azotado por el padre”, y a su vez toma su valor de la transformación de la primera fórmula: “El padre pega al niño que yo odio”.
Lacan glosa esta fórmula, que así pasa a ser: “Pega a mi hermano o a mi hermana por miedo a que yo crea que él es el preferido”. Sostiene que allí hay una forma intersubjetiva desarrollada, muy articulada. En efecto, en esta primera forma del fantasma, que luego de la transformación dará “Se pega a un niño”, está en juego el amor: pegar al otro niño vale allí como signo de amor dado por el padre al sujeto. Dicho de otro modo, en el origen mismo del fantasma se tiene una posición de amor. Sólo más adelante, después de las transformaciones, tendremos apenas “Se pega a un niño”, donde ya no se reconoce la historia amorosa del fantasma. Pero cuando se reconstituye la genealogía de este fantasma, lo que se encuentra al inicio es una cuestión de amor.
Hay familias en las que el padre efectivamente golpea. Puede haber una familia en la que el padre golpea a los hijos y no a las hijas; por el contrario, las mima. Pues bien, que los golpeados sean los muchachos, las fascina. En consecuencia, ellas pueden verse llevadas a imaginar el goce de ser golpeadas como muchachos, y a preguntarse si ser golpeado no será de hecho una prueba de amor del padre, muy superior al hecho de ser mimado.
El fantasma “Se pega a un niño” está sostenido por una articulación compleja, y la escena que se despeja en la forma final del fantasma es sostenida por toda una historia permutativa, de tal suerte que este fantasma es a la vez una escena, por lo cual pertenece a lo imaginario, y el resultado de una transformación simbólica que la hace una escena significantizada, coagulada, hierática, sagrada. Se parte de una pregunta sobre el amor, y se llega a la escena separada. Estas imágenes indelebles, si bien pertenecen a lo imaginario, sólo toman su función de lo simbólico: la historia de la que se desprende el recuerdo encubridor. Y para el sujeto esas imágenes perduran como un hueso; se le quedan atragantadas, permanecen con un carácter paradójico, escandaloso, incluso vergonzoso: quedan como lo real de esa elaboración simbólica.
Nada
La tesis de Lacan es que la demanda de amor no es demanda de un objeto, sino de nada: no demanda esto o aquello, un objeto en particular, sino que demanda lo que sea, y es entonces indiferente a la particularidad del objeto: lo que sea, siempre que tenga el valor de prueba de amor. Lo que sea, siempre que signifique: “Tú me faltas”. En este sentido, el don de amor que rodea, que apremia al don del objeto, tiene un valor exactamente inverso. Dar es, ante todo, decir. “Yo tengo, yo poseo”. Dar destaca el tener del Otro, pero el don hecho al Otro en calidad de signo de amor significa, más secretamente, que yo no tengo, que me faltas tú. De tal suerte que, si bien en ambos casos se dirige al Otro, hay no obstante un desdoblamiento. La demanda surgida de la necesidad se dirige al Otro en la medida en que el Otro tiene, mientras que la demanda de amor se dirige al Otro en la medida en que no tiene. Esto es lo que justifica definir el amor como el don de lo que no se tiene: dar prueba de la propia falta.
* Texto extractado de Donc. La lógica de la cura, de próxima aparición (ed. Paidós).
Psicología Jueves, 3 de marzo de 2011
Cuando lo que se pide es nada
Signo de amor
La demanda de amor es “demanda incondicional de la presencia y de la ausencia” –destaca el autor–: “El amor requiere la presencia, el ‘Aquí estoy’ del Otro”, pero esa presencia “toma su valor extremo, vital, si el Otro no está”, por eso “la carta de amor tiene una función eminente”. Y aun en oscuras fantasías como la del niño que es pegado, “lo que se encuentra al inicio es una cuestión de amor”.
Por Jacques-Alain Miller *
¿Tendrían los hombres idea del amor si las mujeres no les enseñaran? En verdad, es dudoso. Para ambos sexos eso empieza con la madre. Es cierto que aquello que se da no lo es todo. También están el arte y la manera: si se considera el modo en que se hacen los regalos, puede decirse que el arte y la manera de dar valen más que dar mucho. Los japoneses son muy buenos para dar naderías rodeadas de una pompa sensacional. Me ha ocurrido recibir regalos de japoneses. Debo decir que eran de lo más exquisito, aunque fuesen naderías. También se puede pensar en esa ceremonia con la que saben rodear la producción de una taza de té. Es un gran despliegue de artificios, de maneras, de arte, para, finalmente, muy pocas cosas: un pequeño vertimiento que, gracias al arte y la manera, toma el valor de un elixir, de una quintaesencia. En el amor es igual. Si ustedes no lo rodean de una suerte de ceremonia, el pequeño vertimiento tiene un valor muy, muy relativo.
Con el alimento, es igual. A tal punto que hace unos años, al volver de Japón, hice una pequeña anorexia. Si en Kyoto los alimentan durante una semana con comidas que constan de un considerable número de platos, a cual más pequeño –donde hay una cosita escondida, envuelta, una miniatura de alimento, bocaditos, semibocados con la superficie ocupada esencialmente por el delicadísimo envoltorio–, al regreso, cuando vuelven a los churrascos, el puré, la cabeza de ternera, las pezuñas de cerdo, se dicen: Ya no puedo comer eso, y se vuelven un poquito anoréxicos. Al regresar de allí demandamos nada, encontramos que aquí todo es excesivamente pesado. En Japón se aprende a consumir nada. Es delicioso.
Esto contrasta con lo que se llamó la sociedad de la abundancia. Pero, para que esa nada tenga valor, debe venir por añadidura, debe ser un suplemento; un suplemento de nada.
En nuestras calles de la sociedad de la abundancia se multiplican los mendigos. ¡Qué figura fascinante es el mendigo! Hoy no puede hacerse su elogio: son desempleados. Es muy difícil recuperar el valor eminente que el mendigo tuvo en la historia, antes que el trabajo se volviera un valor esencial, antes que entrara en el superyó. Hubo una cultura de la mendicidad, un mito del mendigo. En el Medioevo, volverse mendigo era un recurso. Ustedes dejan todo por el amor de –por el amor de Dios, por el amor de Cristo, por el amor de una mujer–, y se van a pasear su falta por el mundo; así dan a los otros la oportunidad de hacer buenas acciones –por el amor de Dios–. Solución formidable, devenir así (por otra parte suelen ser más bien hombres que mujeres) una falta ambulante, una falta peregrina. Claro que hoy pueden caer bajo la crítica de ser una boca inútil. Hoy se trata mal a las bocas inútiles. Pues bien, es lo contrario: las bocas inútiles son muy útiles. Se consagran a hacer presente el agujero; un agujero con derechos sobre quienes tienen, sobre quienes están colmados. Es una invitación a que éstos se descompleten.
Lamentablemente, los mendigos se transformaron en holgazanes. El término holgazán [fainéant] data de 1321. Holgazán es quien hace nada [fait néant]. ¡Es formidable ser holgazán! Pero en cierto momento de la historia del buen Occidente ya no se pensó más que en poner a trabajar a los holgazanes, en extraer su fuerza de trabajo para la producción. Eso permitió convertirlos en desempleados para que los otros trabajen tanto más y por mucho menos –ese es el uso del desempleado–. Debería honrarse al holgazán. En efecto, hacer nada es angustiante. A veces, para librarse de la angustia, uno hace algo, no importa qué; se mueve, se agita.
Tomo estos atajos para hacer el elogio de algo que las mujeres han logrado en Occidente: que los hombres respeten la nada. No lo lograron tanto en Japón, pero sin duda no lo necesitaban, pues allí todo el mundo respeta la nada. En Occidente lograron, en el curso de una larga elaboración del amor, que los hombres respetaran la nada. Piensen en ese momento distinguido por Lacan, el del amor cortés. Un retoño del amor cortés es el preciosismo. Floreció en el siglo XVIII, especialmente en Francia, donde se vieron las mayores expresiones de esa gigantesca empresa de educación del hombre por parte de las mujeres. Además, en el siglo XVIII el gusto mismo se convirtió en un problema teórico. Se indagó cómo hacer para que las maneras se refinaran y que, en vez de caer sin vueltas sobre el objeto de la necesidad, se empezara a hacer lo que villanos y toscos llamarían zalamerías.
El cortesano es una forma pulida del caballero. Su aparición estuvo vinculada con el crecimiento del Estado, que exigió dejar en la puerta la lanza, la espada, la armadura. Hoy en día, curiosamente, en algunas culturas se observa cierta renuncia femenina. El feminismo, en las formas estridentes que a veces toma en Estados Unidos y que quizá nos llegarán de allí, el feminismo valeroso, guerrero –ellas son las que toman la lanza, la espada y la armadura–, está quizá fundado en una decepción, la de que el hombre sigue siendo un burro, es radicalmente ineducable, y para que se comporte tal vez haya que amenazarlo sin cesar con las iras de la ley. En Francia y entre los latinos todavía es diferente. Para una mujer, sigue siendo esencial el signo de amor.
Ella busca el signo de amor en el otro, lo espía. Quizás a veces lo inventa. El signo de amor es tan frágil, tan fugaz, que hay que hablar de él con todos los miramientos. El signo de amor es a la vez mucho menos y mucho más que la prueba de amor. La prueba de amor siempre pasa por el sacrificio de lo que se tiene, es sacrificar a la nada lo que se tiene, mientras que el signo de amor es una nadería que se marchita, que decae y se borra si no se la trata con todos los miramientos, si no le testimonian todas las consideraciones.
“¿Estás aquí?”
Lacan distinguió entre la demanda simple y la demanda de amor. La demanda simple ya tiene un efecto de significantización de la necesidad; más allá, la demanda es demanda de amor, es decir, demanda de nada o “demanda incondicional de la presencia y de la ausencia”, como dice Lacan en “La dirección de la cura y los principios de su poder”. ¿Por qué demanda “de la ausencia”? La presencia es el puro llamamiento a que el Otro esté y dé signos de su presencia; que al menos diga que está, que dé signos de su existencia; que responda, pues, al llamamiento, o que llame para decir simplemente: “Aquí estoy”. Ahora bien, que el Otro diga “Aquí estoy” por cierto sólo tiene su valor extremo, vital, si no está. Es en ese caso cuando en verdad vale algo. Si el Otro está aquí, dándoles la mano, y ustedes son muy sofisticados, pueden aún demandarle: “¡Dime que estás aquí!”; sobre todo si el señor que les da la mano es un obsesivo, que justamente piensa en otra cosa. Podemos entonces exigir “¿Estás aquí?” aun en presencia del Otro. Pero en fin, el hecho de que diga “Aquí estoy” tiene su valor vital cuando él no está. Por eso Lacan, en su Seminario XX, decía que la carta de amor tiene una función eminente en el amor. En general, solo se envía una carta a alguien que precisamente no está. En todo caso, es el testimonio de un tiempo en el que el Otro no estuvo, hasta ese instante en el que se redacta la carta. La ausencia del Otro es también la mía, y toda carta de amor dice: “Tú no estás aquí” y, en tu ausencia de mí y en mi ausencia de ti, estamos juntos, estás conmigo. También existe el teléfono. A veces un llamado telefónico se torna estrictamente equivalente al don del amor.
Entonces, por un lado la demanda, y por el otro la demanda de amor. Está la demanda que tiene algo por objeto, es decir, la demanda del objeto de la necesidad –tengo hambre, tengo sed, etcétera–: allí el objeto, aunque pase por la demanda que lo significantiza, es algo. Y está la demanda de amor, que apunta radicalmente a la nada –un simple signo, una nadería–. En la conjunción entre la demanda y la demanda de amor, está el deseo. Si el objeto en la demanda es algo, y en la demanda de amor es nada, el objeto del deseo es como una amalgama entre algo y nada. Lo que Lacan llamará objeto a –y se hará célebre– es el significante de algo en conexión con nada. Si la demanda de amor apunta a la nada, en asuntos del deseo no puede desatenderse la insistencia de algo –algo absolutamente particular–. Además, en el amor es esencial la relación con el Otro, que distribuye los signos de amor y del cual se espera el signo de amor, mientras que el deseo se sustrae de esta relación con el Otro. El deseo tiene más bien relación con algo en el Otro, y por eso puede ser angustiante.
El deseo, según la fórmula que Lacan propondrá en el Seminario XI, involucra en ti algo más que tú: involucra en el Otro un elemento no conocido por el Otro mismo, que pertenece a la intimidad más reservada del Otro, una intimidad incluso no conocida por ese Otro. Por eso propuse utilizar, para esa zona del Otro, el término “extimidad”. Mientras que el amor depende de los signos del Otro, el deseo está enganchado, estimulado por algo desapegado del Otro. A eso se debe que Lacan, tras haberlos construido en continuidad, se vea llevado a oponerlos. Lo hará bajo una forma dialéctica, marcando que en cierto modo el amor y el deseo tienen la misma estructura, que en el deseo se reencuentra lo incondicional de la demanda. Para articularlos, Lacan dice que hay como un trastrocamiento en el que lo exigido en el amor, lo sin-condición del amor, se invierte. En el amor, el sujeto está sometido al Otro, pero en el deseo lo incondicional se invierte. Si el amor está ligado al Otro, el deseo está ligado a algo desapegado de este Otro, algo que Lacan llamará la causa del deseo.
Con la causa del deseo, el sujeto ya no queda sujeto al Otro. A este respecto, el deseo es una relativa emancipación respecto de los signos de amor. Un deseo decidido –puede reprochársele– no siempre se preocupa demasiado por los signos de amor. Pero eso no está bien. Hay que saber que el deseo decidido no excusa todo. A deseo decidido, amor tanto más cortés.
“Pegan a un niño”
Dije que esta oposición, situada en el origen mismo del concepto lacaniano de deseo, ya tan célebre, acentúa la emancipación del deseo con relación al amor. El ejemplo que da Lacan es elocuente, pues dice que eso ya se ve en el nivel del objeto transicional. (N. de la R.: El psicoanalista Donald Winnicott desarrolló la noción de objeto transicional: es, por ejemplo, un muñequito o una manta, que llega a adquirir una importancia vital para el niño pequeño, sobre todo en ausencia de la madre o al ir a dormir.) El objeto transicional consiste en tomar un trocito, y luego ¡ciao al Otro! El objeto transicional de Winnicott permite al sujeto remitir el Otro a sus fallas o a su falta y resistir el impacto, pero Lacan señala que es apenas el emblema del objeto a; apenas una representación imaginaria, en imágenes, del objeto a, cuyo lugar está en el inconsciente. El objeto a no es el objeto transicional: la observación de este último sólo sirve de apoyo. El objeto a está en el inconsciente.
Esta presencia del objeto a en el inconsciente permite sostener que el fantasma inconsciente siempre tiene, según la fórmula de Lacan, un pie en el Otro; pero no los dos, dado que a está desapegado del Otro. Pueden remitirse a la construcción que Lacan retoma de Freud con su comentario del fantasma “Se pega a un niño”. (N. de la R.: “La fantasía de presenciar cómo ‘pegan a un niño’ es confesada con sorprendente frecuencia por personas que han acudido al tratamiento psicoanalítico, y surge probablemente aún con mayor frecuencia en otras que no se han visto impulsadas a tal decisión (...) La confesión de esta fantasía cuesta gran violencia al sujeto”; S. Freud, “Pegan a un niño. Aportación al conocimiento de la génesis de las perversiones sexuales”, 1919.)
Freud distingue tres tiempos de elaboración, al último de los cuales corresponde la fórmula “Se pega a un niño”. Muestra cómo, en estos tres tiempos, hay una transformación de las fórmulas. La segunda fórmula, señala, es la que debe ser reconstruida porque nunca es recordada por el sujeto. Esta fórmula es: “Yo soy azotado por el padre”, y a su vez toma su valor de la transformación de la primera fórmula: “El padre pega al niño que yo odio”.
Lacan glosa esta fórmula, que así pasa a ser: “Pega a mi hermano o a mi hermana por miedo a que yo crea que él es el preferido”. Sostiene que allí hay una forma intersubjetiva desarrollada, muy articulada. En efecto, en esta primera forma del fantasma, que luego de la transformación dará “Se pega a un niño”, está en juego el amor: pegar al otro niño vale allí como signo de amor dado por el padre al sujeto. Dicho de otro modo, en el origen mismo del fantasma se tiene una posición de amor. Sólo más adelante, después de las transformaciones, tendremos apenas “Se pega a un niño”, donde ya no se reconoce la historia amorosa del fantasma. Pero cuando se reconstituye la genealogía de este fantasma, lo que se encuentra al inicio es una cuestión de amor.
Hay familias en las que el padre efectivamente golpea. Puede haber una familia en la que el padre golpea a los hijos y no a las hijas; por el contrario, las mima. Pues bien, que los golpeados sean los muchachos, las fascina. En consecuencia, ellas pueden verse llevadas a imaginar el goce de ser golpeadas como muchachos, y a preguntarse si ser golpeado no será de hecho una prueba de amor del padre, muy superior al hecho de ser mimado.
El fantasma “Se pega a un niño” está sostenido por una articulación compleja, y la escena que se despeja en la forma final del fantasma es sostenida por toda una historia permutativa, de tal suerte que este fantasma es a la vez una escena, por lo cual pertenece a lo imaginario, y el resultado de una transformación simbólica que la hace una escena significantizada, coagulada, hierática, sagrada. Se parte de una pregunta sobre el amor, y se llega a la escena separada. Estas imágenes indelebles, si bien pertenecen a lo imaginario, sólo toman su función de lo simbólico: la historia de la que se desprende el recuerdo encubridor. Y para el sujeto esas imágenes perduran como un hueso; se le quedan atragantadas, permanecen con un carácter paradójico, escandaloso, incluso vergonzoso: quedan como lo real de esa elaboración simbólica.
Nada
La tesis de Lacan es que la demanda de amor no es demanda de un objeto, sino de nada: no demanda esto o aquello, un objeto en particular, sino que demanda lo que sea, y es entonces indiferente a la particularidad del objeto: lo que sea, siempre que tenga el valor de prueba de amor. Lo que sea, siempre que signifique: “Tú me faltas”. En este sentido, el don de amor que rodea, que apremia al don del objeto, tiene un valor exactamente inverso. Dar es, ante todo, decir. “Yo tengo, yo poseo”. Dar destaca el tener del Otro, pero el don hecho al Otro en calidad de signo de amor significa, más secretamente, que yo no tengo, que me faltas tú. De tal suerte que, si bien en ambos casos se dirige al Otro, hay no obstante un desdoblamiento. La demanda surgida de la necesidad se dirige al Otro en la medida en que el Otro tiene, mientras que la demanda de amor se dirige al Otro en la medida en que no tiene. Esto es lo que justifica definir el amor como el don de lo que no se tiene: dar prueba de la propia falta.
* Texto extractado de Donc. La lógica de la cura, de próxima aparición (ed. Paidós).
TRATA DE PERSONAS

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Sociedad Jueves, 3 de marzo de 2011
Habrá una capacitación especial a los fiscales federales de todo el país
Cómo combatir mejor la trata
La jueza Carmen Argibay y el procurador general Esteban Righi acordaron ayer una iniciativa para mejorar la persecución del delito de trata para explotación sexual. Habrá capacitación a los fiscales y un protocolo que guíe las investigaciones.
“La sociedad no puede mirar para el costado, no puede ignorar la situación de las víctimas”, pidió Argibay.Por Mariana Carbajal
Los fiscales federales de todo el país recibirán una capacitación especial sobre la problemática de la trata de personas con fines de explotación sexual, con el objetivo de mejorar la persecución del delito, que afecta principalmente a adolescentes y jóvenes de los sectores más vulnerables. Se trata de una iniciativa de la Oficina de la Mujer de la Corte Suprema, que encabeza la jueza Carmen Argibay, y la Procuración General de la Nación. Ayer, Argibay formalizó el proyecto con la firma de un convenio de cooperación con el procurador general Esteban Righi. El acuerdo incluye la elaboración de un protocolo de investigación para que los fiscales guíen sus pesquisas. “Hay que convencer a la ciudadanía de que no es un problema de los jueces ni de los fiscales. La sociedad no puede mirar para el costado, no puede ignorar la situación de las víctimas de trata”, pidió Argibay. Y consideró que es “un problema muy serio”. “Ojalá se sumen otra ramas del Gobierno, de otros poderes, para combatir la trata” y “liberar a las mujeres, a veces niñas, que han quedado atrapadas en redes de prostitución”, reclamó Argibay.
El acto, en la sala de videoconferencias del máximo tribunal, tuvo un cierre inusual para la solemnidad cortesana: invitado especial, el cantante Víctor Heredia entonó su canción “Novicia”, que relata la historia de una niña de 14 años en situación de prostitución.
Tanto Argibay como Righi dejaron en claro que no se puede considerar que no se configura el delito de trata porque hubo “consentimiento” de las víctimas para estar, por ejemplo, encerradas en burdel, un argumento sostenido en algunas causas judiciales por fiscales para archivar las investigaciones. “Más que consentimiento, hay una situación de sometimiento”, afirmó Ri-ghi. “El consentimiento es viciado cuando no se tiene la libertad de decidir, cuando (las víctimas) han sido captadas de chiquitas”, indicó Argibay. Este será uno de los temas de los módulos de la capacitación que recibirán los fiscales, aclaró la ministra de la Corte. Otro de los ejes apuntará a derribar los prejuicios y preconceptos que tienen en torno de las situaciones de explotación sexual de mujeres, adelantó a este diario el fiscal Marcelo Colombo, titular de la Ufase, la unidad especializada en el delito de trata de la Procuración. Colombo trabajó junto con expertas de la Oficina de la Mujer de la Corte en los contenidos de los talleres.
“Esperamos que más gente se conmueva (con esta problemática) y que frente a mujeres y niñas encerradas en “whisquerías o casas de masajes veamos solo a la novicia de la que habla esta canción y nos resulte intolerable la presencia de mujeres esclavizadas”, dijo Flora Acselrad, secretaria letrada de la Oficina de la Mujer de la Corte, al presentar al cantautor. “Me siento muy orgulloso de poder participar de un hecho tan trascendental”, celebró Heredia, quien contó que había escrito la canción “Novicia” hace muchos años y recordó que la letra le gustaba mucho a Mercedes Sosa. “Es un orgullo que hoy adquiera un sentido especial”, agregó Heredia. Cantó y emocionó a varios en la sala. Al finalizar, abrazó a Susana Trimarco, madre de Marita Verón, emblema de la lucha contra la trata en el país. El 3 de abril se cumplirán nueve años de su desaparición, presuntamente a manos de una red de trata para explotación sexual en Tucumán.
Un relevamiento realizado en octubre de 2010 por la Ufase encontró que había unas cien causas judiciales abiertas por el delito de trata en cinco provincias del norte: Misiones, Chaco, Salta, Jujuy y Corrientes. En el 70 por ciento de los casos, las víctimas eran mujeres reclutadas para la explotación sexual. Cerca del 60 por ciento de las maniobras de captación habían tenido lugar en Salta y Misiones. “La esclavitud puede ser laboral o sexual. Son deleznables las dos, pero peor es la explotación sexual, porque el objeto de esclavitud es el cuerpo de niñas y mujeres. Tenemos que trabajar para evitar y castigar el tráfico. Pero los jueces solos no podemos”, insistió Argibay. La acompañaron el presidente de la Corte, Ricardo Lorenzetti, y la ministra Elena Highton de Nolasco. Entre el público que se amuchó en la sala de videoconferencias estuvieron legisladoras, jueces, abogados y representantes de ámbitos académicos vinculados con el Derecho. Trimarco destacó la importancia de la capacitación que recibirán los fiscales. “Es una muy buena noticia”, señaló Trimarco a Página/12.
Colombo indicó que desde la Ufase han identificado “dos problemas básicos para perseguir el delito de trata: por un lado, la con-nivencia de sectores políticos y de fuerzas de seguridad y, por el otro, los preconceptos y los prejuicios de los propios actores del sistema judicial. Esta capacitación apunta a este último problema”, apuntó, en diálogo con este diario. Los cursos empezarán entre abril y mayo. En una primera etapa recibirán capacitación dos personas por provincia, fiscales o secretarios de fiscalías, que actuarán como replicadores en sus jurisdicciones. “Queremos que estos talleres sean obligatorios”, indicó Colombo. Una metodología similar, con replicadores en cada provincia, se está utilizando exitosamente para sensibilizar en cuestiones de género a integrantes de todos los estamentos de la Justicia –superiores tribunales, cámaras federales y nacionales, tribunales y personal administrativo–, una propuesta que puso en marcha Argibay el año anterior y a la que ayer se sumaron nuevas jurisdicciones.
Sociedad Jueves, 3 de marzo de 2011
Habrá una capacitación especial a los fiscales federales de todo el país
Cómo combatir mejor la trata
La jueza Carmen Argibay y el procurador general Esteban Righi acordaron ayer una iniciativa para mejorar la persecución del delito de trata para explotación sexual. Habrá capacitación a los fiscales y un protocolo que guíe las investigaciones.
“La sociedad no puede mirar para el costado, no puede ignorar la situación de las víctimas”, pidió Argibay.Por Mariana Carbajal
Los fiscales federales de todo el país recibirán una capacitación especial sobre la problemática de la trata de personas con fines de explotación sexual, con el objetivo de mejorar la persecución del delito, que afecta principalmente a adolescentes y jóvenes de los sectores más vulnerables. Se trata de una iniciativa de la Oficina de la Mujer de la Corte Suprema, que encabeza la jueza Carmen Argibay, y la Procuración General de la Nación. Ayer, Argibay formalizó el proyecto con la firma de un convenio de cooperación con el procurador general Esteban Righi. El acuerdo incluye la elaboración de un protocolo de investigación para que los fiscales guíen sus pesquisas. “Hay que convencer a la ciudadanía de que no es un problema de los jueces ni de los fiscales. La sociedad no puede mirar para el costado, no puede ignorar la situación de las víctimas de trata”, pidió Argibay. Y consideró que es “un problema muy serio”. “Ojalá se sumen otra ramas del Gobierno, de otros poderes, para combatir la trata” y “liberar a las mujeres, a veces niñas, que han quedado atrapadas en redes de prostitución”, reclamó Argibay.
El acto, en la sala de videoconferencias del máximo tribunal, tuvo un cierre inusual para la solemnidad cortesana: invitado especial, el cantante Víctor Heredia entonó su canción “Novicia”, que relata la historia de una niña de 14 años en situación de prostitución.
Tanto Argibay como Righi dejaron en claro que no se puede considerar que no se configura el delito de trata porque hubo “consentimiento” de las víctimas para estar, por ejemplo, encerradas en burdel, un argumento sostenido en algunas causas judiciales por fiscales para archivar las investigaciones. “Más que consentimiento, hay una situación de sometimiento”, afirmó Ri-ghi. “El consentimiento es viciado cuando no se tiene la libertad de decidir, cuando (las víctimas) han sido captadas de chiquitas”, indicó Argibay. Este será uno de los temas de los módulos de la capacitación que recibirán los fiscales, aclaró la ministra de la Corte. Otro de los ejes apuntará a derribar los prejuicios y preconceptos que tienen en torno de las situaciones de explotación sexual de mujeres, adelantó a este diario el fiscal Marcelo Colombo, titular de la Ufase, la unidad especializada en el delito de trata de la Procuración. Colombo trabajó junto con expertas de la Oficina de la Mujer de la Corte en los contenidos de los talleres.
“Esperamos que más gente se conmueva (con esta problemática) y que frente a mujeres y niñas encerradas en “whisquerías o casas de masajes veamos solo a la novicia de la que habla esta canción y nos resulte intolerable la presencia de mujeres esclavizadas”, dijo Flora Acselrad, secretaria letrada de la Oficina de la Mujer de la Corte, al presentar al cantautor. “Me siento muy orgulloso de poder participar de un hecho tan trascendental”, celebró Heredia, quien contó que había escrito la canción “Novicia” hace muchos años y recordó que la letra le gustaba mucho a Mercedes Sosa. “Es un orgullo que hoy adquiera un sentido especial”, agregó Heredia. Cantó y emocionó a varios en la sala. Al finalizar, abrazó a Susana Trimarco, madre de Marita Verón, emblema de la lucha contra la trata en el país. El 3 de abril se cumplirán nueve años de su desaparición, presuntamente a manos de una red de trata para explotación sexual en Tucumán.
Un relevamiento realizado en octubre de 2010 por la Ufase encontró que había unas cien causas judiciales abiertas por el delito de trata en cinco provincias del norte: Misiones, Chaco, Salta, Jujuy y Corrientes. En el 70 por ciento de los casos, las víctimas eran mujeres reclutadas para la explotación sexual. Cerca del 60 por ciento de las maniobras de captación habían tenido lugar en Salta y Misiones. “La esclavitud puede ser laboral o sexual. Son deleznables las dos, pero peor es la explotación sexual, porque el objeto de esclavitud es el cuerpo de niñas y mujeres. Tenemos que trabajar para evitar y castigar el tráfico. Pero los jueces solos no podemos”, insistió Argibay. La acompañaron el presidente de la Corte, Ricardo Lorenzetti, y la ministra Elena Highton de Nolasco. Entre el público que se amuchó en la sala de videoconferencias estuvieron legisladoras, jueces, abogados y representantes de ámbitos académicos vinculados con el Derecho. Trimarco destacó la importancia de la capacitación que recibirán los fiscales. “Es una muy buena noticia”, señaló Trimarco a Página/12.
Colombo indicó que desde la Ufase han identificado “dos problemas básicos para perseguir el delito de trata: por un lado, la con-nivencia de sectores políticos y de fuerzas de seguridad y, por el otro, los preconceptos y los prejuicios de los propios actores del sistema judicial. Esta capacitación apunta a este último problema”, apuntó, en diálogo con este diario. Los cursos empezarán entre abril y mayo. En una primera etapa recibirán capacitación dos personas por provincia, fiscales o secretarios de fiscalías, que actuarán como replicadores en sus jurisdicciones. “Queremos que estos talleres sean obligatorios”, indicó Colombo. Una metodología similar, con replicadores en cada provincia, se está utilizando exitosamente para sensibilizar en cuestiones de género a integrantes de todos los estamentos de la Justicia –superiores tribunales, cámaras federales y nacionales, tribunales y personal administrativo–, una propuesta que puso en marcha Argibay el año anterior y a la que ayer se sumaron nuevas jurisdicciones.
Siempre tarde

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Sociedad Jueves, 3 de marzo de 2011
El Papa exculpa al “pueblo judío” por la crucifixión y muerte de Jesús
Un libro para apaciguar ánimos
Sociedad Jueves, 3 de marzo de 2011
El Papa exculpa al “pueblo judío” por la crucifixión y muerte de Jesús
Un libro para apaciguar ánimos
Benedicto XVI reafirma en un libro próximo a aparecer que no se puede acusar a “los judíos” por la muerte de Cristo. El sociólogo Fortunato Mallimaci explica las motivaciones de la reafirmación de una doctrina del Concilio Vaticano II.
El Papa planteó que cuando Mateo se refiere a “todo el pueblo” no expresa un hecho histórico.Es imposible que “todo el pueblo” judío haya pedido la crucifixión de Cristo, aseguró el papa Benedicto XVI en un texto que señala como errónea esa interpretación que tuvo consecuencias “fatales” en la historia. “¿Cómo habría podido todo el pueblo (judío) estar presente en ese momento para pedir la muerte de Jesús?”, escribió en un libro que saldrá a la venta el 10 de marzo y cuyo adelanto, dado a conocer ayer, va en el sentido de confirmar lo sostenido desde el Concilio Vaticano II.
En el libro Jesús de Nazareth, el papa Ratzinger señala que, cuando en el Evangelio de Mateo se refiere que “todo el pueblo” pidió la crucifixión, “no se expresa un hecho histórico”. “¿Cómo habría podido todo el pueblo (judío) estar presente en ese momento para pedir la muerte de Jesús?”, cuestiona, para reconocer que esa interpretación sustentó la persecución de los judíos. La “realidad” histórica, en cambio, aparece de manera correcta en los evangelios de Juan y Marcos, asegura el pontífice. “Según Juan, fueron simplemente los judíos, pero esa expresión no indica para nada que se tratase del pueblo de Israel como tal y menos que tuviera un carácter racista. Juan era israelita, como Jesús y todos los suyos. En Juan esa expresión tiene un significado preciso y rigurosamente limitado, se refiere a la aristocracia del templo (de Jerusalén).” Marcos amplía las acusaciones a los ochlos, la masa que apoyaba a Barrabás y que se había movilizado para lograr que fuera amnistiado con motivo de la inminente Pascua. “El verdadero grupo de los acusadores son los círculos contemporáneos del templo y la masa que apoyaba a Barrabás.” Además, el texto papal aclara que Jesús no fue un “revolucionario político” y que sus mensajes y comportamiento no supusieron peligro alguno para el dominio romano.
En el adelanto del libro, Ratzinger también refiere una frase clave del Evangelio de Mateo: “Y todo el pueblo respondió: ‘Que su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos’”. La sangre de Jesús, escribió el Papa, “habla otro idioma diferente al de Abel”. “No pide venganza ni castigo, sino reconciliación. No es derramada contra algunos, sino que se vierte para todos. No es maldición, sino redención y salvación.”
Las afirmaciones de Benedicto XVI van en línea con lo sostenido por el Concilio Vaticano II (1962-1965) en la declaración Nostra Aetate, en la cual las autoridades del catolicismo retiraron las acusaciones de deicidio contra los judíos.
A juzgar por el adelanto, el contenido del nuevo libro de Benedicto XVI se encarga de “recorrer distintos documentos que la Iglesia Católica viene produciendo desde el Concilio Vaticano II, que afirman el diálogo interreligioso y la confraternidad judeocristiana”, interpretó el sociólogo especialista en religiones Fortunato Mallimaci, en diálogo con este diario. En ese sentido, no se trataría estrictamente de afirmaciones novedosas. Sin embargo, el momento en que sucede puede aportar otra luz a la lectura. “Pareciera que quiere poner coto, fin, límites, a ciertas corrientes católicas que, en los últimos años, han intentado seguir con el antisemitismo, negar el Holocausto. En esto, el Papa reafirma una línea doctrinaria. En ese sentido, es importante, porque también debe haber todavía hoy voces que niegan esta perspectiva o hacen una lectura fundamentalista del texto bíblico. Eso pasa dentro y fuera de la Iglesia.”
El Papa planteó que cuando Mateo se refiere a “todo el pueblo” no expresa un hecho histórico.Es imposible que “todo el pueblo” judío haya pedido la crucifixión de Cristo, aseguró el papa Benedicto XVI en un texto que señala como errónea esa interpretación que tuvo consecuencias “fatales” en la historia. “¿Cómo habría podido todo el pueblo (judío) estar presente en ese momento para pedir la muerte de Jesús?”, escribió en un libro que saldrá a la venta el 10 de marzo y cuyo adelanto, dado a conocer ayer, va en el sentido de confirmar lo sostenido desde el Concilio Vaticano II.
En el libro Jesús de Nazareth, el papa Ratzinger señala que, cuando en el Evangelio de Mateo se refiere que “todo el pueblo” pidió la crucifixión, “no se expresa un hecho histórico”. “¿Cómo habría podido todo el pueblo (judío) estar presente en ese momento para pedir la muerte de Jesús?”, cuestiona, para reconocer que esa interpretación sustentó la persecución de los judíos. La “realidad” histórica, en cambio, aparece de manera correcta en los evangelios de Juan y Marcos, asegura el pontífice. “Según Juan, fueron simplemente los judíos, pero esa expresión no indica para nada que se tratase del pueblo de Israel como tal y menos que tuviera un carácter racista. Juan era israelita, como Jesús y todos los suyos. En Juan esa expresión tiene un significado preciso y rigurosamente limitado, se refiere a la aristocracia del templo (de Jerusalén).” Marcos amplía las acusaciones a los ochlos, la masa que apoyaba a Barrabás y que se había movilizado para lograr que fuera amnistiado con motivo de la inminente Pascua. “El verdadero grupo de los acusadores son los círculos contemporáneos del templo y la masa que apoyaba a Barrabás.” Además, el texto papal aclara que Jesús no fue un “revolucionario político” y que sus mensajes y comportamiento no supusieron peligro alguno para el dominio romano.
En el adelanto del libro, Ratzinger también refiere una frase clave del Evangelio de Mateo: “Y todo el pueblo respondió: ‘Que su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos’”. La sangre de Jesús, escribió el Papa, “habla otro idioma diferente al de Abel”. “No pide venganza ni castigo, sino reconciliación. No es derramada contra algunos, sino que se vierte para todos. No es maldición, sino redención y salvación.”
Las afirmaciones de Benedicto XVI van en línea con lo sostenido por el Concilio Vaticano II (1962-1965) en la declaración Nostra Aetate, en la cual las autoridades del catolicismo retiraron las acusaciones de deicidio contra los judíos.
A juzgar por el adelanto, el contenido del nuevo libro de Benedicto XVI se encarga de “recorrer distintos documentos que la Iglesia Católica viene produciendo desde el Concilio Vaticano II, que afirman el diálogo interreligioso y la confraternidad judeocristiana”, interpretó el sociólogo especialista en religiones Fortunato Mallimaci, en diálogo con este diario. En ese sentido, no se trataría estrictamente de afirmaciones novedosas. Sin embargo, el momento en que sucede puede aportar otra luz a la lectura. “Pareciera que quiere poner coto, fin, límites, a ciertas corrientes católicas que, en los últimos años, han intentado seguir con el antisemitismo, negar el Holocausto. En esto, el Papa reafirma una línea doctrinaria. En ese sentido, es importante, porque también debe haber todavía hoy voces que niegan esta perspectiva o hacen una lectura fundamentalista del texto bíblico. Eso pasa dentro y fuera de la Iglesia.”
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