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sábado, 28 de enero de 2012

Daniel Salzano. Y van...











Quiénes y cuándo
Hi Yo Silver. Antonio Agri, violín de la “madonna”. Calcio, hierro y fósforo. Antes de que Colón llegara a América, Gaetano de Santa María Porto ya era un santo. Daniel Salzano.
28/01/2012 00:01 , por Daniel Salzano
Hi Yo Silver

No soy capaz de precisar exactamente cuándo, pero, créanme, hubo un momento en que todo andaba más o menos bien en la Argentina: abrías la heladera y te encontrabas con un botellón de leche de La Lácteo y media docena de bifes de marucha. La belleza era un calendario de Eveready ilustrado por dos gatitos saltarines; en el reverso de los billetes de un peso, las vacas, ubérrimas, miraban pasar el ferrocarril de la dulzura y, sentado en el umbral, yo leía y releía las aventuras del Llanero Solitario.

La verdad es que hacía más de 10 años que no escribía del Llanero Solitario, de quien a estas alturas no sabría decir si está vivo o si está muerto, pero resulta que en el quiosco de revistas de la esquina acabo de ver un libro azul, editado en Barcelona, que reproduce sus mejores historietas. Lo ves al Llanero en la tapa, en primer plano, y te dan ganas de arrodillarte, como en el confesionario.

Eso en cuanto al legendario combói de guantes de cabritilla, sombrero Stetson y balas de plata del calibre 45.

En cuanto a la Argentina propiamente dicha, todo lo que podría asegurar a estas alturas es que se parece a Silvio Rodríguez inmediatamente después de haber perdido el unicornio: las cosas han dejado de salirnos bien y vivimos en tal estado de confusión que somos incapaces de saber a quién queremos más, si a los malos o a los buenos.

Eso es verdaderamente lo que extraño del Llanero de las balas de plata, un hombre de tinta china que sabía lo que decía y lo que quería. Ése es un comanche, decía. Y acertaba. Ése es un pawnee, decía. Y acertaba. O desenfundaba y movía el chumbo en todas direcciones, como el aletear de una libélula. Los buenos eran los que permanecían de pie y los malos, los que caían.

Y, para terminar, una pregunta de examen: ¿qué decía el Llanero en el último cuadrito al mismo tiempo que Silver alzaba las manos, oh dulce caballito?

Dale, loco, decilo de nuevo, de nuevo, de nuevo:

–¡Hi Yo Silver!

Antonio Agri, violín de la “madonna”

Una vez en el bar del Hotel Bauen, Buenos Aires, Antonio Agri, violín de la madonna, levantó un cuchillo por el mango, lo puso de perfil contra la luz y permaneció observando el filo con un ojo a cada lado. Fue la única vez que lo vi a menos de cinco metros de distancia, pero ahora, a punto de escribir sobre su historia, aquella imagen opera en mi recuerdo con la fuerza de un disparo.

Agri Antonio, como el filo del cuchillo con el que lo vi separar el mundo en dos mitades, tuvo que aprender desde chico a ubicarse en el centro del tablero. Y es que, si quería, podía tocar el violín igual de bien que Alfredo Gobbi. O como Agustín Bardi.

El problema es que ni había estudiado ni había practicado lo suficiente. Tocaba con un violín del Ejército de Salvación y no se avergonzaba por leer, en lugar de memorizar, la partitura. Y sin embargo era capaz de improvisar. Piazzolla levantaba la cabeza como un ganso, se tragaba la reprimenda y nunca le decía nada, porque Agri, según él, estaba un escalón por encima de Bardaro y otro por debajo de Francini.
En 1948, consta en actas, tras una reunión celebrada en un bar de Rosario, su ciudad, Agri Antonio, de 15 años, consiguió conciliar los intereses musicales de la barra formando un quinteto de cámara que, sin dejar de dar la vida por Beethoven, aceptó inscribirse en Sadaic con el nombre de Los Poetas del Tango. De pinta, era igual: llevaba el esmokin como un joyero de la Quinta Avenida, pero cuando hundía la cabeza en el violín te dabas cuenta de que su mayor virtud estaba en la mirada. Agri tocaba con los ojos cerrados.

En 1962, Piazzolla, que estaba trazando los planos para la tercera fundación de Buenos Aires, lo citó para una prueba. Consta en actas. Agri toleró el tuteo, cerró los ojos y con el cuchillo de las grandes ocasiones le tatuó sobre la frente una definición del pensamiento musical urbano. Acababa de nacer el Quinteto Nuevo Tango. Y después vino el Octeto. Y el Onceto. Y el Treceto. Tocaron tantos años juntos que ya ni miraban por dónde caminaban.

Mientras tanto, de la vieja ciudad no había quedado casi nada. Y de la nueva, habían destrozado casi todo.

Piazzolla tardó menos que él en desertar.

Agri Antonio, violín de la madonna, cerró un ojo desde entonces y permaneció vivo calculando el preciso lugar de la mitad. Sefiní.

Yo que usted, escuchaba sus discos, forastero.

Calcio, hierro y fósforo

1) ¿Es capaz de reproducir el sonido del timbre de su primer hogar? Agregue los detalles que estime convenientes.
2) ¿Quién vive ahora en esa casa?
3) Perro, ¿tuvo o no tuvo? En cualquier caso, explique las razones.
4) ¿Considera que Salgari es un buen nombre para perro?
5) ¿Calcio, hierro y qué otro elemento esencial contenía la fórmula del Toddy?
6) Cada vez que se confesaba, ¿oía caer las gotas de lluvia y las contaba, en lugar de pensar en los pecados?
7) ¿Ha dejado de estrechar la mano de mucha gente?
8) ¿Por qué tarda tanto en responder a las preguntas?
9) Esa mujer que tiende la ropa subida a una silla de mimbre, ¿es su mamá?
10) ¿Cree que, como las ideas, los recuerdos cambian de lugar?
11) ¿Recuerda el áspero calor del asfalto cuando subía la calle Roma pedaleando y después volvía la cabeza para observar el parpadeo de las luces que a lo lejos?
12) ¿Cuándo lloró por última vez? ¿Por qué cada vez que piensa que va a morir mete un puñado de fósforos en el bolsillo?
13) ¿Su grupo sanguíneo es de confianza?
14) ¿Recuerda las fotos que le sonreían en el dormitorio? ¿Las dedicatorias? ¿Y aquel almanaque del bazar Agostinelli con dos manzanas verdes, una rosa roja y un ovillo?
15) ¿Por qué no quiere responder a la pregunta número 7? Vamos, de nuevo: ¿ha dejado de estrechar la mano de mucha gente?
16) ¿Es consciente de que en algún momento del futuro no habrá ni siquiera existido y nadie habrá escuchado decir su nombre ni una sola vez?
17) Si fuese norteamericano, ¿volvería a votar por Obama?
18) Tache. Lo. Que. No. Corresponda.

Antes de que Colón llegara a América, Gaetano de Santa María Porto ya era un santo

Exceptuando la clásica estampita de la espiga de trigo, la que se suele abulonar sobre el marco de la puerta de la cocina, nadie sabe cómo era Cayetano, el santo más popular de la Argentina.

Haciendo hincapié en la estampita, se lo podría describir como a un ensayista espiritual, un fraile parsimonioso habituado desde niño a peinarse siempre de la misma manera. Lo suyo, se deduce, es el orden, el equilibrio y la serenidad de los que no albergan muchas dudas.San Cayetano, señores, tiene toda la pinta de un estudiante de filosofía.

Sin embargo, consta en actas, no era precisamente un filósofo a lo que aspiraba su mamá, María Porto, mujer de misa diaria. A lo que verdaderamente aspiraba era que su hijo fuera un angelito. Y así lo bautizó: Gaetano de Santa María Porto.

Nacido en 1480, en Vincenza, Cayetano tenía 24 años y no se parecía a ningún santo. Más bien se parecía a lo que era: un estudioso del derecho civil y eclesiástico, que se desplazó a Roma para instalarse en el Vaticano a la diestra del papa Julio II. Pero los funcionarios, ya se sabe, en muy pocas ocasiones resultan apropiados para los milagros.

Dos cañonazos sucesivos se encargarían de modificar su porvenir: el primero lo ocasionó la muerte de su madre y el segundo, la de Julio II. Cayetano reaccionó renunciando al cargo y ordenándose después. Salvo la edad, 36 años, entró a la Iglesia y abandonó todo lo demás.

Sus huellas se entreveran con las huellas de la vida de manera natural y recién se destacan cuando reaparece en Venecia trabajando como fraile curtido en leprosarios. Los sifilíticos, consta en actas, lo trataban como un santo. En cierta ocasión, ante la visión de una pierna engangrenada, el hijo de María Porto reaccionó cubriéndola con un beso. Y el enfermo se curó. Y Cayetano se puso colorado. Eso les pasa a todos los santos cuando realizan su primer milagro.

Después de crear la congregación de los Teatinos, Cayetano murió en Nápoles en 1547, mientras oficiaba como mediador de una guerra de todos contra todos. Murió, eso sí, filosóficamente desencantado: acababa de comprender que en las guerras los besos no sirven para nada.

Lo mejor del santo de la espiga no es que te consiga trabajo y te proporcione la comida. Lo mejor es la manera que tiene de sostener en brazos al Niño Dios, como si fuera un apunte de derecho canónico. Eso y la sonrisa del bebé que, como todos los bebés,no tiene idea de nada.

sábado, 7 de enero de 2012

DANIEL SALZANO





“La Luna no tiene ojos, pero la Luna se cubre con sus lágrimas”

Visto en perspectiva desde el Arco de Triunfo en dirección a la Place de la Concorde, Alejandro Dumas no se parecía a un escritor sino, en todo caso, a una ballena.

Así coinciden en describirlo todas sus biografías: no sólo era el más alto, el más fortachón y el más macho del tout París editorial, sino que cuando la gente lo veía no cabía en la imaginación. Dumas, como la crema de los merengues de El Pan de Azúcar, directamente rebalsaba.

Ah, y un dato más, el decisivo: Dumas era el padre de los tres mosqueteros.

Aquel gigantón con chaleco de fantasía y bastón de marqués de la elegancia, a cuyo paso los viandantes del siglo 19 se apartaban como gallinas atemorizadas, comenzó sus toqueteos con la fama a los 27 años, con un dramón histórico –Enrique III y su corte de aprovechados– y desde entonces llevaba las llaves de París, junto al reloj, en el bolsillo de su chaleco bordado. El reloj de Alejandro Dumas, se murmuraba entre los noctámbulos más empedernidos, no tenía 12 números sino 13, porque sólo contando con días de 26 horas se podía liquidar un novelón de 400 páginas cada 30 días.

¿La verdad? Acosado por el éxito, el escritor había industrializado su producción creando una verdadera usina literaria donde trabajaban a destajo amanuenses y aprendices anónimos. El maestro, imperial, se limitaba a supervisar las obras como un capataz por encima del hombro de los jóvenes escribientes y corregía:

–Este personaje está mal muerto, sentenciaba. Y el pichón de redactor se estremecía.

De ser verdadero el chimento, habría que poner mucho cuidado al seleccionar los libros de Dumas porque, en una de esas, todo su trabajo consistió en diseminar media docena de comas.

Tenía sastre particular. Quiero decir que el mejor sastre de París lo vestía –por contrato– comprometiéndose a no hacerlo con ninguna otra persona. Y una vez a la semana organizaba farras muy bien servidas y tan bien atendidas que Dumas, con sospechosa frecuencia, debía solicitar préstamos, hipotecar propiedades y –en más de un caso– poner pies en polvorosa.

Desaparecía seis meses y volvía con seis novelas. Todavía no se han terminado de contar los hijos con los que fue alimentando el Registro Nacional de las Personas. Eso por no hablar de sus romances, a los que dedicaba versos como el que titula esta nota.
Dios, casi me olvido, Dumas peleó codo a codo con Giusseppe Garibaldi. ¡Dumas con un chumbo de asesino, cubierto por una casaca roja y discutiendo en italiano!

En una ocasión permaneció 30 días en el subsuelo de una goleta, pero consiguió salvar el pellejo. Cuando se sosegaron los ánimos, cedió los derechos de sus próximas tres novelas como parte de pago de la goleta. Para festejarlo, le pidió al sastre de su corazón que lo vistiera como si se tratara de un almirante. Hay fotos suyas rodeado de amigotes a la hora de los brindis. Antoine Lumière, padre de Luis y Augusto, padres a su vez del cinematographe, era número puesto a la hora de los brindis.

Algún día hablaré con Dumas, el gran oso de la literatura romántica francesa.
Pero volvamos a donde abandonamos la narración: Los tres mosqueteros, un novelón de capa y espada, de la que se contabilizan cinco versiones cinematográficas que no figuran en el libro Guinness de los récords, pero que cuando se proyectan –o televisan–sus voces inundan el mundo y sus héroes se convierten en el cielo y en la tierra: D´Artagnan, Athos, Portos y Aramis.

Hace mucho tiempo que los chicos han dejado de escribirles cartas a los Reyes Magos. Y los que escriben, no piden libros de Dumas.
Me gustaría tocar el acordeón mientras la lluvia funde la nieve.

Credo nuestro

Creo en los gatos que se cubren las orejas con las patas / que más vale provocar envidia que dar lástima y que quien no tiene nada que esconder tampoco tiene nada que enseñar.

Creo en la sirena de la isla Crisol / en los mostradores de madera / y en el hombre que vi recostado / esta mañana / sosteniendo el Palacio de Justicia.

Creo en los brazos de la gente subiendo y bajando-o-o-o-o en la tribuna / creo que podría ganarme la vida contando la historia del marido de Rita Hayworth que / una vez al año / salía a dar la vuelta al mundo con un cuaderno de 100 hojas donde anotaba nombres para sus potrillos pura sangre / creo en un caballo que se llame “Rutanueve” / creo en una yegua que se llame “Villapáez” / me hubiera encantado ser el marido de Rita Hayworth.

Creo en las palabras que aún no han sido dichas / en las sábanas tendidas al sol / y creo en la gente que tira una moneda / caiga como caiga.

Creo en los grandes inventos: la carretilla, el ascensor, los fósforos Ranchera, la yilé, el Córdoba Sport / y me pregunto ahora / con toda seriedad / dónde habrá ido a parar la puerta giratoria del Correo.

Creo en los argentinos de mi barrio y en la belleza cotidiana / oh Dios / ¡cómo creo!

Creo en la profesión de escribir / creo en no escribir / en escribir de nuevo/ en no escribir nunca más.

Creo en las vacas de madera que pastaban en la estepa de La Gran Muñeca / las vacas de cuando yo tenía cuatro años.

Creo en los fumadores compulsivos / en la gente que tose / que se come las uñas / que roba sobrecitos de sacarina / creo en los grandes poemares / y en los niños que no logran saber en qué momento del día chocarán entre sí los tres que arrancan a la misma hora y por la misma vía de los pueblos A y B / señor ministro: / ese problema es repugnante.

Creo en los pasajeros que miran codiciosamente el asiento de la ventanilla / creo en el collar que ceñía levemente los pechos de Elizabeth Taylor en Un lugar al sol / creo en el maullido de la puerta del Cineclub Municipal cada vez que se abre y que se cierra / y en la muerte del mono King Kong.

Creo en las pastillas Renomé, Volpi y Billiken / pastillas para salir a bailar / chicas con olor a anisette / varones con olor a peppermint / creo en la apasionada lucha de Chammás lidiando frente al horno donde brotaban los primeros alfajores / creo en ese cuento de Chéjov en el que él baila descalzo porque el vestido de ella no tiene dobladillo / creo en la leña cortada y apilada / creo en las alpargatas blancas que exige el reglamento para practicar la chanta cuatro.

Creo en el gigante que se dispone a lanzar la jabalina desde la puerta principal de la cancha de Talleres / creo que el instante más bravo de mi vida no ha llegado todavía / y creo en la carta de vinos del hotel Crillón donde se alojó Duke Ellington & his orchestra / en 1968.

Creo en los libros que se leen entre sí cuando no estoy.

Creo que el talento se da o no se da / y que / a veces/ los poemas tienen poco y nada que ver con quien los escribe / creo en las mujeres que se arrodillan para levantar al hijo que corre hacia sus brazos / oh Dios /¡cómo creo!

¿Y Córdoba?

Erco / core / reco/ cero / roce/ creo / creo / creo / creo.

Lewis

Y ahora un poco de atención, señoras y señores, porque voy a hablar de Jerry Lewis, cómico de 85 años y 114 kilos de peso de quien acabo de ver publicada en una revista que no sé cómo se llama una foto que podría ser la última de todas.

Ahí está Jerry con la cara más gruesa, la nariz hinchada como una coliflor y los ojos entornados, sentado sobre una silla de ruedas porque, explica la revista con insolente brevedad, sus pulmones son víctimas de una fibrosis muscular que no los deja respirar como quisieran.
O sea.

Lo que quiero decir, señoras y señores, es que hace medio siglo yo era tan fanático de Lewis que era capaz de ir a Pajas Blancas a esperar el avión que traía sus películas. Jerry, espero que no lo hayan olvidado, era el botones del hotel que comenzaba paseando a una docena de perros y terminaba subido al Empire State, como King Kong, rodeado por los bomberos, el ejército y la policía de Manhattan.

Oh, Dios, cómo comprendía su desesperación, cómo participaba de su inoperancia, cómo lo quería. Dos, tres, cuatro chistes y empezaba a reírme, a reírme de verdad, a más no poder, con lágrimas y todo, como cuando era un bebé requetefeliz y mi papá o mi tío o mi padrino me hacía tantas y tan buenas cosquillas en la panza que me orinaba.

Tendría que haberle escrito mucho antes.

Ahora ya no vale. Jerry no puede leer, porque la fibrosis le deja los ojos enlagunados.

sábado, 17 de diciembre de 2011

DANIEL SALZANO

El último test para la tercera edad del profesor Salzano

Cuestiones de índole general: ¿Les llama la atención, les duele como un clavo cuando en las esquinas de la ciudad ven a los pibes aprender el oficio de canallas?/ ¿Con qué frecuencia se dan una palmada en la frente y dicen: “Dios mío tengo una cita con el urólogo a las cuatro y media/ y ya son las cinco y cuarto”/ ¿Creen con frecuencia que se han equivocado de ciudad?/ ¿Lo más importante en la vida de un hombre es su fecha de nacimiento?/ La fecha de nacimiento es la que lo pone a uno en carrera/ a partir de entonces todo lo que hacemos es acumular pasado. Y ahora la última:/ tarde o temprano, ¿la vida llega a ser una tragedia?

Cuestiones de índole sanitaria: Ese frasco de alcohol que está en el botiquín ¿lo conservan desde las viejas / o son para las nuevas heridas?/ ¿Hace mucho que han comenzado a parecerse como ahora?/ Donde tenían las manos, ¿qué tienen ahora?

Cuestiones de índole sentimental: ¡No me digan que están tomando el fresco en la vereda esperando que pase un Kaiser Carabela!/ ¿Cuánto hace que no escriben una composición sobre la vaca?/ ¿Sabían que está muy enfermo Jerry Lewis?/ El sobre donde papá traía el sueldo y ampulosamente lo dejaba apoyado en el florero, en el centro de la mesa ¿era azul azul?, ¿marrón terroso?/ rosa no porque era color de mariquitas/ Eh, papá ¿te acordás de mí?/ soy el que se encoge como un jockey cuando escribe/ el que mide 1.70 / el que tiene las cejas como barbas/ el que vio jugar a la Wanora.

Cuestiones de índole política: ¿Sus padres fueron qué de Amadeo Sabattini? ¿correligionarios? ¿compañeros de chupino? ¿compañeros de banco? ¿jugaban a las bochas con pantalones y alpargatas blancas?

Cuestiones de índole psicológica: ¿Por la noche no pueden dormir si antes no miran debajo de la cama? ¿Creen que el exceso de amor une o separa? ¿Es por la mañana, a la siesta o a la noche que sienten que hay otras cosas que se deslizan para dar nacimiento a nuevas cosas? ¿Llevan en el bolsillo interior del saco el número secreto de su cuenta corriente en Farmacity? ¿Hepatalgina? La tengo / ¿Insulina? La tengo / ¿Regulane? Lo tengo / ¿Lorazepan? ¿Pharmaton? ¿Fenobarbital? Lo tengo lo tengo y lo tengo.

Cuestiones de índole sexual: ¿Qué papel desempeña en sus vidas el erotismo?/ ¿Preponderante?/ ¿Insignificante?/ ¿O es como en aquella película en la que Spencer Tracy se sentaba en la galería del rancho para ver crecer el pasto?

Cuestiones de índole semántica: Dulce que me tenés,/ ¿es frase masculina o femenina?

Cuestiones de índole personal: ¿Llevan uña larga en el meñique para abrir como bacanes el atado de cigarrillos?/ ¿Se afeitan con la intención de que la gente no los reconozca?/ ¿De grandes iban a ser equilibristas o fantasistas del teclado?/ ¿Cuántos pisos tenía Gath y Chaves?/ ¿Todavía conservan la impresión de estar seguros?/ ¿Creen sinceramente que por haberse masturbado cuando Marilyn vivía tienen garantizada una platea en el avant scene del paraíso?/ ¿Tienen demasiado zurcido el mameluco de la infancia?

Cuestiones de índole secreta: ¿Tiran del carro para adentro pero sienten que el carro tira para afuera?/ ¿Encienden la linterna pero ni aun así ven venir la poesía?/ ¿Odian estar solos?/ ¿Perder al ping pong?/ ¿Subir escaleras?/ ¿La palabra nosotros les gusta tanto como a mí?

Cuestiones de índole profesional: ¿Cierran los ojos como santos cuando escriben?/ ¿Qué lugar elegirían para el eterno descanso de sus almas?: ¿Una de las tres luces rojas que parpadean en el cielo raso de Cinerama? ¿El movimiento interminable de las burbujas que suben y bajan de costado por el sifón de Egea y Sánchez? ¿Convertido en una hormiga en el prodigioso jardín de las Teresas? ¿Como una ola gigante que inesperadamente se levanta en la Cañada?

Cuestiones de índole patriótica: ¿Les quiebra la Argentina el corazón por el medio todavía?/ ¿Córdoba les suena como el tiro final de Sin aliento? Si les ofrecen una tiza, ¿en qué la gastarían?: ¿escribirían argentino hasta la muerte? ¿cuna de campeones? o ¡basta de estar aquí tirados como palos!

Últimas cuestiones: ¿Nadie los reconoce por la calle? ¿No figuran en ninguna antología? ¿Los escuchan hablar y nadie hace ademán de interrumpirlos?/ Entonces cuenten conmigo.

Bwana Hemingway

Supongamos que Hemingway se disponía a escribir un cuento sobre elefantes. Entonces, lo primero que hacía, era alejarse de cualquier libro que hablara de elefantes. Y es que, Papá, no quería saber nada de segunda mano. Abandonaba el campamento en mitad de la noche y se abría paso entre la jungla hasta llegar a la laguna donde abrevaba la manada. Iba solo, avanzando con pasos cortos y precisos. Así escribía. Frases de 12 palabras y ningún adjetivo. No inventaba nada. Somos, eso es todo. El famoso rayo de los videntes.

Abro una página cualquiera de su última recopilación de cuentos publicada por Lumen para copiar un pedacito: “A Liz le gustaba mucho Jim. Le encantaba su bigote y la blancura de sus dientes cuando sonreía. Le gustaba que no tuviese pinta de herrero. Un día descubrió que le encantaba el vello negro que cubría los brazos de Jim y lo blanco que eran éstos hasta la línea de bronceado cuando se lavaba en la palangana que había en el exterior de la casa. Que aquello le gustara la hacía sentirse rara”.A eso me refiero.

Cuando Hemingway llegaba a la laguna de los elefantes se apostaba inmóvil, como un palo, y cuando aparecían los animales, no se apresuraba. La cuestión era arrimarse. Todo lo que podía. En 1934, durante el que sería su último safari, se salvó de carambola porque el jefe de la manada desconfió de su inmovilidad, se volvió y lo embistió. Puro Hemingway: matar o morir. El escritor disparó, pero aquel elefante era mucho elefante para tan poquita bala y continuó avanzando como una locomotora. Se salvó, pero al volver al campamento, magullado, se dio cuenta de que había perdido la pipa.

A Hemingway, como se advertirá, siempre le sobraban 10 para el peso.

A la pipa se la había regalado un médico italiano que lo había curado durante la Primera Guerra Mundial. Se acordaba de su nombre, Antonio, Antonino. Con toda seguridad Antonio ya estaría muerto. Y a él lo podría haber matado el elefante. La muerte siempre andaba dando vueltas por ahí. Tal vez ése haya sido el verdadero elixir de su estilo.

Escribió novelas, cinco, seis, pero al lado de sus cuentos son papel picado. A él le iban bien los sprints, los 50 metros llanos, y las peleas de tres rounds. Sonaba la campana, daba tres zancadas y ya se había apoderado del centro del ring. Antes de terminar, el primero había ganado por fuera de combate.

Bukowski, el poeta, escribió un relato en el que combatía con Hemingway en un torneo de aficionados. En el primer round Hemingway lo maltrataba, en el segundo Bukowski se defendía y en el tercero lo noqueaba. Listo. Hemingway ya no ejercería más influencias sobre su literatura. Así de fácil.

El escritor se suicidó a los 62 años porque, si quería seguir viviendo, debía prescindir de la bebida y los elefantes. Su presión sanguínea andaba como la mona, tenía el colesterol por encima del nivel del vertedero y la diabetes se la tenía jurada. Era una bolsa de enfermedades. ¿De qué podía escribir?

Los porteadores, en África, lo llamaban bwana.

–Tráeme whisky con soda.

–Sí, bwana.

–No te bebas eso –dijo ella–. Cariño, no te bebas eso. Tenemos que hacer todo lo que podamos.

–Hazlo tú –dijo él–. Yo estoy cansado.

El misterio de su alteza serenísima

Cuando presionado por las exigencias dinásticas del principado de Mónaco, Rainiero viajó a los Estados Unidos en busca de una princesa, no imaginaba que acabaría, simultáneamente, conquistando el corazón de Grace Kelly y destrozando el de Alfred Hitchcock.

Antes de que se cruzara en su vida el príncipe de Mónaco que la cautivó con el anillo más suntuoso de Van Gansen, Grace Kelly había sido una actriz de pecho frío y manos blancas a la que le bastaba con bajar sin parpadear por una escalera de mármol para despertar el indio de Alfred Hitchcock.

A sir Alfred, el mago del suspenso, lo rechiflaban las rubias de pelo corto y un rictus de desprecio en la comisura de sus labios. Labios finos, dicho sea de paso, Hitchcock no concebía otro modelo que ese para compartir un cóctel de champán.

Le pasó cinco veces a lo largo de su carrera. Una fue Madeleine Carroll, otra Eve Marie Saint, otra Ingrid Bergman, otra Tippi Hedren y, por fin Grace Kelly.

Pobre maestro. Primero las elegía, después les hacía firmar contrato y finalmente se apoderaba de ellas a lo Barba Azul: les elegía el vestuario, les enseñaba a no tomar el té con el meñique enarbolado, las mareaba con atufantes ramos de flores rebuscadas, y les controlaba la agenda de entrevistas. Es decir, se apoderaba de ellas pero siempre por la parte de afuera. Por la de adentro jamás despertó el indio de ninguna. Todas lo toleraban, le hacían reverencias y en las entrevistas no contestaban si no tenían previamente sus instrucciones. Eran los suyos amores desesperados, inútiles, humillantes y condenados al momento decisivo en que el Maestro, exangüe, se abalanzaba sobre la presa que, sin excepciones, lo reculaba. Después venían las profundas depresiones, las mamúas interminables y las películas malas. No muchas, algunas.

En síntesis: la filmografía del autor de Los pájaros podría dividirse en dos grandes categorías: películas con y películas sin rubias.

A las películas las diseñaba, plano a plano, corte a corte, dibujándolas hasta en sus más mínimos detalles. Después, durante la filmación propiamente dicha, decía que se aburría porque, en los hechos, la película ya estaba terminada.

AH era un ser humano sumamente complicado, lleno de frustraciones, pequeños y grandes rencores y muchas inseguridades. Sus películas, consecuentemente, están cargadas de amenazas, pesadillas, frustraciones e inseguridades. Pero, ¡por Dios!, que a nadie se le ocurra sentir lástima por ello.

Pero volvamos a la Kelly, que a las órdenes de Papálosabetodo hizo Crimen perfecto, Para atrapar al ladrón y La ventana indiscreta.

Era una dupla poderosa que hacía presagiar muchas maravillas pero que, ante el estupor sentimental de Hitch, se deshizo cuando ella se casó con Rainiero y, hace 30 años, manejando un coche de 100 mil dólares, pisó mal el freno y se mató. Hay quien afirma por ahí que no pisó mal el freno sino que directamente no lo pisó.


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sábado, 30 de julio de 2011

ME ENCANTA DANIEL SALZANO



Quiénes y cuándo
La página de los muertos. Miguel Rugilo. Todo lo que había que saber. Daniel Salzano.
La página de los muertos

De la misma manera que lo hacía mi papá / y el papá de mi papá / yo / como se despereza una rosa / abro el diario por la página de los muertos y paso la yema del pulgar por los retratos de la humanidad inmóvil: Fito / Diego / Eduardo / Julia / Turco / los conozco a todos / nos hemos cruzado en la Municipalidad / hemos jugado al ajedrez en la biblioteca Vélez Sársfield / nos gusta King Kong​ / nos gusta Casablanca / hicimos la primera comunión en barrio Pueyrredón / no me extrañaría haberles cedido el paso en la puerta giratoria del Correo.

Me demoro todo lo que puedo en su página / me fijo en sus edades / las comparo con la mía / después hago la resta / dentro de siete años /calculo / ya habré muerto / ojalá ilustren mi necrológica con la foto en la que estoy mirando a mi mujer / estábamos en la esquina del Jockey / esperando el guiño del semáforo / tendría que haberme muerto en ese instante / hubiera ido al cielo como tiro.

Y ahora me pregunto: / ¿aceptaría vivir 68 años como este Alipio Flores de barrio Los Naranjos? / ¿72 como esta Blanca María viuda de Basavilbaso? / ¿me avendría a vivir 45 años como César Vallejo a cambio de escribir como los dioses? / ¿ 33 como Cristo? / ¿39 como Newbery?

Pasan los muertos / lectores / queda la gente.

La de los muertos es la página más sosegada / más que las farmacias de turno / la cartelera de espectáculos / si las juntásemos a todas / una por una / ordenadamente /obtendríamos el libro de actas de la tribu de la Nueva Andalucía / somos lo que somos porque ellos fueron lo que fueron / joder.

Cuando paso la yema del pulgar como una rosa / por la cara de Fito y Diego y Julia / me asaltan varios pálpitos: / a) los muertos duermen todos en la misma cama / b) entran al cine sin pagar / c) desayunan en el Sheraton y antes de abandonar la mesa roban bolsitas de sacarina.
Hay veces / cuando escribo / que escucho su chamuyo a mis espaldas / ¡Ah! / mirá / acá está escribiendo Daniel / el hijo de Vicente /el ferroviario que trabajaba en el Belgrano / y se casó con una modista de Alta Córdoba.

En una novela de Tarzán / leí que en el corazón de la jungla de Sumatra existe una tribu de pigmeos / que / para que sigan viviendo / entierran a los muertos con nombres cambiados / entonces Ringo Bonavena​ estaría vivo todavía / y como te digo Ringo te digo la señorita Tomasa / la de tercero / un día resbaló en la tabla del ocho / y desapareció.

La página de los muertos / ese sí que es un buen tema para una composición / saquen una hoja / y ajústese los machos / lectores.

Miguel Rugilo

Al despuntar la década de 1950, en el barrio porteño de Liniers vivía un arquero al que veías fotografiado de frente y de perfil y no decías que era un arquero, sino más bien un asesino. Rugilo Miguel, titular en Vélez Sársfield, gastaba camisa de leñador, ojos de checo, melena de inmigrante y unos bigotes fulminantes que no cabían en una sola figurita.

Por los años de la debacle peronista, todo lo que se le exigía a los arqueros era que no se dejaran bajar la visera de la gorra y que fueran capaces de volar. Iba un pibe –por ejemplo– a probarse a las divisiones inferiores y en lugar de patearle un penal, para medirle los reflejos, le soltaban un gorrión seguido de una orden imposible: ¡Cacharlo!

Al arquero Miguel Rugilo, de profesión tornero, era muy raro que se le escapara un pajarito.

Cuando la Selección Argentina que dirigía Guillermo Stábile saltó a la cancha para enfrentar a los ingleses en el estadio de Wembley, Rugilo, de entra­­da, cosechó comentarios maliciosos. Estaba gordo, falto de entrenamiento, protegía sus rodillas con unas colchonetas del siglo XIX y sus bigotes de dos figu­ritas parecían un murciélago negro posado sobre la boca.

Aquella tarde memorable, Rugilo Rugidor comenzó a precalentar a lo bestia, debajo de los palos, colgándose como un mono del travesaño y/o golpeándose el lomo contra los postes porque sufría de calambres. No había empezado el partido y ya se había metido a la gente en el bolsillo. Y es que no era un goalkeeper como todos los demás, sino que su aspecto, su técnica, su indumentaria, no eran los de un profesional sino más bien los de un barra contra barra, a quien el destino había puesto bajo los palos de Wembley.
Hay fotos de Rugilo despejando con los puños. Si te llegaba a tocar con los nudillos, te desnucaba. Y no usaba guantes. Ni gorra. Y él mismo se fabricaba el linimento con una buena base de aguarrás. En síntesis: el tipo de jugador que inmediatamente te enseñaba que el fútbol podía romperte el corazón.

Empezó el partido y la Virgen de Liniers se apiadó del bigotón, que comenzó a volar de palo a palo impidiendo una goleada que se veía venir pero no se concretaba. En la cancha había dos docenas de fotógrafos repartidos, mitad y mitad, en los dos arcos; aunque todos acabaron ametrallando al hombre de Cromañón de la Selección Argentina.

¡Oh!, es verdad que los ingleses le hicieron dos goles y Argentina terminó perdiendo dos a uno, pero Rugilo entró como un cuete al Libro Guinness de los Récords por haber atajado 52 pelotas en 90 minutos. O, lo que es lo mismo: voló una vez cada 86 segundos. Todos hemos visto alguna vez jugar a 11 contra 10 o a 11 contra nueve. Pero nunca vimos, como en aquel histórico match de 1951, jugar a 11 contra uno.

Fue una hazaña que se pareció a un milagro. Después de todo, Wembley no era sólo Wembley sino “la Catedral”. En el año 2000 la demolieron pero, en lugar de habilitar una playa de estacionamiento en su lugar, los ingleses la rehicieron.

Rugilo falleció en Buenos Aires en 1993, a los 75 años, atendiendo un mercadito entre él, su mujer y sus dos sus hijos, los leoncitos.
En la calle Charcas había una verdulería que se llamaba “El León de Wembley”. Detrás del mostrador, estampado en la portada de El Gráfico, volaba Miguel Rugilo.

–Andá a la verdulería y tráeme un kilo de
papas.

No íbamos porque fuésemos obedientes, claro: íbamos para ver una y otra vez el majestuoso vuelo suspendido de Miguel Ángel Rugilo.

Todo lo que había que saber

Todo lo que había que saber de esta ciudad / se aprendía por la parte de afuera de la escuela / por ejemplo: el Córdoba Sport Club / dos bailarines desnudos / sobre el ring / dispuestos a reventarlo todo / todo lo que conozco de la lengua de Shakespeare lo aprendí mirando las peleas: / ring / jab / cross / gong / knock out y “ápercat” / dale al “ápercat” / negro ciliado.

Posdata: en esta ciudad los rounds se terminan / pero las peleas nunca se acaban.

Todo lo que había que saber de esta ciudad se aprendía sentado en el cordón de la vereda / esperando que pasara “el Gringo” Tosco / el símbolo mayor de la resistencia cordobesa / llevaba el pelo caído sobre un ojo / un destornillador en el bolsillo de los cigarrillos / y caminaba como un loco oyendo voces / Epec quedaba en General Paz al 300 / el cine Sombras al 400 / al 500 las chicas de la noche fumaban entre árboles negros y desnudos / si seguías caminando en línea recta y con la cabeza gacha llegabas a Santiago del Estero.

Todo lo que había que saber sobre literatura argentina se aprendía en el bar Buvette / en el pasaje Muñoz / ahí escribía Ernesto Sabato​ el
pri­­mer borrador de Sobre héroes y tumbas / el maestro trabajaba de cara a la pared / con la boca entreabierta / se estaba quedando pelado / hay escritores que no tienen edad / y que viven con el espíritu desgarrado / un día se enojó por culpa de un café recalentado / rompió el ticket / y se mandó a mudar / me hizo acordar a Faulkner / cuando para escribir se encerraba / y para asegurarse / arrancaba el pomo de la puerta.

Posdata: el bar Buvette estaba emplazado frente a los pescaditos / los pescaditos / nadaban en peceras diferentes / y se pasaban la vida despidiéndose / los unos a los otros.

Todo lo que había que saber sobre alta precisión se aprendía subido a la balanza de la farmacia Minuzzi / en serio / cada vez que bajábamos al centro de paseo / íbamos a la farmacia a comprar Hepatalgina / algodón Estrella / Cirulaxia / y nos pesábamos / para pesarse mi mamá se descalzaba y se sostenía del hombro de papá / la primera vez que compré preservativos / lo hice / a manera de homenaje / en la Minuzzi / la farmacia que me enseñó a dividir el kilo en gramos y los gramos en palitos.

Todo lo que había que saber del comunismo / de las gloriosas multitudes avanzando con una flor entre los labios / todo lo que había que saber de Pepe Stalin / y del agudo y oscilante murmullo del proletariado/ se aprendía / sentado sobre un cajón de manzanas / con la luz apagada / mirando El acorazado Potemkin / en un garaje propiedad del cineclub de barrio Empalme / yo todo lo que sé es que cuando fui a Rusia / lo único que saqué en limpio es que si uno no puede morir entonces tiene que soñar / eso / y las ladillas / unas 850 mil por cada asiento de paja de un trencito de acero que escupía hielo y cuyas ventanillas nunca se cerraban.

Todo lo que había que saber sobre las chicas / se aprendía mirando a la mujer de bronce que ilustraba el anverso de los billetes de un peso / una mujer en camisón con una antorcha / una mujer de verdad / un poco vieja / un poco cansada / más allá del tiempo / más allá de la muerte / creo que era la República Argentina / cómo será que mi corazón aún la sigue viendo hermosa.

Todo lo que había que saber de los mosqueteros de Luis XVIII / el rey nabo / se aprendía sobre una silla bien lustrada en la muy divina biblioteca Vélez Sársfield / os diré una cosa / lectores / podéis leer todos los libros de la biblioteca y / nunca llegaréis a saber qué es la literatura / a cambio del mismo esfuerzo / sin embargo / podréis obtener una ajustada definición de vosotros mismos.

Todo lo que había que saber sobre los misterios de la Nueva Andalucía / se aprendía caminando como un puma por Jerónimo Luis de Cabrera / Alta Córdoba / yo fui criado / educado / matrizado / y entrenado / jugando al rango / a la chiri / a la pelota envenenada / he visto a muchos curas pasear en bicicleta / he escuchado a las locomotoras del Belgrano hacer el mismo ruido que los búfalos de John Ford en aquella película que daba Cinerama / he saltado la tapia del Hindú Club para bailar con la orquesta de Hugo Forestieri / entonces / ¿cómo no voy a escribir con dos dedos?

Todo lo que había que saber del río Tiber / de Lorenzo el Magnífico / de Paolo Uccello​ / de Cosme el Viejo / y de los Museos Capitolinos / se aprendía mirando los números romanos del reloj de la joyería Escasany.

Cuando se acababa el aprendizaje / es que ya estabas listo para largarte / ¿qué?/ ¿largarme? / ¡oh, no! / ¡qué sería de nosotros sin nosotros!