miércoles, 5 de diciembre de 2012

MUCHACHAS



Utéricas, clitorisadas: el espejo oscuramenta el alma que el maquillaje esconde. En el leve pasadizo que va desde los ojos hasta la mirada, se avejentan, se amedrentan, se sinceran. Oh, difusa verdad de los cristales que suele mentir con decoro a quien se lo permite.
Ellas son así: cristálidas, fragilentas, tan desamparadas y embarazadas de su soledad.


Foto: MUCHACHAS

Utéricas, clitorisadas: el espejo oscuramenta el alma que el maquillaje esconde. En el leve pasadizo que va desde los ojos hasta la mirada, se avejentan, se amedrentan, se sinceran. Oh, difusa verdad de los cristales que suele mentir con decoro a quien se lo permite. 
Ellas son así: cristálidas, fragilentas, tan desamparadas y embarazadas de su soledad.

domingo, 2 de diciembre de 2012

ALFA


El amor es un pájaro breve
es un azul difuso.
Una llamada.
El soplo de la voz puede matarlo:
no hables,por favor.Foto: ALFA
El amor es un pájaro breve
es un azul difuso.
Una llamada.
El soplo de la voz puede matarlo:
no hables,por favor.

De mi arma

Eres la mujer de mi arma, dijo el andaluz. Y besó el dibujo que había tallado en su Remington.

Las Pastillas


Las cortinas de terciopelo. Se envolvió con ellas. Cuánto las había extrañado.
Su sofá de cretona, áspero, sensual. La mullida alfombra sobre la que tantas veces había hecho el amor con Manuel. La mesa ratona, de madera deslizante como un tobogán.
La tela rugosa del cuadro que cubría la pared izquierda, el vaso de cristal frío, con whisky hasta el borde. Las cápsulas sedosas, aceitosas, letales. Una, tres, cinco, diez, se deslizaron en su garganta sin rasparla, mientras el whisky las arreaba hasta el destino final.

Foto: Las cortinas de terciopelo. Se envolvió con ellas. Cuánto las había extrañado.
Su sofá de cretona, áspero, sensual. La mullida alfombra sobre la que tantas veces había hecho el amor con Manuel. La mesa ratona, de madera deslizante como un tobogán.
La tela rugosa del cuadro que cubría la pared izquierda, el vaso de cristal frío, con whisky hasta el borde. Las cápsulas sedosas, aceitosas, letales. Una, tres, cinco, diez, se deslizaron en su garganta sin rasparla, mientras el whisky las arreaba hasta el destino final.

correo electrónico II


II Parte

Un timbre nervioso y una puerta se abrió. Quedaron frente a frente, con treinta años encima.
-          ¿Qué hacés por acá?
-          Vine a verte.
-          Violaste el trato.
-          Tantas veces…
-          Estás cambiada.
-          Vos también.
-          ¿Qué nos pasó?
-          La vida –respondió Lucía con los brazos en jarra y una sonora carcajada.
-          Pero yo ya te avisé que…
-          Shhhhh –Lucía se acercó y tapó la boca de Andrés con el índice y el mayor, surcando toda la comisura tantas veces besada y mordida.
El casi enrojeció.
-          Yo soy un ermitaño.
-          A la fuerza.
-          Te lo expliqué: no quiero sufrir más.
-          Yo tampoco, por eso vine.Foto: II Parte - CORREO ELECTRÓNICO

Un timbre nervioso y una puerta se abrió. Quedaron frente a frente, con treinta años encima.
- ¿Qué hacés por acá?
- Vine a verte.
- Violaste el trato.
- Tantas veces…
- Estás cambiada.
- Vos también.
- ¿Qué nos pasó?
- La vida –respondió Lucía con los brazos en jarra y una sonora carcajada.
- Pero yo ya te avisé que…
- Shhhhh –Lucía se acercó y tapó la boca de Andrés con el índice y el mayor, surcando toda la comisura tantas veces besada y mordida.
El casi enrojeció.
- Yo soy un ermitaño.
- A la fuerza.
- Te lo expliqué: no quiero sufrir más.
- Yo tampoco, por eso vine.
- Estás gorda.
- Por eso, vine a adelgazar, como tu heladera está siempre vacía.
- ¿??????????
- Si sos un arenque, pelado y sin dientes.
- Seguís pendenciera.
- Y además, ni se te debe parar.
- Desafiante, no cambiaste.
- Algunas cosas sí. Ahora sé lo que quiero.
- ¿Y qué es lo que querés?
- A vos.
Ahora Andrés enrojeció del todo, carraspeó. Extendió la mirada por el parque. Pero al final sus ojos se encontraron.
- Y tus modales ¿dónde fueron a parar?
- Ah, perdón. Dame tu bolso. Y pasá, pero…
- ¿Qué?
- Si entrás a mi casa, entrás a mi vida y ya te dije que…
- Yo tampoco quiero sufrir más.
La puerta se cerró detrás de ellos. Y no me pidan que les cuente más. Busquen el CD de Luis Miguel y háganle los retoques convenientes, que esta historia no terminó. Recién empieza.
-          Estás gorda.
-          Por eso, vine a adelgazar, como tu heladera está siempre vacía.
-          ¿??????????
-          Si sos un arenque, pelado y sin dientes.
-          Seguís pendenciera.
-          Y además, ni se te debe parar.
-          Desafiante, no cambiaste.
-          Algunas cosas sí. Ahora sé lo que quiero.
-          ¿Y qué es lo que querés?
-          A vos.
Ahora Andrés enrojeció del todo, carraspeó. Extendió la mirada por el parque. Pero al final sus ojos se encontraron.
-          Y tus modales ¿dónde fueron a parar?
-          Ah, perdón. Dame tu bolso. Y pasá, pero…
-          ¿Qué?
-          Si entrás a mi casa, entrás a mi vida y ya te dije que…
-          Yo tampoco quiero sufrir más.
La puerta se cerró detrás de ellos. Y no me pidan que les cuente más. Busquen el CD de Luis Miguel y háganle los retoques convenientes, que esta historia no terminó. Recién empieza.

sábado, 1 de diciembre de 2012

ÍGNEO


No se sabe si por transgresora, por pionera o por falta de oportunidades, Marta seguía soltera a los treinta y cuatro años.
Eran los años ochenta, o sea que ella había nacido a mediados del siglo XX, cuando se inculcaba a las jóvenes que debían conseguir un buen partido, casarse vírgenes y formar una familia.
Todo eso era el mejor combo al que podía aspirar una mujer decente.
Marta no escapaba a las generales de la ley, pero el hecho de haber sido literalmente depositada en un colegio de monjas –donde intentaron castrarla mentalmente- hizo que llegara al punto de pedirle a Dios ser frígida para no caer en la tentación.
Sin embargo, Dios –o el diablo- no moldearon ese destino para ella.
Y a los treinta y cuatro años sintió la imperiosa necesidad de ser madre.
No tenía pareja ni tampoco el coraje para ser una madre soltera.
Una noche le presentaron a Ángel, un recién divorciado con ganas de divertirse. Juntaron sus soledades similares, aunque sus deseos fueran tan diferentes. Al cabo de un tiempo, ella quedó embarazada y él hizo las valijas. Al final, quedó sola con sus temores, pero manejaba tan bien el personaje de mujer omnipotente que siguió adelante contra viento y marea.
Cuando nació su hija ya estaba en pareja con Osvaldo, otro hombre que tampoco la quería, pero que se había conmovido al verla sola y embarazada.
La pareja no funcionó, muy pronto el manifestó sus características violentas y no tardó en maltratarla verbal y físicamente.
Con magulladuras en el alma y el cuerpo, un día tomó coraje y le pidió el divorcio a Osvaldo.
Por entonces ya tenía tres hijos y ninguna ayuda de su ex marido.
Tuvo que trabajar de sol a sol. Trató de compensar sus ausencias brindando a sus hijos un amor desmedido y sobreprotector.
Paulina, su primera hija, nunca la perdonó por “quitarle” dos padres.
Cuando los tres crecieron, volvió a quedar sola. Y no lo pudo resistir. Afloró impetuosamente su trastorno afectivo bipolar y en una crisis maniática de ira prendió fuego su casa, con ella y su dolor, adentro.     




Foto: No se sabe si por transgresora, por pionera o por falta de oportunidades, Marta seguía soltera a los treinta y cuatro años.
Eran los años ochenta, o sea que ella había nacido a mediados del siglo XX, cuando se inculcaba a las jóvenes que debían conseguir un buen partido, casarse vírgenes y formar una familia.
Todo eso era el mejor combo al que podía aspirar una mujer decente.
Marta no escapaba a las generales de la ley, pero el hecho de haber sido literalmente depositada en un colegio de monjas –donde intentaron castrarla mentalmente- hizo que llegara al punto de pedirle a Dios ser frígida para no caer en la tentación.
Sin embargo, Dios –o el diablo- no moldearon ese destino para ella.
Y a los treinta y cuatro años sintió la imperiosa necesidad de ser madre.
No tenía pareja ni tampoco el coraje para ser una madre soltera.
Una noche le presentaron a Ángel, un recién divorciado con ganas de divertirse. Juntaron sus soledades similares, aunque sus deseos fueran tan diferentes. Al cabo de un tiempo, ella quedó embarazada y él hizo las valijas. Al final, quedó sola con sus temores, pero manejaba tan bien el personaje de mujer omnipotente que siguió adelante contra viento y marea.
Cuando nació su hija ya estaba en pareja con Osvaldo, otro hombre que tampoco la quería, pero que se había conmovido al verla sola y embarazada.
La pareja no funcionó, muy pronto el manifestó sus características violentas y no tardó en maltratarla verbal y físicamente.
Con magulladuras en el alma y el cuerpo, un día tomó coraje y le pidió el divorcio a Osvaldo.
Por entonces ya tenía tres hijos y ninguna ayuda de su ex marido.
Tuvo que trabajar de sol a sol. Trató de compensar sus ausencias brindando a sus hijos un amor desmedido y sobreprotector.
Paulina, su primera hija, nunca la perdonó por “quitarle” dos padres.
Cuando los tres crecieron, volvió a quedar sola. Y no lo pudo resistir. Afloró impetuosamente su trastorno afectivo bipolar y en una crisis maniática de ira prendió fuego su casa, con ella y su dolor, adentro.


CORREO ELECTRÓNICO




Lucía estaba chequeando sus correos electrónicos con la intención de desechar de cuajo todos aquellos que a primera vista le resultaban poco interesantes. Leer el emisor y el asunto eran pistas suficientes para su trabajo de limpieza. Cuando de pronto sus ojos visualizaron un remitente que la retrotrajo a su juventud.
Subió con la tecla otra vez para comprobar que no se trataba de una alucinación, pero ahí estaba ese nombre que había olvidado hacía treinta años y el asunto era muy sugerente: “Por si acaso”.
Del mismo modo que el principito se alegraba con anticipación porque sabía que iba a encontrarse con su rosa, en los breves instantes que tardó en clickear y ver el contenido del mensaje, el corazón de Lucía latió con premura y esperanza.
Sí, era él, que después de tanto tiempo la buscaba. Aquel hermoso amor ya olvidado que entre la tierra reseca del pasado mostraba un tímido brote indicando que aún estaba vivo.
Fueron tantos los recuerdos y las sensaciones que afloraron, porque no habían muerto, simplemente estaban dormitando entre los pliegues del travieso inconsciente.
Le respondió entre asombrada y afectuosa y desde entonces se sucedieron correos y llamadas telefónicas cada vez más necesarias.
Él vende una imagen de ermitaño alejado de todo compromiso con mujeres, pero  ella intuye que tras su sarcasmo se esconde el llanto de la soledad.
Ella también está sola y había llegado a creer que tampoco quería saber nada con el amor, porque su experiencia en esa materia era desastrosa.
Pero la aparición de Andrés movilizó sus entrañas. Sin embargo, no quiere arriesgarse. Tiene terror de perder otra ilusión.
 Foto: CORREO ELECTRÓNICO

Lucía estaba chequeando sus correos electrónicos con la intención de desechar de cuajo todos aquellos que a primera vista le resultaban poco interesantes. Leer el emisor y el asunto eran pistas suficientes para su trabajo de limpieza. Cuando de pronto sus ojos visualizaron un remitente que la retrotrajo a su juventud.
Subió con la tecla otra vez para comprobar que no se trataba de una alucinación, pero ahí estaba ese nombre que había olvidado hacía treinta años y el asunto era muy sugerente: “Por si acaso”.
Del mismo modo que el principito se alegraba con anticipación porque sabía que iba a encontrarse con su rosa, en los breves instantes que tardó en clickear y ver el contenido del mensaje, el corazón de Lucía latió con premura y esperanza.
Sí, era él, que después de tanto tiempo la buscaba. Aquel hermoso amor ya olvidado que entre la tierra reseca del pasado mostraba un tímido brote indicando que aún estaba vivo.
Fueron tantos los recuerdos y las sensaciones que afloraron, porque no habían muerto, simplemente estaban dormitando entre los pliegues del travieso inconsciente.
Le respondió entre asombrada y afectuosa y desde entonces se sucedieron correos y llamadas telefónicas cada vez más necesarias.
Él vende una imagen de ermitaño alejado de todo compromiso con mujeres, pero  ella intuye que tras su sarcasmo se esconde el llanto de la soledad.
Ella también está sola y había llegado a creer que tampoco quería saber nada con el amor, porque su experiencia en esa materia era desastrosa.
Pero la aparición de Andrés movilizó sus entrañas. Sin embargo, no quiere arriesgarse. Tiene terror de perder otra ilusión.