Eres la mujer de mi arma, dijo el andaluz. Y besó el dibujo que había tallado en su Remington.
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domingo, 2 de diciembre de 2012
viernes, 30 de noviembre de 2012
palabras cruzadas
PALABRAS CRUZADAS
-Muchas veces le deseé la muerte.
-Eso es pecado mortal.
-Y bué, de algo hay que morirse.
martes, 8 de noviembre de 2011
FILOSOFÍA BARATA

Ella intuía que su problema consistía en no saber filosofía.
Pero por más que lo intentaba, las puertas del conocimiento se cerraban en sus narices. O quizás sería más explícito decir en su cerebro.
No obstante, en cada sueño el río cambiaba, nunca era el mismo.
Las flores corrían arrastradas por la corriente y algunas se enredaban en los árboles que jamás volvía a ver porque mutaban, como el agua.
Al despertar, su grito no era lo bastante vivo como para rescatar más o menos esa idea, eso, el devenir.
Se veía en la cueva, primitiva, con la conciencia a oscuras.
Destino ciego que mantenía cerrada la entrada de aire nuevo a sus pensamientos.
Es por eso que iba a morir, por no creer en la existencia inmortal de su alma.
Pero por más que lo intentaba, las puertas del conocimiento se cerraban en sus narices. O quizás sería más explícito decir en su cerebro.
No obstante, en cada sueño el río cambiaba, nunca era el mismo.
Las flores corrían arrastradas por la corriente y algunas se enredaban en los árboles que jamás volvía a ver porque mutaban, como el agua.
Al despertar, su grito no era lo bastante vivo como para rescatar más o menos esa idea, eso, el devenir.
Se veía en la cueva, primitiva, con la conciencia a oscuras.
Destino ciego que mantenía cerrada la entrada de aire nuevo a sus pensamientos.
Es por eso que iba a morir, por no creer en la existencia inmortal de su alma.
lunes, 24 de enero de 2011
LA GOTA DE LLUVIA

Una gota de lluvia se escapó del techo del quiosco y cayó en la cornisa de una baldosa.
Geraldine pasaba por allí y accionó el tobogán; la gota golosa penetró en el escote generoso y produjo cosquillas en Geraldine. Pero al pasar frente al quiosco, la cosquilla se volvió humedad.
Los ojos de Javier, el quiosquero, la mojaron de punta a punta. Toda ella llovía a cántaros y entonces, Javier, la cubrió con su capa y la secó con sus besos. En el corazón de Geraldine salió un sol radiante. Y la gota de agua quedó pendiendo de su cuello, como un diamante acuoso.
Geraldine pasaba por allí y accionó el tobogán; la gota golosa penetró en el escote generoso y produjo cosquillas en Geraldine. Pero al pasar frente al quiosco, la cosquilla se volvió humedad.
Los ojos de Javier, el quiosquero, la mojaron de punta a punta. Toda ella llovía a cántaros y entonces, Javier, la cubrió con su capa y la secó con sus besos. En el corazón de Geraldine salió un sol radiante. Y la gota de agua quedó pendiendo de su cuello, como un diamante acuoso.
Olga Liliana Reinoso
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