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sábado, 9 de julio de 2016

EL DESVELADO

EL DESVELADO

Desde anoche, mejor, desde la tardecita de ayer que ando desvelado. No, qué va a ser por el bicentenario. Eso lo miré en la tele y me fui a dormir.
Lo que no me cierra es esto del desvelo. ¿Qué es el desvelo? ¿Dónde queda? ¿Para qué se juntan ahí? ¿Quiénes se juntan? ¿Qué estarán complotando? ¿Será la cotraindependencia? ¿O será el libertinaje?
Eso es lo que me tiene desvelado.
La señora es clienta nuestra, docente jubilada, escritora, muy simpática, pero siempre seria, correcta. Nada de cosas raras.
Hasta hoy: “Lléveme al desvelo en la 24 al 2500”.
¿Qué? Se termina Pico, esos son los arrabales, los andurriales, el borde, el margen… Y está por oscurecer. ¿Quién va a un lugar llamado desvelo mientras la noche se apea en un feriado puente víspera del bicentenario de la independencia, con un poncho rojo encima y aduciendo que “es la primera vez”, “que no tiene idea”. “Que son cuentos a la carta de Pajaritos en la cabeza”.
¿Me habrá visto la cara? Me parece que acá hay gato encerrado. ¡Y con relaciones!
La operadora grita desde la radio: ¡¡¡En la guía no está!!!
¿Será que a la jovatela se le dio por revolear el moño con esto de la independencia y me pone en aprietos a mí, que soy un hombre casado?
Ahí está whatsapendo con las “amigas” para que le den referencias. Prontuario tendrían que darle. Pero bueno, quién soy yo para meterme en la vida de nadie si después de todo me paga el viaje y encima me da la primicia de dónde queda el desvelo.
Parece que estamos llegando, ahí bajan otros escritores y andan los periodistas de Corpico. Hay que tener coraje.
De afuera no se ve nada raro, bah, no se ve.
Y siguen entrando muy contentos. Yo me voy a seguir averiguando hasta que se me pase el desvelo.

Última duda: jamás pidió un remis para volver. ¿Quién la trajo? ¿O se quedó a vivir en el Desvelo, desvelada y descocada? Más quisiera…

domingo, 26 de julio de 2015

SÁBANA DE SEDA

SÁBANA DE SEDA

Lucía borda, infatigable, la sábana de seda blanca. Sus ojos crepusculares se esfuerzan, presurosos, junto al ventanal oscurecido de las 7 de la tarde. Pero el bordado crece, mágico, como un montículo de promesas o de sueños incumplidos.
Se va a casar su nieta y ella quiere ofrendarle la sábana nupcial. Ya sabe que los cuentos de hadas se esfumaron, que las noches de boda son una noche más en la rutina de los tiempos que corren, que el zaguán se ahogó en un tango y que virginidad es una palabra que las adolescentes dejaron de escribir.
Ella sabe todo eso. Pero también sabe que los sueños siguen latiéndole en su costado y que ella es una mujer irremediable confinada en los socavones oníricos desde la creación.
Tenía 26 años cuando conoció a Alberto: bello, impoluto, cándido, con cabellera color miel y los mejores besos que supieron transitar su boca. Se amaron a destajo, con un amor de tiempo completo, puro, diáfano. Se entregaron como si hubieran sido Adán y Eva, fundando la pasión.
Lucía ya contaba en su haber con varios naufragios, pero Alberto la bautizó de nuevo en el mar de su abrazo y ella nació de su costilla briosa y joven para estrenar la vida con temblor inocente y primigenio.
Marianela se casa el viernes próximo y tiene que apurarse. Pero sus dedos encallados en el tiempo se enredan y tropiezan. Deshace lo fallido y renueva el ímpetu de las puntadas en sentido inverso a las agujas del reloj. No quiere ser Penélope. Ella es Lucía. Una Lucía deslucida con vestigios de luz y de cordura.
La habían sentenciado: usted no puede tener hijos. Y de repente, Alberto, la juventud de Alberto, la primera vez de Alberto, el esperma de Alberto, gritaron vida en sus entrañas.
¿Cómo contener la alegría incipiente de tierra germinada? ¿Cómo no festejar el alboroto de descartar toda inutilidad?
Pero él no estaba preparado, le faltaba cursada en la Universidad de hombre, no le daban los años para esa paternidad apabullante.
No sabe si la escasa luz o su miopía le humedecen los ojos, no sabe si el magro té con galletitas le retuerce el estómago o el crepitar de leños en el hogar cercano le hace transpirar las manos.
Se va a arruinar la sábana de seda, la sábana nupcial, la sábana símbolo.
Las palabras de Alberto fueron la primera cuchillada. Y ella, que ya era una mujer y que había descubierto su tesoro, no supo defenderse. Sucumbió ante la súplica de sus ojos de niño. Y se entregó al ritual con el cuerpo desvanecido sobre el altar del sacrificio.
Ahora llora sin tapujos, sus ojos son un cielo encapotado. Quiere cruzar la calle sin ver a los costados y el aguijón se clava en los sarmientos de sus manos. Recién entonces advierte la luz roja del semáforo que crece en la llanura blanca de la sábana.
Le han cercenado la niñez y la ilusión, el testimonio del amor de Alberto. Mientras él la esperaba, desvalido, en ese bar cercano. Se abrazaron muy fuerte y trataron de cubrir con sus cuerpos el hueco insuperable de la pérdida. Sólo la sinrazón podía explicar esa masacre en el oleaje hirviente de semejante luna enamorada.
La mancha roja crece como la marea y mancilla la playa de seda con su colérico rubor de fuego impío. Lucía sabe que es un viaje de ida, que ya perdió los trenes de su vida y ahora ni siquiera es capaz de homenajear el embarazo de su nieta.
Otra vez es su sangre como un río por donde huye la vida. Otra vez su cuerpo exangüe se deja arrastrar por la corriente. Otra vez la impotencia del proyecto inconcluso.
Alberto pretende abrazarla como hace treinta años pero solo puede asir el vacío. Vacío más vacío no es igual a completo sino cero al cociente.
Marianela no tiene por qué enterarse, al fin y al cabo, éste era el secreto regalo de Lucía. En la tienda de esperanzas tardías venden sábanas blancas de hilo, de seda, de raso, de satén. Aún guarda en los arcones del recuerdo viejos dólares que postergaron aquel viaje a Europa cuando supo que al pasado no se vuelve nunca.
Pero el amor, a veces, es un anciano respetable y obcecado, fiel rumiante de ardores indelebles, que regresa en otoño, puntualmente.
Alberto pide a gritos la ambulancia que succiona la trasnochada piel de esta Lucía vulnerable, su Lucía que aún guarda aquel rubí o esa temblorosa sensación de haber plantado su semilla en el huerto. Y él resguarda todo el antiguo miedo en la mesa roída de ese cercano bar. Si ella no vuelve a aparecer, pálida y frágil, por la puerta tallada, todo habrá terminado.
Porque es imposible que dos huérfanos se busquen durante el arduo laberinto de los años, entrelacen sus sueños nuevamente, venzan un cáncer juntos, las arrugas o los kilos de más y la muerte de un hijo.


sábado, 18 de octubre de 2014

EL BAILARÍN



Lo había visto jugar en el potrero desde que era una pulga.
Vivía a unas cuadras de mi casa, en un barrio incipiente, hecho a fuerza de pulmón, con los retazos que juntaban los viejos en los atardeceres cómplices.
Parecía un carbón encendido cuando los ojos pícaros se iluminaban al patear la pelota.
Yo nunca entendí nada de fútbol. Ni me importaba. Pero verlo era una fiesta.
Parecía danzar una coreografía de Julio Bocca cuando se deslizaba por el baldío lleno de rosetas.
Tiempo después, me mudé más cerca del centro de General Pico. Y me olvidé del bailarín futbolero. Para colmo, ni sabía su nombre.
Dos días antes de la muerte de mi viejo, fanático de River, me dieron la titularidad en la Escuela Nº 111, esa que tanto me recordaba a la primaria en mi pequeño pueblo.
Aunque reconozco que la docencia no fue mi verdadera vocación, siempre le puse garra y pasión. Como el bailarín en la cancha, como mi viejo gritándole a Francéscoli o a Fillol.
Es que el hecho de trabajar con pibes era un milagro cotidiano.
Yo era el maestro de Lengua, ratón de biblioteca, típico patadura que sólo podía hablar de fútbol leyendo cuentos de grandes autores como Soriano, Fontanarrosa o Galeano.
Eso sí, esos cuentos eran infalibles.  Emocionaban por igual a los varones y a las chicas.
Así que yo acudía seguido a su maravillosa herramienta para acallar las hordas. Y meterlas de a poco en la literatura, tras la ilusión de perseguir una pelota.
Una mañana soleada de principios de octubre, mientras disfrutaba de una hora libre tomándome unos mates, se me dio por observar a mis alumnos que jugaban al fútbol con el profesor de Educación Física.
De pronto, algo me resultó familiar. Esas gambetas, ese malabarismo de piernas y pelota, la escabullida entre los adversarios, el tiro mortal al arco contrario, no podían ser imitaciones.
Eran una pieza única de orfebrería canchera.
Había crecido mucho, pero al acercarme, reconocí las brasas en sus ojos.
De puro porfiado, le pregunté dónde vivía. Y él, riéndose, me dijo:
-          A seis cuadras de su casa de antes, profe.
Era él, nomás. Así que Jonathan Flores era el contorsionista del baldío. Me alegró reencontrarlo entre mis alumnos. A los pocos días descubrí que lo llamaban el “Mara”.
-          ¿Mara? –dije- ¿La liebre patagónica? ¿Por el departamento Maracó?
-          Profe, usted lee mucho, pero de fútbol no sabe nada. Le decimos Mara por el Diego. ¿No vio cómo juega?
            Sí, claro que lo había visto y también me había conmovido.
Pero una cosa eran la cancha, los penales, la pelota. En el aula, el asunto se  complicaba. No sólo porque los números y las letras se enredaban en su cabecita, sino por las zapatillas sin marca, el pantalón emparchado y, muchas veces, la ausencia de jabón.
Justo había caído en un curso de “niños bien” a los que les gustaban más el rugby o el básquet, porque el fútbol era villero.
Yo sentía que tenía que hacer algo, pero no le encontraba la vuelta. Hasta que tuve una idea y sin dar demasiados detalles, los organicé en grupos.
Nicolás, un fanático de Mozart, se plantó con sus catorce años y me dijo:
-          Profe, yo no voy a hacer grupo con el Mara Flores.
-          ¿Por qué?
-          Porque es un negro de mierda que ni se baña, es un burro y la madre es una…
-          ¡Nicolás! No podés ser tan prejuicioso y discriminatorio. A la gente, primero hay que conocerla. Todos tenemos algo bueno para brindar. Tenés todo el fin de semana para reflexionar, porque el lunes comienza el trabajo.
El padre de Nicolás era un colega, así que le sugerí que hablara con él.
El lunes, Nicolás llegó con trompa y, sin mediar palabra, se sentó con el Mara.
Les expliqué el trabajo. Era un pequeño certamen urdido “ad hoc”: tenían que escribir un poema sobre fútbol que luego, en un acto público, en el centro cultural, cada grupo expondría a elección: podrían recitarlo, ilustrarlo, musicalizarlo o dramatizarlo.
Para mi sorpresa, el día de la muestra, Nicolás leyó el poema mientras el Mara hipnotizaba a los presentes con sus proezas.
Ganaron por ovación. Y como premio, hicieron un viaje a las Sierras de Lihuel Calel, en el suroeste pampeano. La sierra de la vida. Allí, entre fantasmas mapuches y flores silvestres con perfume a leyenda, ocurrió un milagro.
Ya de regreso, Nicolás me paró en la galería para decirme:
-          Tenía razón, profe. A la gente  hay que conocerla. El Mara es lo más.
En diciembre de ese año les entregué el diploma de la terminación de la EGB. Al Mara lo seguí viendo hasta que logró aprobar el tendal de materias que no lo dejaban gambetear libremente.
Después supe que vinieron de un club de la Capital a probarlo y se lo llevaron enseguida.
Al principio jugó en tercera, pero no tardó mucho en pasar a la primera división. Y yo, contra todas mis costumbres, comencé a mirar partidos por televisión, solamente por el gusto que me daba ver al Mara.
Pasaron los años y llegó mi jubilación, pero para no perder los hábitos, me uní a la Comisión de Apoyo de la Biblioteca Popular, tanto como para insistir en las bondades de la lectura.
Una tarde, cuando me retiraba, alguien me llamó al cruzar la avenida.
-          Profe, Profe Julián.
Me di vuelta y el resplandor de esa mirada me encandiló. Pasado el sobresalto, divisé, aferrada a la mano morena del Mara, a una joven mujer hermosa.
-          Profe, le presento a Lucía, mi novia. Estamos esperando un hijo y vine a invitarlo para el casorio. No sabe cómo patea el pendejito, seguro va a ser goleador.
-          ¿Y si es chancleta?
-          También; ahora las mujeres se animan a todo.
 Reímos mientras me daba la participación y los detalles.
Al despedirnos, como por casualidad, me regaló este premio:
-          ¡Ah! ¿Sabe quién me sale de padrino? El Nicolás. Se acuerda ¿no?
Cómo no me iba a acordar. Giré rápidamente para no hacer un papelón.
Porque yo, Julián Aguirre, el profesor adusto, me iba a largar a llorar.
Y lloré. De alegría lloré.

(Imagen: www.blaugranas.com)



jueves, 16 de octubre de 2014

EN EL TÚNEL



El viaje se tornaba insoportable. El traqueteo del tren, lejos de ser acompasado, era francamente desestabilizador. Hacía calor y de tanto en tanto algún mosquito rezagado zumbaba cerca de mi oído como para atrapar la atención. Yo no podía dormir. Me sentía incómoda en esas butacas desvencijadas de los otrora espléndidos ferrocarriles argentinos. Pero no me había quedado otra opción, ya que mis arcas estaban al rojo vivo y debía llegar a mi ciudad al día siguiente. ¡Al día siguiente! Parecía una utopía pensarlo mientras el carromato se deslizaba reptando la llanura más como un animal herido y fatigado que como una grácil gacela devorando distancias.
Yo trataba de imaginar el paisaje pero la oscuridad circundante no contribuía con ese propósito. Ni siquiera era una noche de luna, que bien podría haberme incitado a soñar. De modo que debía resignarme, controlar mi respiración y tratar de superar el largo trecho que aún restaba.
A mi alrededor todos dormían, algunos placenteramente y otros emitiendo diversos sonidos altisonantes y desafinados. El espectáculo no era alentador y tampoco me animaba a encender la macilenta luz de mi asiento para leer, por temor de molestar a alguien.
De pronto, la máquina ingresó en el viejo e interminable túnel que de chica me hacía ilusionar con el tren fantasma. Yo mantenía los ojos inútilmente abiertos porque era imposible divisar nada a cinco centímetros y era tan ensordecedor todo el entorno que no podía distinguir sonidos. Imprevistamente, una mano presionó mi boca, ahogándome. Y la otra, desprendió uno por uno los botones de mi blusa de gasa. Inmovilizada, asistí a la sorpresa de una boca voraz mordiendo mis pezones y erectándolos. Un perfume de rosa penetrante se aventuró en mi escote y fui sintiendo lentamente la caricia de los pétalos subiendo y bajando, tocando mis párpados, rozando mi cuello y enredándose entre las magnolias entreabiertas de mis pechos.
Cuando un profundo estremecimiento le indicó al intruso que yo no gritaría porque ya éramos cómplices, dejó mi boca en libertad por un segundo para luego invadirla con su lengua y derramar adentro todo un vaso de miel rubia y caliente.
Sus manos, presurosas, levantaron mi falda y de pronto, como una mariposa que se despereza, sentí aletear sus labios sobre mi clítoris anhelante.
Entonces, mis dedos, que habían permanecido agazapados, arañando el ruinoso tapizado, se precipitaron sobre una tupida cabellera que supuse morena, presionándola con vehemencia.
Agradecí en ese momento el traqueteo, la oscuridad y los ruidos multiformes, porque me permitían mimetizarme y gozar sin pudor de ese regalo inesperado.    
Con deliciosa perversión, el visitante se movía lentamente, para provocar un alud más avasallador. Sus dedos dibujaban arabescos sobre los montículos turgentes y su lengua viajaba, perezosa, desde el encaje azul hasta la cima, deteniéndose por momentos en el llano, hurgando la hondonada y mojando el camino  de uno a otro extremo.
Hasta que ya no pude más y lancé un grito que laceró la noche.
El tren salía del túnel y hubo uno que otro movimiento perceptible en las cercanías. Sofocada y culposa, me acomodé la ropa y el pelo; mi corazón era un caballo indómito haciéndome cabriolas en el pecho. Sentí que todo el mundo me miraba, pero al examinar a mis compañeros de viaje comprobé que la mujer de al lado seguía indecorosamente desparramada en su asiento y el hombre de enfrente no había cambiado de posición.
Poco a poco fui calmándome y recuperando el ritmo respiratorio, pero la sensación de éxtasis no me abandonaba y ni siquiera se me ocurría preguntar qué había ocurrido. Como a un río, dejaba que el placer siguiera fluyendo desde mis venas a mi piel y viceversa.
De más está decir que en el resto del viaje ya no me molestaron los mosquitos, ni el calor, ni la oscuridad. Una absoluta sensación de bienestar se había apoderado de mis sentidos y hasta de mi alma, a tal punto que logré dormirme.


©Olga Liliana Reinoso






miércoles, 15 de octubre de 2014

EL RELÁMPAGO



Yo salía del abismo. Había estado confinada en el suburbio de las almas, empequeñecida y humillada. Durante quince años había soportado estoicamente representar aquella farsa llamada matrimonio, creyendo que cualquier maltrato era preferible a quedarme sola. Pensaba que una mujer que no era capaz de mantener un hombre a su lado era digna de ser mirada con conmiseración. Y entonces callaba y aguantaba. Lloraba en silencio cada día y al mirarme al espejo sentía repulsión por esa pusilánime que no se atrevía a decir basta. Me preguntaba dónde había quedado aquella mujer apasionada que defendía la honestidad a ultranza. Sólo una sombra perduraba, endeble y minusválida. Yo había perdido la dignidad y estaba dando un pésimo ejemplo a mis hijos. Ejemplo de sometimiento, de debilidad. Lo sabía, lo sentía, pero no tenía fuerzas para pegar el salto. 
Y entonces me aferraba a la absurda esperanza de que algún día volviera a amanecer.  Sin embargo, la tortura se incrementaba cada vez más. De aquellos principiantes moretones, pasé a tener magulladuras en el alma; esas que no se ven a simple vista pero son indelebles.
- No servís para nada.
Era el constante sonsonete, la letanía lapidaria que trepidaba en mis oídos noche y día. Bastaba traspasar el umbral puertas adentro para internarme en el infierno: desamor, desvalorización, desprecio, eran los condimentos de ese menú reiterativo.
Hasta que un día comprendí que  había llegado al límite.
Decir: “te vas” fue tan simple como un saludo en la mañana.
Y a partir de ese momento, comencé a construirme nuevamente desde los cimientos, ladrillo a ladrillo, igual que a una casa soñada, con devoción y desvelo. Pero aún me miraba en el espejo y él me devolvía la imagen de una solitaria, incapaz de ser amada por un hombre.
En eso estaba cuando una noche sorpresiva apareció, de pronto, un hombrecito diminuto e ignoto, al que tantas veces había visto sin mirarlo jamás.
Y como un pirata al abordaje me aprisionó contándome que desde tiempo inmemorial soñaba con ese momento.
Como era lógico, no le creí. Qué era eso de que un hombre se fijara en mí, justo en mí, que como toda esclava liberta llevaba los signos de las cadenas en la piel y en la pena.
Una vez más utilicé la estrategia del humor para intentar la fuga. Pero insistió. Con una tozudez desatinada y absoluta, me capturó en sus redes insospechadas, fue tejiendo una erótica telaraña que lentamente venció mi resistencia.
Yo era una huérfana abandonada en la puerta de su boca, una paloma malherida sollozando en las ventanas de sus ojos, y famélica de amor como estaba, deglutí voraz y golosamente la miel deliciosa de su colmenar. Nada me saciaba, bebía de su agua purificadora y mi sed aumentaba, rasgaba a dentelladas su torso y su pelo y sentía que mi apetito crecía, me sumergía en su abrazo oceánico y nadaba millas y más millas sin percibir la fatiga.
Todos mis hábitos se habían transformado. Me había convertido en un brioso volcán de ardiente lava que arrasaba impetuosamente toda la geografía de su cuerpo. Y cada vez que me miraba en el espejo del otro lado sonreía una hembra en celo, destellante de vida.
Alguien me lo advirtió: está de vacaciones. Y yo, que sólo podía escuchar la melodía de sus caricias, en un allegro vivace deslumbrante, desoí aquellas voces agoreras porque sentía que mi amor era un gladiador invencible, capaz de atravesar murallas y de producir milagros.
La verdad, que “nunca tiene remedio”, un día se instaló en mis pesadillas golpeando con los puños todas mis puertas, para que la recibiera. Y por algún segundo, parecí recobrar la cordura.
Entonces le propuse que volviera cuando me mereciera y cuando él también recobrara la dignidad y aceptara que la felicidad es huidiza como el agua entre las manos. Si la dejamos escapar quizás nunca regrese. Pero el hombrecito no pudo, débil como un arbolito en la tempestad, se quebró. Antes de tomar una decisión con valentía, eligió el holocausto y se entregó al demonio de la monotonía porque el miedo fue mucho más poderoso que el amor. Se autoinmoló y en el altar de nuestro adiós ofrendó sus prendas más queridas: una era yo.
Otra vez descendí a los infiernos, otra vez me sentí fracasada, pero esta vez más insoportable e incomprensiblemente, porque sabía que él me amaba y no podía soltar amarras, el estigma del pasado lo succionaba hacia una cueva de reptiles añosos, sofocándolo, asfixiándolo.
El dolor fue un hierro candente que calcinó mis entrañas hasta convertir en volátil ceniza la chispa más diminuta del deseo.
Me agrisé de repente y otoñé cada una de mis flores en un vetusto pasadizo, donde el sol era persona indeseable.
De rodillas, desangrándome, fui atravesando el túnel, pero algo me decía que muy pronto resurgiría de la oscuridad. Y así fue. Un día me encontré ventilando las habitaciones, ordenando placares y ubicando en su justo lugar todas las piezas del rompecabezas. Un día, volví a mirarme en el espejo y por fin pude verme.
Me había reencontrado.
De vez en cuando lo cruzo, y al verlo tan quieto, entre la enfermedad y la sumisión, con esa cobardía característica de quienes renuncian impunemente a la felicidad, siento una cierta lástima.
Entonces pienso si no habrán sido alucinaciones, porque un ser tan timorato y aterrado no pudo haber sido artífice del milagro que protagonizamos.
Sin embargo, los recuerdos son aún pintura fresca y todavía levito cuando pienso en sus besos. Por eso, llego a la conclusión de que Dios le dio aquellas vacaciones para que me salvara, para que pudiera redimirme de esa opresiva sensación de fracaso que me acosaba impidiéndome despegar. Seguramente, él es un duende que se escapó de un cuento de hadas para sacarme del letargo y devolverme a la vida.
Fue la luz de un relámpago. No duró nada.
Pero alcanzó para iluminar todo mi cielo.



(Cuentos con descuento, narrativa, Mis Escritos, Buenos Aires, 2007) 





martes, 14 de octubre de 2014

LA ETERNIDAD DEL TIEMPO



El hombre ciego caminaba por los puentes del Sena. Apoyaba su prodigiosa mano derecha en el bastón y con la otra sujetaba sutilmente el brazo de una mujer de rasgos orientales, pelo entrecano y sonrisa enigmática. Su andar incierto reflejaba cierta grandiosidad casi luminosa.
Se desplazaban en silencio pero en íntima comunión, como si ese leve contacto significara una profunda simbiosis.
Luego de andar unos metros aspirando el otoño parisino se detuvieron, acodándose en el puente para escuchar mejor las canciones del río.
- Te noto preocupado, Jorge Luis.
No respondió el anciano pero sus ojos inertes buscaron el presentido vuelo de algún pájaro.
- No pretendas ocultarlo. Algo te pasa.
- He soñado otra vez, María. Otra vez el repetido e insistente sueño.
- Pero qué tiene eso de extraño. Es tu destino, ya lo decían las antiguas profecías. Este es el precio.
- No se trata de eso. Es otra cosa, como una fuerza poderosa que trasciende todo cosmos onírico y justamente pareciera trastocar el caos de manera indominable.
- Siempre ocurre así, al principio. Después retornará la calma.
Continuaron la marcha. Estaba anocheciendo y ya surgían a lo lejos las primeras y tímidas estrellas.
Julio estaba en el jardín, acostado, boca arriba. Le producía un deleite especial observar el cielo estrellado en esa rutilante noche de primavera, mientras coreaban los grillos y alguna cigarra madrugadora anunciaba el calor del día siguiente. Si alguien le hubiera exigido que optara, sin dudas se habría quedado con la Cruz del Sur. Perfecta, simétrica, infinita.
No tenía la menor intención de irse a la cama aunque mañana le costara madrugar para ir a la escuela. Era un niño especial, inteligente, de ojos vivaces e incendiarios. Su singular manera de pronunciar la erre, arrastrándola casi con acento francés y que no pocas consultas al fonoaudiólogo le había costado, era una más de sus particularidades. Entre las otras figuraban su adicción a la lectura y un deseo febril de pergeñar palabras en cuanto papel osara cruzársele. Aún mirando el cielo escribía encendidas proclamas en el aire.
- Es un chico muy raro. Escribe cosas incoherentes, sentenció la cándida maestra regordeta que siempre lo miraba con afecto. Con el mismo afecto que miraría a un extraño espécimen en el zoológico.
- Pronto voy a morir, María. Y no puedo dejar este asunto inconcluso. Me preocupa mi sueño. Es que esta vez estoy creando un ser humano, una persona sensible, con libre albedrío. Por eso no puedo dominarlo, se me va de las manos. Además, el lugar...
- ¿Qué tiene que ver el lugar?
-No entiendo a ese país ni a su gente. Son tan particulares, tan incorregibles... Ellos sí que no acatan reglas ni respetan los espejos. Su historia se repite infinitamente pero jamás aprenden. Por eso temo por la vida de mi... discípulo, finalizó tartamudeando, Borges.
- No ibas a decir discípulo.
- Tenés razón, nadie me intuye más que vos, María.
- Ibas a decir hijo.
Julio correteaba por los suburbios, escuchaba los pintorescos diálogos entre malevos y como un polizón se filtraba entre las bolsas apiladas de aquel depósito que hacía las veces de un cuadrilátero donde el Torito se preparaba para la gran pelea.
De vez en cuando, cada vez con más asiduidad, se reunía con un grupo de intelectuales comunistas que enardecidos discutían acerca del rumbo político que estaba tomando la controvertida tierra que los vio nacer.
Y esa pasión creciente se manifestaba en sus textos que como cirios mensajeros empezaban a circular de mano en mano entre los jóvenes, contagiando su ardiente luz a tanto corazón indómito.
- No corren buenos vientos allá en el Sur, María. La intolerancia y la violencia se expanden por las calles como un reguero sembrador de muerte. Me duele ese país de una manera insoportable. Y temo por la vida de mi hijo, dijo Borges esta vez mostrando abiertamente y sin escrúpulos, su paternidad soñada. -Ese muchacho es un rebelde y ya sabés la suerte que allí corren los rebeldes.
La avenida de los Champs Elisée estaba tachonada de ocres y dorados. Los pasos del maestro se perdían en esa alfombra mágica, que, acompasándolos, los repetía en una prolongada sinfonía cálida como un beso.
- Hijo, no soy yo quien te engendra. Son los muertos -musitó Borges- ya sentado en un banco del parque.
Las campanas de Notre Dame repicaban las siete de la tarde.
Julio hablaba entrecortada y acaloradamente. Se estaba despidiendo de sus alumnos del Normal. En su raído portafolios aguardaban un pasaje de avión y un pasaporte. A partir de mañana estrenaría el exilio.
A quién iba a importarle, en un país distante, su fama de cronopio.
Fue frente a la iglesia del Sagrado Corazón que se encontraron, bajo una llovizna imperceptible y solitaria.
El hombre ciego detuvo sus pasos y casi también la respiración. Cortázar lo miró desde su metro ochenta y sólo alcanzó a murmurar:
- Borges, yo tampoco puedo ver así a la patria.
El anciano ilustre sonrió  tristemente reconociendo aquel acento familiar.
- Quizás la muerte no sea nada más que esta nostalgia. La ausencia es un embeleco.

(Ardió París, ardió Ginebra, el mundo entero ardió en la década del 80 cuando los dos creadores escribieron su cuento final. Y Borges, que temía que el fuego fuera el gran delator, pudo comprobar, con alivio, que él también era una apariencia que otro estaba soñando. Otro llamado Julio Cortázar.
- Hermano, esto es muy grosso para mí. Ya estoy mayor: hice lo que pude.
Desde entonces, suele vérselos juntos jugando a la rayuela sobre las baldosas de la Cruz del Sur.

Pero es común, también, cruzarlos por la calle. Porque cuentan los viejos que estos dos argentinos se fugan de los cielos cada vez que algún loco, de los que por suerte todavía quedan, comete el desatino de leerlos y caer en su trampa).

DIÁLOGO CON INTERFERENCIAS



Aral Tamízquez está ciego. Sólo tiene ojos para quien no lo merece. Aunque diga lo contrario, lo único que hace es pensar en ella.
- La odio. Es una mala, pésima mujer.
- Pero no es la única, muñeco de organdí, oso gigante y ternuroso que se adentra en mis silencios, cada vez más irredento.
- Me duele su portazo en todo el cuerpo. Su maldito recuerdo es una daga sumamente afilada que esculpe adioses de todos los colores en la yugular y el desconcierto.
- Y sin embargo te hizo bien, Aral cieguito. Estás más bello, menos tosco, mucho más comunicativo y sobre todo, nadísima soberbio. Antes, eras una montaña de Tilcara, lejana, inaccesible. Ahora, sos un arroyito del camino, sinuoso ante mis manos, con textura de aleteo. Tu giganticidad es una trampa para ineptos. A mí me causa miedo hasta mirarte por temor de que se resquebrajen tus cristales.
- Voy a matarla, tengo que matarla –decís meticulosamente la metáfora para engañar y resarcir tu herida narcisista.
- ¿Qué pasó? ¿Qué es lo que más te duele? ¿Su no estar o la mentira que fraguó para no irse jamás de tu memoria?
Y bueno, alguna vez hay que crecer, salir del útero definitivamente y echar a andar con la congoja en la garganta, menuda bufanda que escarcha hasta los huesos. A golpes se hacen los hombres, decía mi abuela. Y de eso se trata, finalmente. De que el dolor sirva para algo, sino es una basura.
- Las mujeres siempre son, las que matan la ilusión.
- Tango de mierda. ¿Cuándo se decidirán las mujeres a escribir el otro tango? ¿O seguiremos con esa vocación de carmelitas descalzas asumiendo que nacimos para sufrir y para callar? Y encima, que nos endilguen que matamos la ilusión.
Es que nunca vas a aceptar, Aral de mi vida, que la mina se debe haber hartado de tus olvidos, de tus desatenciones, de que no pronunciaras un tequiero porque está claro que te quiero y para qué lo voy a decir. Ustedes, muchachitos, dan muchas cosas por sentado. Y, para nosotras, la cosa nunca se termina. Queremos vino y rosas hasta el fin de los días.
Queremos –guardá bien el secreto- reinventar el amor todos los días: regalos y sorpresas y arrumacos, aunque pasen los años. Seguro que la mina se aburrió y se fue. Y vos, con expresión boquiabierta en signo de pregunta oteás el horizonte sin intuir el por qué.
Y además de olvidarte el cumpleaños, ¿te dabas vuelta en la cama y te quedabas dormido? Error grave, papacito. Eso, a una mujer, la hace sentir usada. No importa que la libreta matrimonial duerma la siesta en el cajón de la mesita de luz. El abrazo alargador vale más que el orgasmo. O empatan 10 a 10.
Lo cierto es que no puedo con mi genio y en vez de contribuir a la diatriba para sumar porotos la estoy reivindicando. Es que no voy a engañarte, soy como soy y las cosas deben ser claras desde el principio. Acordate de Tagore: si de noche lloras por el sol, no verás las estrellas. Ella habrá sido tu sol pero se te hizo la noche y acá en la tierra como en el cielo, hay estrellas. Miralas, mirame. Tengo ganas de estrellarte conmigo, bravucón de telenovelas, pirata de mares desaparecidos, tótem de mis rituales pensamenteros, amapola que me alucina, manos que me pulsan como una guitarra.
- Mi vida es un infierno, un verdadero caos, he perdido la brújula.
- La vida, gil de cuarta, son las pequeñas cosas que nos pasan mientras buscamos, distraídos, los grandes aconteceres.
Yo estoy aquí, requetecerca y desiderativa, agua de manantial para tu boca que tiene sed y no lo sabe. Bastón blanco para tus inseguros pies de ciego que no ve lo que debe. No pierdas más el tiempo en añoranzas.
No sea cosa que yo también pegue un portazo.


                                                                                                   ©Olga Liliana Reinoso

sábado, 4 de octubre de 2014

ME PONE ALAS





- Ya van a ver cuando salga volando.
Así decía Lorena cada vez que las enfermeras le daban la medicación en la boca y cerraban su habitación con cuatro llaves.
Esa mujer era tan peligrosa... Tal vez su boca roja o sus senos salpicados de azahares o el brillo alucinante de sus ojos morenos presagiaban tormentas que los seres comunes temían enfrentar. Ella era como un pichón con las alas heridas, soñaba con el cielo, con el aire irredento de los atardeceres y con la grupa apasionada de un horizonte sin domar.
Nunca aprendió a mentir ni a disfrazarse, por eso odiaba el carnaval y los desfiles. Creía firmemente que al amor hay que soltarlo para que se expanda y roce con su túnica todas las pieles, ásperas, transparentes, aceitunadas, malheridas, todas. Que aquel que niega un beso comete un pecado capital que deberá pagar con mil besos. Ella creía en la poesía y en la entrega. Por eso representaba un verdadero peligro para las almas menudas que habían renunciado a la trascendencia. Molestaba, como un abejorro molesta en las siestas bajo el parral. De modo que todos estuvieron de acuerdo en que había que encerrarla. Así la iban a calmar: la soledad, el encierro, la indiferencia y el olvido eran armas letales para cualquier mortal. Pero Lorena no era una cualquiera. Y pobló su soledad con duendes de todas las historias que había escuchado en su vida y convidó a una fiesta de alas a millones de pajaritos que habitaban en su inconsciente y abrió de par en par su corazón para entablar una amistad disparatada con todas las mujeres del pabellón y levantó murallas de recuerdos para honrar la Memoria. Pronto se dieron cuenta de que era un caso difícil, complicado. Y la idea fue tomando forma tácitamente entre los miembros del personal. Después de todo vamos a ayudarla a cumplir su sueño, se disculpaban.
Entonces, en un atardecer violeta habitado por susurros y perfumes, abrieron la ventana del cuarto de Lorena y la ayudaron a subir.
-          Volá, Lorenita, volá.

Lorena sonrió, desplegó sus alas y con un profundo suspiro se lanzó hacia el cielo que, orondo, la recibió en sus brazos.






domingo, 27 de abril de 2014

VERONA



No hay balcones en Monserrat Anexo.
Pero los días de lluvia el barro enjabona las calles de tierra y lastima, indiferente, las zapatillas sin marca de los pibes que van al Ipem 338.
Lastima como el estigma de la pobreza que cargan en la mochila desgastada.
El Ipem es una tregua para los de El Pueblito y los de Ramal del Sur. Afuera, los jóvenes siguen muriendo, asolados por las drogas y las armas en ese enfrentamiento irracional de los dos bandos.
Enfrentadas también están las divisiones A y B de tercer año, galería por medio. Eugenio va a tercero A y Carolina es la mejor alumna de tercero B.
Pero ellos se quieren. Cuando toca el timbre del recreo se encuentran en la galería y tomados de la mano van a refugiarse debajo del algarrobo añoso que los cobija de las pedradas y los insultos. Allí florecen las azucenas de sus besos tímidos.
El ojo izquierdo de Eugenio está enlutado.
Ante la mirada interrogativa de Carolina, él se encoge de hombros y musita un: “Ya sabés”.
Con la pena asfixiada vuelven al aula y se quedan en vilo hasta el próximo timbre.
Viven a cinco cuadras, pero en ese estrecho margen se dibuja la línea divisoria entre el Pueblito y el Ramal. Y es bien sabido que quien se atreve a pisarla pone en riesgo su vida.
Eugenio sabe y se arriesga. Con sus dieciséis años ellos hace dos que se aman y se esconden.
Piensan en irse, en huir hacia donde nadie los conozca y no sean portadores de apellido ni de barrio.
Pero la rotunda verdad de la matemática los descorazona. Sus monedas y billetes de dos pesos son estériles. Ni para el bondi al centro.
Claro que su amor y su juventud son botas de siete leguas. Pero Carolina está a cargo de sus hermanitos y Eugenio no puede arrancarse el aguijón de lágrimas que su madre le clava llorando la muerte de dos hijos que luchaban en la pandilla.
Los domingos, en la iglesia, encuentran algo de paz. Es que además de rezar, el cura los deja quedarse en la sacristía para que charlen tranquilos.
A veces, se pelean por Belgrano y Talleres. Pero enseguida, un abrazo borra la diferencia y estallan en carcajadas. Tal vez, el único momento de la semana en que el gorjeo de sus risas se deja oír.
La muerte reina en Monserrat. Carolina y Eugenio se aman.

©Olga Liliana Reinoso


lunes, 14 de octubre de 2013

EL LABERINTO DE LOS ARGENTINOS



Cuando la noticia llegó a Ginebra, el encargado cultural de la embajada argentina en Suiza corrió alborozado a contársela.
- Borges, se firmó el decreto para su repatriación. Pronto podrá volver a la Argentina.
Inmutable, Borges pareció no escuchar.
El funcionario continó, alborotado y efusivo.
- Es un acto de justicia, maestro. Usted debe descansar en su tierra. Usted es argentino. Además hay que demostrarles a aquellos cretinos que eran todas mentiras eso de no querer morirse allá. Fueron circunstancias y ahora llegó el momento de la gran reparación histórica...
El escritor, molesto por tanta verborragia injustificada, salió de su mutismo y preguntó:
- Pero...¿usted está seguro de que los argentinos quieren que yo regrese?
- ¡Por supuesto! Aunque un poco tarde, su prestigio ha crecido de manera considerable. Sobre todo a partir de 1999, cuando usted cumplió cien años. Ahora todo el mundo lee sus obras y se hacen seminarios sobre su literatura y se filman películas con su vida y los chicos que navegan por Internet descubren sus poemas y los repiten y...
- No abuse de la polisíndeton.
- ¿Cómo...cómo dice?
- Que me parece una exageración.
- Pero qué dice, usted se lo merece. Y mucho más. Además, lo necesitamos. El país está en crisis y el gobierno tiene que sensibilizar a la gente con un gesto a lo grande. Y por otra parte, volverá a estar cerca de aquella manzana de Palermo. El presidente ya está imaginando el discurso con que va a recibirlo.
- Esas son naderías, jovencito. Y ahora, si me disculpa...
- Borges retornó al silencio, pero algo como un aguijón de nostalgia le presionaba el pecho.
- No nos une el amor sino el espanto –musitó entrecortadamente y sintió que, otra vez, lo único que faltaba era la vereda de enfrente.

Comenzaron los trámites burocráticos del traslado mientras la prensa aprovechaba el hecho para transformarlo en una nueva contienda política y los miembros de los diferentes partidos sacaban a relucir viejos rencores a través de los cuales sólo asomaban las mezquindades humanas pero la literatura borgeana era la gran ausente. Algunos se preguntaban si todo ese movimiento tenía sentido, si el retorno de Borges los haría un poco mejores o volverían a las andadas después de las ceremonias. Entretanto, en Ginebra, el anciano escritor seguía dudando. ¿Cómo era esto de que su literatura se había vuelto tan popular? ¿Qué había pasado? Acaso simplemente los argentinos seguían fieles a esa costumbre necrofílica de honrar más a los muertos que a los vivos...
Una tarde, cuando ya estaban ultimando los detalles de su regreso, Borges inquirió ante el entusiasta empleado consular:
- Joven, perdone mi ignorancia. Usted me habló de Internet...
- Sí, maestro, Internet es una red compuesta por millones de computadoras distribuidas por todo el mundo; es la ví de acceso a una amplia gama de información y servicios. Los jóvenes son los que más la usan y gracias a eso lo han descubierto a usted...
- ¿Y podría recordar qué poemas gustan a los jóvenes?
- Hay dos, especialmente, que los tienen atrapados. Hasta han hecho posters para regalar o colgar en sus cuartos. Se llaman “Instante” y “El árbol de los amigos”.
La mano del viejo hombre de letras se crispó sobre el bastón. No entendía el humor de su interlocutor, pero como quien se aferra sin saber o sin querer a una esperanza, él esperaba el remate de ese chiste de mal gusto. Que no llegó.
- No sé de qué me habla.
- No me diga, Borges, que no se acuerda de haber confesado que comería más helados o daría más vueltas en calesita y que andaría descalzo desde comienzos de la primavera...
A esta altura, la conversación se había vuelto insostenible. Borges no disimulaba su malestar, ante el azoramiento del funcionario público que no comprendía lo que pasaba. En un murmullo apenas audible, dijo:
- Jamás escribí algo así, jamás podría haberlo escrito. Ni yo, ni el Otro ...No puedo regresar.
Y cerró los ojos.