miércoles, 8 de febrero de 2012

JULIO CORTÁZAR

Mira, no pido mucho,
solamente tu mano, tenerla
como un sapito que duerme así contento.
Necesito esa puerta que me dabas
para entrar a tu mundo, ese trocito
de azúcar verde, de redondo alegre.
¿No me prestás tu mano en esta noche
de fìn de año de lechuzas roncas?
No puedes, por razones técnicas.
Entonces la tramo en el aire, urdiendo cada dedo,
el durazno sedoso de la palma
y el dorso, ese país de azules árboles.
Asì la tomo y la sostengo,
como si de ello dependiera
muchísimo del mundo,
la sucesión de las cuatro estaciones,
el canto de los gallos, el amor de los hombres.
(Happy new year, Julio Cortázar

martes, 7 de febrero de 2012

QUE ME QUISO MUJER


Amapola
candor
bermellón
río
viento del sur
acacia
pelo suelto
brillo labial
uñas sensuales
guitarreadas
un colirio malbec
una escapada.
La escalera mecánica va al cielo
los ojos sólo miran la utopía
una alondra
un cigarrillo
el champán
la copa de cristal.
Cruzar descalza el parque
ser la fuente
la risa cantarina
y la calandria.
Un torrente de sol
entre los álamos
caballo de ajedrez
sombra salteada
un huracán de besos
en la aurora
coartada fatal
enamorada.
Un escote
un abismo
una enrejada
la opaca mansedumbre
del silencio
un paso más
las puertas entreabiertas
el olor a comino
y a jazmines
el piano
que toca el mago Sebastián
o aquel violín de Enrique
en la cornisa
la cópula y el mar
la yerbabuena
las sábanas al viento
el perfume verdoso
de la albahaca
la muñequita vestida de azul
el primer beso
el amor de zaguán
-tiempo a hurtadillas-
Luis en el cielo del anochecer
mi vientre triple en flor
-parir es un milagro-
la cruz del sur
el chico en el andén
la palabra el poema
la caricia incesante
y el destino glorioso
que me quiso mujer.
©Olga Liliana Reinoso

sábado, 4 de febrero de 2012

SALZANO

“Pepe”, cuidado con las víboras

A  mí, lo que más me gusta de la vida, palabra y obra de José Francisco de San Martín, prócer mayor de la Argentina, es el primer lustro de su existencia, transcurrida en Yapeyú.

A mí, lo que más me gusta es que los padres, Juan de San Martín y Gregoria Matorras, lo llamaban “Pepe”. “Pepe” es un nombre corto y eficaz para impedir que los niños se alejen demasiado:

–A ver por dónde caminas, “Pepe”, que esto está lleno de víboras. ¿Me entiendes?

Si te perdías en la espesura, en Yapeyú, era muy probable que te picara una yarará; pero eso, por habitual, más que peligroso al chico le resultaba decepcionante. A “Pepito”, lo que le hubiera gustado de verdad era encontrarse con leones. Por eso, entre las ropas, llevaba escondido un palito de combate.

Era un chico vivo, listo, como decía su padre, el capitán. Sabía, por ejemplo, bajar mariposas del aire atontándolas con una rama, tomar mate cocido a través de una bombilla fabricada con una caña que él mismo perforaba. Y distinguir todas las variedades de loritos fosforescentes.

José de San Martín abandonó el país cuando tenía 5 años y regresó cuando había cumplido 34. Lo cual quiere decir que bastaría con hacer una suma y una resta para advertir que a la República Argentina, más que vivirla la soñó. En Argentina vivió los cinco de Yapeyú y los 12 de la epopeya militar. O sea, 17. Y eso que vivió 72.

Sin embargo, le alcanzaron para liberar un territorio estimado en cinco millones de kilómetros cuadrados.

En cualquier lugar del mundo le hubieran concedido una jubilación extraordinaria, una bombilla de plata y un casal de loritos fosforescentes.

Aquí no. Aquí, cuando regresó en 1829, las víboras de turno directamente le impidieron desembarcar. Y es que la Argentina es así, “Pepe”.

Nuestros sueños han sido adulterados. No pertenecemos a ninguna parte. Nuestras penas nunca serán excesivamente tristes. Nuestras alegrías nunca serán suficientemente alegres. Y nuestros sueños, nunca demasiado grandes.

La otra parte de la vida de San Martín que me atrae es la de su triste y solitario final en Boulogne Sur Mer, Francia, donde antes de perder la vista y entrar a la posteridad intuyendo el mar apoyado en una roca, se dedicaba a la carpintería. Encolaba sillas y cepillaba puertas, don José. Los nietos le llevaban un palo de escoba y él se los devolvía convertido en caballito.

El famoso caballito blanco del general San Martín.

Tricky Dicky

Richard Milhouse Nixon, alias Tricky Dicky, presidente de los Estados Unidos (de 1968 a 1974), fue una víctima: a) de sus propios errores y b) de la apasionante investigación efectuada por dos periodistas del Washington Post, Bob Wood­ward y Carl Bernstein, quienes, buscando y buscando, demostraron fehacientemente que el presidente estaba implicado de pensamiento, palabra y obra en el intento de robo de una de las sedes que tenía el Partido Demócrata en Washington, en el edificio Watergate.

Dicky el mentiroso. Dos años más tarde, Nixon, flamante renunciante, se veía obligado a abandonar la Casa Blanca por la puerta de servicio. Tenía 61 años, sombra de barba y dependía a todos los efectos del Dilantin, un fármaco para caballos con el que combatía su pánico, su irritabilidad, su melancolía, sus desórdenes musculares, su alcoholismo, su anorexia, su depresión, su sen­timiento de culpa, su insomnio y su arritmia car­díaca.

Ah, y además prácticamente no escuchaba nada de un oído.

Pero a Dicky no le decían tramposo porque sí. Y si en 1974 abandonó la presidencia con los zapatos en la mano, en 1977 ya había escrito un best-seller en el que hablaba maravillas de sí mismo; en 1979, el segundo, y en 1980 era número puesto cada vez que los esposos Reagan organizaban sus selectos tecitos republicanos. En 1981, ya era habitual encontrárselo en la tele, moviendo el pico como un ruiseñor, en 1985 viajó por Europa recibiendo honores de estadista y en 1994 se murió cuatro horas antes de que el presidente Bill Clinton ordenara enaltecer su despedida con una salva de 21 cañonazos.

Pero Nixon, como la cosecha de mujeres, nunca se acaba. Acaba de aparecer en las librerías norteamericanas un libro del periodista Don Fulsom que no sólo reverdece los picantes laureles de Tricky sino que les agrega otro inesperado: además de dipsómano, atroz, mentiroso compulsivo y descarado sotreta ejecutivo, el ex presidente utilizaba un traje cuyos pantalones se abrían en el ombligo, daban la vuelta al mundo y se cerraban en la última vértebra. Figura confusa que esconde una verdad categórica: mantuvo un largo romance con un mafioso de origen cubano –Charles “Bebe” Rebozo­–. Fulsom termina de lapidarlo con un chisme de cinco tenedores. Rebozo tenía como trabajo secreto “enseñar al presidente cómo besar a su esposa para que se viera convincente”.

Moraleja: ojalá los malos gobernantes no abandonaran nunca el poder, así tendrían siempre a la libertad pisándole los talones.

“Toscanito” Marimón

Un fanático de clavícula puntuda se acercó a Gandhi con un revólver de calibre infantil, apretó el gatillo, lo mató y de­cretó el final de la primera mitad del siglo 20.

Ejerciendo su sonrisa preternatural, Juan Perón presionó el start de una locomotora que brillaba como el oro, la sirena quebró el aire de Retiro y a partir de ese momento los ferrocarriles comenzaron a ser argentinos.

Estamos hablando de 1948, el año en el que, sobre un terreno impreciso y contando con un capital humano de 750 mil habitantes, se proclamó el Estado de Israel y del año en que, al mando de un Chevrolet con forma de palangana, Domingo Marimón, “Toscanito”, ganó el Gran Premio de la América del Sur, una competencia inspirada en Julio Verne que comenzó el 20 de octubre en Buenos Aires y terminó el 8 de noviembre en Caracas. La Voz del Interior ilustraba el recorrido de la competencia trazando sobre un mapa escolar la misma línea de puntos que años más tarde emplearía Steven Spielberg para señalar el camino de Indiana Jones en pos del arca perdida.

Marimón había nacido en Cosquín y fumaba toscanos, miraba derecho hacia delante y su pasión por la mecánica era tan marcada que a veces, metido debajo del capó, charlaba con los rulemanes. Le pedías un autógrafo y te miraba como si fueras un marciano. Le pedías un bidón de nafta en mitad de la carrera y era capaz de ir a buscártelo a Guayaquil. Era gordo, era cordial y de Caracas pasó como por un tubo a la caja fuerte donde se esconden las claves secretísimas de la peculiar mitología cordobesa.

A veces circulaba por General Paz y Colón manejando con el codo asomado por la ventanilla. Todavía no había semáforos. Lo más grande que te podía pasar era que Marimón te saludara tocando la corneta.

Aguafuerte

Hasta que se escuchó un golpe­cito en la ventana, como si alguien hubiera arrojado una cosa muy leve, una palabra, y después los golpes se multiplicaron y ya no fueron leves como palabras sino como arena lanzada desde arriba y el ruido de la lluvia, por fin, se expandió con un poder irresistible. Una hora más tarde, tal vez dos, y la correntada ya había cubierto la calle y la vereda. Planteada de esa manera, la lluvia tenía algo de brutal y de horroroso. Una sensación que crecía en intensidad cuando el agua no dejaba abrir la puerta de calle y se colaba a través de las cañerías al resumidero del baño.

Era el momento de escuchar la vieja sentencia de papá: se deben haber tapado los desagües. Dicho lo cual se ponía dos pares de medias de lana, un impermeable con botones de almirante y las mismas botas de goma que los martes y los viernes utilizaba tu mamá para baldear la vereda con agua y lavandina. Vestido como un fantasma de Julio Verne y equipado con una vara del tamaño de un arpón, colocaba una silla al pie de la ventana, se subía y se dejaba caer al otro lado como lo hubiera hecho un buzo de historieta. Yo, con la nariz estampada contra el vidrio, lo veía moverse debajo del diluvio.

Ese tipo no le tenía miedo a nada. Sabiendo que me tenía hechizado desde lejos con su corpachón vapuleado por la lluvia, mi papá levantaba el arpón como si estuviera en mitad de una novela y, asestando magníficos golpes de luz, se ponía a perforar el barro. El agua, en el acto, desaparecía del piso del baño. Tenía razón: se habían tapado las cañerías.

Después, cuando volvía, mi mamá le calentaba un vaso de leche y yo le alcanzaba una toalla para que se secara el cuello y la cabeza. Como nadie me veía, aprovechaba para olerla. Así debía oler la guerra. Cinco minutos más y dejaría de llover. 10 y me pondrían un pulóver. 15 y, trazando líneas caprichosas sobre las líneas del agua, comenzarían a pasar las primeras bicicletas...


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viernes, 3 de febrero de 2012

lira en bar mayor y lujuria allegretto

Una taza humeante
la lluvia envilecida en los cristales
tu voz era un diamante
gorjeos celestiales
mareaban mi libido a raudales.

Tus ojos me cercaban
en el temprano ocaso humedecido
mi boca deseaba
procaz, en tus oídos
saborear tus cristales molidos.

Era la tarde bruma
el sabor del café por cada grieta
rebosante de espuma.
Hasta la acera se quedaba quieta
porque quien mucho abarca poco aprieta.

Una canción ladina
fantasma encadenado a mi pollera
subía por la esquina
de tu enhiesta y valiente cremallera
tirando por los aires la remera.

Mi mano ancló en tu pierna
subió y bajó sin miedo y sin premura
la caricia fue eterna
el mozo nos miraba sin censura.
Digamos: disfrutaba esta locura.

Hubo corte de luces,
la tormenta, solícita, ayudaba
en el baño, de bruces
mi boca en arcabuces:
ímpetu mordedura succión baba.

Llegué a la cima amada
troté por tus praderas incesantes
bebí agua deseada
mis manos maleantes
estrujaron tu piel de caminante.

Volvió la luz, carajo
el bar recuperó su maquillaje
tomamos un atajo
y a guarecernos fuimos, sin peaje
hasta la obscena boca de un carruaje.

Qué modo de gozar
el fuego se expandía en cada grito.
No dejé de remar;
el oleaje del mar era infinito
y recorrí mil veces tu circuito.

Mojados de sudor
nos abrazamos, náufragos del día
me untabas con tu olor
a semen y ambrosía
y eran tus manos nuevas melodías.

De pronto te miré,
casi al pasar te pregunté tu nombre.
- Soy tu amor, regresé.
- ¿Vos querés que me asombre? –
- Dulce panal, apenas sos un hombre.
Salimos bajo el llanto
de los dioses. Me dijiste “llamame”
casi muero de espanto.
Te repliqué: “Buscame,
cuando la urgencia exija que te ame”.
©Olga Liliana Reinoso

miércoles, 1 de febrero de 2012

NOSOTROS:LAS PALABRAS


“dan cristal al cristal, sangre a la sangre
y dan vida a la vida, las palabras”

Pablo Neruda; Plenos Poderes

©Olga Liliana Reinoso

Las palabras mayores hacen huelga, marchan por la avenida hasta la plaza, reclaman ser oídas y unifican el grito. Pero el viento, siniestro y mudo, se las lleva.
La palabra de honor yace en la tumba. Fue asesinada por antigua, por pasada de moda, por entendiste mal y yo no dije eso.
Con la palabra en la boca se quedan los obreros, los maestros, los desposeídos. Y es su único alimento la palabra.
Son palabras cruzadas los encuentros fallidos, los malentendidos, los silencios vacíos.
Te doy mi palabra fue devaluado mucho antes de la caída de la convertibilidad y nadie legisló para aplicarle el SER (SER o no CER ¿cuál es la cuestión?) como compensación.
Las palabras, que antes eran el nombre de las cosas, la manifestación del pensamiento, fueron sometidas al vaciamiento de sentido y como la clase media argentina, tienden a desaparecer.
Por eso, más que nunca, defiendo la palabra. Convoco a una cruzada por su resurrección. No pueden quedar impunes tantos crímenes verbales, tanta corrupción idiomática, tanta invasión cultural. Basta de impunidad para los charlatanes de feria, los verseros (en el peor sentido de la palabra). Fíjense que hoy cualquiera nos hace el verso y no tiene nada de poeta
Ya sabemos que las lenguas cambian, evolucionan, crecen, se enriquecen, fluctúan. Pero lo deleznable es el aniquilamiento del idioma, el empobrecimiento espiritual de la palabra, la falta de ética para usar la palabra como elemento demagógico y perverso.
Algunos dicen que los jóvenes no tienen nada para decir, yo pienso que no tienen “con qué” decirlo. Porque los adultos también les retaceamos esa herencia.
Pero creo que nada de esto es inocente. Todo responde a planes fríamente elaborados por los voraces dominadores, por los imbéciles brazos de la censura que, en su ignorancia, suponen que degradando las palabras podrán quitarle al pueblo su forma de expresión. Ya quedó en la memoria aquel poema de Paul Eluard que la censura no pudo reprimir durante la dominación nazi en París: Yo te nombro, Libertad. Siempre, los tiranos temieron a los poetas, a los narradores, siempre los persiguieron y masacraron en un vano intento de hacerlos callar. Pero la palabra del pueblo crece desde el pie. Y no hay decreto, ni ley, ni crítica literaria que pueda abatirla.
El 17 de abril la editorial Planeta presentó en la Feria del Libro la reedición de las siete novelas de Osvaldo Soriano, prologadas por Eduardo Galeano, Juan Martini, José Pablo Feinmann, Osvaldo Bayer, Guillermo Sacomanno, Roberto Fontanarrosa y Tomás Eloy Martínez. Durante su vida, el entrañable Gordo fue denostado por la Academia y usado como ejemplo de lo que no se debía escribir, en la Facultad de Letras. Sin embargo, Osvaldo Bayer logró homenajearlo en el aula magna, con la gente aplaudiendo de pie. Soriano supo describirnos con autenticidad y crudeza. ¿Por qué querían acallarlo? ¿Quiénes? ¿Y a quiénes respondían?
Lo cierto es que la gente nunca recuerda a los verdugos. Mueren donde deben morir, en el silencio del olvido.

Algo personal

Desde Madrid, Hernán Díaz rescata el sentido básico de la comunicación y replantea el debate de la cuestión comunicacional en el sistema sanitario.

Por Hernán Díaz *

Desde Madrid

Viviendo en la sociedad de la información, a muchos se les olvida que la comunicación, sea cara a cara o mediada por algún soporte, supone siempre y antes que nada una relación entre personas.

El sistema sanitario es uno de los campos en los que esa “deshumanización” de la comunicación se ha hecho más palpable. Admitiendo que hay matices, lo cierto es que la comunicación entre los médicos y los pacientes y sus familias es uno de los aspectos en los que el sistema sanitario sigue presentando un déficit. Las causas son variadas: una formación universitaria en la que la comunicación es una materia ausente, o su valor es despreciado en comparación con los saberes especializados; una práctica profesional que refuerza la autoridad de los médicos como poseedores de un saber específico que los hace dueños de nuestras vidas; y, por qué no decirlo, la propia organización del sistema, que por masificación y falta de recursos limita el tiempo de consulta y termina convirtiendo a los pacientes en casos de estudio o simples historias clínicas, con pocas referencias a la historia personal y a su contexto familiar y social. De allí que una buena parte de los profesionales de la medicina han establecido una relación distante con los pacientes y sus familias, similar a la que tiene Joan Manuel Serrat con los políticos en su clásico “Entre esos tipos y yo hay algo personal”.

Afortunadamente, esta situación está cambiando. Cada vez son más los profesionales sanitarios, y particularmente del campo de la medicina, que se dan cuenta de que entre esos tipos (sus pacientes) y ellos (los profesionales) hay algo personal, ya no como la distancia a la que nos referíamos antes sino como una necesidad de establecer un vínculo de confianza, empatía y asertividad que permita mejorar el proceso clínico. Veamos algunos ejemplos.

Hace algunos meses participé en Sevilla en un encuentro de formación de médicos. Sorprendido por encontrarme en una sesión de comunicación en el marco de una jornada sobre cáncer de próstata dirigida a profesionales de una especialidad vinculada históricamente con la práctica quirúrgica, pregunté a los directivos de la Asociación Española de Urología por qué estábamos los comunicadores invitados a ese evento. “Tenemos acceso diario a todas las investigaciones sobre nuestra especialidad, pero muchas veces fallamos en el tratamiento porque no somos capaces de comunicarnos bien con los pacientes y sus familias. Y eso no nos lo ha enseñado nadie cuando fuimos a la universidad”, fue la respuesta. Estos profesionales reclaman habilidades para relacionarse con unos pacientes que, por ejemplo, llegan a la consulta médica con mucha más información que antes porque el “Dr. Google” les informa prácticamente de todo (aunque de forma bastante errática), o para afrontar situaciones tan complejas como el momento de transmitir a un paciente que padece un cáncer de próstata.

Esta necesidad de mejora en la comunicación es, también, una demanda de los propios pacientes y sus familias. Una investigación del GAT –Federación Estatal de Asociaciones de Profesionales de Atención Temprana– sobre procedimientos profesionales, vivencias y necesidades de los padres cuando se les informa que su hijo tiene una discapacidad o un trastorno en el desarrollo recogió el descontento de padres y madres de niños con discapacidades de cero a seis años sobre la forma en que les habían transmitido que su hijo/a presentaba una anomalía congénita, un trastorno del desarrollo o cualquier otra discapacidad. Como respuesta, el Real Patronato sobre Discapacidad del Gobierno de España editó recientemente, con el apoyo del grupo investigador, la guía La primera noticia, en la que ofrece a los profesionales que trabajan en atención temprana un conjunto de recomendaciones a tener en cuenta a la hora de comunicar la discapacidad. Hablamos entonces de la comunicación como un derecho de los usuarios del sistema socio-sanitario.

La comunicación es también un criterio de calidad asistencial. Esta mejora asistencial no depende tanto de un importante desembolso económico sino más bien de la voluntad política de darle la vuelta a ciertas prácticas institucionalizadas. Como en muchos otros campos, la realidad va unos pasos por delante de la universidad. Mientras trabajamos para que los planes de estudio de las carreras socio-sanitarias (y especialmente los de Medicina) se adapten a las nuevas demandas profesionales y sociales, nos toca desarrollar una tarea de concientización que permita recuperar el sentido primigenio de la comunicación: la de una habilidad humana que nos permite entendernos y sentirnos como iguales en una sociedad. Para que entre pacientes y profesionales sanitarios haya, de verdad, algo personal.

* Director de Comunicación de la Fundación de Educación para la Salud (Fundadeps - España) y docente del Experto en Comunicación Social y Salud de la Universidad Complutense de Madrid.

En nombre del arte



LA VENTANA › MEDIOS Y COMUNICACION

Marta Riskin celebra la posibilidad de que la práctica del pensamiento y la búsqueda de espacios comunes permita de abrirse a otras ideas y ajustar las propias, porque constituye un privilegio que se puedan debatir respuestas y enfrentar otras miradas.

Por Marta Riskin *


Hefesto curó a Zeus de su dolor de cabeza, abriéndole el cráneo con un
hacha y permitiendo así el nacimiento de Atenea, la cual, según Píndaro,
“... llamó al ancho cielo con su claro grito de guerra. Urano, tembló al oírlo, y la Madre Gea”.

Para la mitología griega, Atenea representaba la sabiduría y las artes, la guerra y la civilización. La variedad de atributos alude a la integración compulsiva de pueblos y culturas, prolijamente fagocitados, a semejanza de Metis, su madre; pero al sumar cualidades de ídolos ajenos, A-Teo-Noa, la de ojos de lechuza, fue considerada por Platón “la mente de dios” y su hija preferida.

Los objetos de la cultura, incluidos templos, instituciones y academias, encarnan riquezas materiales, intelectuales y espirituales.

En la Acrópolis, aún quedan restos del templo de Atenea Niké, victoriosa pero ya sin alas, para señalar que sus contenidos simbólicos siempre pertenecerían a Atenas.

Los griegos no fueron los únicos en afirmar “la guerra es bella”. A lo largo de la historia, y en nombre del arte, otros grupos impusieron sus modelos de pensamiento. Los artistas del “Futurismo”, por ejemplo, impulsaron la adhesión ética y estética del pueblo italiano al fascismo.

La libertad de expresión y la difusión de los conflictos sociales y políticos, dos características propias de la democracia, tampoco son frutos espontáneos sino productos del esfuerzo de hombres y mujeres valerosos. En nombre del arte de la vida, y muchas veces con sus vidas, ellos defendieron al debate y el respeto a la diversidad por sobre la guerra y la paz de los cementerios.

En las últimas semanas han proliferado colectivos intelectuales, en oposición o acompañando a Carta Abierta. Es una magnífica noticia en un país que celebra con hechos cotidianos la recuperación de la palabra y permite, sin riesgos heroicos (mal que pese a quienes se victimizan con fantaseadas censuras), la exposición, en absoluta libertad, del discurso propio.

La práctica del pensamiento y la búsqueda de espacios comunes ofrece la ocasión de abrirse a otras ideas, ajustar las propias y abandonar olímpicos canibalismos que sólo las distorsionan, generando luchas estériles e inútiles dolores de cabeza.

En el prefacio a la Filosofía del derecho de Hegel, dice “el ave de Minerva, (Atenea para los romanos), no emprende el vuelo hasta el oscurecer”.

La metáfora indicaría que comprendemos los fenómenos después que se producen y el vuelo del conocimiento es posible, gracias al previo trabajo diurno.

Los intelectuales, es decir las personas que trabajan con sus mentes y se dedican al estudio y el análisis cuentan, como muchos otros profesionales, con herramientas del oficio y un lenguaje propio.

No es de extrañar que tengan desencuentros o enuncien reclamos y exigencias impracticables como “grito de guerra”. La elaboración de propuestas siempre lleva más tiempo y dedicación que formular máximas o predecir desgracias y, dentro o fuera de los claustros, siempre hay quienes confunden “pensamiento crítico” con difamación y “hechos” con tergiversación de datos.

La gran novedad es el estado público de las discusiones y, en paralelo, la comprobación de la superficialidad de los medios masivos de comunicación; mito que se sostiene sobre la realidad de una mayoría de programas que usan lenguaje limitado y procedimientos amorales.

Hasta que esto cambie, cabe esperar que los intelectuales seleccionen apropiadamente los lugares adonde serán respetados y, reconociendo la influencia de sus mensajes, investiguen la gracia de las formas y en la claridad de transmisión, la consistencia y brevedad de los contenidos.

Transitando territorios objetivos o subjetivos, cuestionarse es indispensable.

No es tarea fácil pero se trata de una oportunidad histórica. Como diría el escultor Policleto, “la obra es más difícil cuando la arcilla está bajo la uña”.

Una de las ventajas de redescubrir que la omnisciencia es un recurso literario y no un atributo de la conciencia humana está en hallar evidencias de “múltiples mundos reales”. Para habitar el mejor posible, compartimos la responsabilidad de construir nuevos espacios de encuentro.

No es un gesto menor en esta segunda década del siglo XXI, y en un mundo donde Atenea continúa expresando el arte del dominio de una cultura sobre las otras, pero los griegos se ven obligados a concesionar su templo a los “bárbaros” para pagar armas inútiles y a costa de una dolorosa deuda externa.

Si el nombre del arte lo decide cada generación y mientras nos acusan aquellos que ocupan nuestros territorios y se niegan al diálogo, es un privilegio y resulta de la mayor importancia que continuemos debatiendo respuestas y enfrentando ideas.

* Antropóloga, Universidad Nacional de Rosario.