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TE INVITO A LEER MI CUENTO "HERMANO VIENTO".
jueves, 31 de mayo de 2012
miércoles, 30 de mayo de 2012
PARQUE/VIDA
La vida hierve en la savia del alma
que se agiganta como una mano extendida.
Sube del vientre terroso-huella preñada-
y se hace canto en las ramas y pájaro en la distancia.
Lleva en su boca la urgencia de este verdor presuroso
para que arda, fuego adentro, la multípara semilla.
Cuenco de abrazos, entrega de la pena generosa
que antes de caer al barranco en latidos se deshoja.
Y multiplica en la aurora sangre, célula, alarido
para que el mal de la noche sucumba con el olvido.
Árbol-de-vida árbolcanto árboles como banderas
corazón enarbolado en la cresta del follaje.
La primavera es un hábito para encarcelar la muerte
y desnudar su artilugio sin mentira ni coartada.
La vida vidarbolada baila su danza en el parque
y la hojarasca encendida es luciérnaga que late.
Por cada árbol una vida, por cada árbol la esperanza
©Olga Liliana Reinoso
martes, 29 de mayo de 2012
EL PERDÓN
©Olga Liliana Reinoso
Dícese del perdón que es la remisión de la pena merecida, de la ofensa recibida o de alguna obligación pendiente.
También dice el refrán popular que “Errar es humano y perdonar es divino”, es decir, perteneciente a Dios.
Pero los hombres, dando siempre muestras de suficiencia y soberbia, se arrogan ese derecho que los excede, fundamentalmente porque les cuesta ponerlo en práctica.
Suele escucharse con frecuencia: “Yo perdono pero no olvido”. ¿Qué se cifra detrás de ese enunciado? ¿Por qué no se olvida? ¿Para qué? ¿Para estar alerta? ¿Para defenderse? ¿Para no volver a confiar? Esto levanta un manto de sospecha a la grandilocuente declamación: ¿Perdona el que no olvida?
Ni olvido ni perdón, exige la consigna de quienes abrazan la causa por el esclarecimiento de los crímenes durante la dictadura. Y ellos claman por justicia. Entonces, la búsqueda de la justicia ¿implica no perdonar?
Hay quienes piensan que, acaso, el perdón sea ejercicio del poder: alguien, con suficiente omnipotencia, tiene la benevolencia de perdonar a otro ser falible e imperfecto.
Pero ¿se pueden perdonar el desamor, la estafa, el abandono, la humillación? Especialmente, cuando eso ha motivado experiencias negativas que no tienen retorno. ¿Se puede rearmar la personalidad de alguien con la autoestima devaluada por tales agravios? Comentan que el corazón capaz de perdonar se alivia, sana sus heridas, es decir, se beneficia. ¿Por qué, entonces, ya que somos tan utilitarios, nos resulta difícil conceder el perdón?
Tal vez lo que no se pueda perdonar es aquello que se juzga como irreparable. Si algún daño se puede remediar, quizá resulte más fácil perdonarlo.
Puede ser que el perdón sea inversamente proporcional al daño recibido y si es verdad que perdón y olvido son equivalentes, Borges no deja opción: “Sólo una cosa no hay. Es el olvido.”
Aunque tal vez la diferencia entre olvido y perdón radique en la actitud del ofendido. Quien no perdona, recrimina, rememora, alimenta sentimientos negativos. En tanto que, quien no olvida, está atento y no baja la guardia por temor a ser sorprendido nuevamente en su buena fe. Además, es factible que cueste perdonar la traición de alguien muy amado, porque, subliminal y perversamente, es una forma de mantener el vínculo. Quien no perdona, de algún modo, subyuga.
“Cuenta un grupo de discípulos, que iban a tratar con el maestro el tema del resentimiento. Y el sabio les había pedido que llevaran papas y una bolsa de plástico. Ya en la clase, eligieron una papa por cada persona a la que guardaban resentimiento, escribieron su nombre en ella y la pusieron dentro de la bolsa. Algunas bolsas eran realmente pesadas. El ejercicio consistía en que durante una semana llevaran con ellos a todos lados esa bolsa de papas.”
“Naturalmente, la condición de las papas se iba deteriorando con el tiempo. El fastidio de acarrear esa bolsa en todo momento les mostró claramente el peso espiritual que cargaban a diario y cómo, mientras ponían la atención en ella para no olvidarla en ningún lado, desatendían cosas que eran más importantes.”
“Todos tenemos papas pudriéndose en nuestra “mochila” sentimental. Este ejercicio es una gran metáfora del precio que se paga a diario por mantener el resentimiento por algo que ya pasó y no puede cambiarse.”
“Sería muy bueno perdonar y dejarlas ir para llenarse de paz y calma. La falta de perdón es como un veneno que tomamos a diario, en pequeñas dosis, pero que, finalmente, nos termina envenenando.”
“Muchas veces pensamos que el perdón es un regalo para el otro sin darnos cuenta que los máximos beneficiados somos nosotros mismos.”
“El perdón es una expresión de amor.”
©Olga Liliana Reinoso
Dícese del perdón que es la remisión de la pena merecida, de la ofensa recibida o de alguna obligación pendiente.
También dice el refrán popular que “Errar es humano y perdonar es divino”, es decir, perteneciente a Dios.
Pero los hombres, dando siempre muestras de suficiencia y soberbia, se arrogan ese derecho que los excede, fundamentalmente porque les cuesta ponerlo en práctica.
Suele escucharse con frecuencia: “Yo perdono pero no olvido”. ¿Qué se cifra detrás de ese enunciado? ¿Por qué no se olvida? ¿Para qué? ¿Para estar alerta? ¿Para defenderse? ¿Para no volver a confiar? Esto levanta un manto de sospecha a la grandilocuente declamación: ¿Perdona el que no olvida?
Ni olvido ni perdón, exige la consigna de quienes abrazan la causa por el esclarecimiento de los crímenes durante la dictadura. Y ellos claman por justicia. Entonces, la búsqueda de la justicia ¿implica no perdonar?
Hay quienes piensan que, acaso, el perdón sea ejercicio del poder: alguien, con suficiente omnipotencia, tiene la benevolencia de perdonar a otro ser falible e imperfecto.
Pero ¿se pueden perdonar el desamor, la estafa, el abandono, la humillación? Especialmente, cuando eso ha motivado experiencias negativas que no tienen retorno. ¿Se puede rearmar la personalidad de alguien con la autoestima devaluada por tales agravios? Comentan que el corazón capaz de perdonar se alivia, sana sus heridas, es decir, se beneficia. ¿Por qué, entonces, ya que somos tan utilitarios, nos resulta difícil conceder el perdón?
Tal vez lo que no se pueda perdonar es aquello que se juzga como irreparable. Si algún daño se puede remediar, quizá resulte más fácil perdonarlo.
Puede ser que el perdón sea inversamente proporcional al daño recibido y si es verdad que perdón y olvido son equivalentes, Borges no deja opción: “Sólo una cosa no hay. Es el olvido.”
Aunque tal vez la diferencia entre olvido y perdón radique en la actitud del ofendido. Quien no perdona, recrimina, rememora, alimenta sentimientos negativos. En tanto que, quien no olvida, está atento y no baja la guardia por temor a ser sorprendido nuevamente en su buena fe. Además, es factible que cueste perdonar la traición de alguien muy amado, porque, subliminal y perversamente, es una forma de mantener el vínculo. Quien no perdona, de algún modo, subyuga.
“Cuenta un grupo de discípulos, que iban a tratar con el maestro el tema del resentimiento. Y el sabio les había pedido que llevaran papas y una bolsa de plástico. Ya en la clase, eligieron una papa por cada persona a la que guardaban resentimiento, escribieron su nombre en ella y la pusieron dentro de la bolsa. Algunas bolsas eran realmente pesadas. El ejercicio consistía en que durante una semana llevaran con ellos a todos lados esa bolsa de papas.”
“Naturalmente, la condición de las papas se iba deteriorando con el tiempo. El fastidio de acarrear esa bolsa en todo momento les mostró claramente el peso espiritual que cargaban a diario y cómo, mientras ponían la atención en ella para no olvidarla en ningún lado, desatendían cosas que eran más importantes.”
“Todos tenemos papas pudriéndose en nuestra “mochila” sentimental. Este ejercicio es una gran metáfora del precio que se paga a diario por mantener el resentimiento por algo que ya pasó y no puede cambiarse.”
“Sería muy bueno perdonar y dejarlas ir para llenarse de paz y calma. La falta de perdón es como un veneno que tomamos a diario, en pequeñas dosis, pero que, finalmente, nos termina envenenando.”
“Muchas veces pensamos que el perdón es un regalo para el otro sin darnos cuenta que los máximos beneficiados somos nosotros mismos.”
“El perdón nos libera de ataduras que nos amargan el alma y enferman el cuerpo.”
“No significa estar de acuerdo con lo que pasó, ni aprobarlo. Perdonar no significa dejar de darle importancia a lo que sucedió, ni darle la razón a alguien que nos lastimó. Simplemente, significa dejar de lado aquellos pensamientos negativos que nos causan dolor o enojo.”
“La falta de perdón nos ata a las personas con el resentimiento. Nos tiene encadenados. La falta de perdón es el veneno más destructivo para el espíritu, ya que neutraliza los recursos emocionales.”
Pero también he leído que solamente merece perdón aquel que se arrepiente sinceramente.
EL PECADO
Isabela estaba aterrada. Sentada en el umbral de la cocina, tiritaba de miedo y de frío. Sus breves cuatro años no sabían qué hacer con la oscuridad de la noche campesina. Ni siquiera se animaba a mirar al cielo para ver si había estrellas y si alguna le guiñaba un ojo.
Tenía ganas de hacer pis, pero no quería moverse. Estaba adherida a la puerta como una enredadera. Sostenía las ganas porque sabía que ese era el pecado y que por él estaba purgando el castigo. No tenía que hacerse pis, estaba mal, era sucio.
De pronto sintió un ruido. Quedó paralizada, sin aire, mientras un líquido caliente, irreprimible, salía de sus profundidades y surcaba sus piernas desnudas hasta desembocar en los mosaicos formando un triste río de palizas y amenazas.
Su mamá siempre le pegaba cuando amanecía con la cama mojada y le decía cosas feas.
Ella cruzaba sus piernitas y apretaba fuerte, pero el agüita se escurría igual y ella sabía que la delataría.
Escuchó las llaves de la cerradura y su corazón aterrado dio una vuelta carnero en la pista del pecho.
La figura de su madre, gigante, terrible, se corporizó en el marco.
- Espero que esta vez te cures para siempre, asquerosa. ¡Ah, no! ¡Te volviste a mear! ¡Inmunda! Si no tenés arreglo, viniste con la cañería rota. Andá corriendo a lavarte. ¡Con agua fría!
Isabela corrió y se encerró en el baño. Dejó su ropa en un balde y se lavó. Mientras se secaba lloraba sin parar, en silencio. Seguía mojándose. Ella era una gota de agua en busca de un océano que la contuviera.
Cuando salió del baño vio a su papá en el pasillo, tan triste como ella. Corrió a abrazarlo y se colgó de su cuello. Él no dijo nada, solamente le acariciaba el pelo. Ambos escucharon el repiquetear de las chinelas maternas y se abrazaron más fuerte.
- Dame a esa mocosa que la llevo a dormir y no tanto mimo que es una roñosa, me tiene podrida de lavar sábanas y poner a secar el colchón…
- ¡No la toques! Yo me ocupo.
- Ah, jajaja. Era hora de que ocuparas de algo, imbécil.
Isabela recostó su cabeza sobre el hombro varonil, mientras iban a su cuarto.
El papá la acostó y le contó un cuento hasta que se quedó dormida. Soñó que corrían para subir a un tren.
Al día siguiente despertó sequita. Se acurrucó en la cama cuando escuchó pasos. Pero ante su sorpresa, fue su padre quien abrió la puerta. Parecía otro, estaba vestido para salir. Fue entonces cuando vio las valijas.
El padre dijo:
- Nos vamos, Isabela.
- Se queda.
Isabela no preguntó más. Le bastaba con saber que esa mujer no los acompañaría. Y se sintió distinta. Sintió que todas sus canillas funcionaban bien.
©Olga Liliana Reinoso
SANGRE DE BODAS
Era el mes de mayo y la fiesta de Akha Teej: el día elegido para mi boda en Madhya Pradesh. Hacía pocos días había cumplido 10 años.
Yo estaba muerta de miedo y quería desaparecer de ese lugar, quería que alguien se apiadara de mí y me llevara muy lejos. Pero sabía que casarme era mi destino, como el de todas las niñas hindúes.
Mis tíos y hermanos giraban alrededor de mí. Unos ponían henna en mis manos, otros me vestían con un sari rojo.
Treinta minutos antes de la ceremonia, me dejaron sola para que pudiera orar.
Estaba postrada sobre la alfombra cuando una sombra subrepticia penetró en el cuarto. Su mano tapó mi boca y no recuerdo más.
Cuando desperté, yacía acostada en un lecho confortable, pero no podía ver nada porque la sala estaba completamente a oscuras.
Pasé mucho tiempo en ese lugar, creo que fueron años. Mi cuerpo iba cambiando y creciendo. Una vez, al vestirme, descubrí mis pechos y me largué a llorar. Otro día, sentí que algo viscoso se precipitaba en la vasija donde orinaba y lloré mucho más.
Mientras tanto, la sombra entraba y salía en silencio. Me higienizaba, me daba alimento, pero jamás hablaba.
A veces, yo la insultaba para que reaccionara y me explicara la razón de mi cautiverio. Pero nunca logré arrancarle una palabra. Cuando insistía demasiado, se llevaba las velas y los libros. Entonces, yo volvía a guardar silencio por un tiempo.
Por las noches, solía tener un sueño repetido. Escuchaba la voz de mi madre confortándome, y hasta sentía sus caricias. Pero al despertar, solamente las tinieblas me rodeaban.
Ayer, en el lugar de los libros encontré una carta que decía:
“Amada Kavita: perdóname si puedes. Lo hice para salvarte de la negación de tu libertad, de la pérdida de tu niñez y de la violencia. Pero ahora no hay más tiempo que perder, mi vida se acaba. La infibulación y los golpes de tu padre pudieron conmigo. Debes huir a Ouadadougou, en Burkina Faso, donde te protegerán. Te amaré más allá de la muerte. Tu madre”.
De día, me escondo entre los árboles y con las sombras de la noche avanzo. Avanzo.
lunes, 28 de mayo de 2012
LAS CUATRO ESTACIONES
LAS ESTACIONES DEL AÑO
¿Alguna vez se puso a pensar en que, según la estación del año que más nos atraiga, será nuestra personalidad?
Y no hablo del maquillaje “for export” ni de la imagen marketinera, sino de nuestra verdadera personalidad,
¿Nunca lo pensó? Entonces, un día de éstos, averigüe sutilmente las preferencias de algún interlocutor y luego saque sus propias conclusiones.
Los que optan por el verano son personas superficiales, amantes de las apariencias, cultores de la belleza física, poco propensos a la solidaridad, dicharacheros, perezosos, divertidos, proclives a eludir compromisos, enamoradizos, tal vez por aquello de “los amores de verano”.
Los que prefieren el invierno, en cambio, suelen ser introvertidos, tímidos, de intensa vida interior, despreocupados de su aspecto externo, contemplativos, reflexivos, afectuosos, con cierta tendencia a la depresión y, paradojalmente, hiperactivos.
¿Alguna vez se puso a pensar en que, según la estación del año que más nos atraiga, será nuestra personalidad?
Y no hablo del maquillaje “for export” ni de la imagen marketinera, sino de nuestra verdadera personalidad,
¿Nunca lo pensó? Entonces, un día de éstos, averigüe sutilmente las preferencias de algún interlocutor y luego saque sus propias conclusiones.
Los que optan por el verano son personas superficiales, amantes de las apariencias, cultores de la belleza física, poco propensos a la solidaridad, dicharacheros, perezosos, divertidos, proclives a eludir compromisos, enamoradizos, tal vez por aquello de “los amores de verano”.
Los que prefieren el invierno, en cambio, suelen ser introvertidos, tímidos, de intensa vida interior, despreocupados de su aspecto externo, contemplativos, reflexivos, afectuosos, con cierta tendencia a la depresión y, paradojalmente, hiperactivos.
Aquellos que eligen el otoño como estación preferida, tienen inmensa armonía interior, son conciliadores, amantes de la belleza plácida, degustadores de arte, amantes duraderos y consecuentes, fieles a su palabra, cumplidores de promesas.
Y los fanáticos de la primavera padecen una eterna adolescencia con los consecuentes síntomas de inmadurez crónica. Son cándidos, inocentones, bien intencionados, ingenuos, inconstantes, vitales, optimistas.
De más está decir que esto no es exacto, ni siquiera demasiado serio y por supuesto, no tiene absolutamente nada de científico. Es apenas un divertimento que surge de la observación de una misma y de otros congéneres. No sé si tendrá que ver con la fecha de nacimiento o con el momento de la gestación. No sé si será mimetismo con las condiciones climáticas o una cuestión meramente cultural.
Lo cierto es que no se me ocurría sobre qué tema escribir, entonces me puse a jugar con las palabras y salió esta especie de Carta Natal Estacional u horóscopo de equinoccios y solsticios, con lo cual vengo a demostrar que no hay que comprar buzones a cualquier “charlatán de feria” que pretenda convencernos acerca de los rasgos desconocidos de nuestra forma de ser. Que la fórmula más exacta es la introspección para poner en práctica aquella invalorable instrucción: “Conócete a ti mismo”. Y que, jugando jugando, vine a ejercer la medicina preventiva.
Pero mejor sería escuchar buena música, algo de Piazzolla, por ejemplo:
Invernal, porteño invierno como vos, brutal, igual que mi ternura igual, mi propia soledad... Verano porteño. O las cuatro estaciones de Vivaldi, sin distinción, porque todas son bellas.
©Olga Liliana Reinoso
sábado, 26 de mayo de 2012
SOMBRA HIPOACÚSICA
Bergantín de la luna
decile que me deje
que no me necesite
que no me dañe.
Araña de la noche
montalo sobre tu grupa
y abandonalo en el cristo del amanecer.
Yo que lo quise tanto
que fui su brasa amante
en el invierno eterno de la desolación.
Que le di a beber leche, melaza,
luz en celo
y me inmolé a sus plantas
con servil devoción.
De pronto, en la espesura
un reptil venenoso mimetizó su escama
con la seda de su piel.
Y me picó, engreído,
me mordió las entrañas
picoteó uno por uno
mis sándalos de amor.
Con la ignominia de las inquisiciones
arrasó mi cabeza
y me dio a beber vidrio para oír mi dolor.
Bailó danzas macabras
entre mis excrementos
ungiéndose asesino de mi urgente arrabal.
Me clavó cien palabras
que no saben desear.
Pide perdón a todas las deidades azules
perdón a la hojarasca del otoño que amé
perdón a la nevisca lesbiana de las cumbres.
Pide perdón al nombre
con que un día fui nombrada.
Y mi sombra hipoacúsica
no lo puede escuchar.
©Olga Liliana Reinoso
decile que me deje
que no me necesite
que no me dañe.
Araña de la noche
montalo sobre tu grupa
y abandonalo en el cristo del amanecer.
Yo que lo quise tanto
que fui su brasa amante
en el invierno eterno de la desolación.
Que le di a beber leche, melaza,
luz en celo
y me inmolé a sus plantas
con servil devoción.
De pronto, en la espesura
un reptil venenoso mimetizó su escama
con la seda de su piel.
Y me picó, engreído,
me mordió las entrañas
picoteó uno por uno
mis sándalos de amor.
Con la ignominia de las inquisiciones
arrasó mi cabeza
y me dio a beber vidrio para oír mi dolor.
Bailó danzas macabras
entre mis excrementos
ungiéndose asesino de mi urgente arrabal.
Me clavó cien palabras
ígneos hierros de odio
deshojó vena a vena
mi austero corazón.
Ahora vaga desiertos impíos
lobos hermafroditas lamen su llagaral
el viento lo desmembra
el granizo lo ahueca
frota lámparas de hambre
que no saben desear.
Pide perdón a todas las deidades azules
perdón a la hojarasca del otoño que amé
perdón a la nevisca lesbiana de las cumbres.
Pide perdón al nombre
con que un día fui nombrada.
Y mi sombra hipoacúsica
no lo puede escuchar.
©Olga Liliana Reinoso
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