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miércoles, 10 de noviembre de 2010
viernes, 29 de octubre de 2010
Encuentro de escritoras Matilde Espinosa - Bogotá - Colombia





NI EL LENGUAJE NI SU FALTA SON INOCENTES
“dan cristal al cristal, sangre a la sangre
y dan vida a la vida, las palabras”
Pablo Neruda; Plenos Poderes
Las palabras, que antes eran el nombre de las cosas, la manifestación del pensamiento, fueron sometidas al vaciamiento de sentido y tienden a desaparecer.
Por eso, más que nunca, defiendo la palabra y las convoco a una cruzada por su resurrección. No pueden quedar impunes tantos crímenes verbales, tanta corrupción idiomática, tanta invasión cultural. Basta de impunidad para los charlatanes de feria, los verseros (en el peor sentido de la palabra). Fíjense que hoy cualquiera nos hace el verso y no tiene nada de poeta.
Ya sabemos que las lenguas cambian, evolucionan, crecen, se enriquecen, fluctúan. Pero lo deleznable es el aniquilamiento del idioma, el empobrecimiento espiritual de la palabra, la falta de ética que lleva a usar la palabra como elemento demagógico y perverso.
Algunos dicen que los jóvenes no tienen nada para decir, yo pienso que no tienen “con qué” decirlo. Porque los adultos, entre otras cosas, también les retaceamos esa herencia.
Pero creo que nada de esto es inocente. Todo responde a planes fríamente elaborados por los voraces dominadores, por los imbéciles brazos de la censura que, en su ignorancia, suponen que degradando las palabras podrán quitarle al pueblo su forma de expresión. Ya quedó en la memoria aquel poema de Paul Eluard al que la censura no pudo reprimir durante la dominación nazi en París: “Yo te nombro, Libertad”. Siempre, los tiranos temieron a los poetas, a los narradores, siempre los persiguieron y masacraron en un vano intento de hacerlos callar. Pero la palabra del pueblo crece desde el pie, como dice Alfredo Zitarrosa, el cantautor uruguayo. Y no hay decreto, ni ley, ni crítica literaria que pueda abatirla.
En nuestro país se ha ido produciendo una progresiva y vertiginosa devaluación de la palabra. La hemos ido vaciando de sentido, la hemos convertido en una cáscara vacía. Sino ¿cómo se explica que expresiones del calibre de “TE DOY MI PALABRA”, “PALABRA DE HONOR”, “MUJER U HOMBRE DE PALABRA”, sean hoy anacronismos sin validez alguna? ¿Por qué nos causa risa y nos provoca una mueca la fórmula “SI ASÍ NO LO HICIERE DIOS Y LA PATRIA ME LO DEMANDEN”? (que es la fórmula con que juran nuestros políticos cuando asumen un cargo)
Me parece que sin darnos cuenta vamos prostituyendo la palabra, o al menos somos cómplices de instalar una absoluta falta de ética, al hablar impunemente y mentir de una manera descarada.
Se habla mucho, se discute mal y se reflexiona muy poco.
La prestigiosa ensayista argentina, Beatriz Sarlo, dice: “Vivimos en un país donde no se paga el costo de lo dicho, donde nadie es completamente responsable de sus palabras”.
Poco después de terminar esta ponencia llegó a mis manos un artículo de Santiago Kovadloff, escritor y filósofo, publicado en el diario La Nación, de Buenos Aires, el viernes 24 de septiembrede 2010; y me pareció muy atinado transcribir los párrafos que van a continuación:
“Es difícil decidir si la decadencia de los valores morales y políticos de una comunidad se inicia con la desvitalización del lenguaje o si ésta termina por reflejar la agonía de aquéllos. Sea como fuere, la interdependencia entre lenguaje, moral y política se muestra, desde siempre, como un hecho incontrastable.
Ante semejante caudal de impropiedades y perversiones, se hace indispensable recordar que el lenguaje sólo secundariamente es una herramienta para el suministro informativo. Primeramente y primordialmente, es un signo espiritual: el indicio más alto y más hondo de la índole de los recursos subjetivos con que cuenta o deja de contar una comunidad. Con él, cada uno de los que la integran conoce, se da a conocer y logra autorreconocerse. La palabra no puede decirlo todo, pero lo dice todo de quienes la emplean.
Seamos claros: donde el lenguaje se corrompe, algo más que el lenguaje se corrompe.”
Hay una hiperinflación del lenguaje coloquial por el lado de los calificativos, aunque no por el lado de los sentimientos. A medida que se pulverizan nuestros sentimientos, crecen los calificativos: Ídolo, genio, diosa, divino, súper, sos lo más, No te mueras nunca, brutal, total. Somos desmesurados.
Al mismo que le decimos en una oportunidad “No te mueras nunca”, en otra ocasión le decimos “si no ganamos, cobrás”. Por otro lado, mientras los padres manifiestan sobreprotección hacia sus hijos a tal punto de que algunos hablan del imperio de la filiocracia, cuando alguien parece dominar a otro se dice que “lo tiene de hijo”. O el viejo insulto universal hijo de tal por cual que hoy sirve como bienvenida para saludar a un querido amigo.
Ivonne Bordelois, intelectual argentina que se diplomó en la Universidad de Buenos Aires, para luego continuar sus estudios literarios y lingüísticos en la Sorbonne, que colaboró con la revista Sur, realizó traducciones y entrevistas con Alejandra Pizarnik. En 1968, se trasladó a Boston, donde se doctoró nada menos que con Noam Chomsky.
Desde 1975 ocupa una cátedra de lingüística en la Universidad de Utrech, Holanda. En 1983 ganó la beca Guggenheim. Regresó en 1994 a la Argentina y desde entonces dicta cursos y seminarios de post grado en la Universidad de Buenos Aires.
Ha publicado poesía y ensayo.
De sus libros recomiendo calurosamente “La Palabra Amenazada” y “El País que nos habla”. Este último es una obra maravillosa, accesible, agilísima, de muy fácil lectura, didáctica y conmovedora.
Su tema central es el deterioro del lenguaje y las variadas amenazas que lo acechan desde distintos flancos.
Dice que “la lengua es, sin duda, el camino más poderoso de identidad comunitaria: es el reflejo inapelable de la propia miseria y riqueza interior… puede ser también un instrumento irremplazable de autoestima… Brice Paraim expresa que “del mismo modo en que tratamos a la lengua nos tratamos a nosotros mismos”.
Si nos ponemos a pensar en esta afirmación coincidiremos en que la devaluación del idioma es directamente proporcional a la pérdida del respeto por el otro y por nosotros mismos, que ya se ha institucionalizado en nuestra sociedad.
Más adelante explica que “el estado actual de nuestro lenguaje se presenta como síntoma de extrema gravedad… pero precisamente cuando se nos ha despojado de todo, se vuelve importante ver si algo nos queda”.
Y más esperanzadoramente afirma que hay escritores, lectores, docentes de todos los niveles, estudiantes, lingüistas, psicoanalistas, periodistas, editores, miembros de asambleas barriales, que forman una resistencia subterránea, pero formidable para salvaguardar este bien tan preciado. Es aquí cuando debemos prestar verdadera atención a la misión que nos toca tan de cerca a los escritores.
Para organizar las ideas me gustaría comenzar con una definición. ¿Qué es ser escritor? Epicteto, el filósofo estoico natural de Hierápolis, ciudad de Frigia, enseñaba: “Si quieres ser escritor, escribe”. Por si no alcanza, adhiero a la postura de Ernest Hemingway: “Una vez que escribir se ha convertido en el vicio principal y en el mayor placer, solo la muerte puede ponerle fin”. Me gusta esta postura por su componente erótico y porque connota toda la pasión que encierra el acto de escribir. Pero en algunos corrillos existe todavía cierto pudor a la hora de asumir quién es escritor. Modestamente, creo que escritor es aquel que ha hecho de la escritura su máxima y más asidua actividad. Y eso no encierra en sí mismo ningún juicio de valor. Ser bueno o malo es harina de otro costal. ¿O no hay buenos y malos profesionales/empleados/trabajadores en todos los campos?
Ahora, no podemos negar la ambivalencia que genera esto de ser escritor: por un lado, somos conscientes de que las actividades intelectuales son poco valoradas, al menos en nuestro país; sin embargo, hemos internalizado la concepción de que los escritores pertenecen al Parnaso. Sería bueno, tal vez, encontrar la postura intermedia. Pero para lograr esto, como para tantas otras cosas, hace falta un absoluto sinceramiento y un debate que nos debemos hace tiempo.
Parece que los claustros académicos y las distintas organizaciones de escritores transitan por caminos paralelos. Y ya sabemos que las paralelas no se tocan. Lástima, ¿no? Sería bueno que alguna vez se produjera el encuentro y la discusión. Porque antes de pre-juzgar, conviene conocer. Hace unos años, editorial Planeta presentó en la Feria del Libro de la ciudad de Buenos Aires, la reedición de las siete novelas de un autor argentino, Osvaldo Soriano, prologadas por Eduardo Galeano, Juan Martini, José Pablo Feinmann, Osvaldo Bayer, Guillermo Sacomanno, Roberto Fontanarrosa y Tomás Eloy Martínez. Durante su vida, el entrañable Osvaldo fue denostado por la Academia; y usado como ejemplo de lo que no se debía escribir, en la Facultad de Letras. Sin embargo, Osvaldo Bayer logró homenajearlo en el aula magna, con la gente aplaudiendo de pie. Si Soriano supo describirnos con autenticidad y crudeza. ¿Por qué querían acallarlo? ¿Quiénes? ¿Y a quiénes respondían?
Lo cierto es que la gente nunca recuerda a los verdugos. Mueren donde deben morir, en el silencio del olvido. Y si hablamos de la influencia de los escritores en el mejoramiento del uso del idioma, cuanto más acceso tenga el pueblo a la literatura, mayor va a ser su poder porque “Escribir es simplemente un artilugio para buscar respuestas que se persiguen desde el momento de nacer. Pero el poema se vale del ardid de las palabras y en lugar de dar respuestas multiplica las preguntas”. Eso construye ciudadanía y, por lo tanto, genera ciudadanos más pensantes.
Otro aspecto de este tema es lectura y cómo hacer para contagiar su hábito. Lo cierto es que todo escritor que se precie de tal deber ser antes que nada un lector voraz. Porque si no amamos apasionadamente la lectura y disfrutamos de los diversos mundos que ella genera, nuestra prédica será inútil y los resultados, un verdadero fiasco, ya que en estos casos la transmisión pasa por el ejemplo y no por el más enfervorizado de los panegíricos. Nuestros destinatarios, por lo tanto, deben ver una actitud clara y contundente que no contradiga nuestras palabras si pretendemos sumar lectores.
Superado con éxito el primer escollo, convendría remontarnos al tiempo inicial de nuestro contacto con los libros. Tratar de reproducir sensaciones táctiles, olfativas, auditivas, visuales y afectivas que nos conecten con personas, momentos y lugares en los que fuimos descubriendo el gusto por leer. Tal vez esos recuerdos nos movilicen de tal manera que el contagio se produzca por generación espontánea.
Y aunque la cosecha nos parezca siempre magra, recordemos que – como en la parábola del Sembrador - de las semillas esparcidas algunas se perderán, otras caerán en el desierto o entre las piedras, pero siempre habrá alguna que germine y esa vale todo el esfuerzo. Ya que no podemos olvidar en qué sociedad estamos inmersos, cuáles son los vientos que soplan en medio de esta desolada post modernidad y que hoy los molinos de viento son más gigantes que nunca. Los enemigos contra quienes debemos enfrentarnos en esta quijotesca misión vienen engalanados con tecnología de punta, lenguajes icónicos y consumismo. En apariencia, esta batalla estaría perdida, o al menos, correríamos con todas las desventajas. Los jóvenes han sido subyugados por el hedonismo, las sensaciones virtuales y, lo que es mucho más grave aún, fueron despojados de la palabra. Esto no es casual ni ingenuo, forma parte del plan perpetrado desde el oscurantismo del poder que quiere ciudadanos analfabetos para dominarlos. Recordemos que la palabra adicto, etimológicamente proviene del latín “addictus” que quiere decir adjudicado o heredado. Después de una guerra, los romanos hacían una subasta en la que regalaban esclavos a los soldados que habían peleado bien. Esos esclavos eran conocidos como “addictus”. Otra versión, psicoanalítica, afirma que la palabra adicto proviene del prefijo negativo “a” y del latín dicto: dicho. Adicto es entonces quien no ha podido poner en palabras su angustia vital.
Por lo tanto, nuestro rol de mediadores cobra una magnitud aún mayor y se convierte casi en una misión de los cascos azules: preservar la paz. ¿Quién iba a pensar que la lectura es una herramienta para la paz? ¿Lo habían pensado? Porque la lectura ayuda a fortalecer la identidad, a descubrir sentidos, a convertirnos en seres independientes con pensamiento propio.
La lectura contribuye a la apropiación del lenguaje y ese dominio del lenguaje es también un pasaporte al reconocimiento social.
Si Jorge Luis Borges, que produjo en su larga trayectoria verdaderas joyas de literatura universal y llevó nuestra cultura de los márgenes, al epicentro, afirmó con maravilloso desparpajo que “algunos pueden enorgullecerse de las páginas que han escrito yo me enorgullezco de las que he leído”, intuimos entonces, que la lectura es un bien muy preciado al que sería un pecado renunciar.
Alguna vez Virginia Wolf escribió:
“He soñado a veces que cuando amanezca el Día del Juicio y los grandes conquistadores, abogados, juristas y gobernantes se acerquen para recibir sus recompensas: coronas, laureles, sus nombres tallados de manera indeleble en mármoles imperecederos, el Todopoderoso se volverá hacia Pedro y dirá, no sin sentir cierta envidia, cuando nos vea llegar con nuestros libros bajo el brazo: Mira, ésos no necesitan recompensa. No tenemos nada que darles. Les gustaba leer.”
Volviendo a Ivonne Bordelois, ella expresa que “el lenguaje es el trampolín de la expresión personal pero también es la armadura que nos protege de los dardos del desprecio social o la flecha que rompe las murallas del prejuicio e instala una nueva fonética contra el autoritarismo de la burguesía o los manuales de urbanidad. También, cuando sabemos escucharlo, es el atavío que demuestra la falsedad y el ridículo de las intenciones y los propósitos de los famosos y los poderosos”. Lo cierto es que el lenguaje nos desenmascara, nos pone en evidencia. Por eso es tan importante manejarlo, para poder codificar y decodificar los mensajes lo más acertadamente posible.
La autora antes citada nos convoca a no ser cómplices de este derrumbe y a manifestar una sana indignación contra los excesos de vulgaridad que se manifiestan en la televisión y en otros medios.
“Aislados como viven, inmersos en la permanente relación con la televisión, la computadora e Internet, aturdidos en sus encuentros amistosos o eróticos en las discos, cuyos decibeles alteran e impiden toda noción de intimidad, no es extraño que muchos de nuestros adolescentes sumen a una suerte de analfabetismo intelectual –ya que su contacto con la lectura es mínimo- una suerte de afasia léxica que los priva, no ya de una deseable elocuencia, sino de todo dominio apenas más sutil y complejo que el nivel ordinario y elemental en materia de comunicación verbal. Como dice Wittgenstein “los límites de mi habla representan los límites de mi mundo”… Cuantas menos palabras posee, más ataráxico, apático e indiferente se vuelve; la violencia física es entonces la expresión más común de la castración verbal”.
En la actualidad, cada vez es mayor el porcentaje de adolescentes imposibilitados de producir un texto coherente y adecuado a determinado formato.
Dicen que nuestra manera de pensar se manifiesta a través de la habilidad que tengamos –o no- para usar el idioma a través de discursos orales y escritos.
Es por lo menos preocupante que con un idioma tan rico, tan pletórico de sonoridades y significados, una gran mayoría de jóvenes manejen un número tan reducido y cada vez más pobre de vocablos –generalmente procaces o vulgares, abreviados, apocopados, vacíos de contenidos y mestizados con el idioma de los poderosos que, a través de la palabra –entre otras cosas- nos siguen colonizando.
Llegados a este punto, amerita hacer una mención a los medios de comunicación que tan “graciosa e irresponsablemente” han contribuido al empobrecimiento del idioma y en especial a la tinelización de la palabra y de la conducta de muchos jóvenes. Lo terrible es la estadística de adultos que festejaron Videomacht, sin pensar en las consecuencias. Más de 20 años de martilleo chabacano termina horadando cualquier piedra, aun las preciosas.
Es cierto que el Habla es la parte viva de la Lengua y por lo tanto resulta bienhechor e irreversible que vaya cambiando, renovándose, incorporando nuevos vocablos, pero cuando se convierte en la Casa Tomada de Cortázar y día a día se cierran cuartos de palabras para no abrirlos más y las telarañas cubren los anaqueles de las bibliotecas, un cierto hedor y un cierto color sepia va cubriéndolo todo.
Por eso sería bueno, una vez más, que los adultos recordáramos el valor de la palabra como herramienta de comunicación que nos distingue del resto de los seres vivos y, a través del ejemplo, volviéramos a llenarlas de contenido, y a respetarlas.
En cuanto a los docentes, en especial los de Lengua y Literatura, tienen el deber moral de hacer amar la palabra, de enseñar a disfrutarla, a jugar con ella. No sea cosa que por ser más papistas que el papa, terminemos consiguiendo que los chicos la odien. Cuando yo escucho un alumno que dice odiar la lengua no puedo entenderlo. O sí, pero me duele. Porque es con la palabra que decimos “mamá”, “hermano”, “amigo”, “te quiero”, con la palabra proponemos, disentimos, acordamos, nos defendemos, acariciamos.
Las palabras mayores hacen huelga, marchan por la avenida hasta la plaza, reclaman ser oídas y unifican el grito. Pero el viento, siniestro y mudo, se las lleva.
La palabra de honor yace en la tumba. Fue asesinada por antigua, por pasada de moda, por entendiste mal y yo no dije eso.
Con la palabra en la boca se quedan los obreros, los maestros, los desposeídos. Y es su único alimento la palabra.
Son palabras cruzadas los encuentros fallidos, los malentendidos, los silencios vacíos.
Será que yo amo tanto las palabras que lo que más me interesa es ganar adeptos.
Olga Liliana Reinoso
Bibliografía:
• El país que nos habla – Ivonne Bordelais
• Entrevista con Berta Braslavsky
"Tan grave como el analfabetismo es leer y no comprender los textos"
• Los argentinos por la boca mueren, página 35, Carlos Ulanovsky
• http://www.lanacion.com.ar/04/03/29/dq_587128.asp
• Diario La Nación, edición impresa, viernes 24/9/2010
“dan cristal al cristal, sangre a la sangre
y dan vida a la vida, las palabras”
Pablo Neruda; Plenos Poderes
Las palabras, que antes eran el nombre de las cosas, la manifestación del pensamiento, fueron sometidas al vaciamiento de sentido y tienden a desaparecer.
Por eso, más que nunca, defiendo la palabra y las convoco a una cruzada por su resurrección. No pueden quedar impunes tantos crímenes verbales, tanta corrupción idiomática, tanta invasión cultural. Basta de impunidad para los charlatanes de feria, los verseros (en el peor sentido de la palabra). Fíjense que hoy cualquiera nos hace el verso y no tiene nada de poeta.
Ya sabemos que las lenguas cambian, evolucionan, crecen, se enriquecen, fluctúan. Pero lo deleznable es el aniquilamiento del idioma, el empobrecimiento espiritual de la palabra, la falta de ética que lleva a usar la palabra como elemento demagógico y perverso.
Algunos dicen que los jóvenes no tienen nada para decir, yo pienso que no tienen “con qué” decirlo. Porque los adultos, entre otras cosas, también les retaceamos esa herencia.
Pero creo que nada de esto es inocente. Todo responde a planes fríamente elaborados por los voraces dominadores, por los imbéciles brazos de la censura que, en su ignorancia, suponen que degradando las palabras podrán quitarle al pueblo su forma de expresión. Ya quedó en la memoria aquel poema de Paul Eluard al que la censura no pudo reprimir durante la dominación nazi en París: “Yo te nombro, Libertad”. Siempre, los tiranos temieron a los poetas, a los narradores, siempre los persiguieron y masacraron en un vano intento de hacerlos callar. Pero la palabra del pueblo crece desde el pie, como dice Alfredo Zitarrosa, el cantautor uruguayo. Y no hay decreto, ni ley, ni crítica literaria que pueda abatirla.
En nuestro país se ha ido produciendo una progresiva y vertiginosa devaluación de la palabra. La hemos ido vaciando de sentido, la hemos convertido en una cáscara vacía. Sino ¿cómo se explica que expresiones del calibre de “TE DOY MI PALABRA”, “PALABRA DE HONOR”, “MUJER U HOMBRE DE PALABRA”, sean hoy anacronismos sin validez alguna? ¿Por qué nos causa risa y nos provoca una mueca la fórmula “SI ASÍ NO LO HICIERE DIOS Y LA PATRIA ME LO DEMANDEN”? (que es la fórmula con que juran nuestros políticos cuando asumen un cargo)
Me parece que sin darnos cuenta vamos prostituyendo la palabra, o al menos somos cómplices de instalar una absoluta falta de ética, al hablar impunemente y mentir de una manera descarada.
Se habla mucho, se discute mal y se reflexiona muy poco.
La prestigiosa ensayista argentina, Beatriz Sarlo, dice: “Vivimos en un país donde no se paga el costo de lo dicho, donde nadie es completamente responsable de sus palabras”.
Poco después de terminar esta ponencia llegó a mis manos un artículo de Santiago Kovadloff, escritor y filósofo, publicado en el diario La Nación, de Buenos Aires, el viernes 24 de septiembrede 2010; y me pareció muy atinado transcribir los párrafos que van a continuación:
“Es difícil decidir si la decadencia de los valores morales y políticos de una comunidad se inicia con la desvitalización del lenguaje o si ésta termina por reflejar la agonía de aquéllos. Sea como fuere, la interdependencia entre lenguaje, moral y política se muestra, desde siempre, como un hecho incontrastable.
Ante semejante caudal de impropiedades y perversiones, se hace indispensable recordar que el lenguaje sólo secundariamente es una herramienta para el suministro informativo. Primeramente y primordialmente, es un signo espiritual: el indicio más alto y más hondo de la índole de los recursos subjetivos con que cuenta o deja de contar una comunidad. Con él, cada uno de los que la integran conoce, se da a conocer y logra autorreconocerse. La palabra no puede decirlo todo, pero lo dice todo de quienes la emplean.
Seamos claros: donde el lenguaje se corrompe, algo más que el lenguaje se corrompe.”
Hay una hiperinflación del lenguaje coloquial por el lado de los calificativos, aunque no por el lado de los sentimientos. A medida que se pulverizan nuestros sentimientos, crecen los calificativos: Ídolo, genio, diosa, divino, súper, sos lo más, No te mueras nunca, brutal, total. Somos desmesurados.
Al mismo que le decimos en una oportunidad “No te mueras nunca”, en otra ocasión le decimos “si no ganamos, cobrás”. Por otro lado, mientras los padres manifiestan sobreprotección hacia sus hijos a tal punto de que algunos hablan del imperio de la filiocracia, cuando alguien parece dominar a otro se dice que “lo tiene de hijo”. O el viejo insulto universal hijo de tal por cual que hoy sirve como bienvenida para saludar a un querido amigo.
Ivonne Bordelois, intelectual argentina que se diplomó en la Universidad de Buenos Aires, para luego continuar sus estudios literarios y lingüísticos en la Sorbonne, que colaboró con la revista Sur, realizó traducciones y entrevistas con Alejandra Pizarnik. En 1968, se trasladó a Boston, donde se doctoró nada menos que con Noam Chomsky.
Desde 1975 ocupa una cátedra de lingüística en la Universidad de Utrech, Holanda. En 1983 ganó la beca Guggenheim. Regresó en 1994 a la Argentina y desde entonces dicta cursos y seminarios de post grado en la Universidad de Buenos Aires.
Ha publicado poesía y ensayo.
De sus libros recomiendo calurosamente “La Palabra Amenazada” y “El País que nos habla”. Este último es una obra maravillosa, accesible, agilísima, de muy fácil lectura, didáctica y conmovedora.
Su tema central es el deterioro del lenguaje y las variadas amenazas que lo acechan desde distintos flancos.
Dice que “la lengua es, sin duda, el camino más poderoso de identidad comunitaria: es el reflejo inapelable de la propia miseria y riqueza interior… puede ser también un instrumento irremplazable de autoestima… Brice Paraim expresa que “del mismo modo en que tratamos a la lengua nos tratamos a nosotros mismos”.
Si nos ponemos a pensar en esta afirmación coincidiremos en que la devaluación del idioma es directamente proporcional a la pérdida del respeto por el otro y por nosotros mismos, que ya se ha institucionalizado en nuestra sociedad.
Más adelante explica que “el estado actual de nuestro lenguaje se presenta como síntoma de extrema gravedad… pero precisamente cuando se nos ha despojado de todo, se vuelve importante ver si algo nos queda”.
Y más esperanzadoramente afirma que hay escritores, lectores, docentes de todos los niveles, estudiantes, lingüistas, psicoanalistas, periodistas, editores, miembros de asambleas barriales, que forman una resistencia subterránea, pero formidable para salvaguardar este bien tan preciado. Es aquí cuando debemos prestar verdadera atención a la misión que nos toca tan de cerca a los escritores.
Para organizar las ideas me gustaría comenzar con una definición. ¿Qué es ser escritor? Epicteto, el filósofo estoico natural de Hierápolis, ciudad de Frigia, enseñaba: “Si quieres ser escritor, escribe”. Por si no alcanza, adhiero a la postura de Ernest Hemingway: “Una vez que escribir se ha convertido en el vicio principal y en el mayor placer, solo la muerte puede ponerle fin”. Me gusta esta postura por su componente erótico y porque connota toda la pasión que encierra el acto de escribir. Pero en algunos corrillos existe todavía cierto pudor a la hora de asumir quién es escritor. Modestamente, creo que escritor es aquel que ha hecho de la escritura su máxima y más asidua actividad. Y eso no encierra en sí mismo ningún juicio de valor. Ser bueno o malo es harina de otro costal. ¿O no hay buenos y malos profesionales/empleados/trabajadores en todos los campos?
Ahora, no podemos negar la ambivalencia que genera esto de ser escritor: por un lado, somos conscientes de que las actividades intelectuales son poco valoradas, al menos en nuestro país; sin embargo, hemos internalizado la concepción de que los escritores pertenecen al Parnaso. Sería bueno, tal vez, encontrar la postura intermedia. Pero para lograr esto, como para tantas otras cosas, hace falta un absoluto sinceramiento y un debate que nos debemos hace tiempo.
Parece que los claustros académicos y las distintas organizaciones de escritores transitan por caminos paralelos. Y ya sabemos que las paralelas no se tocan. Lástima, ¿no? Sería bueno que alguna vez se produjera el encuentro y la discusión. Porque antes de pre-juzgar, conviene conocer. Hace unos años, editorial Planeta presentó en la Feria del Libro de la ciudad de Buenos Aires, la reedición de las siete novelas de un autor argentino, Osvaldo Soriano, prologadas por Eduardo Galeano, Juan Martini, José Pablo Feinmann, Osvaldo Bayer, Guillermo Sacomanno, Roberto Fontanarrosa y Tomás Eloy Martínez. Durante su vida, el entrañable Osvaldo fue denostado por la Academia; y usado como ejemplo de lo que no se debía escribir, en la Facultad de Letras. Sin embargo, Osvaldo Bayer logró homenajearlo en el aula magna, con la gente aplaudiendo de pie. Si Soriano supo describirnos con autenticidad y crudeza. ¿Por qué querían acallarlo? ¿Quiénes? ¿Y a quiénes respondían?
Lo cierto es que la gente nunca recuerda a los verdugos. Mueren donde deben morir, en el silencio del olvido. Y si hablamos de la influencia de los escritores en el mejoramiento del uso del idioma, cuanto más acceso tenga el pueblo a la literatura, mayor va a ser su poder porque “Escribir es simplemente un artilugio para buscar respuestas que se persiguen desde el momento de nacer. Pero el poema se vale del ardid de las palabras y en lugar de dar respuestas multiplica las preguntas”. Eso construye ciudadanía y, por lo tanto, genera ciudadanos más pensantes.
Otro aspecto de este tema es lectura y cómo hacer para contagiar su hábito. Lo cierto es que todo escritor que se precie de tal deber ser antes que nada un lector voraz. Porque si no amamos apasionadamente la lectura y disfrutamos de los diversos mundos que ella genera, nuestra prédica será inútil y los resultados, un verdadero fiasco, ya que en estos casos la transmisión pasa por el ejemplo y no por el más enfervorizado de los panegíricos. Nuestros destinatarios, por lo tanto, deben ver una actitud clara y contundente que no contradiga nuestras palabras si pretendemos sumar lectores.
Superado con éxito el primer escollo, convendría remontarnos al tiempo inicial de nuestro contacto con los libros. Tratar de reproducir sensaciones táctiles, olfativas, auditivas, visuales y afectivas que nos conecten con personas, momentos y lugares en los que fuimos descubriendo el gusto por leer. Tal vez esos recuerdos nos movilicen de tal manera que el contagio se produzca por generación espontánea.
Y aunque la cosecha nos parezca siempre magra, recordemos que – como en la parábola del Sembrador - de las semillas esparcidas algunas se perderán, otras caerán en el desierto o entre las piedras, pero siempre habrá alguna que germine y esa vale todo el esfuerzo. Ya que no podemos olvidar en qué sociedad estamos inmersos, cuáles son los vientos que soplan en medio de esta desolada post modernidad y que hoy los molinos de viento son más gigantes que nunca. Los enemigos contra quienes debemos enfrentarnos en esta quijotesca misión vienen engalanados con tecnología de punta, lenguajes icónicos y consumismo. En apariencia, esta batalla estaría perdida, o al menos, correríamos con todas las desventajas. Los jóvenes han sido subyugados por el hedonismo, las sensaciones virtuales y, lo que es mucho más grave aún, fueron despojados de la palabra. Esto no es casual ni ingenuo, forma parte del plan perpetrado desde el oscurantismo del poder que quiere ciudadanos analfabetos para dominarlos. Recordemos que la palabra adicto, etimológicamente proviene del latín “addictus” que quiere decir adjudicado o heredado. Después de una guerra, los romanos hacían una subasta en la que regalaban esclavos a los soldados que habían peleado bien. Esos esclavos eran conocidos como “addictus”. Otra versión, psicoanalítica, afirma que la palabra adicto proviene del prefijo negativo “a” y del latín dicto: dicho. Adicto es entonces quien no ha podido poner en palabras su angustia vital.
Por lo tanto, nuestro rol de mediadores cobra una magnitud aún mayor y se convierte casi en una misión de los cascos azules: preservar la paz. ¿Quién iba a pensar que la lectura es una herramienta para la paz? ¿Lo habían pensado? Porque la lectura ayuda a fortalecer la identidad, a descubrir sentidos, a convertirnos en seres independientes con pensamiento propio.
La lectura contribuye a la apropiación del lenguaje y ese dominio del lenguaje es también un pasaporte al reconocimiento social.
Si Jorge Luis Borges, que produjo en su larga trayectoria verdaderas joyas de literatura universal y llevó nuestra cultura de los márgenes, al epicentro, afirmó con maravilloso desparpajo que “algunos pueden enorgullecerse de las páginas que han escrito yo me enorgullezco de las que he leído”, intuimos entonces, que la lectura es un bien muy preciado al que sería un pecado renunciar.
Alguna vez Virginia Wolf escribió:
“He soñado a veces que cuando amanezca el Día del Juicio y los grandes conquistadores, abogados, juristas y gobernantes se acerquen para recibir sus recompensas: coronas, laureles, sus nombres tallados de manera indeleble en mármoles imperecederos, el Todopoderoso se volverá hacia Pedro y dirá, no sin sentir cierta envidia, cuando nos vea llegar con nuestros libros bajo el brazo: Mira, ésos no necesitan recompensa. No tenemos nada que darles. Les gustaba leer.”
Volviendo a Ivonne Bordelois, ella expresa que “el lenguaje es el trampolín de la expresión personal pero también es la armadura que nos protege de los dardos del desprecio social o la flecha que rompe las murallas del prejuicio e instala una nueva fonética contra el autoritarismo de la burguesía o los manuales de urbanidad. También, cuando sabemos escucharlo, es el atavío que demuestra la falsedad y el ridículo de las intenciones y los propósitos de los famosos y los poderosos”. Lo cierto es que el lenguaje nos desenmascara, nos pone en evidencia. Por eso es tan importante manejarlo, para poder codificar y decodificar los mensajes lo más acertadamente posible.
La autora antes citada nos convoca a no ser cómplices de este derrumbe y a manifestar una sana indignación contra los excesos de vulgaridad que se manifiestan en la televisión y en otros medios.
“Aislados como viven, inmersos en la permanente relación con la televisión, la computadora e Internet, aturdidos en sus encuentros amistosos o eróticos en las discos, cuyos decibeles alteran e impiden toda noción de intimidad, no es extraño que muchos de nuestros adolescentes sumen a una suerte de analfabetismo intelectual –ya que su contacto con la lectura es mínimo- una suerte de afasia léxica que los priva, no ya de una deseable elocuencia, sino de todo dominio apenas más sutil y complejo que el nivel ordinario y elemental en materia de comunicación verbal. Como dice Wittgenstein “los límites de mi habla representan los límites de mi mundo”… Cuantas menos palabras posee, más ataráxico, apático e indiferente se vuelve; la violencia física es entonces la expresión más común de la castración verbal”.
En la actualidad, cada vez es mayor el porcentaje de adolescentes imposibilitados de producir un texto coherente y adecuado a determinado formato.
Dicen que nuestra manera de pensar se manifiesta a través de la habilidad que tengamos –o no- para usar el idioma a través de discursos orales y escritos.
Es por lo menos preocupante que con un idioma tan rico, tan pletórico de sonoridades y significados, una gran mayoría de jóvenes manejen un número tan reducido y cada vez más pobre de vocablos –generalmente procaces o vulgares, abreviados, apocopados, vacíos de contenidos y mestizados con el idioma de los poderosos que, a través de la palabra –entre otras cosas- nos siguen colonizando.
Llegados a este punto, amerita hacer una mención a los medios de comunicación que tan “graciosa e irresponsablemente” han contribuido al empobrecimiento del idioma y en especial a la tinelización de la palabra y de la conducta de muchos jóvenes. Lo terrible es la estadística de adultos que festejaron Videomacht, sin pensar en las consecuencias. Más de 20 años de martilleo chabacano termina horadando cualquier piedra, aun las preciosas.
Es cierto que el Habla es la parte viva de la Lengua y por lo tanto resulta bienhechor e irreversible que vaya cambiando, renovándose, incorporando nuevos vocablos, pero cuando se convierte en la Casa Tomada de Cortázar y día a día se cierran cuartos de palabras para no abrirlos más y las telarañas cubren los anaqueles de las bibliotecas, un cierto hedor y un cierto color sepia va cubriéndolo todo.
Por eso sería bueno, una vez más, que los adultos recordáramos el valor de la palabra como herramienta de comunicación que nos distingue del resto de los seres vivos y, a través del ejemplo, volviéramos a llenarlas de contenido, y a respetarlas.
En cuanto a los docentes, en especial los de Lengua y Literatura, tienen el deber moral de hacer amar la palabra, de enseñar a disfrutarla, a jugar con ella. No sea cosa que por ser más papistas que el papa, terminemos consiguiendo que los chicos la odien. Cuando yo escucho un alumno que dice odiar la lengua no puedo entenderlo. O sí, pero me duele. Porque es con la palabra que decimos “mamá”, “hermano”, “amigo”, “te quiero”, con la palabra proponemos, disentimos, acordamos, nos defendemos, acariciamos.
Las palabras mayores hacen huelga, marchan por la avenida hasta la plaza, reclaman ser oídas y unifican el grito. Pero el viento, siniestro y mudo, se las lleva.
La palabra de honor yace en la tumba. Fue asesinada por antigua, por pasada de moda, por entendiste mal y yo no dije eso.
Con la palabra en la boca se quedan los obreros, los maestros, los desposeídos. Y es su único alimento la palabra.
Son palabras cruzadas los encuentros fallidos, los malentendidos, los silencios vacíos.
Será que yo amo tanto las palabras que lo que más me interesa es ganar adeptos.
Olga Liliana Reinoso
Bibliografía:
• El país que nos habla – Ivonne Bordelais
• Entrevista con Berta Braslavsky
"Tan grave como el analfabetismo es leer y no comprender los textos"
• Los argentinos por la boca mueren, página 35, Carlos Ulanovsky
• http://www.lanacion.com.ar/04/03/29/dq_587128.asp
• Diario La Nación, edición impresa, viernes 24/9/2010
miércoles, 18 de agosto de 2010
Escritores Pampeanos recorren la provincia II

El viernes 20,a las 20, se presentará la segunda Antología del Proyecto "Escritores pampeanos recorren la provincia". En la misma oportunidad, disertará la profesora Stella Gamba.
sábado, 9 de mayo de 2009

DELMIRA AGUSTINI
¿Se paga la belleza, el arte mismo, con la muerte?
Parece una constante que la vida de muchos poetas esté signada por la desgracia. Dando un vistazo a todos los obstáculos que debieron sortear, a las dificultades, a los desencuentros y pesares, todo parece preanunciar el final.-
Y entonces surge la pregunta ¿adentrarse en la poesía significa bucear aguas tan profundas en las que la mayoría se ahoga? ¿O acaso, son las personas hipersensibles, aquellas que viven a contramano de este mundo hostil y antropófago, quienes buscan en la poesía un refugio, una tabla de salvación, un cable a tierra? Pero, acaso ¿la poesía no es salvadora? ¿O solamente posterga el proceso hacia la autodegradación?
Basta echar una ligera mirada sobre la vida de muchos poetas, tanto hombres como mujeres, para avizorar la tragedia. Valgan como ejemplo los nombres de varios autores americanos como Alfonsina Storni, Alejandra Pizarnik, Delmira Agustini, Sylvia Plath, Horacio Quiroga y Leopoldo Lugones.
Por tratarse mayoritariamente de figuras femeninas me voy a referir a ciertos casos emblemáticos:
La poetisa argentina, Alfonsina Storni, nació el 29 de mayo de 1892 en Sala Capriasca (Suiza). Se quitó la vida en Mar de Plata, el 25 de octubre de 1938. Hablaba de su creación poética en estos términos: “Escribo para no morir”. Pasó por varios intentos de suicidio, y siendo maestra, sus frecuentes estados de neurosis la obligaban a guardar cama. Una amistad entrañable la unió al magistral escritor uruguayo Horacio Quiroga, quien también se suicidó.
Toda su poesía era un alegato a la muerte, a la perpetuidad póstuma en las aguas marinas.
§ Alejandra Pizarnik, poetisa argentina, vino al mundo en 1936. Buscó a la poesía toda su vida. Era asmática, fumaba cigarrillos, tenía serios problemas de personalidad, consumía anfetaminas para bajar de peso y el mundo le pesaba. A pesar de todo escribía, y muy bien. Tratando de hallar un alivio para su enfermedad pasaba temporadas de internación en un hospital psiquiátrico. Era admirada en su país. Sus versos eran de los mejores, de puras perlas. No le sirvió el elogio de los extraños para salvarse de sí misma, de esa mujer talentosa y temerosa (al mismo tiempo) que era. Un día dijo basta, y se quitó la vida tomando voluntariamente una sobredosis de seconal. Era el año 1972. Dejó una obra literaria valiosa y abundante.
§ Gabriela Mistral, la gran poetisa chilena, Premio Nobel de Literatura, conoció el amor de un hombre, un empleado ferroviario, Romelio Ureta, quien se quitó la vida. La poesía era para Gabriela un “magisterio”. Le cuenta a Emma Godoy, colaboradora suya, que contaba en su trágico haber varios suicidas, y hubo otros hombres que si no llegaron a ese extremo, se entregaron a la drogadicción. “Quien me ama, muere”, solía repetir. Y en ocasiones agregaba: “Como en el Hades a cierta heroína mitológica, así me seguirá a mí el coro de mis enamorados muertos”. Falleció en Nueva York, en 1957.
§ La novelista Sylvia Plath nació en Boston, el 27 de octubre de 1932. Hija de Otto Plath, inmigrante alemán y profesor de Zoología, es una de las poetisas más emblemáticas de los Estados Unidos. Su esposo, el conocido poeta Ted Hughes, decía que ella gozaba de poderes telepáticos. Los aprietos económicos, el desangramiento interior que le producía una existencia que no iba con su manera de pensar, la llevaron a autoeliminarse. Metió su cabeza en el horno de la cocina el 11 de febrero de 1963. La figura paterna tuvo mucha influencia en esta escritora cuyas obras son la revelación de un genio. Su viudo publicó los diarios de Sylvia.
Uruguay tiene a Delmira Agustini, tan ampliamente difundida y comentada como poco comprendida. Delmira Agustini con toda la apariencia verbal de una fuerte sensualidad femenina, es profundamente espiritualista:
“Ah, tu cabeza me asustó. Fluía
¿Se paga la belleza, el arte mismo, con la muerte?
Parece una constante que la vida de muchos poetas esté signada por la desgracia. Dando un vistazo a todos los obstáculos que debieron sortear, a las dificultades, a los desencuentros y pesares, todo parece preanunciar el final.-
Y entonces surge la pregunta ¿adentrarse en la poesía significa bucear aguas tan profundas en las que la mayoría se ahoga? ¿O acaso, son las personas hipersensibles, aquellas que viven a contramano de este mundo hostil y antropófago, quienes buscan en la poesía un refugio, una tabla de salvación, un cable a tierra? Pero, acaso ¿la poesía no es salvadora? ¿O solamente posterga el proceso hacia la autodegradación?
Basta echar una ligera mirada sobre la vida de muchos poetas, tanto hombres como mujeres, para avizorar la tragedia. Valgan como ejemplo los nombres de varios autores americanos como Alfonsina Storni, Alejandra Pizarnik, Delmira Agustini, Sylvia Plath, Horacio Quiroga y Leopoldo Lugones.
Por tratarse mayoritariamente de figuras femeninas me voy a referir a ciertos casos emblemáticos:
La poetisa argentina, Alfonsina Storni, nació el 29 de mayo de 1892 en Sala Capriasca (Suiza). Se quitó la vida en Mar de Plata, el 25 de octubre de 1938. Hablaba de su creación poética en estos términos: “Escribo para no morir”. Pasó por varios intentos de suicidio, y siendo maestra, sus frecuentes estados de neurosis la obligaban a guardar cama. Una amistad entrañable la unió al magistral escritor uruguayo Horacio Quiroga, quien también se suicidó.
Toda su poesía era un alegato a la muerte, a la perpetuidad póstuma en las aguas marinas.
§ Alejandra Pizarnik, poetisa argentina, vino al mundo en 1936. Buscó a la poesía toda su vida. Era asmática, fumaba cigarrillos, tenía serios problemas de personalidad, consumía anfetaminas para bajar de peso y el mundo le pesaba. A pesar de todo escribía, y muy bien. Tratando de hallar un alivio para su enfermedad pasaba temporadas de internación en un hospital psiquiátrico. Era admirada en su país. Sus versos eran de los mejores, de puras perlas. No le sirvió el elogio de los extraños para salvarse de sí misma, de esa mujer talentosa y temerosa (al mismo tiempo) que era. Un día dijo basta, y se quitó la vida tomando voluntariamente una sobredosis de seconal. Era el año 1972. Dejó una obra literaria valiosa y abundante.
§ Gabriela Mistral, la gran poetisa chilena, Premio Nobel de Literatura, conoció el amor de un hombre, un empleado ferroviario, Romelio Ureta, quien se quitó la vida. La poesía era para Gabriela un “magisterio”. Le cuenta a Emma Godoy, colaboradora suya, que contaba en su trágico haber varios suicidas, y hubo otros hombres que si no llegaron a ese extremo, se entregaron a la drogadicción. “Quien me ama, muere”, solía repetir. Y en ocasiones agregaba: “Como en el Hades a cierta heroína mitológica, así me seguirá a mí el coro de mis enamorados muertos”. Falleció en Nueva York, en 1957.
§ La novelista Sylvia Plath nació en Boston, el 27 de octubre de 1932. Hija de Otto Plath, inmigrante alemán y profesor de Zoología, es una de las poetisas más emblemáticas de los Estados Unidos. Su esposo, el conocido poeta Ted Hughes, decía que ella gozaba de poderes telepáticos. Los aprietos económicos, el desangramiento interior que le producía una existencia que no iba con su manera de pensar, la llevaron a autoeliminarse. Metió su cabeza en el horno de la cocina el 11 de febrero de 1963. La figura paterna tuvo mucha influencia en esta escritora cuyas obras son la revelación de un genio. Su viudo publicó los diarios de Sylvia.
Uruguay tiene a Delmira Agustini, tan ampliamente difundida y comentada como poco comprendida. Delmira Agustini con toda la apariencia verbal de una fuerte sensualidad femenina, es profundamente espiritualista:
“Ah, tu cabeza me asustó. Fluía
De ella toda la vida, parecía
No sé qué mundo anónimo y nocturno.”
dice la magnífica poetisa en un hondo pensamiento, que es la consecuencia de una conmoción espiritual. La sensualidad pura no podría dictarle jamás estos versos nacidos de una contemplación pastoral, depurada a través de las más finas mallas que pudiera tener un alma femenina.
Y esta frase:
“Mi alma es frente a tu alma, como el mar frente al cielo.”
Y esta otra:
“Ah, los cuerpos cedieron, mas las almas trenzadas Son el más intrincado nudo que nunca fue...”
Y tantas otras, y toda su obra que expresa una naturaleza vigorosa y profunda, pero cuya finalidad es sorprender el espíritu, aislado a través de la materia.” Delmira Agustini fue una artista precoz. Poseía dones para la pintura y la música. Nació en Montevideo el 24 de octubre de 1887. Era todo encanto y belleza. Su poesía es de las mejores; Rubén Darío profesaba admiración por su obra. Comenzó con la fortuna de ser una poetisa tocada por la gracia de Dios. Pero tenía momentos místicos, instantes de extrema sensibilidad nerviosa, de enajenación, a veces, que la dejaban postrada en el lecho. Se casó con Enrique Job Reyes, y él, un oscuro día, le quitó la vida con dos tiros de revólver, para después suicidarse. Corría el año 1914 y el trágico fin de los amantes sacudió a la sociedad uruguaya.
El parte policial en la 4º Sección Policial decía: “A las 16,20 del día 6 de julio de 1914 el Sr. Germán Da Costa denunció ante las autoridades de la 4º Sección, que momentos antes se habían sentido cuatro disparos en el interior de la pieza que en la finca Nº 1206 de la calle Andes, ocupaba el Sr. Enrique Reyes, de profesión Rematador Público. El Comisario General de Ordenes luego de dar cuenta del hecho al entonces Jefe Político y de Policía, se constituyó en el lugar y al no poder abrir la puerta hace saltar la cerradura y penetra al ambiente. Allí yacía el cuerpo sin vida con dos heridas en la cabeza, lado izquierdo, de la señora Delmira Agustini y Enrique Reyes, su esposo (ya ex esposo) herido en el mismo costado, el que tenía los brazos cruzados y un revólver sobre el pecho”.
Este fue el trágico fin de la poetisa perteneciente a la Generación del 900. Cuando publicó en 1907 “El libro blanco”produjo un sentimiento de estupor y admiración en la sociedad montevideana. Tenía apenas veinte años, carecía de estudios universitarios y había sido su madre, mujer culta, quien la educara según sus severísimos principios. La madre era la personalidad dominante de la familia. Para ella Delmira fue siempre, aún hasta el momento de la tragedia, “La Nena”. Bajo este apodo es que crece y se desarrolla en el seno familiar.
Afirma Clara Silva que en la madre se unieron su natural carácter dominante, absorbente y su amor maternal por “La Nena”, única hija, para determinar su tutela en que la mantuvo sujeta a ella toda la vida, y determinó, a su vez, ese tipo de vida aniñada en que Delmira prolongó hasta el fin una especie de infantilidad paradojal. Vivía, como suele decirse, pegada a la falda de su madre.
Un joven escritor que la visita en su casa a poco de producida la separación conyugal, observa que la actitud de Delmira en presencia de la madre, es distinta que cuando ésta se ausenta, como si ante ésta sintiera una inhibición, una timidez, guardando una fingida compostura convencional.
En la vida es “La Nena”, esa señorita hogareña bajo la tutela de su madre, apartada del mundo, sin amigas, sin concurrir a fiestas ni reuniones que no fueran estrictamente familiares, recibiendo de vez en cuando la visita de algunos escritores que admiraban sus versos, y con un novio simple y reglamentario. En la soledad de su cuarto era donde surgía la otra, la introvertida, la inspirada, la que pensaba y escribía cosas que nada tenían que ver con aquella. Era “La Nena” que se transformaba en la poetisa. Esta doble personalidad se manifiesta desde temprano, separando su vida de su arte.
Sería absurdo pensar que este estado se mantuviera sin provocar un estado de desgarramiento y desequilibrio psíquico, contribuyendo a agravar más ese drama interno de su angustia vital, hasta llegar a la neurosis.
En una carta a Rubén Darío en 1912 le decía: “Yo no sé si usted ha mirado la locura cara a cara y ha luchado con ella en la soledad angustiosa de un espíritu hermético...A mediados de octubre pienso internar mi neurosis en un sanatorio, de donde, bien o mal, saldré en noviembre para casarme. He resuelto arrojarme al abismo medroso del casamiento. No sé: tal vez en el fondo me espera la felicidad. La vida es tan rara!”
La obra y la personalidad de Delmira son una contradicción con respecto al medio social en que nació y vivió, como exiliada. Lo que determinó su carácter, su mentalidad, su poesía, radicaba en el misterio de sí misma. La gloria de sus obras sí fue con ella, pero la felicidad no, porque el amor que acaso ella soñara estaba más allá de la vida. Se casó, pero a las pocas semanas volvía al hogar paterno. No era aquel marido burgués, caballero muy correcto, el hombre para ella. El estaba enamorado de ella, a su modo: él amaba a la mujer que había en ella, pero no podía comprender lo que había dentro de ella y que no era la simple mujer. Así fue que, una vez resuelto el divorcio, la atrajo a una última cita secreta, que era una “emboscada siniestra del destino”. Alberto Zum Felde continúa: “Una tarde de julio de 1914 cundió por la ciudad la noticia de que Delmira había sido hallada en una alcoba de alquiler, muerta de un balazo en la cabeza, junto al cadáver de su marido, que aún apretaba en su mano rígida el arma con que la había ultimado. Su vida fue un meteoro deslumbrante que atravesó el cielo de la poesía, dejando un rastro imborrable de sangre y de fuego”.
En su flamante edición, Nómada, la revista de la Universidad Nacional de San Martín, dedicó su dossier —firmado por la crítica uruguaya Ana Inés Larre Borges— a la poeta modernista. Es pertinente para este lado de la orilla acercarla aún velada por la leyenda de sus días finales: ese casamiento formulario con el rematador de hacienda Enrique Job Re yes, a quien no amaba, el súbito encantamiento por el argentino Manuel Ugarte, padrino de su boda, la rápida separación estrenando casi la Ley de Divorcio de su país, el intercambio de cartas galantes con Ugarte, la continuidad de la relación con su ex, ahora como amantes furtivos, y el escandaloso final del 6 de julio de 1914: Job Reyes que la mata y se suicida. Ella era rubia, de ojos claros, que eran tan pronto azules o celestes, e incluso verdes, según la luz, asombrados, en los que ardía un fuego secreto. No daba la impresión de ser alta, pero sí espigada y flexible. Medina habla de "una niña de quince años, rubia y azul, ligera, casi sobrehumana, suave y quebradiza como un ángel encarnado, como un ángel lleno de encanto e inocencia". La tal niña era realmente una belleza, impresionante. Aurora Curbelo Larrosa, su abogada, dijo haber conocido a Delmira desde niña, y la describió como cariñosa, bella, de carácter melancólico y dueña de una precoz y maravillosa imaginación. El profesor de música Martín López, sostuvo que Delmira estaba muy bien dotada para la música, que tenía mucho talento, a pesar de que faltaba mucho a clase. Dijo que todo lo hacía bien, que era humilde, nada pedante, reservada y muy sumisa a su madre, a quien parecía encadenada. Alberto Zum Felde dice que "Delmira esa terrible sacerdotisa de Eros, fue una niña perfectamente casta hasta el día de la muerte y nunca ningún otro hombre que su marido tuvo trato carnal con ella." Los versos eran su mayor placer, pero también su tormento. A veces su tensión nerviosa llega a extremos insoportables. "Yo casi preferiría que no escribiera.", decía su madre. Delmira era una niña buena y obediente, sencilla y dulce, recatada, esa misma mujer que luego, en la alta noche, en las madrugadas, era capaz de escribir versos inquietantes.
Será imposible, a partir de ese estrépito, no leer la poesía de Delmira fuera de las claves de su tormenta personal, no rastrear las huellas de una contradicción básica: el espiritu libertario que buscaba romper los diques de contención de una sociedad autosatisfecha y pacata (aquel "Tontovideo" del 900 que asombraba con el récord de importaciones de champán y pianos de cola) y la inmersión en ese clima de la mano de María Murfeldt, la madre-toro que la conducía. Ese planeo en la convención no se ajustaba al íntimo bullicio de la escritora que reclamaba una musa "cambiante, misteriosa y compleja" (...) "Y que vibre, y desmaye, y llore, y ruja, y cante" (La musa). La poesía de Agustini se escribe en los patrones estatuarios del modernismo pero al mismo tiempo lo trasciende con una fuerza erótica que asombra en una mujer de esa época y por el brusco vaivén entre el amor y la muerte: "Mi corazón moría triste y lento.../Hoy abre en luz como una flor febea;/¡La vida brota como un mar violento/Donde la mano del amor golpea!" (Explosión).Los desajustes entre obra y vida estallaron finalmente en su cuerpo y quedaron temblando para siempre en sus poemas. El vértigo de ciertos amores, con su certeza de final preanunciado, es el móvil que lo vuelve irresistible, e incomparable. Más allá del inevitable y trágico final, no solo de sus amores sino de la vida, quién puede arrojar la primera piedra, quien no ha dicho o sintió alguna vez como Delmira, advirtió en uno de sus versos:
“Sin saberlo sacudiste mi vida…Todo esto era terrible delicioso y nuevo para mi”.
Terrible y delicioso ¡qué buenas palabras para definir el amor!
Qué historia de amor no resulta trágica al fin…De una manera u otra el final parece llegar siempre o amenaza con llegar.
Delmira fue asesinada, por la espalda.
Pero hilando fino en su vida y en su obra el final trágico tuvo la connotación de un suicidio anunciado. Un suicidio encomendado a quien, puede sea el que más la amó. Alguien que no era su verdadero amor, ni su marido ya, apenas su ex-marido y sí, aun, su amante o el pretexto, la metáfora necesaria de Delmira, aquel que empuña el arma imprescindible para llevar a término su sino trágico. Reyes fue simplemente el Judas que debía cumplir con lo que estaba escrito.
Delmira sin dudas parecía concebir así el final consagrado del mejor de sus poemas, su propia vida: “…lo más fuerte (dice hablando del amor) ha sido hundirme en él.” ¿Un hombre, o simplemente el amor?
En El libro blanco (Frágil) de 1907 era evidente su deuda con los gustos y el lenguaje del modernismo, aunque algunos poemas ya trataban de conseguir una expresión lírica original, más adecuada a sus apasionadas vivencias personales. La logró en Cantos de la mañana (1910), y en Los cálices vacíos (1913), donde su erotismo conjuga con acierto el sueño y la vigilia, la pasión exaltada y el pesimismo, los sentimientos del amor y de la muerte. Algunos poemas más se recogieron en sus Obras completas, editadas en 1924 en dos tomos: El rosario de Eros y Los astros del abismo.
Desde sus comienzos, la literatura hispanoamericana produjo estupor en los lectores europeos, no acostumbrados a la naturaleza lujuriosa que fluye a través de la escritura de nuestros creadores.
Es que en nuestro continente la poesía se parece a la vegetación tropical: si no muy útil, si no muy sobria, es abundosa y desaliñada, rica en ramas y hojas y preparando, claro está, algún fruto.
Esto es en la poesía. Y hay razones para que así sea: una poesía se hace en un momento dado, se la pule luego, si se la pule, y el trabajo está terminado. En mujeres y hombres acontece ello; más visiblemente aún, en mujeres que en hombres.
De las que escriben o escribieron en el continente, las que han tenido, hasta ahora, resonancia en estas tierras y en España han sido las que lo han hecho en verso.
Recuerdo las palabras del dramaturgo argentino Roberto Tito Cossa, en la voz de su personaje Yepetto: “Hay muchos artesanos de la palabra, pero poetas hay muy pocos”.
Y en eso, tal vez, se les va la vida.
Acaso este conocido poema de la poetisa uruguaya Delmira Agustini revela todo el patetismo de la creación poética, de la dura belleza con que la poesía le rondaba, en el colmo del absurdo, y en la excelencia de la lógica, mientras ella sobrellevaba su condición de mujer que escribía poemas en el pasado siglo.
LO INEFABLE
Yo muero extrañamente…No me mata la vida,no me mata la muerte, no me mata el amor;muero de un pensamiento mudo como una herida…
¿No habéis sentido nunca el extraño dolorde un pensamiento inmenso que se arraiga en la vida,devorando alma y carne, y no alcanza a dar flor?
¿Nunca llevasteis dentro una estrella dormidaque os abrazaba enteros y no daba un fulgor?
¡Cumbre de los martirios…! Llevar eternamente,desgarradora y árida, la trágica simienteclavada en las entrañas como un diente feroz…!¡Pero arrancarla un día en una flor que abrieramilagrosa, inviolable…!¡ Ah, más grande no fuera tener entre las manos la cabeza de Dios!
Bibliografía consultada
Delfina Acosta – Artículo publicado en el Suplemento Cultural del diario ABC (Paraguay)
ABANICO – REVISTA DE LETRAS DE LA BIBLIOTECA NACIONAL DE LA República Argentina.
Breve estudio sobre Delmira Agustini - Carmen Goimil Peluffocrgoimil@gmail.com
§ Alberto Zum Felde, “Proceso intelectual del Uruguay”, Librosur- 1985
§ Clara Silva, “Pasión y gloria de Delmira Agustini”
§ Vicente Muleiro – Diario Clarín, Buenos Aires, 6 de enero de 2007
§ http://www.ale.uji.es/agustini.htm
Olga Liliana Reinoso
dice la magnífica poetisa en un hondo pensamiento, que es la consecuencia de una conmoción espiritual. La sensualidad pura no podría dictarle jamás estos versos nacidos de una contemplación pastoral, depurada a través de las más finas mallas que pudiera tener un alma femenina.
Y esta frase:
“Mi alma es frente a tu alma, como el mar frente al cielo.”
Y esta otra:
“Ah, los cuerpos cedieron, mas las almas trenzadas Son el más intrincado nudo que nunca fue...”
Y tantas otras, y toda su obra que expresa una naturaleza vigorosa y profunda, pero cuya finalidad es sorprender el espíritu, aislado a través de la materia.” Delmira Agustini fue una artista precoz. Poseía dones para la pintura y la música. Nació en Montevideo el 24 de octubre de 1887. Era todo encanto y belleza. Su poesía es de las mejores; Rubén Darío profesaba admiración por su obra. Comenzó con la fortuna de ser una poetisa tocada por la gracia de Dios. Pero tenía momentos místicos, instantes de extrema sensibilidad nerviosa, de enajenación, a veces, que la dejaban postrada en el lecho. Se casó con Enrique Job Reyes, y él, un oscuro día, le quitó la vida con dos tiros de revólver, para después suicidarse. Corría el año 1914 y el trágico fin de los amantes sacudió a la sociedad uruguaya.
El parte policial en la 4º Sección Policial decía: “A las 16,20 del día 6 de julio de 1914 el Sr. Germán Da Costa denunció ante las autoridades de la 4º Sección, que momentos antes se habían sentido cuatro disparos en el interior de la pieza que en la finca Nº 1206 de la calle Andes, ocupaba el Sr. Enrique Reyes, de profesión Rematador Público. El Comisario General de Ordenes luego de dar cuenta del hecho al entonces Jefe Político y de Policía, se constituyó en el lugar y al no poder abrir la puerta hace saltar la cerradura y penetra al ambiente. Allí yacía el cuerpo sin vida con dos heridas en la cabeza, lado izquierdo, de la señora Delmira Agustini y Enrique Reyes, su esposo (ya ex esposo) herido en el mismo costado, el que tenía los brazos cruzados y un revólver sobre el pecho”.
Este fue el trágico fin de la poetisa perteneciente a la Generación del 900. Cuando publicó en 1907 “El libro blanco”produjo un sentimiento de estupor y admiración en la sociedad montevideana. Tenía apenas veinte años, carecía de estudios universitarios y había sido su madre, mujer culta, quien la educara según sus severísimos principios. La madre era la personalidad dominante de la familia. Para ella Delmira fue siempre, aún hasta el momento de la tragedia, “La Nena”. Bajo este apodo es que crece y se desarrolla en el seno familiar.
Afirma Clara Silva que en la madre se unieron su natural carácter dominante, absorbente y su amor maternal por “La Nena”, única hija, para determinar su tutela en que la mantuvo sujeta a ella toda la vida, y determinó, a su vez, ese tipo de vida aniñada en que Delmira prolongó hasta el fin una especie de infantilidad paradojal. Vivía, como suele decirse, pegada a la falda de su madre.
Un joven escritor que la visita en su casa a poco de producida la separación conyugal, observa que la actitud de Delmira en presencia de la madre, es distinta que cuando ésta se ausenta, como si ante ésta sintiera una inhibición, una timidez, guardando una fingida compostura convencional.
En la vida es “La Nena”, esa señorita hogareña bajo la tutela de su madre, apartada del mundo, sin amigas, sin concurrir a fiestas ni reuniones que no fueran estrictamente familiares, recibiendo de vez en cuando la visita de algunos escritores que admiraban sus versos, y con un novio simple y reglamentario. En la soledad de su cuarto era donde surgía la otra, la introvertida, la inspirada, la que pensaba y escribía cosas que nada tenían que ver con aquella. Era “La Nena” que se transformaba en la poetisa. Esta doble personalidad se manifiesta desde temprano, separando su vida de su arte.
Sería absurdo pensar que este estado se mantuviera sin provocar un estado de desgarramiento y desequilibrio psíquico, contribuyendo a agravar más ese drama interno de su angustia vital, hasta llegar a la neurosis.
En una carta a Rubén Darío en 1912 le decía: “Yo no sé si usted ha mirado la locura cara a cara y ha luchado con ella en la soledad angustiosa de un espíritu hermético...A mediados de octubre pienso internar mi neurosis en un sanatorio, de donde, bien o mal, saldré en noviembre para casarme. He resuelto arrojarme al abismo medroso del casamiento. No sé: tal vez en el fondo me espera la felicidad. La vida es tan rara!”
La obra y la personalidad de Delmira son una contradicción con respecto al medio social en que nació y vivió, como exiliada. Lo que determinó su carácter, su mentalidad, su poesía, radicaba en el misterio de sí misma. La gloria de sus obras sí fue con ella, pero la felicidad no, porque el amor que acaso ella soñara estaba más allá de la vida. Se casó, pero a las pocas semanas volvía al hogar paterno. No era aquel marido burgués, caballero muy correcto, el hombre para ella. El estaba enamorado de ella, a su modo: él amaba a la mujer que había en ella, pero no podía comprender lo que había dentro de ella y que no era la simple mujer. Así fue que, una vez resuelto el divorcio, la atrajo a una última cita secreta, que era una “emboscada siniestra del destino”. Alberto Zum Felde continúa: “Una tarde de julio de 1914 cundió por la ciudad la noticia de que Delmira había sido hallada en una alcoba de alquiler, muerta de un balazo en la cabeza, junto al cadáver de su marido, que aún apretaba en su mano rígida el arma con que la había ultimado. Su vida fue un meteoro deslumbrante que atravesó el cielo de la poesía, dejando un rastro imborrable de sangre y de fuego”.
En su flamante edición, Nómada, la revista de la Universidad Nacional de San Martín, dedicó su dossier —firmado por la crítica uruguaya Ana Inés Larre Borges— a la poeta modernista. Es pertinente para este lado de la orilla acercarla aún velada por la leyenda de sus días finales: ese casamiento formulario con el rematador de hacienda Enrique Job Re yes, a quien no amaba, el súbito encantamiento por el argentino Manuel Ugarte, padrino de su boda, la rápida separación estrenando casi la Ley de Divorcio de su país, el intercambio de cartas galantes con Ugarte, la continuidad de la relación con su ex, ahora como amantes furtivos, y el escandaloso final del 6 de julio de 1914: Job Reyes que la mata y se suicida. Ella era rubia, de ojos claros, que eran tan pronto azules o celestes, e incluso verdes, según la luz, asombrados, en los que ardía un fuego secreto. No daba la impresión de ser alta, pero sí espigada y flexible. Medina habla de "una niña de quince años, rubia y azul, ligera, casi sobrehumana, suave y quebradiza como un ángel encarnado, como un ángel lleno de encanto e inocencia". La tal niña era realmente una belleza, impresionante. Aurora Curbelo Larrosa, su abogada, dijo haber conocido a Delmira desde niña, y la describió como cariñosa, bella, de carácter melancólico y dueña de una precoz y maravillosa imaginación. El profesor de música Martín López, sostuvo que Delmira estaba muy bien dotada para la música, que tenía mucho talento, a pesar de que faltaba mucho a clase. Dijo que todo lo hacía bien, que era humilde, nada pedante, reservada y muy sumisa a su madre, a quien parecía encadenada. Alberto Zum Felde dice que "Delmira esa terrible sacerdotisa de Eros, fue una niña perfectamente casta hasta el día de la muerte y nunca ningún otro hombre que su marido tuvo trato carnal con ella." Los versos eran su mayor placer, pero también su tormento. A veces su tensión nerviosa llega a extremos insoportables. "Yo casi preferiría que no escribiera.", decía su madre. Delmira era una niña buena y obediente, sencilla y dulce, recatada, esa misma mujer que luego, en la alta noche, en las madrugadas, era capaz de escribir versos inquietantes.
Será imposible, a partir de ese estrépito, no leer la poesía de Delmira fuera de las claves de su tormenta personal, no rastrear las huellas de una contradicción básica: el espiritu libertario que buscaba romper los diques de contención de una sociedad autosatisfecha y pacata (aquel "Tontovideo" del 900 que asombraba con el récord de importaciones de champán y pianos de cola) y la inmersión en ese clima de la mano de María Murfeldt, la madre-toro que la conducía. Ese planeo en la convención no se ajustaba al íntimo bullicio de la escritora que reclamaba una musa "cambiante, misteriosa y compleja" (...) "Y que vibre, y desmaye, y llore, y ruja, y cante" (La musa). La poesía de Agustini se escribe en los patrones estatuarios del modernismo pero al mismo tiempo lo trasciende con una fuerza erótica que asombra en una mujer de esa época y por el brusco vaivén entre el amor y la muerte: "Mi corazón moría triste y lento.../Hoy abre en luz como una flor febea;/¡La vida brota como un mar violento/Donde la mano del amor golpea!" (Explosión).Los desajustes entre obra y vida estallaron finalmente en su cuerpo y quedaron temblando para siempre en sus poemas. El vértigo de ciertos amores, con su certeza de final preanunciado, es el móvil que lo vuelve irresistible, e incomparable. Más allá del inevitable y trágico final, no solo de sus amores sino de la vida, quién puede arrojar la primera piedra, quien no ha dicho o sintió alguna vez como Delmira, advirtió en uno de sus versos:
“Sin saberlo sacudiste mi vida…Todo esto era terrible delicioso y nuevo para mi”.
Terrible y delicioso ¡qué buenas palabras para definir el amor!
Qué historia de amor no resulta trágica al fin…De una manera u otra el final parece llegar siempre o amenaza con llegar.
Delmira fue asesinada, por la espalda.
Pero hilando fino en su vida y en su obra el final trágico tuvo la connotación de un suicidio anunciado. Un suicidio encomendado a quien, puede sea el que más la amó. Alguien que no era su verdadero amor, ni su marido ya, apenas su ex-marido y sí, aun, su amante o el pretexto, la metáfora necesaria de Delmira, aquel que empuña el arma imprescindible para llevar a término su sino trágico. Reyes fue simplemente el Judas que debía cumplir con lo que estaba escrito.
Delmira sin dudas parecía concebir así el final consagrado del mejor de sus poemas, su propia vida: “…lo más fuerte (dice hablando del amor) ha sido hundirme en él.” ¿Un hombre, o simplemente el amor?
En El libro blanco (Frágil) de 1907 era evidente su deuda con los gustos y el lenguaje del modernismo, aunque algunos poemas ya trataban de conseguir una expresión lírica original, más adecuada a sus apasionadas vivencias personales. La logró en Cantos de la mañana (1910), y en Los cálices vacíos (1913), donde su erotismo conjuga con acierto el sueño y la vigilia, la pasión exaltada y el pesimismo, los sentimientos del amor y de la muerte. Algunos poemas más se recogieron en sus Obras completas, editadas en 1924 en dos tomos: El rosario de Eros y Los astros del abismo.
Desde sus comienzos, la literatura hispanoamericana produjo estupor en los lectores europeos, no acostumbrados a la naturaleza lujuriosa que fluye a través de la escritura de nuestros creadores.
Es que en nuestro continente la poesía se parece a la vegetación tropical: si no muy útil, si no muy sobria, es abundosa y desaliñada, rica en ramas y hojas y preparando, claro está, algún fruto.
Esto es en la poesía. Y hay razones para que así sea: una poesía se hace en un momento dado, se la pule luego, si se la pule, y el trabajo está terminado. En mujeres y hombres acontece ello; más visiblemente aún, en mujeres que en hombres.
De las que escriben o escribieron en el continente, las que han tenido, hasta ahora, resonancia en estas tierras y en España han sido las que lo han hecho en verso.
Recuerdo las palabras del dramaturgo argentino Roberto Tito Cossa, en la voz de su personaje Yepetto: “Hay muchos artesanos de la palabra, pero poetas hay muy pocos”.
Y en eso, tal vez, se les va la vida.
Acaso este conocido poema de la poetisa uruguaya Delmira Agustini revela todo el patetismo de la creación poética, de la dura belleza con que la poesía le rondaba, en el colmo del absurdo, y en la excelencia de la lógica, mientras ella sobrellevaba su condición de mujer que escribía poemas en el pasado siglo.
LO INEFABLE
Yo muero extrañamente…No me mata la vida,no me mata la muerte, no me mata el amor;muero de un pensamiento mudo como una herida…
¿No habéis sentido nunca el extraño dolorde un pensamiento inmenso que se arraiga en la vida,devorando alma y carne, y no alcanza a dar flor?
¿Nunca llevasteis dentro una estrella dormidaque os abrazaba enteros y no daba un fulgor?
¡Cumbre de los martirios…! Llevar eternamente,desgarradora y árida, la trágica simienteclavada en las entrañas como un diente feroz…!¡Pero arrancarla un día en una flor que abrieramilagrosa, inviolable…!¡ Ah, más grande no fuera tener entre las manos la cabeza de Dios!
Bibliografía consultada
Delfina Acosta – Artículo publicado en el Suplemento Cultural del diario ABC (Paraguay)
ABANICO – REVISTA DE LETRAS DE LA BIBLIOTECA NACIONAL DE LA República Argentina.
Breve estudio sobre Delmira Agustini - Carmen Goimil Peluffocrgoimil@gmail.com
§ Alberto Zum Felde, “Proceso intelectual del Uruguay”, Librosur- 1985
§ Clara Silva, “Pasión y gloria de Delmira Agustini”
§ Vicente Muleiro – Diario Clarín, Buenos Aires, 6 de enero de 2007
§ http://www.ale.uji.es/agustini.htm
Olga Liliana Reinoso
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