miércoles, 29 de diciembre de 2010

Enviado por Eulogio




ORACIÓN DE FIN DE AÑO



Señor, Dios, dueño del tiempo y de la eternidad,
tuyo es el hoy y el mañana, el pasado y el futuro.
Al terminar este año quiero darte gracias
por todo aquello que recibí de Ti.



Gracias por la vida y el amor, por las flores,
el aire y el sol, por la alegría y el dolor, por cuanto
fue posible y por lo que no pudo ser.
Te ofrezco cuanto hice en este año, el trabajo que
pude realizar y las cosas que pasaron por mis manos
y lo que con ellas pude construir.



Te presento a la persona que a lo largo de estos meses amé

y amo, las amistades nuevas, los más cercanos a mí

y los que estén más lejos,
los que me dieron su mano y aquellos a los que pude ayudar,
con los que compartí la vida, el trabajo,
el dolor y la alegría.



Pero también, Señor hoy quiero pedirte perdón,
perdón por el tiempo perdido, por el dinero mal gastado,
por la palabra inútil y el amor desperdiciado.
Perdón por las obras vacías y por el trabajo mal hecho,
y perdón por vivir sin entusiasmo.



También por la oración que poco a poco fui aplazando
y que hasta ahora vengo a presentarte.
Por todos mis olvidos, descuidos y silencios
nuevamente te pido perdón.



En los próximos días iniciaremos un nuevo año
y detengo mi vida ante el nuevo calendario
aún sin estrenar y te presento estos días
que sólo TÚ sabes si llegaré a vivirlos.



Hoy te pido para mí y los míos la paz y la alegría,
la fuerza y la prudencia, la claridad y la sabiduría.



Quiero vivir cada día con optimismo y bondad
llevando a todas partes un corazón lleno
de comprensión y paz.



Cierra Tú mis oídos a toda falsedad y mis labios
a palabras mentirosas, egoístas, mordaces o hirientes.



Abre en cambio mi ser a todo lo que es bueno,
que mi espíritu se llene sólo de bendiciones
y las derrame a mi paso.



Cólmame de bondad y de alegría para que,
cuantos conviven conmigo o se acerquen a mí
encuentren en mi vida un poquito de TI.



Danos un año feliz y enséñanos
a repartir felicidad. Amén.

viernes, 24 de diciembre de 2010

Villancicos en el centro
















En las escalinatas del Teatro Pico cantó el Coro de la Tercera Edad dirigido por Sebastián Díaz, recité el poema Fiesta, cantó el Coro Municipal bajo la batuta de Alberto Carpio. Oscar Boetti cantó La Peregrinación y las Voces del Chañar, con Daniel Alomar, acompañaron en Agnus Dei, Kiri, Gloria de la Misa Criolla (Ramírez - Luna).
Músicos invitados: Leandro Mulatero, Aldo Iranzo, Tom Sánez y Raúl Álvarez.

Música y poesía en el centro

video

jueves, 23 de diciembre de 2010

C.C. MARACÓ Y MÉDANO


Poemas de Héctor Viel Témperley

A mi madre, mi único amor y mi único amigo de siempre.
“...y has arribado a un sitio desde el cual yo no alcanzo a ver nada”.

(Purgatorio, XXVII).

Hoy la llamo Baluma,
dulce caída de popa....


1.

Desde la hoja de afeitar vi todo
con sangre seca y flor rompí el hechizo,
hostia de hotel abierto a sangre seca.
Como tanque de guerra colgado del barranco
henchido como nube, abultado como anca
por tantas campanillas, esta enredada pieza!
Barranco de trompetas, ángeles escarpados.
Gallo clavado como naipe allá en el fondo.
Ni riña ni expiación ni truco: solamente
me cubro de sudor y miro el cielo.
Y la primera vez que tuve entre mis piernas
campanillas violetas:
“¿Qué estoy haciendo aquí engañando a todos?”...
“Qué estoy haciendo aquí” me preguntaba
yo que alzaba la vista para verlas
mis primeros veranos, día a día,
como templo atraído por la cuenta?...
Y estaba enamorado, con mis ingles
libadas en silencio y despedidas?....






2.

Estar enamorado es hablar de sus talones,
del tren que iba a su pueblo, del pescado en el patio
junto al cuarto de baño más pobre de mi vida?
Porcelana quebrada entre macetas!
(Tenías el sudor congelado en un prisma
en el fondo del vaso de los hombres
y tu saliva era la cola delgadísima
de ajo de un barrilete).
Decir que son lo único espeso de su cuerpo!
sus talones de pueblo en sus suecos celestes
-solos juntos a la pata de la mesa-
mientras llueve y tiramos los dados por dinero.
Talones como balas antiaéreas
que nunca tuve libres en mis manos.
Herramientas de acero para empezar a hacerlas!
Superficies de sueño y futuras catástrofes
para dibujar con lápiz una estrella
o una flor de la piedra (algo de las alturas)
porque después de todo hablar de sus talones
es hablar de la muerte amarilla que llevan
hacia un cementerio que aún no existe, hacia
un campo
que por ahora es sólo de verduras o frutas.
Y ella no lo sabía, ella nada sabía!.


Hospital Británico

La muchacha regresa con rostro de roedor, desfigurada por no querer saber lo que es ser joven.

Llevando otro embarazo sobre las largas piernas, me pide humildemente fechas para una lápida. (1984)

Hospital Británico

¿Quién puso en mí esa misa a la que nunca llego? ¿Quién puso en mi camino hacia la misa a esos patos marrones —o pupitres con las alas abiertas—que se hunden en el polvo de la tarde sobre la pérgola que cubrían las glicinas ? (1984)

Hospital Británico

Voy hacia lo que menos conocí en mi vida: voy hacia mi cuerpo . (1984)

Pabellón Rosetto

Aquella blanca pared nueva, joven, que hablaba a las palmeras de una playa -enfermeras de pechos de luz verde- en una fotografía que perdí en mi adolescencia.

Pabellón Rosetto

Soñé que nos hundíamos y que después nadábamos hacia la costa lentamente y que de nuestras sombras de color verde claro huían los tiburones. (1978)

Pabellón Rosetto

Si me enseñaras qué es el verde claro... (1978)

Pabellón Rosetto

Es difícil llegar a la capilla: se puede orar entre las cañas en el viento debajo de la cama. (1984)

Tengo la cabeza vendada (texto del hombre en la playa)

Allá atrás, en mi nuca, vi al blanquísimo desierto de esta vida de mi vida; vi a mi eternidad, que debo atravesar desde los ojos del Señor hasta los ojos del Señor. (1984)

Me han sacado del mundo

Soy el lugar donde el Señor tiende la Luz que El es.

Me han sacado del mundo

Me cubre una armadura de mariposas y estoy en la camisa de mariposas que es el Señor—adentro, en mí.

El Reino de los Cielos me rodea. El Reino de los Cielos es el Cuerpo de Cristo—y cada mediodía toco a Cristo.

Cristo es Cristo madre, y en El viene mi madre a visitarme.

Me han sacado del mundo

"Mujer que embaracé", "Pabellón Rosetto", "Larga esquina de verano": Vuelve el placer de las palabras a mi carne en las copas de unos eucaliptus (o en los altos de "B.", desde los cuales una vez -sólo una ve- vi a una playa del cielo recostada en la costa).

Me han sacado del mundo

Manos de María, sienes de mármol de mi playa en el cielo:

La muerte es el comienzo de una guerra donde jamás otro hombre podrá ver mi esqueleto.

La libertad, el verano (A mi madre, recordándole el fuego)

Porque parto recién cuando he sudado y abro una canilla y me acuclillo como junto a un altar, como escondido, y el chorro cae helado en mi cabeza y desliza su hostia hacia mis labios, envuelta en los cabellos que la siguen. ( 1976)

Vengo de comulgar y estoy en éxtasis aunque comulgué con los cosacos sentados a una mesa bajo el cielo y los eucaliptus que con ellos se cimbran estos días bochornosos en que camino hasta las areneras del sur de la ciudad —el vizcaíno, santa adela, la elisa. (1982)

Por las paredes de los rascacielos el calor y el silencio suben de nave en nave: Obsesivo verano de fotógrafo en fotógrafo, ojos del Arponero que rayan lo que miran, Ser de avenidas verticales que jamás fue azotado. (1978)

Después íbamos al Africa cada día de nuevo—antes que nada, antes de vestirnos—mientras rugían las fieras abajo en el zoológico, subía un sol sangriento a sus jazmines, y nosotros nos odiábamos, nos deseábamos, gritábamos... (1978)

Instantes de anestesia, de lento alcohol de anoche todavía en la sangre de pie de una muchacha desnuda y más dorada que la escoba: Necesito aferrarme de nuevo a la llanura, al ave blanca del corpiño en la pileta de lavar, detrás de la estación y entre las casuarinas. (1984)

Tengo la foto de dos novios que cayeron al mar. Están vestidos de invierno, los invito a desnudarse. En las siestas nos sentamos junto a la bomba de agua y nos miramos: de nuevo embolsan luz los pechos de ella; él amaba a los caballos v una vez intentó suicidarse. (1978)

Necesito oler limón, necesito oler limón. De tanto respirar este aire azul, este cielo encarnizadamente azul, se pueden reventar los vasos de sangre más pequeños de mi nariz. (1969)

Y a las siestas, de pie, los guardavidas abatían la sal de sus cabezas con una damajuana muy pesada, de agua dulce y de vidrio verde, grueso, que entre todos cuidaban. (1982)

Yace muriéndose

Toda la transpiración de mi cuerpo regresará a mis ojos cuando muera el tambor en donde fui formado y hablé con El—como un niño borracho—entre sillas caídas, río crecido y juncos.

Todas las lágrimas de mi vida volverán a mis ojos; y por las hondas sedas de un pecho de caballo querré internarme, huír, refugiarme en mi casa de trozos esparcidos de ballenas: mi casa como cuerpo de varón recién nacido en el tórrido vientre del silencio. (1985)

Yace muriéndose

Nunca más pasaré junto al bar que daba al patio de la Capitanía. No miraré la mesa donde fuimos felices:

El sol como ese lugar bajo las aguas de un río de tierra y de naranjas donde antes de aprender a caminar miré a Dios como un hombre que sabe qué es la guerra. El sol como esas aguas de tierra y de naranjas donde sin extrañar la respiración, el aire, lo miré de este modo: "Recuerdo una victoria lejana (tantos salvados rostros que después nadie quiere recordarme) y estoy en paz con mi conciencia todavía". (1984)

Yace muriéndose

La dejé sobre un lecho de vincapervincas altas, frías, violáceas.

Por su final de arroyo, la herida de mi frente llora en las flores y agradece.

Yace muriéndose

Dentro de cuatro días llegará a Tu Océano con uno de mis soldaditos dormido sobre sus labios. Y se dirá, sonriéndome: "Es lo poco que hace que este hombre iba al centro del sol cada mañana con un puñado de soldados de plomo. Es lo poco que hace que en el centro del sol, cada mañana, su corazón era un puñado de soldados de plomo entre gallos"

Dormido sobre sus labios

Pequeño legionario, ¡cuánto viento! Pedacito de plomo, pedacito de Sahara: Vendrán veranos no obsesivos; pasarán los hijos de mis hijos. (1978)

Yo puedo hachar todo el día pero no puedo cavar todo el día. No puedo cavar en ningún lado sin estar esperando que aparezca de pronto un soldado de plomo entre mis pies desnudos. ( 1978 )

Para comenzar todo de nuevo

Es mi parte de tierra la que llora por los ciruelos que ha perdido.

Para comenzar todo de nuevo

El verano en que resucitemos tendrá un molino cerca con un chorro blanquísimo sepultado en la vena. (1969)


NOTA:
Corresponden al mes de marzo de 1986 los únicos textos de HOSPITAL BRITANICO que no van acompañados por su fecha de redacción. Los pertenecientes a los años 1985 y 1984 ven la luz por primera vez en este libro, mientras los de 1982, 1978, 1976 y 1969 fueron ya publicados por el autor en CRAWL, LEGION EXTRANJERA, CARTA DE MAREAR y HUMANAE VITAE MIA.

HÉCTOR VIEL TÉMPERLEY




CONTRATAPA

El sacado del mundo

Por Juan Forn

Si algo me hace pensar en él es el sol pleno del verano. Y sin embargo lo conocí en invierno y de noche: una noche de invierno de 1976, una noche entre semana, porque yo estaba con uniforme del colegio y ella también. Ella era un par de años más chica que yo, se llamaba Verónica y era una de las hijas del poeta Héctor Viel Temperley. Estábamos ahí, en la puerta del BarBaro, porque ella quería que yo conociera a un poeta de verdad, un tipo que había dejado a su mujer y a sus hijos, además de su cómodo trabajo y su clase social, para dedicarse a escribir poesía. Había poca gente adentro, Hetomín (así lo llamaban sus amigos, así lo llamaban sus hijos) no había llegado, pero igual preferimos esperar adentro, porque uno no se quedaba parado esperando en la calle, de noche, en esos años –era algo que se sabía aunque no se supiera ni el diez por ciento de lo que estaba pasando–. Un rato después, ella vio venir a su padre, nos presentó y, por lo menos en mi recuerdo, nos dejó a solas. Durante la hora que siguió, por primera vez en mi vida yo pude escuchar cómo pensaba un poeta de verdad. En mi recuerdo, Viel fue el primer adulto que me habló como un igual. No fue culpa de él que yo no entendiera nada, que creyera que me estaba hablando sólo de poesía cuando él repetía la palabra riesgo.

Seis años después, a seis cuadras de distancia, volví a encontrarme con él. Su nueva base de operaciones era un bar con mesas en la calle sobre Carlos Pellegrini, a metros de Santa Fe, al lado del edificio donde estaban las oficinas de la Editorial Emecé, donde yo trabajaba de cadete. A las ocho menos cuarto de la mañana, el único otro habitué de aquellas mesas en la vereda era el Coco Basile, que desembocaba ahí con sus amigotes cuando cerraban el cabaret Karim, en la otra cuadra. Viel iba por el sol: con tal de aprovechar los primeros rayos de sol, a veces llegaba adelantado y se cruzaba con el Coco y su pandilla, que odiaban el sol pero odiaban más irse a dormir.

En una de esas mesas a la calle, a fines del ’82, Viel me dio un ejemplar de Crawl que acababa de imprimirse (me lo regaló de pura chiripa, porque fui el primero con el que se cruzó cuando volvía con el paquete de la imprenta: estaba tomándose un cafecito al sol, con la pila de libros en la silla de al lado, cuando yo bajé del colectivo a cinco metros de su mesa). En otra de esas mesas esperó mientras yo robaba para él, de la biblioteca de Emecé, un ejemplar de Humanae Vitae Mia, el único de sus libros de poemas cuya edición él no había tenido que pagar de su bolsillo, el único del que no le quedaba ningún ejemplar.

Para entonces yo ya había perdido lo mejor de la inocencia que tenía al entrar en el mundo de la literatura y creía que un poeta que se pagaba la edición de sus libros no era un poeta importante. Además, en esa época Viel hablaba de Dios todo el tiempo, un dios luminoso y panteísta y demasiado cristiano para mi gusto, aunque él lo hiciera aparecer en sus monólogos interminables entre legionarios y marineros y cosacos y nadadores de aguas abiertas y domadores de caballos. La última vez que lo vi en la terraza de aquel bar fue cuatro años después: tenía la cabeza vendada como la famosa foto de Apollinaire cuando volvió de la guerra, me dijo que su madre había muerto, que él acababa de terminar un libro llamado Hospital Británico y que le habían trepanado el cerebro. Irradiaba luz, hablaba demasiado fuerte, yo creí que estaba medicado: era que se estaba muriendo, a su formidable manera.

Aunque fuese Enrique Molina el primero que tomó a Viel en serio, que lo vio literalmente como un igual (nómada, amante del mar, vitalista ciento uno por ciento), hay que reconocerle a Fogwill el inicio del culto. Es en gran medida gracias a él que hay hoy por lo menos dos generaciones de jóvenes que idolatran a Viel por Hospital Británico, ese libro agónico que según decía le dictó su madre muerta a la luz del quirófano donde un cirujano le estaba abriendo el cráneo con una sierra eléctrica (le habían dado anestesia local; estuvo consciente durante toda la operación). Hospital Británico es un libro que Viel armó casi por completo con frases de sus libros anteriores, aquellas en las cuales anticipaba lo que le iba a pasar en una sala de ese hospital en 1986, acompañado por el espíritu de su madre muerta.

Para sus fans, es un misterio cómo pasó Viel de la normalidad casi anodina de sus libros anteriores a la potencia fulgurante de Hospital Británico (“Tengo la cabeza vendada. Permanezco en el pecho de la Luz horas y horas. Me han sacado del mundo”.) Para mí, el verdadero salto, la triple mortal sin red, la había hecho poco antes, en Crawl. Uno de los acápites de ese libro es de León Bloy y dice: “Escucho a los cosacos y al Santo Espíritu”. Ese redoble sobrenatural de la tierra es lo que consiguió por fin escuchar Viel cuando estaba a punto de cumplir cincuenta años, y es lo que retumbó en su cabeza hasta hacérsela explotar, menos de cinco años después.

“Soy un hombre que nada”, me dijo en una época de bajón, después de Crawl y antes de Hospital Británico. Eso pensaba a veces de sí mismo: tanto dedicarse a la poesía y nada, salvo nadar, y que lo leyeran cincuenta. Para los mozos de aquel bar con mesas a la calle en Pellegrini y Santa Fe, y para el Coco Basile y su claque de putañeros after-Karim, será siempre el secreto mejor guardado de aquel refugio que ya no existe: el ocupante solitario de la mesita del sol, el sacado del mundo, el demente que parecía tener adentro el sol cuando pedía con voz de trueno su café y decía, a quien quisiera mirarlo, la frase que después inmortalizaría en Crawl: “Vengo de comulgar y estoy en éxtasis, aunque comulgué como un ahogado”.
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lunes, 20 de diciembre de 2010

MÚSICA EN EL MARACÓ
















En la noche del lunes 20, la Orquesta de Cámara Ciudad de General Pico, dirigida por Alberto Pellizari, dio el último Concierto del año 2010. También participaron los bailarines de El Molino, Nany y Ricardo Rosales y los cantantes Jorgelina Mansilla y Ricardo Minner.

Página/12 - Lunes 20 de diciembre - Contratapa


De emblemas y desastres
Por Juan Sasturain


“Y su epitafio la sangrienta luna.”
Quevedo.

“El sol del veinticinco / viene asomando.”
Gardel-Razzano.

No hace mucho tuve el privilegio de leer para prologar un libro terrible por inconsolable, paradójicamente luminoso en el recuento de atrocidades. El autor, vocero del dolor sin olvido de un pueblo entero, inventariaba crímenes y destilaba puntuales diatribas en versos más goteados de pena o segregados de furor que medidos o cantables: se puede ejercer líricamente la memoria justiciera, incluso soltar el llanto sin impostar, traficar sentimientos, sin comprar ni vender nada. No es cómodo ni sencillo; simplemente es verdadero.

De aquel libro me quedó –entre otras cosas, pero sobre todo– la imagen de la media luna sangrienta asociada al genocidio armenio; y de ahí, la idea acaso peregrina que acá reaparece, de reflexionar sobre astros y estrellas descendidos del infinito a los espacios acotados de los símbolos llamados patrios. El cielo y su vistoso moblaje siempre han servido para todo.

Por ejemplo, nos dicen que los astros –incluido este ambiguo lugar que pisamos– pueblan un negro y frío espacio infinito sin arriba ni abajo del que nada sabemos sino lo que nos cuentan los más o menos sabios astrofísicos. Porque nuestra experiencia, lo que vemos –como los hombres de Cromagnon, Galileo o la vecina que se asoma a la ventana– es simplemente una vasta pantalla plana en la que se representan tres funciones diarias –mañana, tarde y noche– de un único programa siempre el mismo y otro, con dos actores (astros) principales y un puñado de (estrellas) extras.

Nos dicen los creyentes, y los que no, que esa pantalla o cúpula que nos agobia o protege es el cielo y/o Cielo que, entre otras cosas, nos muestra contiguo lo distante, reciente lo remoto, brillante lo tal vez apagado, vivo lo muerto, frío lo que acaso tibiamente nos espera. De ahí se viene o se va, se irá o se vino. Luces, al fin, son o parece ser todo lo que hay: el tiempo y el espacio juegan con nosotros que los inventamos, es de no creer / de no ver. Y no alcanza ver para creer.

Nos dicen también los oscuros lectores/decodificadores del cielo que el dibujo, las parábolas tentativas, los recorridos y estaciones astrales y estelares, las virtuales líneas que cubren de pespuntes la trama celeste no son arbitrarias: significan, comentan, embargan, dicen, murmuran –con rumores cósmicos, rodar preciso de redondas piedras, dados echados sobre el tapete astral– nuestros destinos. Cabe y corresponde –dicen– mirar para Arriba desde el Principio, trazar ascendentes para saber cómo y cuándo descenderemos a dónde.

Nos dicen –finalmente, y a esto iba– los rastreadores de la Historia que el friso celeste suele bajar, derramarse en blasones y estandartes, campo propicio, espacio de representación: los astros y estrellas campean en los campos, simbolizan en los símbolos, imperan en los emblemas imperiales, eligen un pedazo de mapa coloreado para iluminar (se supone) distinto que al de al lado, se codean con águilas, leones, serpientes; brillan –digo– en escudos y banderas más luminosas y tibias de sol, más oscuras de filosa luna y/o heladas estrellas.

¿De dónde viene esa costumbre de figuración celeste? ¿Qué significa poblar los emblemas de amadas patrias y soberbios imperios con soles nacientes, cenitales o ponientes; estrellas exclusivas, simétricas o enfiladas para ser sumadas; lunas enteras o más o menos menguantes o crecientes, cortantes siempre...? ¿Necesidad de apropiarse de lo supuestamente eterno? ¿Identificarse con una guía inequívoca, apuntar un privilegio? Segura, instintivamente: conjurar el porvenir.

Por eso, a la hora de augurios y balances –y estos días ocasionales, de arbitrario fin de ciclo, son especiales al respecto– suele mirarse tupido para arriba. Con o sin mayúsculas. Pero ni el sordo espacio infinito, ni el techado acolchado del cielo mudo, ni la profecía olvidadiza y mal iluminada tienen algo que enseñarnos sino formular las modestas preguntas de siempre. No bajemos nada de por ahí para adornar, justificar banderas o lo que sea, con su literal secuela de desastres estelares. Para eso, mejor miremos cerca, a los costados. Y no pongamos nada: a veces, la mejor bandera es la saludable bandera blanca, que no es de rendición sino de paz.

domingo, 19 de diciembre de 2010

CONTRA LA DISCRIMINACIÓN




























































































El delegado de INADI me envió una invitación para asistir a la Muestra SUMANDO VOLUNTADES CONTRA LA DISCRIMINACIÓN 2010 que se llevó a cabo ayer, sábado 18 de diciembre, en Casita Amarilla, calle 18 Nº 847.



En esta muestra, que como las ediciones 2008 y 2009, ha sido coordinada por la plástica Rosa Audisio, han participado desde destacados artistas de nuestra provincia hasta talleristas que recién inician su camino.

sábado, 18 de diciembre de 2010

DALL`AMORE















Cantar, bailar y decir... desde el amor.


AMOR AL HOMBRE... A LA MUJER
  • Gira l`amore- Coral XX de septiembre dirigido por Mario Figueroa

  • Estar Enamorado (francisco Luis Bernárdez) Lili Carracedo y Raúl Bertone
  • Wonderful Tonigh - Banda Ecos
  • Volare - Silvia Espinosa y Alejandro Ávalos
  • Your the one that I want - Alumnas del Gimnasio La Loma dirigidas por Natalia Sánchez

  • Te quiero - Marta Coiro y Alejandro Ávalos
  • Tango de Salón -Paula Gurini y Claudio Orso
DESAMOR
  • Entre un hola y un adiós - Oscar Boetti
  • Con los años que me quedan - Silvia Espinosa
  • Todos me miran - A. de La Loma
  • Desde el febrero aquel - Oscar Boetti
  • Testardo Io - Roberto Giunchi
  • Non C´e - Marta Coiro

AMISTAD

  • Aventura de amistad (Juan López Cordero) Raúl Bertone - Banda Ecos: Is there any Body Outhere
  • Signore delle cime - Coral
  • Wish you where here - Banda Ecos

AMOR AL HIJO

  • La Profecía (Rafael de León) Olga Liliana Reinoso - Nana en off Daniela Civalero
  • Ninna Nanna a gesu bambino - Coral
  • Nanas de la cebolla (Miguel Hernández - Serrat) Silvia García
  • Compilado de Miliki - La loma
  • Carta de una mamá a sus hijos - Rosemarie König y Yiyi Deltetto

AMOR A LA TIERRA, AL CUERPO, AL RECUERDO DE LA TIERRA DE UNO

  • Hukilau - danza en telas - La Loma
  • Aquellas pequeñas cosas - Silvia García y Roberto Giunchi
  • Che sara - Coral

Imágenes: Javier Vargas