martes, 7 de octubre de 2014

TIERRA PROMETIDA O MI LUGAR EN EL MUNDO



©Olga Liliana Reinoso


Así como es importante encontrar el verdadero amor y la vocación genuina, también es fundamental hallar un lugar en el mundo. Un lugar al cual pertenecer, sentirse parte, aunque uno esté solo en un café mirando pasar la gente por la vereda. A ese lugar se le perdona todo. Los defectos, el vértigo, la locura, la indiferencia, la chatura. Porque en el fondo uno también es así, comparte esas características, tiene su misma piel.
Ama su olor y hasta  su mal olor, ama el rubor de sus atardeceres, la primera canción de la mañana; el frío o la llovizna lo llenan de placer.
Si todavía no se han encontrado con ese lugar síganlo buscando porque vale la pena.
Vale la pena el sentimiento y la emoción que ilumina y provoca temblores cuando se recorren sus calles, se ven florecer sus durazneros y se descubre, con la mirada en alto, una constelación que nos bautiza.
Busquen ese lugar. “No se queden inmóviles al borde del camino”, como dice Benedetti. No acepten resignados un destino fraguado por dioses fraudulentos.
Abran sus alas y vuelen buscando cielo y tierra y agua y fuego que les pertenezcan.
Cuando lo hagan, el corazón dará un brinco inusitado y entonces podrán reconocer la tierra prometida.
Seguro que está aquí, en Argentina. Acaso en otro barrio, o en otra provincia.
Pero ya van a ver que las mañanas tendrán un nuevo tornasol y aquellos pájaros sonarán con melodías soñadas, porque al fin habrán dado con la Meca.
Y si es así bastará con un pacto, con un secreto, con un beso a la luz de las estrellas.
No importa si uno se va o se queda. La suerte estará echada. Y podremos volar por todo el hemisferio, sin miedo a confundirnos. Porque habrá un sitio que nos espera. Una tierra que añoramos. Un lugar en el mundo que ansía nuestro regreso.

Eso debe ser la patria.

lunes, 6 de octubre de 2014

CREPÚSCULO


¿Qué se muere de mí o qué renace?
¿Qué endechas de la luz me pertenecen?
¿O acaso todo es sombra de la sombra?
¿Qué desenfado alerta se empobrece
ante la claridad oscurecida?
Novia de lluvia, vaga cercanía
con el galope indómito del río.
Algo de mí, algo de vos, se aquieta
se aplaca en la garganta de la tierra
y es paz genuina la voz del horizonte
que con su lejanía nos atrapa.
Recuerdo atardeceres infinitos
atravesando el llano con mi padre;
su silencio azulado me colmaba
Y aún, sé que habita en todos los crepúsculos.
Porque morir es parte de la vida
porque la oscuridad anuncia el día
porque en mi soledad cantan alondras:
atardezco de amor en sol menguante.
Como el rescoldo que mantiene tibias
la esperanza vital y la nostalgia
llueve la tarde sus copiosas gotas
antes de la embriaguez de luna y plata.
Atardecer palabra nieve amores
caricia que mitiga los incendios
paisaje vivo, somnoliento encanto:
Ocaso acaso quizás y todavía.




VALQUIRIAS



Se encendieron los fuegos
-la nieve se hizo trizas-
Y parieron un río de palabras
que apagaron la sed
de muchachos febriles.
Fueron la luz y la huella,
ese cielo incomprendido
que nos destiñó hasta el alma.
Noche de aromas agrestes
para nombrar la nostalgia,
no beber la gota ciega
de aquel cristal estragado.
Ir a la playa, desnudas,
como estrellas o sirenas.
Llanto de mar melancólico
versos de olas
en las sienes.
Trashumar fogata y vida
con urgencia de jazmines.
Y en la última mirada
agonizar de amor.
De amor correspondido.


ERROR


Tal vez nació en el siglo equivocado
tal vez se confundieron de galaxia
sus padres, sus nodrizas
los astros, las cigüeñas.
Camina a contramano, a contraluz
a contraviento
gesta revoluciones
con claveles.
Es de una piel sensible
como la tibia luz del limonero
pertinaz solitaria

fatal, fetal, feroz y fantasiosa.

domingo, 5 de octubre de 2014

EN EL BAR

Tomamos un café
como dos buenos amigos,
pero mis ojos te desnudan.
Una por una van cayendo las prendas
encima del pocillo.
El incendio es inminente.
Bajo los ojos
bajo la luz del cuarto.
Mis manos vuelan libremente
se escapan
encallan en tu piel.
Tomo el último sorbo de café
frío y amargo.
Una bocina me reclama.
Te doy un beso en la mejilla
y lloro. Y lloramos los dos
de tanto amarnos.


NADA





Acaso sea yo misma
la dama con mantilla
que el vapor del espejo
difumina en la noche.
O quizá sea un presagio:
que después de la niebla
no queda nada. Nunca.
Nada más. Nunca. Nada

HABITANTE



Esta tristeza agobia
y entumece.
Pega un salto mortal
hace malabarismos
recoge las frazadas
practica la eutanasia
enreda mis cabellos
con un silbo de arpegios
en invierno.

Esta tristeza tiene un lugar privilegiado
entre las migas que hay en mi bolsillo
y su hojarasca salpimienta de ocre
la fábula inmoral de mi sonrisa.
Es el vestido que luzco en las mañanas
cuando, escondida de los otros,
muero.

Mueren mis ganas de vivir
mueren mis fuerzas
el universo con que adoro al sol
se muere.
Y quedo, genuflexa,
frente al rostro puntual de la miseria
sin el licor amniótico del beso
o la turgencia de un jazmín del aire.

Está en mi piel
en mis ojeras rubias
en la palpable cruz de los adioses.

No puedo erradicarla:
la torturo
clavo alfileres en sus fotos sepias
danzo y canto mortuorias sensaciones
pero ella sobrevive a cada intento.

Y es tan hábil, tan licenciada en subterfugios,
que nadie cree que me habita.
Siempre.

©Olga Liliana Reinoso