miércoles, 2 de febrero de 2011

LA ENVIDIA







LA ENVIDIA: CONFESIÓN SECRETA DEL FRACASO PERSONAL


Hace un tiempo charlaba con amigos acerca de la envidia y decidí investigar, porque me gusta tocar sabiendo y no tocar por tocar.
Así, descubrí que la envidia es el peor de los pecados capitales porque el resto tiene un buen lado opuesto: soberbia/autoestima; pereza/descanso y así sucesivamente. La única excepción es la envidia. Para la envidia nunca hay buen lado posible. Por eso tantos la disfrazan. Jacinto Benavente dice: “Es tan fea la envidia que siempre anda disfrazada, y nunca más odiosa que cuando pretende disfrazarse de justicia”.
Etimológicamente proviene del vocablo latino invidia: mirar con malos ojos. Unamuno la explicaba como in – vidiare: Un no ver. No ver los méritos propios. Y sentir tristeza ante el bien ajeno al que se considera un mal propio. Se tiende a valorar en los demás aquello que nos falta sin ponernos a pensar en todo lo que tenemos. Si de noche lloras por el sol no verás las estrellas (R. Tagore).
Suelen ser envidiosos los ambiciosos de honores y puede darse tanto en las personas físicas como en los grupos o colectividades.
Por envidia mató Caín a Abel. Por envidia Colón regresó encadenado a España.
Ovidio se manifestaba así sobre el envidioso: “Vuélvese pálido el rostro, mústiase todo el cuerpo, incapaz de recto mirar, la dentadura cubierta de sarro, de bilis el pecho, de veneno la lengua”.
La envidia –según Melanie Klein- no soporta la energía creadora. Sin embargo, un mensaje negativo que solamente aporte al receptor la inutilidad de su existencia, además de la agresividad psicopática de quien perdió el tiempo emitiéndolo, puede resultar muy positivo si uno lo sabe leer sin caer en la trampa. Porque nos abre los ojos, nos hace mirar de otra manera al que así actúa y revela su actitud destructiva que estaba escondida detrás de una máscara social. Para decirlo claramente, la envidia desenmascara las miserias humanas.
Dicen los especialistas que, además, puede crear ansiedad, trastornos del apetito y del sueño, y diversas alteraciones más.
El envidioso adopta una postura defensiva que se traduce con modos irónicos, altaneros, fríos y distantes, e incluso, de menosprecio hacia los demás. Y parece ser que la envidia más perniciosa es la que sentimos del hermano, amigo, del compañero de estudios o trabajo, del vecino, porque simplemente han aprovechado mejor sus oportunidades. Sería maravilloso extraer del éxito ajeno conclusiones adaptables a nuestra manera de ser.
El envidioso nunca reconoce, ni siquiera en su fuero íntimo, que padece envidia. Porque denota un sentimiento de inferioridad que no se debe a todo aquello que carece sino a que no sabe valorar lo que tiene. Y entonces se esconde, jamás da la cara, repta a través de la murmuración, pero siempre a espaldas de quien se quiere lastimar o “sacarse de encima”. El envidioso usa la estrategia de sembrar dudas sobre la persona a la que desea perjudicar. No dice las cosas directamente sino que las envuelve en el papel celofán de la sospecha para que haga el mayor ruido posible.
La envidia es el mal de los débiles de espíritu que también tienen enfermo el corazón. Por eso caen en otras faltas como la difamación, la calumnia y la alegría perversa del mal ajeno.
Hay que tener cuidado porque muchas veces, sin saberlo, estamos a merced de los envidiosos. Aunque, volviendo a Unamuno, no se puede vivir si no se es envidiado y envidioso por aquello de que si la envidia fuera tiña...
De una hipotética carta de la humildad a la envidia extraje estos párrafos:
“Por envidia se le despoja de dignidad a la persona honrada.
Por envidia se levantan falsos testimonios.
Por envidia se ponen “zancadillas” a compañeros confiados.
Por envidia se arremete contra un inocente.
El envidioso envidia al pobre porque vive sin ataduras; envidia al rico porque puede disfrutar de todo; envidia al bueno, porque su bondad atrae a las personas; envidia al malo porque cree que su maldad lo hace feliz; envidia al inteligente porque lo cree superior a él; envidia al necio porque piensa que es feliz en su ignorancia... El envidioso siempre encuentra motivos de envidia…”
Hay un proverbio árabe que reza: Castiga a los que tienen envidia, haciéndoles bien.
Y un hermoso consejo que alguna vez leí: No intrigue, no sea chismoso, haga méritos trabajando honradamente, aprenda a elevarse por sí mismo sin voltear a nadie. Los méritos quitados a los demás no se suman a los propios.

MEMPO GIARDINELLI


CONTRATAPA › SE MURIO EL VIEJO GOMEZ

Ignacio Xurxo, tardíamente in memoriam






Por Mempo Giardinelli

Me lo dijo Orlando Barone hace un par de semanas, en el Canal 7: “¿Supiste que falleció Ignacio Xurxo?”. Me dejó helado, y más porque –comentó Barone– murió hace casi tres meses.

Tantos amigos comunes que tuvimos, tantos autores y autoras que con Ignacio publicamos en Puro Cuento, durante años, y sin embargo nadie me avisó, nadie me dijo nada. No es queja, sino constatación: vivo lejos de Buenos Aires y eso, se sabe, en este país es como vivir lejos de Dios.

No leí el pequeño obituario en La Nación justo ese día, primero de noviembre. Y además estaba claro que entonces casi todo el país lloraba a Néstor Kirchner. Qué iba a haber lugar para llorar al Viejo Gómez, como algunos llamábamos a ese gallego inigualable: Ignacio Gómez Xurxo, natural de Vigo, hijo de ignotos inmigrantes y llegado a la Argentina siendo un niño.

Tenía justo 80 años cuando murió. Periodista y narrador, tipo derecho y leal como ya no se fabrican, había publicado muy poco pero leído muchísimo. En 1970 su primer libro de cuentos obtuvo un premio municipal y fue reeditado más adelante como Tahití y otros cuentos. Un librazo, hoy inconseguible.

El texto que daba título a esa colección, precisamente, fue incluido en una antología titulada Los grandes cuentos del siglo XX, que se publicó en 1979 y donde compartió cartel con cuentos de Borges, Cortázar e Isidoro Blaisten. Pero no le gustaba hablar de esa época. Aunque desde comienzos de los ’70 escribía ocasionalmente en las páginas culturales de La Nación y de Clarín, durante los años de plomo había tenido que sobrevivir coordinando talleres literarios y escribiendo en revistas culturales toleradas por la dictadura.

Yo lo conocí en 1984, cuando regresé a la Argentina y le traje una carta del gran cuentista Edmundo Valadés, que era su cuate, amigo y valedor, como se dice en México. Es curioso cómo los caminos de la literatura a veces se entretejen: cuando me exilié fue Eduardo Gudiño Kieffer quien me conectó, carta mediante, con Don Edmundo, que fue mi primer amigo mexicano; de igual modo fue éste quien me conectó con Xurxo cuando regresé.

Altísimo, calvo y miope, Shursho –como le decíamos– me fascinó de inmediato quizá porque era un hombre tan humilde, tan sabio y tan sabrosamente ácido e irónico como jamás vi otro igual.

Fuimos amigos entre 1986 y 1992, años en los que nos vimos casi a diario. Porque él fue, aunque ninguna necrológica porteña lo habrá dicho, el jefe de redacción de Puro Cuento.

Por eso ahora yo podría decir que fue mi brazo derecho en la revista, pero no, me quedaría corto. Porque Ignacio fue además uno de mis maestros. Nadie sabía de cuentos como él. Nadie había leído tanto cuento de todo el mundo.

Amigo de Blaisten y de Cacho Costantini, podía iluminar la obra de Alvaro Cunqueiro o la de Rosa Chacel, a quienes conocía en sus detalles más profundos. También conocía todo Borges hasta en sus más recónditos aspectos y era capaz de disertar con autoridad sobre Conrad o Rulfo, Chejov o Stevenson, Herminia Burana, Cortázar o Asencio Abeijón. Escéptico incurable y tanguero de ley, por si fuera poco, Xurxo escribió también Una luz de almacén, deliciosa biografía de Edmundo Rivero que publicó Emecé en 1982.

Dueño, encima, de una prosa perfecta que hubiese merecido mejor suerte si él mismo no hubiera hecho todo lo posible para que así no fuese, prefirió ser siempre un escritor escondido, un narrador secreto y nunca supe por qué. Tampoco quería hablar de eso; jamás lo hizo, al menos conmigo. Tipo raro y de cerriles silencios, era capaz de pasarse muchísimas horas sin pronunciar palabra, sólo leyendo cuentos. Adoraba el género, lo teorizaba como nadie y podía armar una cuadrícula equilibrada de la revista en media mañana.

Ignacio fue mi apoyo más firme y más leal en aquella aventura de rescatar y publicar cuentos de calidad en un país que parecía resistirse a crecer, sometido como estaba a inexplicables suicidios electorales, crisis económicas feroces, carapintadas contumaces y una memoria que había que consolidar a cada paso. Su consejo siempre sano y desinteresado, la sensatez de su sentido común y su agudeza y olfato eran un tesoro invalorable que teníamos en la revista.

Ahora, casi veinte años más tarde y mientras escribo todo lo anterior, siento que en la literatura argentina de pronto hay un vacío irremediable. Que ni el canon ni el mercado, siempre atentos a cualquier pendejada, sabrían reconocer.

Pero créanme: aunque aparentemente no se note, en el universo del cuento literario de este país hoy todo está despoblado.

Aunque la rueda ruede y siga rodando, como debe ser, hay un enorme vacío porque se nos murió el Viejo Gómez.

martes, 1 de febrero de 2011

AYER NO HA TERMINADO


AYER NO HA TERMINADO


por Olga Liliana Reinoso


¿Qué hacer cuando el pasado nos sorprende, cuando golpea nuestra cara como un pájaro herido sobre un parabrisas?
¿Qué hacer cuando el tiempo se evapora en un segundo y nos transporta mágicamente a 20 años atrás?
Primero la sorpresa, la alegría...
Pero después, una humedad de olvidos cala el alma.
Aquello fue feliz. Y lo perdimos. Creíamos tener todo resuelto pero ahora comprobamos que no es cierto.
¿Qué es lo que nos deslumbra y nos inquieta? ¿La juventud perdida? ¿Las artes del amor casi en desuso? ¿Ciertos temblores que siguen latentes?
¿Por qué esa persona, esa mirada, ese gesto fortuito, se vuelven primordiales?
Entonces, la verdad ¿No es la verdad?
Tendríamos que estar preparados... Pero somos tan ingenuos, tan cándidos, tan vulnerables a las sorpresas que nos da la vida...
Construimos castillos y palacios, erguimos rascacielos en la arena, y dando muestras de una soberbia desatinada, sentimos que lo tenemos todo.
Entonces basta una brisa, un estampido, un rumor de hojarasca, para poner en evidencia nuestra fragilidad y el tono oscuro de tantas mentiras.
Por eso huimos de preguntas esenciales y preferimos el barniz a la madera. Nuestros dedos se deslizan ágilmente sobre la superficie pulida, en cambio, las astillas nos penetran y lastiman.
Sin embargo, ¿qué es lo natural? ¿Qué es más cierto, más auténtico, más genuino? ¿Nos animamos a responder estos interrogantes?
¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? ¿A qué se debe nuestro tránsito en la tierra? ¿Es la muerte el cruce del Mar Rojo hacia la tierra prometida? ¿O todo acaba en polvo y en escarnio? ¿Acaso somos solo una apariencia que otro está soñando?
En medio del naufragio, la sutil esperanza disfrazada de tronco nos da la bienvenida y creemos entrever en cada encuentro una cita postergada, porque, en realidad, todo es una sucesión de causas y efectos.
Pero la rutina, que es un monstruo voraz, nos fagocita. Y seguimos simulando que vivimos; destartalados, incompletos, mutilados: por cobardía, por comodidad o por miedo.
Hasta que el olvido acude nuevamente en nuestro auxilio. Y arribamos a la orilla para observar como vuelven a aquietarse las aguas, como todo retorna a la “normalidad”.
A pesar de saber que solo es una parodia, ascéptica, indolora.
Será por eso que la mayoría opta por no saber, por no buscar, por silenciar los duendes: se ahoga en el fuego fatuo del desconocimiento. Y se niega a enfrentar su “lúcida noche fundamental”. (*)
Quizá solo se trate del espejismo que produce la nostalgia, el reverbero de ciertas historias que sacamos del baúl como un vestido hermoso pero antiguo, anacrónico y tres talles más chico. “Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos”. (**) O tal vez sí.
¿Quién se atreve a asegurarlo?


(*) Jorge Luis Borges
(**) Pablo Neruda

domingo, 30 de enero de 2011

HIPOCRESÍA










CONFESIONES ACALLADAS


¿Sabés por qué me río de lo que decís?
Porque así disimulo mi ignorancia.
¿Sabés por qué critico?
Porque tengo que canalizar la envidia que me corroe cuando veo que otros se destacan “per se” y yo sigo en el anonimato.
¿Sabés por qué hago comentarios ácidos?
Porque pretendo barnizar con ironía lo que es simplemente maldad.
¿Sabés por qué desacredito a los demás?
Porque no estoy a su altura, pero no puedo asumirlo.
¿Sabés por qué borro con el codo lo que escribo con la mano?
Porque soy un farsante y, además, un cobarde.
¿Sabés por qué te desprecio y te ignoro?
Porque eso me da aires de superioridad. Y también porque soy mezquino y egoísta.
¿Sabés por qué te boicoteo?
Porque soy mediocre y no quiero que te luzcas.
¿Sabés por qué te mato? - dijo la serpiente a la luciérnaga - porque no puedo soportar tu brillo.
Si tuviéramos un detector de verdades, éstas serían algunas de las verdades que podríamos descubrir.
Y muchos hallarían en estas respuestas, la explicación a tantas actitudes dañinas, a tanto obstáculo, a tantos palos en la rueda.
Pero la hipocresía que todo lo recubre, sumada a la negación de los defectos propios y al agigantamiento de los ajenos, hace que este proceso saludable nunca se concrete.
Y así se continúa por la vida: mintiendo a destajo y, lo que es peor: mintiéndose a sí mismo.
Habría que investigar:
• ¿Qué debilidad acusa el que se burla de los otros y hace de ese gesto su mayor diversión?
• ¡Qué poquita cosa es quien necesita agrandar los errores ajenos para disminuir los propios!
• ¿Qué deuda no saldó?
• ¿Quién le impidió encontrar su verdadero camino?
• ¿Quién le hizo creer que, si mancilla a los demás, podrá lavar su alma percudida?
• Que nadie imagine que las virtudes quitadas a otro pasan a engrosar su propio bagaje.
Dice un texto, cuya autoría desconozco:
“Triste cosa es no tener amigos. Pero más triste debe ser no tener enemigos. Porque quien enemigos no tiene, señal es que no tiene talento que le haga sombra, ni carácter que le abulte, ni valor que le teman, ni honor que le murmuren, ni bienes que le codicien, ni cosa alguna que le envidien.”
¿Será verdad? o ¿será justicia?
“Ladran, Sancho, señal que cabalgamos” (El Quijote de la Mancha, Cervantes)

sábado, 29 de enero de 2011

DIVAGACIONES








¿Existen los amores imposibles?
¿Tienen lugar las palpitaciones unilaterales?
¿O sólo son una alucinación de otoño que arrecia en la caída de las hojas?
¿Puede un hueco vacío albergar el abrazo?
El silencio ¿reemplaza a la palabra?
El insomnio ¿equivale a la caricia?
Dicen que el amor es un milagro en compañía.
¿Adónde irán, entonces, los gritos desvalidos? ¿En qué lugar anidará el pájaro huérfano de la desolación? ¿Qué habrá sido del fuego de los besos? ¿Crepitará, deshabitado, en la intemperie de la soledad?
Nadie responde. Sólo se oye el cacareo de los necios que no atraviesan el barniz de la corteza, sólo palabras huecas que no alcanzan a traducir el buen idioma enigmático del alma.
Es que la sabiduría y la sensatez asumen su fatal ignorancia en todas las cuestiones del corazón y reconocen que en el amor no hay certezas ni fórmulas exactas: solamente pronósticos aproximados, adivinaciones coyunturales, encuentros fortuitos o desencuentros insalvables.
Entonces,¿de qué modo saber? ¿De qué manera darle paso a la luz del entendimiento para que pueda titilar entre la niebla de la confusión y señale el camino exacto, ése, el de la cita postergada?
¿Quién podrá abrir el oído de los sordos?
¿Quién despertará los ojos ciegos para que capten las señales?
El río los separa. La unión es en el agua. Llamaradas de voces se agitan, plañideras, en la penumbra de la orilla opuesta. Y no hay quien oiga. Y no hay quien acuda.
¡Oh, Soledad de soledades! Que se trasmuta, endecasílaba, en la vertiente oscurantista.
¡Oh, Soledad vernácula! Que no admite el exilio para cambiar de rumbo.
Y muere en el intento. Y se asfixia en su oxígeno.
Alguien tiene que dar cuenta de tanto despropósito. Alguien tiene que hacerse cargo de tanta flecha que no da en el blanco. Cupido es un anciano miope que hace siglos perdió la puntería. Y la doble moral no contribuye al entrelazamiento. El mandato es inmovilizador: No provocarás. Tu misión es la espera.
De nada sirven las insurrecciones ni la liberación ni el desparpajo. La ley de los ancestros es más fuerte y siempre va a la hoguera el que transgrede.
Por eso, la pregunta sigue intacta. Y por eso, los crímenes están impunes.
Pero hay que estar atento a las miradas y a los temblores más imperceptibles: ellos son delatores. Nadie puede evitarlo. Sólo es preciso atravesar paredes y leer la verdad entre mentiras.
Aunque lo realmente saludable es abrir la ventana y defenestrar a cada uno de los espíritus de la incomunicación, desprenderse del equipaje de las dudas, desalojar el miedo, virar el timón y encaminarse hacia alguna isla virgen donde se pueda disfrutar, en paz, de un sol que no escatime resplandores.(Olga Liliana)

martes, 25 de enero de 2011

Puertas, grietas, túneles y agujeros

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Contratapa Martes, 25 de enero de 2011

Puertas, grietas, túneles y agujeros
Por Rodrigo Fresán
Desde Barcelona
UNO Mi cuento favorito de H.G. Wells –y uno de mis relatos preferidos de cualquier escritor– es “The Door in the Wall”, publicado originalmente en julio de 1906 en el Daily Chronicle e incluido al año siguiente en el libro The Country of the Blind. Genial ya desde su sencillo y aparentemente normal pero tan inquietante título (toda puerta está, en teoría, interrumpiendo el fluir de una pared; pero hay algo extraño en que se presente a la puerta como algo metido en un muro, como un agujero, ¿no?) lo que aquí cuenta Wells es la odisea privada de un tal Lionel Wallace. Hombre de éxito que, de tanto en tanto, a través de un portal que aparece y desaparece desde su infancia y a lo largo de los años en los muros de su vida, huye y va y vuelve de un mundo alternativo de “realidades inmortales” rebosante de “paz, delicia, belleza más allá de todo sueño y una bondad como nadie en la tierra ha conocido jamás”. El final –la historia nos la narra un amigo del viajero– es previsible pero no por eso menos tremendo: Wallace anuncia que se irá para ya no regresar, desaparece, y a los pocos días encuentran su cadáver en el foso donde van a dar los túneles de unas obras cercanas a la East Kensington Station. El narrador se pregunta entonces lo que nos preguntamos nosotros: ¿Fue? ¿Volvió? ¿Dejar su cuerpo de este lado era el peaje, el precio del pasaje? ¿O simplemente, víctima de su delirio, se cayó en un pozo?

DOS Leo X’ed Out, el nuevo comic de Charles Burns (Mondadori lo publicará a la brevedad con el título de Tóxico) que comienza con alguien que se despierta y descubre un agujero en el muro de su habitación. Y, por supuesto, los agujeros están para atravesarlos. Y allí va, por un túnel, el héroe alucinado con cadencia David Lynch y trazo Hergé (hay un más que evidente guiño a La estrella misteriosa, mi Tintín favorito con ese comienzo de grietas y terremoto) rumbo a un mundo extraño habitado por seres más extraños a los que nuestro mundo normal les parecería, sí, tan anormal.

TRES Ahora hace mucho frío pero la gente sigue caliente. Nada de “paz, delicia, belleza más allá de todo sueño y una bondad como nadie en la tierra ha conocido jamás”. El año empezó con una de esas “injusticias” que contaminan el aire de los cafés donde ya no se puede fumar. El Balón de Oro a Messi y no a un español –Xavi o Iniesta– de la casi barcelonesa selección campeona del mundo. Claro está que cuesta enojarse con Messi, a quien los locales quieren tanto como detestan a Ronaldo o al insoportable Mourinho. Messi complace a la tía soltera y al punk en llamas, y tiene algo de aquel Chance en la novela de Jerzy Kosinski. Imposible olvidarlo recogiendo la pelota dorada, trajeado como animador de fiestas infantiles con esa sonrisa todavía más infantil que recuerda a la del lunático Andy Kaufman. Si alguna vez le escriben a Messi sus memorias propongo que se titulen Desde la cancha. Y que en la portada salga una foto de Messi saliendo de una grieta en el césped esmeralda del Camp Nou.

CUATRO Y de lo que en realidad habla Wells en “The Door in the Wall” es de la preservación de cierto espacio alternativo, de la precisa ubicación de un punto de fuga al que no hay que perder nunca de vista. El relato puede leerse como un anexo al Peter Pan de James Matthew Barrie, amigo de Wells, y a tantas otras ficciones contemporáneas que se apoyan sobre la idea de la preservación del tiempo perdido, sobre la posibilidad de salirse del río de los años y contemplar a los demás pasar y envejecer desde las orillas. Drácula, Dorian Gray, Ayesha, Peter Pan... Todos ellos ajenos a esas grietas que, por una cuestión de piedad con nosotros mismos, convinimos en rebautizar como arrugas.

CINCO Y leak significa filtración y las cosas se filtran a través de las fisuras y grietas del sistema. Lo que nos lleva a Wikileaks y a Julian Assange, quien seguramente ya anda ofreciendo sus memoirs al mejor postor. El nuevo sex-symbol para las juventudes progres y la bestia negra para la madurez conservadora. Días atrás, en un sketch de Saturday Night Live se lo enfrentaba a su contraparte eléctrica. A otro ídolo virtual: Mark Zuckerberg, el “creador” de Facebook. Y el actor que imitaba a Assange se quejaba: “No entiendo: yo entrego los datos privados de las corporaciones a la gente y soy el malo, mientras que él entrega los datos de la gente a las corporaciones y es el bueno”. Algo de razón tiene. Pero pequeño detalle: para ser el bueno buenísimo de la película, Assange debería entregar los datos de todos y no solamente de turbios y tontos funcionarios del gobierno norteamericano. En lo personal, todavía estoy esperando todo eso que Assange decía tener en su poder –cuando encendió su ventilador informático de mierda– acerca de los chanchullos de la banca internacional y que todavía no he leído en ninguna parte.

SEIS Mientras tanto, me entero de que de todo el dinero recaudado y prometido para aliviar las grietas y agujeros y muros caídos por el terremoto de Haití, un año después, sólo se ha entregado a sus destinatarios un 10 por ciento de la cantidad anunciada. El resto, parece, no ha podido filtrarse a través de los canales habituales y blablablá. Postales de Haití en los noticieros: todo está como estaba, todo lo que se cayó no se levantó y ahora, además de furia, hay cólera. País zombi, país muerto vivo, y hasta la próxima catástrofe maléfica para los nacionales a ser explotada por los internacionales benéficos de siempre, cada uno de su lado.

SIETE La delgada línea que separa a unos de otros es, en ocasiones, el preámbulo de un abismo insondable e imposible de franquear con unos y otros mirándose desde un borde a otro. Subrayo frase de G.K. Chesterton –amigo de Wells y de Barrie– citada en la flamante biografía de Marshall McLuhan que acaba de publicar Douglas Coupland. Aquí está: “El mundo moderno se ha divido por completo entre Conservadores y Progresistas. Los Progresistas son los encargados de continuar cometiendo errores. Los Conservadores son los encargados de evitar que esos errores sean corregidos”.

Errar es humano, suelen excusarse los inhumanos cuando les conviene equivocarse, cuando se equivocan a su favor.

OCHO Y crack significa grieta y crack financiero y los tiempos que corren nos han obligado a convertirnos en pseudoexpertos de abstracciones como “inyección de fondos”, “subasta de la deuda”, esas cosas. Y Grecia, Irlanda y Portugal... y España en la mira. Todos van cayendo como personajes de nombre complejo en aquellos thrillers de Agatha Christie. Pero al menos los libros de la Gran Dama del Crimen –recuerden– venían con guía de personajes a consultar cada vez que nos perdíamos yendo de la muerta en la cama al muerto en el living o, perdón, en la biblioteca, donde se sirve el brandy y se encienden los cigarros.

NUEVE Portada de la revista humorística El Jueves. Allí, uno de los dos líderes sindicales al frente de Comisiones Obreras se entusiasma: “¡Por fin! ¡Es la revolución! ¡La gente sale a la calle!”. El otro, resignado, le aclara los tantos: “Me parece que no: es que ya no pueden fumar dentro”.

Puertas otra vez. Al otro lado de la puerta, por favor.

DIEZ Y Benedicto XVI vuelve a hacer reformas en los planos de la eternidad (el limbo, el Purgatorio como “fuego interior”, esas cosas, más detalles otro día) sin precisar cuál es el círculo que les toca a Berlusconi y a sus diablitas conejitas. Me quedo, mejor, con Adolfo Bioy Casares, en su Autocronología, evocando temblores de niño que, con el tiempo, crecen a firmezas de escritor: “1921 - Me explican: por las grietas que en cualquier momento se abren en la corteza del mundo, un diablo puede tomarnos de un pie y arrastrarnos al infierno. Lo sobrenatural como algo aterrador y triste”.

ONCE El fin de semana pasado, un triunfal Mariano Rajoy, en un mitin del Partido Popular, exclamó al borde del orgasmo que “España tiene sed de urnas”. El problema es si las ranuras de las urnas por las que se meten los votos son, en realidad, grietas que se abren en la corteza del mundo por las que un diablo... Lo político como algo aterrador y triste.

DOCE Apago la computadora –¿puerta?, ¿grieta?, ¿agujero?– y me voy a dormir. A soñar. A cruzar. A progresar y a conservarme. A dejarme caer o a agarrarme al borde del sueño o a viajar por ese túnel del tiempo que es la noche. Mañana será otro día, otro mundo, otro muro.

lunes, 24 de enero de 2011

PAPÁ NOEL (La vejez)

PAPÁ NOEL

Seguro que mamá duerme, así que si camino en puntas de pie por la galería voy a poder escaparme sin que se entere. Ya está. Llegué al patio. Corro y de un salto me siento en la hamaca. Le pido al viento que me empuje fuerte, fuerte, así llego a las nubes y remonto vuelo hasta la casa de Papá Noel. En el buzón colorado como mis cachetes cuando digo mentiritas, meto la carta que escribí esta mañana.
Desde acá veo el trineo, dispuesto para la carrera que tendrá que correr a fines de diciembre para llegar a todas las casas de los chicos buenos del planeta.
Mi amiga Paula, que tiene dos años más que yo, me contó que en una noche de luna llena ella lo vio bien clarito. Y no iba solo, me dijo. Lo acompañaban dos ayudantes, uno en bicicleta, meta tocar timbre y otro en patineta, cantando villancicos. Claro, pobre Papá Noel, sino no podría con todo, ya está viejito y es muy gordote.
En la carta le pido una calesita para poner en mi jardín y subirme y dar vueltas como en molinete y sacar la sortija mil veces porque no me canso y quiero otra vuelta más, otra vuelta más, otra vuelta maaaaaaás. Ay, me agarró vértigo y vengo a los piques de cabeza al suelo. Pero entre las nubes que se agitan como las olas del mar aparece una escalera plateada llena de lucecitas que se prenden y apagan. ¡Igualito que el árbol de Navidad! Con una pirueta de equilibrista la agarro en el aire y después de balancearme un poco empiezo a bajar rapidito por los escalones.
- Abuela, abuela Lina. Vamos, despiértese que ya tiene el desayuno. Vamos, vamos, no se haga la sorda. Tiene que tomar el tecito y las pastillas para el dolor de piernas.
¿Quién es este estúpido que gira alrededor de la cama? Flaco estúpido. Vos no sos Papá Noel, sos un flaco estúpido que me hace tomar porquerías. Qué dolor de piernas si recién me bajé una escalera a toda velocidad. Nunca vas a subir a mi calesita, nunca. Porque vos sos grande y malo.
Olga Liliana Reinoso