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domingo, 6 de febrero de 2011

Asumamos pronto el cómo






"¿Cómo Somos?



Como un niño acorbadado



con el andador cansado



por temor a echarse a andar.



Somos, en el fondo, solidarios



más al fondo muy otarios



y muy piolas más acá.



Vamos, aprendamos pronto el cómo



de asumirnos como somos



o no somos nunca más."



Eladia Blázquez






Aprendamos pronto el cómo (Fragmento)




(...) Siempre se nos ha inculcado que no tenemos identidad, que sólo somos una réplica deforme y devaluada de otros “seres superiores” a los que imitamos mal. Sucede que crecimos dentro de la concepción de que somos un crisol de razas y hemos vivido desperdigando nuestros santos y señas en diferentes cubículos sin unificarlos bajo la común denominación de ser argentinos. Entonces, nos pasamos dos siglos de supuesta independencia tratando de pertenecer a la sociedad europea, espiando y parodiando sus costumbres y sus modas, y mirando desde el hombro a nuestros vecinos latinoamericanos, casi con desprecio, considerándonos superiores y mejores.
De ese modo, renegamos del sueño de muchos antecesores que deseaban ver la gran patria latinoamericana y traicionamos, también, nuestros orígenes.
Lo cierto es que hemos caído en el pecado de soberbia, el más terrible de los pecados capitales. Y hemos incurrido en el olvido de una regla fundamental: ser de verdad.
Lentamente, nos fuimos convirtiendo en el país del TODOVALE, donde no hay ley, norma o principio que no amerite ser transgredido, violado o ignorado. Pertenecemos a una nueva raza humana, “la de los piolas”, que a través del humor hemos dejado infiltrar la inmoralidad. Al fin, con un chiste, todo pecado de acción u omisión puede ser perdonado u olvidado.
Recordemos dos frasecitas que hemos acuñado: Roba pero hace y Todo hombre tiene su precio. ¿Qué son, sino la legalización del delito, de la corrupción?
(...) Y a pesar del descrédito en que ha caído la clase política, subsiste en el inconsciente colectivo algo así como un temor reverencial por el funcionario público, en lugar de tener presente que sólo nos representan y, por lo tanto, están a nuestro servicio. Lo que ocurre es que la opinión pública es demasiado fluctuante y manejable, con escasez de criterio y sentido común. Y en una eterna adolescencia continuamos eludiendo responsabilidades.
Cuando una persona menciona valores como la honestidad, la sinceridad y la dignidad, debe soportar sonrisas socarronas y descalificaciones. (...) No sé si todos somos conscientes del daño que este “modus operandi” ha ocasionado en nuestra forma de vida. Antiguamente, la palabra empeñada era sagrada y el honor la mayor gloria que una mujer o un hombre podían ostentar.
(...) Otra consecuencia fatal de esta descarada inmoralidad en la que estamos inmersos, es la sensación de desamparo que sentimos frente a un inconveniente serio cuya solución no depende de nosotros. ¿A quién podemos recurrir que sea confiable, expeditivo? ¿A quién que cumpla con su deber y se ocupe de defender al prójimo? ¿A quién que no nos estafe? Y aquí entra en acción la señora burocracia -cara visible y desagradable si las hay- de todo un sistema perverso. En esa burocracia confluyen, sin tapujos, la ineptitud, la mala voluntad, la falta de solidaridad, el incumplimiento de los deberes y, digámoslo sin eufemismos, la tan mentada viveza criolla y la no menos telúrica vagancia, además del hecho consuetudinario de quedarse con el vuelto mientras los otros miran a un costado.
(...) En los últimos años hemos incorporado a nuestro léxico cotidiano, tres palabras que se ha vuelto imprescindible usar para expresar el estado actual de las cosas: trucho, transar y zafar. ¿Qué connotan? Falta de autenticidad, negocios sucios, poca seriedad, improvisación. Quizá sean una dolorosa síntesis de nuestra realidad.

Olga Liliana Reinoso

sábado, 5 de febrero de 2011

DESPOJO



PARTE DE LA TIERRA

por Olga Liliana Reinoso

Tal vez porque siempre me dolieron las injusticias, tal vez porque aborrezco los abusos y a los abusadores, tal vez porque todo lo que se obtiene por la fuerza y no por mérito y derecho, me rebeló desde pequeña, es que fui construyendo casi como autodidacta, en contra de la historia oficial y de los prejuicios instalados, mi idea acerca de las culturas preexistentes en tierras americanas, antes de la llegada de los conquistadores.
Luego, fui nutriendo esa postura incipiente con lecturas de opiniones vertidas por personas sensatas y autorizadas, además de libros serios que comenzaron a mostrar la verdad histórica. Aquella historia que se cuenta desde otro lugar, no desde los ganadores. Porque “si la historia la escriben los que ganan, eso quiere decir que hay otra historia…”
Por tal motivo, siempre les hablaba a mis alumnos desde esa postura. Sin embargo, aún con las mejores intenciones, se pueden cometer errores conceptuales y es preciso tener capacidad de autocrítica para reconocerlos y corregirlos.
Con el deseo de poner las cosas en su justo lugar, me he referido a los aborígenes como los verdaderos dueños de la tierra. Y eso fue precisamente lo que le comenté a un descendiente de mapuche, cuya reacción fue la siguiente.
- Terrible error, señora.
Yo no entendía nada y ante mi estupor, aclaró.
- Nosotros no somos los dueños de nada, somos parte de la tierra. Nunca incorporamos la idea capitalista de propiedad privada, porque la tierra es nuestra madre, es la que nos alimenta, pero no nos pertenece.

Entonces recordé aquella carta magistral escrita por Seathl, jefe piel roja de la tribu Dwarish al presidente norteamericano en 1885, ante una propuesta de compra de tierras de la tribu: (…) “¿Cómo se puede comprar o vender el cielo o el calor de la tierra? Esta idea es extraña para nosotros. Si hasta ahora no somos dueños de la frescura del aire o el resplandor del agua… Cada parte de esta tierra es sagrada para mi gente. (…) Nosotros sabemos que el hombre blanco no entiende nuestras costumbres. Para él una porción de tierra es lo mismo que otra: porque él es un extraño que viene en la noche y toma de la tierra lo que necesita. La tierra no es su hermana sino su enemiga. Y cuando él la conquista, sigue adelante. Él deja atrás la tumba de sus padres y no le importa. Él apuñala la tierra de sus hijos y no le importa. (…) Su Dios es el mismo Dios nuestro, esta tierra es preciosa para Él (…)
Supe, en ese preciso instante, que me habían dado una lección de sabiduría y humildad. Y como tal, la atesoro.
También comprendí lo difícil que resulta que personas pertenecientes a diferentes culturas puedan ponerse de acuerdo en algunos aspectos que implican tan diferente cosmovisión. Pero creo que es ahí cuando debemos poner a prueba nuestra tolerancia y, especialmente, tratar de ponernos “en el cuero del otro” para acercarnos a un mínimo de comprensión.
Aprendí por qué no quieren que los llamemos indios, ya que ese nombre proviene del conquistador y que la palabra huinca o winca no significa blanco o cristiano, sino usurpador.
Y llegué a la conclusión de que aquellos comienzos nefastos marcaron el destino de esta sufrida Latinoamérica: eternamente violada, usurpada y explotada. Si los argentinos nos sintiéramos parte de esta tierra no permitiríamos que Benetton, norteamericanos varios, el mismísimo Tinelli y tantos otros, siguieran apoderándose de las tierras y despojando a la comunidad aborigen que allí habita.

miércoles, 2 de febrero de 2011

LA ENVIDIA







LA ENVIDIA: CONFESIÓN SECRETA DEL FRACASO PERSONAL


Hace un tiempo charlaba con amigos acerca de la envidia y decidí investigar, porque me gusta tocar sabiendo y no tocar por tocar.
Así, descubrí que la envidia es el peor de los pecados capitales porque el resto tiene un buen lado opuesto: soberbia/autoestima; pereza/descanso y así sucesivamente. La única excepción es la envidia. Para la envidia nunca hay buen lado posible. Por eso tantos la disfrazan. Jacinto Benavente dice: “Es tan fea la envidia que siempre anda disfrazada, y nunca más odiosa que cuando pretende disfrazarse de justicia”.
Etimológicamente proviene del vocablo latino invidia: mirar con malos ojos. Unamuno la explicaba como in – vidiare: Un no ver. No ver los méritos propios. Y sentir tristeza ante el bien ajeno al que se considera un mal propio. Se tiende a valorar en los demás aquello que nos falta sin ponernos a pensar en todo lo que tenemos. Si de noche lloras por el sol no verás las estrellas (R. Tagore).
Suelen ser envidiosos los ambiciosos de honores y puede darse tanto en las personas físicas como en los grupos o colectividades.
Por envidia mató Caín a Abel. Por envidia Colón regresó encadenado a España.
Ovidio se manifestaba así sobre el envidioso: “Vuélvese pálido el rostro, mústiase todo el cuerpo, incapaz de recto mirar, la dentadura cubierta de sarro, de bilis el pecho, de veneno la lengua”.
La envidia –según Melanie Klein- no soporta la energía creadora. Sin embargo, un mensaje negativo que solamente aporte al receptor la inutilidad de su existencia, además de la agresividad psicopática de quien perdió el tiempo emitiéndolo, puede resultar muy positivo si uno lo sabe leer sin caer en la trampa. Porque nos abre los ojos, nos hace mirar de otra manera al que así actúa y revela su actitud destructiva que estaba escondida detrás de una máscara social. Para decirlo claramente, la envidia desenmascara las miserias humanas.
Dicen los especialistas que, además, puede crear ansiedad, trastornos del apetito y del sueño, y diversas alteraciones más.
El envidioso adopta una postura defensiva que se traduce con modos irónicos, altaneros, fríos y distantes, e incluso, de menosprecio hacia los demás. Y parece ser que la envidia más perniciosa es la que sentimos del hermano, amigo, del compañero de estudios o trabajo, del vecino, porque simplemente han aprovechado mejor sus oportunidades. Sería maravilloso extraer del éxito ajeno conclusiones adaptables a nuestra manera de ser.
El envidioso nunca reconoce, ni siquiera en su fuero íntimo, que padece envidia. Porque denota un sentimiento de inferioridad que no se debe a todo aquello que carece sino a que no sabe valorar lo que tiene. Y entonces se esconde, jamás da la cara, repta a través de la murmuración, pero siempre a espaldas de quien se quiere lastimar o “sacarse de encima”. El envidioso usa la estrategia de sembrar dudas sobre la persona a la que desea perjudicar. No dice las cosas directamente sino que las envuelve en el papel celofán de la sospecha para que haga el mayor ruido posible.
La envidia es el mal de los débiles de espíritu que también tienen enfermo el corazón. Por eso caen en otras faltas como la difamación, la calumnia y la alegría perversa del mal ajeno.
Hay que tener cuidado porque muchas veces, sin saberlo, estamos a merced de los envidiosos. Aunque, volviendo a Unamuno, no se puede vivir si no se es envidiado y envidioso por aquello de que si la envidia fuera tiña...
De una hipotética carta de la humildad a la envidia extraje estos párrafos:
“Por envidia se le despoja de dignidad a la persona honrada.
Por envidia se levantan falsos testimonios.
Por envidia se ponen “zancadillas” a compañeros confiados.
Por envidia se arremete contra un inocente.
El envidioso envidia al pobre porque vive sin ataduras; envidia al rico porque puede disfrutar de todo; envidia al bueno, porque su bondad atrae a las personas; envidia al malo porque cree que su maldad lo hace feliz; envidia al inteligente porque lo cree superior a él; envidia al necio porque piensa que es feliz en su ignorancia... El envidioso siempre encuentra motivos de envidia…”
Hay un proverbio árabe que reza: Castiga a los que tienen envidia, haciéndoles bien.
Y un hermoso consejo que alguna vez leí: No intrigue, no sea chismoso, haga méritos trabajando honradamente, aprenda a elevarse por sí mismo sin voltear a nadie. Los méritos quitados a los demás no se suman a los propios.

martes, 1 de febrero de 2011

AYER NO HA TERMINADO


AYER NO HA TERMINADO


por Olga Liliana Reinoso


¿Qué hacer cuando el pasado nos sorprende, cuando golpea nuestra cara como un pájaro herido sobre un parabrisas?
¿Qué hacer cuando el tiempo se evapora en un segundo y nos transporta mágicamente a 20 años atrás?
Primero la sorpresa, la alegría...
Pero después, una humedad de olvidos cala el alma.
Aquello fue feliz. Y lo perdimos. Creíamos tener todo resuelto pero ahora comprobamos que no es cierto.
¿Qué es lo que nos deslumbra y nos inquieta? ¿La juventud perdida? ¿Las artes del amor casi en desuso? ¿Ciertos temblores que siguen latentes?
¿Por qué esa persona, esa mirada, ese gesto fortuito, se vuelven primordiales?
Entonces, la verdad ¿No es la verdad?
Tendríamos que estar preparados... Pero somos tan ingenuos, tan cándidos, tan vulnerables a las sorpresas que nos da la vida...
Construimos castillos y palacios, erguimos rascacielos en la arena, y dando muestras de una soberbia desatinada, sentimos que lo tenemos todo.
Entonces basta una brisa, un estampido, un rumor de hojarasca, para poner en evidencia nuestra fragilidad y el tono oscuro de tantas mentiras.
Por eso huimos de preguntas esenciales y preferimos el barniz a la madera. Nuestros dedos se deslizan ágilmente sobre la superficie pulida, en cambio, las astillas nos penetran y lastiman.
Sin embargo, ¿qué es lo natural? ¿Qué es más cierto, más auténtico, más genuino? ¿Nos animamos a responder estos interrogantes?
¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? ¿A qué se debe nuestro tránsito en la tierra? ¿Es la muerte el cruce del Mar Rojo hacia la tierra prometida? ¿O todo acaba en polvo y en escarnio? ¿Acaso somos solo una apariencia que otro está soñando?
En medio del naufragio, la sutil esperanza disfrazada de tronco nos da la bienvenida y creemos entrever en cada encuentro una cita postergada, porque, en realidad, todo es una sucesión de causas y efectos.
Pero la rutina, que es un monstruo voraz, nos fagocita. Y seguimos simulando que vivimos; destartalados, incompletos, mutilados: por cobardía, por comodidad o por miedo.
Hasta que el olvido acude nuevamente en nuestro auxilio. Y arribamos a la orilla para observar como vuelven a aquietarse las aguas, como todo retorna a la “normalidad”.
A pesar de saber que solo es una parodia, ascéptica, indolora.
Será por eso que la mayoría opta por no saber, por no buscar, por silenciar los duendes: se ahoga en el fuego fatuo del desconocimiento. Y se niega a enfrentar su “lúcida noche fundamental”. (*)
Quizá solo se trate del espejismo que produce la nostalgia, el reverbero de ciertas historias que sacamos del baúl como un vestido hermoso pero antiguo, anacrónico y tres talles más chico. “Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos”. (**) O tal vez sí.
¿Quién se atreve a asegurarlo?


(*) Jorge Luis Borges
(**) Pablo Neruda

domingo, 30 de enero de 2011

HIPOCRESÍA










CONFESIONES ACALLADAS


¿Sabés por qué me río de lo que decís?
Porque así disimulo mi ignorancia.
¿Sabés por qué critico?
Porque tengo que canalizar la envidia que me corroe cuando veo que otros se destacan “per se” y yo sigo en el anonimato.
¿Sabés por qué hago comentarios ácidos?
Porque pretendo barnizar con ironía lo que es simplemente maldad.
¿Sabés por qué desacredito a los demás?
Porque no estoy a su altura, pero no puedo asumirlo.
¿Sabés por qué borro con el codo lo que escribo con la mano?
Porque soy un farsante y, además, un cobarde.
¿Sabés por qué te desprecio y te ignoro?
Porque eso me da aires de superioridad. Y también porque soy mezquino y egoísta.
¿Sabés por qué te boicoteo?
Porque soy mediocre y no quiero que te luzcas.
¿Sabés por qué te mato? - dijo la serpiente a la luciérnaga - porque no puedo soportar tu brillo.
Si tuviéramos un detector de verdades, éstas serían algunas de las verdades que podríamos descubrir.
Y muchos hallarían en estas respuestas, la explicación a tantas actitudes dañinas, a tanto obstáculo, a tantos palos en la rueda.
Pero la hipocresía que todo lo recubre, sumada a la negación de los defectos propios y al agigantamiento de los ajenos, hace que este proceso saludable nunca se concrete.
Y así se continúa por la vida: mintiendo a destajo y, lo que es peor: mintiéndose a sí mismo.
Habría que investigar:
• ¿Qué debilidad acusa el que se burla de los otros y hace de ese gesto su mayor diversión?
• ¡Qué poquita cosa es quien necesita agrandar los errores ajenos para disminuir los propios!
• ¿Qué deuda no saldó?
• ¿Quién le impidió encontrar su verdadero camino?
• ¿Quién le hizo creer que, si mancilla a los demás, podrá lavar su alma percudida?
• Que nadie imagine que las virtudes quitadas a otro pasan a engrosar su propio bagaje.
Dice un texto, cuya autoría desconozco:
“Triste cosa es no tener amigos. Pero más triste debe ser no tener enemigos. Porque quien enemigos no tiene, señal es que no tiene talento que le haga sombra, ni carácter que le abulte, ni valor que le teman, ni honor que le murmuren, ni bienes que le codicien, ni cosa alguna que le envidien.”
¿Será verdad? o ¿será justicia?
“Ladran, Sancho, señal que cabalgamos” (El Quijote de la Mancha, Cervantes)

sábado, 29 de enero de 2011

DIVAGACIONES








¿Existen los amores imposibles?
¿Tienen lugar las palpitaciones unilaterales?
¿O sólo son una alucinación de otoño que arrecia en la caída de las hojas?
¿Puede un hueco vacío albergar el abrazo?
El silencio ¿reemplaza a la palabra?
El insomnio ¿equivale a la caricia?
Dicen que el amor es un milagro en compañía.
¿Adónde irán, entonces, los gritos desvalidos? ¿En qué lugar anidará el pájaro huérfano de la desolación? ¿Qué habrá sido del fuego de los besos? ¿Crepitará, deshabitado, en la intemperie de la soledad?
Nadie responde. Sólo se oye el cacareo de los necios que no atraviesan el barniz de la corteza, sólo palabras huecas que no alcanzan a traducir el buen idioma enigmático del alma.
Es que la sabiduría y la sensatez asumen su fatal ignorancia en todas las cuestiones del corazón y reconocen que en el amor no hay certezas ni fórmulas exactas: solamente pronósticos aproximados, adivinaciones coyunturales, encuentros fortuitos o desencuentros insalvables.
Entonces,¿de qué modo saber? ¿De qué manera darle paso a la luz del entendimiento para que pueda titilar entre la niebla de la confusión y señale el camino exacto, ése, el de la cita postergada?
¿Quién podrá abrir el oído de los sordos?
¿Quién despertará los ojos ciegos para que capten las señales?
El río los separa. La unión es en el agua. Llamaradas de voces se agitan, plañideras, en la penumbra de la orilla opuesta. Y no hay quien oiga. Y no hay quien acuda.
¡Oh, Soledad de soledades! Que se trasmuta, endecasílaba, en la vertiente oscurantista.
¡Oh, Soledad vernácula! Que no admite el exilio para cambiar de rumbo.
Y muere en el intento. Y se asfixia en su oxígeno.
Alguien tiene que dar cuenta de tanto despropósito. Alguien tiene que hacerse cargo de tanta flecha que no da en el blanco. Cupido es un anciano miope que hace siglos perdió la puntería. Y la doble moral no contribuye al entrelazamiento. El mandato es inmovilizador: No provocarás. Tu misión es la espera.
De nada sirven las insurrecciones ni la liberación ni el desparpajo. La ley de los ancestros es más fuerte y siempre va a la hoguera el que transgrede.
Por eso, la pregunta sigue intacta. Y por eso, los crímenes están impunes.
Pero hay que estar atento a las miradas y a los temblores más imperceptibles: ellos son delatores. Nadie puede evitarlo. Sólo es preciso atravesar paredes y leer la verdad entre mentiras.
Aunque lo realmente saludable es abrir la ventana y defenestrar a cada uno de los espíritus de la incomunicación, desprenderse del equipaje de las dudas, desalojar el miedo, virar el timón y encaminarse hacia alguna isla virgen donde se pueda disfrutar, en paz, de un sol que no escatime resplandores.(Olga Liliana)