domingo, 28 de julio de 2013

DILUVIO

Yo no sé si te quise
como a un país
una galaxia
o alguna comarquita.
Yo no sé si te quise.
Sé que te había olvidado.
Habías muerto en el mar de mi memoria.
Y de golpe lloviste sobre mí
como un diluvio
pero hundiste el arca.
Volviste a aparecer con los cuatro jinetes.
Sin saber por qué
fuiste el apocalipsis.

Y no quiero.

sábado, 27 de julio de 2013

BENICIO III

Con todos los besos que no puedo darte 
cada día que pasamos lejos
construiré mi propia abuelasenda
y en alas del cariño
llegaré hasta tu piel de alabastro 
para depositar mi ofrenda.
Pequeño dios hermoso:
mi alma, de rodillas,
te reza a cada instante
un rosario de amor.


Foto: Con todos los besos que no puedo darte 
cada día que pasamos lejos
construiré mi propia abuelasenda
y en alas del cariño
llegaré hasta tu piel de alabastro 
para depositar mi ofrenda.
Pequeño dios hermoso:
mi alma, de rodillas,
te reza a cada instante
un rosario de amor.

viernes, 26 de julio de 2013

SEMANAMA



Lunes ladrón, robas el sueño y la frazada
fin de semana en coma por tu traje letal
suelto al vuelo palomas que se mueren de ganas
y tu olor a rutina las mata en el umbral.

El martes se me asoma por la boca entreabierta
timidez y pantuflas, deseo de bostezar,
la prisa ya no duele: se abren algunas puertas
y despego más fácil mi vuelo semanal.

Miércoles de entrecasa, esdrújulo y sonoro
ventanas con aromas que abro de par en par
víspera o sobresalto, antesala y tesoro
la vida está tan cerca que la puedo tocar.

El jueves me relajo, enciendo velas rojas
Vivaldi me estremece como la ola de mar
escribo alejandrinos dedicados a todas
y me visto con gasas verdeazul de esperar.

Viernes viene violeta, violento, vigoroso
tiro los tacos altos, la mufa y el estrés
ronroneo como un gato transparente, mimoso
me distiendo, me río, resucito después.

El sábado se alarga en  pliegues desprolijos
invito al sol con mate y se queda a almorzar
demoro con abrazos el tiempo de mis hijos
desabrocho el silencio y me pongo a cantar.

Domingo. Se me achican los fervores y el ocio
tristeando tarde abajo me dispongo a volver
a la noche se acaba este manso episodio
y mañana me muero de lunes otra vez.


 Foto: SEMANAMA

Lunes ladrón, robas el sueño y la frazada
fin de semana en coma por tu traje letal
suelto al vuelo palomas que se mueren de ganas
y tu olor a rutina las mata en el umbral.

El martes se me asoma por la boca entreabierta
timidez y pantuflas, deseo de bostezar,
la prisa ya no duele: se abren algunas puertas
y despego más fácil mi vuelo semanal.

Miércoles de entrecasa, esdrújulo y sonoro
ventanas con aromas que abro de par en par
víspera o sobresalto, antesala y tesoro
la vida está tan cerca que la puedo tocar.

El jueves me relajo, enciendo velas rojas
Vivaldi me estremece como la ola de mar
escribo alejandrinos dedicados a todas
y me visto con gasas verdeazul de esperar.

Viernes viene violeta, violento, vigoroso
tiro los tacos altos, la mufa y el estrés
ronroneo como un gato transparente, mimoso
me distiendo, me río, resucito después.

El sábado se alarga en  pliegues desprolijos
invito al sol con mate y se queda a almorzar
demoro con abrazos el tiempo de mis hijos
desabrocho el silencio y me pongo a cantar.

Domingo. Se me achican los fervores y el ocio
tristeando tarde abajo me dispongo a volver
a la noche se acaba este manso episodio
y mañana me muero de lunes otra vez.

jueves, 25 de julio de 2013

LA MAÑANA

La noche dice adiós y se desnuda
cuelga su lencería en el lucero
y el traje, impenetrable terciopelo
llovizna en pétalos azules y violetas.
Abre sus piernas y pare una hija sobre el horizonte. 
La niña se llamará crepúsculo, aurora o alborada,
pero su padre, el sol, la bautiza Mañana.
Y Mañana crece raudamente
luce gasas brillantes, transparentes
menea su donosura al ritmo de la brisa
y a su paso se incorporan los tréboles, el césped, las palmeras.
Con avidez bebe diamantes de rocío
inaugura la luz en manantiales
azula el cielo, azula el mar y danza entre los cisnes
se convierte en gaviota mensajera
con postales de amor al nuevo día.


*Basado en la Suite nº 1 (op. 46) "La Mañana" de Edvard Grieg.
http://www.youtube.com/watch?v=zUCqb1PTGJs


domingo, 21 de julio de 2013

PROYECTOS


Foto: PROYECTOS

Emerjo de la tristeza
lágrimas coaguladas 
la mirada enarbolada
sin desgana, sin pereza
porque tengo la certeza
de que la vida sorprende
la luz se apaga y se prende
y el ánimo resucita
el buen deseo palpita
y un fuego nuevo se enciende.


Emerjo de la tristeza
lágrimas coaguladas
la mirada enarbolada
sin desgana, sin pereza
porque tengo la certeza
de que la vida sorprende
la luz se apaga y se prende
y el ánimo resucita
el buen deseo palpita

y un fuego nuevo se enciende.





* VEJEZ ES TENER MÁS RECUERDOS QUE PROYECTOS.

sábado, 20 de julio de 2013

LA CONFESIÓN

LA CONFESIÓN

Elsa lloraba silenciosamente sobre el hombro de Martín. Ambos tenían 16 años y estaban enamorados, pero Martín era tan tímido que no se atrevía a confesarlo y estaba cerca de ella como su mejor amigo y confidente.
Cada tarde, cuando Elsa salía del colegio, Martín estaba en la puerta con restos de ladrillo en su ropa ya que al dejar su trabajo en el horno no le daba tiempo para cambiarse. Lo que le importaba era llegar puntual para acompañar a Elsa hasta su casa.
Esa tarde se retrasaron en el banco de la plaza porque ella tenía necesidad de hablar. Y él, realmente apabullado por lo que acababa de oír, no tenía palabras para consolarla. Simplemente la abrazaba para que Elsa sintiera su presencia.
-Yo nunca te voy a abandonar. Confiá en mí – alcanzó a musitar mientras se ponían en marcha hacia la casa de la joven. Ella lo besó diferente, y él quedó tan turbado que hasta trastabilló al bajar del cordón.
Su corazón palpitaba desordenado.
-Mañana me animo, sí, mañana le pregunto si quiere ser mi novia. -Y así, con su sueño entre las manos se fue silbando hasta el rancherío donde vivía.
Al día siguiente Elsa no apareció en la puerta del colegio. Ni al otro, ni al otro, ni al otro.
Pronto la noticia corrió como un reguero: Elsa había desaparecido de su hogar y los padres habían hecho la denuncia.
Pasó largo tiempo sin noticias de ella. Un día, el gobernador de la provincia de fue entrevistado sobre el tema y prometió públicamente que el caso sería resuelto.
Ante la ausencia prolongada de Elsa, la policía pensó en un homicidio y todas las sospechas recayeron sobre el “noviecito”.
Martín no tenía armas para defenderse, salvo gritar la verdad:
- Yo no fui, yo no le hice nada a la Elsa. La quería, la quería.
Sin escucharlo siquiera, fue detenido como sospechoso y ante la insistencia de Martín, la policía recurrió al método infalible de la tortura para lograr las más insólitas declaraciones.
Primero lo golpearon sin piedad, luego lo llevaron a orillas del río Chorrillos, encadenaron sus manos y sus pies, atando la cadena a un automóvil que hundieron en el río. Así estuvieron hasta que Martín estuvo a punto de ahogarse. Finalmente, lo soltaron, pero siguieron golpeándolo y gritando:
-Qué le hiciste a la chica Díaz, confesá hijo de puta.
Casi inconsciente lo dejaron nuevamente en la prisión, donde todos los días era sometido a interminables sesiones de tortura. Uno de esos días, rompieron una botella que luego introdujeron en su boca arrancándole todos los dientes.
La resistencia de Martín fue absolutamente demolida y los policías obtuvieron la confesión deseada.
-La Elsa estaba preñada y se murió en el aborto. Tuve miedo y la enterré cerca del cerro.

La búsqueda del cadáver fue infructuosa y, finalmente, el Superior Tribunal de Justicia devolvió la libertad a Martín –por falta de pruebas- portador de HIV que se había contagiado de las jeringas infectadas con que lo dopaban para que no gritara de dolor.

Ahora tiene apenas 39 años, pero es un muerto que arrastra su fantasma por las calles, sin destino ni piedad.

Hace unos meses, los padres de Elsa murieron en un accidente automovilístico y fue tremendo el estupor de los compueblanos cuando la vieron aparecer en el velorio, rodeada por sus cuatro hijos.

Laura, su antigua compañera de colegio, le contó toda la historia. Ella lloró mucho mientras le confesaba que había huido de su casa para escapar del abuso.

A Martín nunca se animó a verlo.

Olga Liliana Reinoso ©Todos los derechos reservados.
Foto: LA CONFESIÓN

Elsa lloraba  silenciosamente sobre el hombro de Martín. Ambos tenían 16 años y estaban enamorados, pero Martín era tan tímido que no se atrevía a confesarlo y estaba cerca de ella como su mejor amigo y confidente.
Cada tarde, cuando Elsa salía del colegio, Martín estaba en la puerta con restos de ladrillo en su ropa ya que al dejar su trabajo en el horno no le daba tiempo para cambiarse. Lo que le importaba era llegar puntual para acompañar a Elsa hasta su casa.
Esa tarde se retrasaron en el banco de la plaza porque ella tenía necesidad de hablar. Y él, realmente apabullado por lo que acababa de oír, no tenía palabras para consolarla. Simplemente la abrazaba para que Elsa sintiera su presencia.
-Yo nunca te voy a abandonar. Confiá en mí – alcanzó a musitar mientras se ponían en marcha hacia la casa de la joven. Ella lo besó diferente, y él quedó tan turbado que hasta trastabilló al bajar del cordón.
Su corazón palpitaba desordenado. 
-Mañana me animo, sí, mañana le pregunto si quiere ser mi novia. -Y así, con su sueño entre las manos se fue silbando hasta el rancherío donde vivía.
Al día siguiente Elsa no apareció en la puerta del colegio. Ni al otro, ni al otro, ni al otro.
Pronto la noticia corrió como un reguero: Elsa había desaparecido de su hogar y los padres habían hecho la denuncia.
Pasó largo tiempo sin noticias de ella. Un día, el gobernador de la provincia de fue entrevistado sobre el tema y prometió públicamente que el caso sería resuelto.
Ante la ausencia prolongada de Elsa, la policía pensó en un homicidio y todas las sospechas recayeron sobre el “noviecito”. 
Martín no tenía armas para defenderse, salvo gritar la verdad:
- Yo no fui, yo no le hice nada a la Elsa. La quería, la quería.
Sin escucharlo siquiera, fue detenido como sospechoso y ante la insistencia de Martín, la policía recurrió al método infalible de la tortura para lograr las más insólitas declaraciones.
 Primero lo golpearon sin piedad, luego lo llevaron a orillas del río Chorrillos, encadenaron sus manos y sus pies, atando la cadena a un automóvil que hundieron en el río. Así estuvieron hasta que Martín estuvo a punto de ahogarse. Finalmente, lo soltaron, pero siguieron golpeándolo y gritando:
-Qué le hiciste a la chica Díaz, confesá hijo de puta.
Casi inconsciente lo dejaron nuevamente en la prisión, donde todos los días era sometido a interminables sesiones de tortura. Uno de esos días, rompieron una botella que luego introdujeron en su boca arrancándole todos los dientes.
La resistencia de Martín fue absolutamente demolida y los policías obtuvieron la confesión deseada.
-La Elsa estaba preñada y se murió en el aborto. Tuve miedo y la enterré cerca del cerro.

La búsqueda del cadáver fue infructuosa y, finalmente, el Superior Tribunal de Justicia devolvió la libertad a Martín –por falta de pruebas-  portador de HIV que se había contagiado de las jeringas infectadas con que lo dopaban para que no gritara de dolor.

Ahora tiene apenas 39 años, pero es un muerto que arrastra su fantasma por las calles, sin destino ni piedad.

Hace unos meses, los padres de Elsa murieron en un accidente automovilístico y fue tremendo el estupor de los compueblanos cuando la vieron aparecer en el velorio, rodeada por sus cuatro hijos.

Laura, su antigua compañera de colegio, le contó toda la historia. Ella lloró mucho mientras le confesaba que había huido de su casa para escapar del abuso. 

A Martín nunca se animó a verlo.

Olga Liliana Reinoso ©Todos los derechos reservados.

Cartas en el buzón del viento


Foto: Queridas Hellen y Camille:
                         La suerte, los dioses o el azar, produjeron el milagro de que llegaran, hasta el buzón del viento, las deliciosas palabras con que han tornado a entrecruzarse vuestros destinos.
                       Yo soy para ustedes una perfecta desconocida, pero ustedes son, para mí, el símbolo de una vida jubilosa.
                      Viajábamos en el mismo tren. Yo estaba postrada por una enfermedad que me había diagnosticado el prestigioso médico moscovita  Liosha Bogdánov. 
                     Aunque teníamos la misma edad –y me atrevería a afirmar que también los mismos sueños- jamás pude acercarme a hablarles, pero sí fui una complacida y bienintencionada espía de sus mohines, de sus risas.
Y eso fue, para mí, la fuente de nutrientes que al cabo de varios años, me permitió  emerger victoriosa del doloroso trance que atravesaba por esos días.
Por tanto, insisto, jamás podré olvidarlas.
Y aunque la nieve del paisaje se confunda en mis cabellos, he podido culminar una carrera universitaria. Luego, me vi en la obligación ética de narrar mis desventuras psicosomáticas en beneficio de otros seres humanos.
Estoy convencida de que es una mezquindad guardar cualquier tipo de saber al que uno haya podido acceder. Por eso, aunque relacionado con la ciencia, yo también he publicado mi libro. 
Que el Señor las colme de bendiciones y les trasmita, a través de este buzón del viento, mi eterna gratitud.
Vuestra dicha de antaño me fue inoculada por medio de una alquimia inextricable y salvó mi vida. Tenían que saberlo.
Amorosamente
Olya Ivánovna Petrova







Oh, Hellen. ¡Cuánta emoción!
Recordar es volver a pasar por el corazón y su carta trajo a mi mente un aluvión de recuerdos que agitaron mi pecho y tiñeron de rubor mis mejillas haciéndome pensar por un minuto que volvía a ser una colegiala impulsiva y alocada.
Madrid, La Cibeles, la puerta de Alcalá, la Gran Vía, el cante jondo ¡la paella! y ese gracejo espontáneo del idiolecto de los españoles, tan hospitalarios, tan galantes, tan “guapos”. Qué visita tan maravillosa por esas tierras antagónicas a mis estepas.
La noche en que presenté mi libro sucedió algo fundacional en mi vida. Y enterarme, ahora, de que usted estaba ahí con su amiga Sofía, a quien mis palabras  alentaron y brindaron alivio, hace que me sienta profundamente colmada.
Si bien mi intención siempre fue ayudar a la gente, cada conferencia que daba era como arrojar una piedra en el mar. Una no puede adivinar dónde detiene su vuelo. De modo que, conocer en forma fidedigna, que en esa velada mágica di en el blanco, me produce una profunda sensación de misión cumplida.
Le cuento por qué otro motivo esa noche es una remembranza cálida y luminosa. Creo que yo lo había presentido, porque estaba exultante. Dediqué mucho más tiempo del habitual a acicalarme y cuidar todos los detalles. Estrené un vestido lila de vaporosas gasas, peiné mi cabello y lo recogí con un tocado de flores naturales que mi asistente había tenido el exquisito gusto de conseguir en la misma gama de mi atuendo, sombreé mis ojos y pinté mis labios con un rouge deliberadamente sensual. Y sucedió.
Conocí a mi amado  Ricardo Duque de Estrada Martínez de Morentín, octavo conde de la Vega del Sella, con quien contraje enlace en primeras nupcias sólo tres meses después y fue mi amantísimo esposo y padre mis hijos gemelos, hasta julio de 1990, aciago mes que lo desprendió de mi amor por una repentina enfermedad. He sido feliz hasta el éxtasis, por eso su memoria insepulta me sostiene hasta la actualidad.
Nuevamente gracias, afectuosa Hellen. Estoy comenzando a pensar que usted es mi hada de la buena suerte.
La abrazo con genuino cariño
Olya

Queridas Hellen y Camille:
                         La suerte, los dioses o el azar, produjeron el milagro de que llegaran, hasta el buzón del viento, las deliciosas palabras con que han tornado a entrecruzarse vuestros destinos.
                       Yo soy para ustedes una perfecta desconocida, pero ustedes son, para mí, el símbolo de una vida jubilosa.
                      Viajábamos en el mismo tren. Yo estaba postrada por una enfermedad que me había diagnosticado el prestigioso médico moscovita  Liosha Bogdánov.
                     Aunque teníamos la misma edad –y me atrevería a afirmar que también los mismos sueños- jamás pude acercarme a hablarles, pero sí fui una complacida y bienintencionada espía de sus mohines, de sus risas.
Y eso fue, para mí, la fuente de nutrientes que al cabo de varios años, me permitió  emerger victoriosa del doloroso trance que atravesaba por esos días.
Por tanto, insisto, jamás podré olvidarlas.
Y aunque la nieve del paisaje se confunda en mis cabellos, he podido culminar una carrera universitaria. Luego, me vi en la obligación ética de narrar mis desventuras psicosomáticas en beneficio de otros seres humanos.
Estoy convencida de que es una mezquindad guardar cualquier tipo de saber al que uno haya podido acceder. Por eso, aunque relacionado con la ciencia, yo también he publicado mi libro.
Que el Señor las colme de bendiciones y les trasmita, a través de este buzón del viento, mi eterna gratitud.
Vuestra dicha de antaño me fue inoculada por medio de una alquimia inextricable y salvó mi vida. Tenían que saberlo.
Amorosamente
Olya Ivánovna Petrova







Oh, Hellen. ¡Cuánta emoción!
Recordar es volver a pasar por el corazón y su carta trajo a mi mente un aluvión de recuerdos que agitaron mi pecho y tiñeron de rubor mis mejillas haciéndome pensar por un minuto que volvía a ser una colegiala impulsiva y alocada.
Madrid, La Cibeles, la puerta de Alcalá, la Gran Vía, el cante jondo ¡la paella! y ese gracejo espontáneo del idiolecto de los españoles, tan hospitalarios, tan galantes, tan “guapos”. Qué visita tan maravillosa por esas tierras antagónicas a mis estepas.
La noche en que presenté mi libro sucedió algo fundacional en mi vida. Y enterarme, ahora, de que usted estaba ahí con su amiga Sofía, a quien mis palabras  alentaron y brindaron alivio, hace que me sienta profundamente colmada.
Si bien mi intención siempre fue ayudar a la gente, cada conferencia que daba era como arrojar una piedra en el mar. Una no puede adivinar dónde detiene su vuelo. De modo que, conocer en forma fidedigna, que en esa velada mágica di en el blanco, me produce una profunda sensación de misión cumplida.
Le cuento por qué otro motivo esa noche es una remembranza cálida y luminosa. Creo que yo lo había presentido, porque estaba exultante. Dediqué mucho más tiempo del habitual a acicalarme y cuidar todos los detalles. Estrené un vestido lila de vaporosas gasas, peiné mi cabello y lo recogí con un tocado de flores naturales que mi asistente había tenido el exquisito gusto de conseguir en la misma gama de mi atuendo, sombreé mis ojos y pinté mis labios con un rouge deliberadamente sensual. Y sucedió.
Conocí a mi amado  Ricardo Duque de Estrada Martínez de Morentín, octavo conde de la Vega del Sella, con quien contraje enlace en primeras nupcias sólo tres meses después y fue mi amantísimo esposo y padre mis hijos gemelos, hasta julio de 1990, aciago mes que lo desprendió de mi amor por una repentina enfermedad. He sido feliz hasta el éxtasis, por eso su memoria insepulta me sostiene hasta la actualidad.
Nuevamente gracias, afectuosa Hellen. Estoy comenzando a pensar que usted es mi hada de la buena suerte.
La abrazo con genuino cariño
Olya