UNA APRENDE
Lento, pero viene.
El saber, la luz del
entendimiento.
Como un parto con dolor. Vienen.
En la poesía como en la vida, en
la política como en el amor: hay falsos profetas, cantos de sirena, falsos
abrazos de oso, tequiero prostituídos.
Y una aprende.
Los mismos que te abrazan se
hacen camperas de cuero con tu cuero, te cantan loas y te estafan, se
aprovechan de tu antiviveza criolla, de tu culto por la dignidad y la honradez,
de esta manía de ser sincera a ultranza, izando el corazón para que flamee a
los cuatro vientos y los cancerberos lo deglutan uva a uva como a una víctima
propiciatoria, racimo de estupidez para los presuntos dueños de la verdad absoluta que ni
siquiera tienen el decoro de aplicar, de tanto en tanto, el beneficio de la
duda.
He aquí la diferencia.
Y entre las sombras pérfidas, en
la clandestinidad más deshonrada, horadan tus poros e inoculan el veneno de la
desconfianza, virus letal que, como una lepra, te va carcomiendo. Y así ves
crecer en tu jardín inocuo, ramitas de sospecha.
La sospecha es como las ratitas domésticas. No
las ves, pero escuchás sus sordos ruidos las veinticuatro horas, también cuando
estás dormida, porque se acobachan en tu cerebro, en tu glotis, en el flujo
menstrual, en la saliva, en el intestino grueso y en el delgado también.
Sospecha: rata asquerosa,
abrevadero del insomnio, te hace su esclava para siempre.
También es un abuso: intelectual,
cerebral, genital, afectivo, gutural, ideológico, estomacal.
Lentamente, una aprende.
Y se da un baño de inmersión en
la pila de la indiferencia. Y así como antes corregía faltas ortográficas,
comienza a tachar nombres o a ponerse el chaleco antibalas para preservarse de
ciertos encontronazos.
Una siempre tuvo clara la
jerarquía de sus sentimientos e ideas. Primero los hijos, después los amigos y
muy despuesito algunas ideas que, como los errores de ortografía, siempre
pueden corregirse, mejorarse y hasta cambiarse.
Pero… ¿cambiar un hermano por una
idea? ¿Perder un amigo por defender gente que ha hecho de la deslealtad un
hábito? ¿Defender lo indefendible en lugar de tender la mano al que está cerca
y es capaz de abrazarnos en serio?
No. No. No. Una ya aprendió que
no todo lo que brilla es oro y la necedad es tan brillante que enceguece.
A cuidar los afectos verdaderos,
a cuidar las palabras que pueden herir a un corazón noble y cercano.
Cada vez es más difícil contar
con afectos genuinos. Si los desperdigás por no saber callar a tiempo, si te
extralimitás con tus palabras, un día comerás palabras como piedras.
Hay cosas, gente, amores, que se
deben preservar. Son la reserva, la referencia, el refugio.
Que el ventarrón nunca te pille a
la intemperie. No vaya a ser que ni siquiera te recuerden.
Y eso es morir.
©Olga Liliana Reinoso – Un
abril más.
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