miércoles, 31 de diciembre de 2014

NOCHE VIEJA




Despojos  de melancolía
 vahos de pensamientos
y  óleo  de  angustia.

 Fotos viejas que aúllan el pasado
 amores lacerantes
y el futuro imperfecto
del modo subjuntivo.

Todos en fila india
como soldados derrotados.

Mi memoria de viaje al polo sur.

Una llovizna de gardenias
en el anochecer libre de culpas.

Tirarme en la gramilla
a ver la Cruz del Sur.

Qué linda que es la espera

 sabiendo que vendrán.

lunes, 22 de diciembre de 2014

BRINDIS

BRINDIS

El mundo es un espejo gigante que nos devuelve la absurda mueca que antes podíamos mentir como sonrisa.
Eso se terminó. Quizá fue una alucinación, un espejismo provocado por ese brindis traicionero que hicimos con el primer trago.
Mejor beber el vino lentamente, saborearlo despacio, imaginar las vides recargadas, los racimos violetas, la vendimia. Sentir en nuestra piel que somos el oscuro viñatero en medio de la álgida faena de recoger los frutos y luego, en una danza frenética, pisar las uvas, desentrañar su miel y su sustancia, exprimirles el jugo.
Y no olvidar, nunca olvidar que, tal vez, en el instante de levantar la copa, en otra parte del planeta, o a la vuelta de la esquina, una bomba mutila, un ser humano deja de vivir, un llanto hierve en la mirada triste de una mujer vejada, un niño muere de hambre.
No olvidar que el planeta va girando y quizá, en otro tiempo, cambiemos de lugar y no haya vino en nuestra copa ni un motivo feliz para brindar.
Y sobre todo, tener presente que nunca, nadie, brinda en soledad.
Es por eso que de nada sirve correr detrás de una ilusión tan parecida a aquellos espejitos de colores que iniciaron la historia de esta estafa.
A veces, cruzando la mañana, es bueno detenerse para reflexionar y pensar en cada uno de los actos inútiles que cometemos a diario: el malgastar del tiempo en apremios que no tienen que ver con los afectos; el creer que es más válida la voz del noticiero que la palabra de un hijo; o lavar los platos, corregir pruebas, ir al supermercado o al cajero, que sentarse a escuchar a quien tiene algo para decirnos.
Una tarde, al doblar una esquina, vi a un amigo entre los papeles de su oficina y pensé en las ganas que tenía de saludarlo. Pero no, el reloj me gritaba sus apuros y casi caigo en la trampa. Sin embargo, alguna hada buena se apiadó de mí y me hizo retroceder. Abracé a mi amigo, disfrutamos de vernos, nos auguramos buena suerte y llegué a tiempo para todo. Pero con un plus: la alegría del encuentro.
Esa debe ser nuestra brújula para no perdernos en la oscuridad del automatismo y la deshumanización. Para que en ninguna bocacalle nos sorprenda el vacío como una puñalada.
Estoy hablando de comunicarnos, de prestarnos atención, de que nos importe el otro, de no ser más “¿Yo? Argentino” ni lavarnos las manos con el jabón de la indiferencia.
Estoy hablando de recuperar lo humano, de mirarnos a los ojos, de no preguntar en vano sino por interés genuino, de no desentendernos.
No sea cosa de que cuando golpeen a nuestra puerta, ya sea tarde.
Festejémonos hoy. Brindemos con la alegría de ser argentinos. Reafirmemos la identidad contra la andanada de invasiones de todo tipo. Nuestra vida, en cualquier otro lugar del mundo, no sería igual. Nos faltaría la infancia, nada menos.
Por eso, brindemos por la dicha de estar juntos, pero brindemos con el último trago. El de la sensatez.




©Olga Liliana Reinoso

sábado, 20 de diciembre de 2014

autonomía


Ahorcar el miedo

Se desdobla, se desdibuja, vulnerable ante la manipulación de ese amor/desamor nefasto.
Necesita reencontrarse, pero sola no puede. Está pidiendo ayuda, mas sus gritos se evaporan, caen al vacío y, como copas de cristal de baccarat, se convierten en fino granizo que daña más todavía los tiernos brotes de su ingenuidad.
Cuando se mira en el espejo no puede verse, se ha vuelto fantasmal, la sombra de otra sombra siniestra.

Quiere morir, desaparecer del todo. Pero el hijo late, empuja, patea, le toca el corazón. A su impulso, ahorca el miedo con ambas manos y sale a beber la mañana.

jueves, 11 de diciembre de 2014

faroles en la noche



Día del Tango

LA VIDA
 
Un tango azul escribo para vos
tango inicial, de bienvenida y de presencia
tango recio, machísimo y profundo
que se enferma de sur, llamándote.
Compadrito, orillero, esquina y fueye
bailarín del arrabal del tiempo.
Hoy Dios se saca el funyi y te saluda

y te invita a bailar la eternidad.

jueves, 4 de diciembre de 2014

Fotopoemas




TINTINEAR

Mis pensamientos van en esa barca
mi boca reza
y esparce pétalos en el oleaje impávido
que se tiñe de aromas.
Es el ayer o es el mañana.
Voy a los brazos de Caronte sin monedas.
Soy la hechicera, la despojada
la caminante de palabras.
La luna se compadece;
 llueve plata en mi regazo.
Con los dientes, con los dedos
hago circunferencias con los rayos
y  tintineo en la noche
para anunciarme.


navegante

¿Dónde está el navegante,
el pescador,
el ser que huye hacia la luna
abrigado de sombras?
¿Se habrá hundido en las aguas
que la quietud de la noche

convierte en un cristal apenas ondulante?

domingo, 30 de noviembre de 2014

VISITA GUIADA


Te invito a recorrer mis cicatrices
los túneles del llanto
las escarpadas cúspides del miedo
la secreta ciudad del abandono.
Te regalo los cardos del insulto
la sensación de muerte
la colección de brillos y palabras
que no son abalorios.
Te ofrezco una estadía en el desierto
la playa del dolor
y mi utopía.
Si después de este triste recorrido
sigues sin comprender
el sol de tu mirada irá a degüello
detrás del horizonte.
 (Imagen: telemundo51.com)

A mí me quedarán siempre las marcas.
A vos, ni un hipotético recuerdo.


sábado, 29 de noviembre de 2014

MANUSCRITA

Todavía conservo algunas viejas costumbres
como escribir a mano.

Sobre todo, en los días en que me siento gris.

Y llovizno finito
para que no lo adviertan.

Esos días escribo poemas
y practico la dulce manuscrita
de mi primer cuaderno.

Esa de cuando era una niña tan ingenua
que mi mayor dolor

era un rasguño en la rodilla.

COLIBRÍ

Si tu muerte y mi muerte se abrazaran
tal vez
este error llamado vida
dejaría de equivocarse tanto
y volveríamos a nacer
sin el maldito pecado
que erosiona, impiadoso,
la ternura.
Y tu risa sería un colibrí

borracho de colores.

miércoles, 26 de noviembre de 2014

Quisiera ser como el águila.
Sobrevolar las aguas de mi pena,
mirar mis sinsabores desde arriba
para verlos minúsculos, borrosos

apenas una nimiedad.

sábado, 22 de noviembre de 2014

doblez

Barajo las estrellas
y el oráculo aciago
me habla con el sarcasmo
del peor enemigo.
Otra vez, como tantas,                  (Imagen: golpeenelmenique.megustaescribir.com)

Jano me acecha.

martes, 11 de noviembre de 2014

INCENDIARIO

La rosa en llamas
-perfume de la falta-
gime color ardiente
en el abrazo.
Combustión de palabras
que pueden decir todo
pero callan.

jueves, 6 de noviembre de 2014

PENSAMIENTOS

PENSAMIENTOS

En cada primavera, mi padre plantaba pensamientos en el jardín.Y yo lo miraba extasiada.

En cada noche, sus libros llenaban de pensamientos mi mente virginal.
Y él admiraba mi inteligencia.

Hermosa conjunción de genes, raíces, colores y mutua veneración.

lunes, 3 de noviembre de 2014

RISA

RISA

Sobre la urdimbre de la noche
sobre el cadáver de la luna llena
sobre todos mis sueños mal paridos
río, me río, lloro a carcajadas.
Sobre los fetos de mis ilusiones
con estrépito río, con escándalo,
para sacarle la careta a los farsantes,
para que se persignen los hipócritas.

Como la mar que brama
como el viento
como un sobreviviente
de ciudades mortales.
Río, me río, lloro, me deshago.

Porque el dolor es una anécdota
y su alfiler erecto me penetra,
por los abrazos que me abrieron
una autopista desde el dedo gordo
al beso.
Río, me río, broto a carcajadas.

En el ombligo de mi muerte
en las pestañas de la vida
río, rujo, me desgañito, callo.
Y me voy, río abajo
riendo, sonriendo,
como un sol, como un gato, como una dentadura
lluevo, me río, gozo
y mientras río
conservo la esperanza.   


domingo, 26 de octubre de 2014

ENCONO

Por qué con tanto encono
me dijiste
“ya no te quiero más”
y desde entonces
urdiste telarañas en mi pelo.
¿Creés que tiemblo?
Yo no le tengo miedo al desamor:
soy una adicta.
©Olga Liliana Reinoso
(imagen: WEHEARTIT COM)

jueves, 23 de octubre de 2014

COHERENCIA

COHERENCIA

©Olga Liliana Reinoso

A costa de resultar reiterativa, voy a insistir con la idea de que los adultos somos los responsables de las acciones y reacciones de los jóvenes.
Es fácil echarles la culpa a los chicos y lavarnos las manos al mejor estilo Poncio Pilatos, sin analizar el entorno que los rodea y del que formamos parte, indefectiblemente.
De las tantas cosas que recuerdo de mi época de estudiante en el Colegio María Auxiliadora de Santa Rosa, hay una frase que me resulta motivadora en especial, sobre todo, por la vigencia que tiene y porque he podido comprobar, en forma fidedigna, su eficacia: LAS PALABRAS MUEVEN, EL EJEMPLO ARRASTRA.
De esto se trata, de educar con el ejemplo. Todo eso que no se dice pero que nuestros hijos ven, palpan, sienten, vivencian. Eso es lo que va formando sus cimientos, esa es la semilla que germinará más adelante en una mujer y un hombre de bien que tanta falta le hacen a nuestra quebrantada sociedad.
En lugar de ver la paja en el ojo ajeno, revisemos nuestros ojos. Al anochecer de cada día agitado de nuestras turbulentas vidas, tomemos un minuto para reflexionar si todo lo que hicimos durante esas veinticuatro horas se destaca por su coherencia, es decir, si no nos hemos traicionado, si realmente hubo coincidencia entre nuestro pensamiento, nuestra palabra y nuestra acción.
Tal vez nada de esto resulte redituable en términos económicos, pero nos garantiza tranquilidad de conciencia, valor que jamás podrá comprar una tarjeta de crédito. Y que tiene un plus maravilloso: nuestros hijos, nuestros alumnos, irán aprendiendo de esa conducta.
No hablo de no equivocarnos, no hablo de perfección, porque somos humanos. Hablo de honestidad con uno mismo, de respeto a los principios que proclamamos.
Es lamentable que borremos con el codo lo que escribimos con la mano, es peligroso que apliquemos la ley cuando se trata de los otros y en cambio, coimeemos al juez cuando está por dictar nuestra sentencia.
Si manejamos un doble discurso y levantamos ciertas banderas a la hora de juzgar a los demás, pero luego, tomamos sobredosis de perdón y excusas cuando la cosa nos afecta en forma personal... ¿somos farsantes? ¿Inmaduros? ¿Tenemos doble moral? ¿No nos damos cuenta de que con esa actitud habilitamos a los más jóvenes para el “todo vale”? ¿No entendemos que la sobreprotección los debilita y les crea falsas expectativas? Amar no es apañar, amar es proteger, no sobreproteger, amar no es ocultar ni negar, sino ayudar a enfrentarse con la verdad para ser cada día más fuertes, más valientes, más responsables.
Finalmente, creo que lo importante es responder con sinceridad a estas preguntas:
¿Queremos que nuestros hijos sean personas de bien o simplemente personas exitosas? ¿Queremos que ganen a cualquier precio o, solamente, si hicieron los méritos suficientes?
Las respuestas a estos interrogantes son los ladrillos que edificarán su futuro. Casa, casita, rancho, palacio o sepulcros blanqueados.

(Imagen: vistaallagointerior.wordpress.com) 

miércoles, 22 de octubre de 2014

LUCHADORA

Mendiga de respuestas, no hay limosna que baste
porque en el diccionario de tu lengua materna
lincharon las palabras, esas, tan necesarias
las que entibiaban siempre los huecos de tu alma.
Sin voz, sin cuerpo, inútil, con las manos sangrantes
emites tu silencio como un burdo reclamo
elevas tu mirada, ruegas, pides clemencia,
pero  la luna sola te devuelve un harapo.
 Tu corazón maltrecho vaga manando sales
madre que nutre, savia, cuenco de amor eterno
tus besos al rescoldo cuecen días y noches
tiempo amorfo que pasa como un viento fantasma.
Buscas –como un sabueso- las causas del derrumbe
sostienes con tu angustia los muros derruidos
como un río furioso va tu sangre a los mares
y encabritada vuelve, oleaje de querer.
Con tu breve estatura te agigantas de amores          (Imagen: www.8300.com.ar)
para abrigar al fruto de tu vientre, mujer.
Sola por el desierto, enredada en la selva
devorada por fauces que envidian tu dolor
repudiada, en la hoguera o en una celda oscura
tus múltiples mujeres se yerguen frente al miedo.
No se dan por vencidas, no pierden dignidad.
Lloran sin decibeles en la almohada secreta
urden desesperados gestos de salvación
recogen la basura, la incineran, la esfuman
purificando el aire que van a apacentar.
Diosa de la Miseria, amazona  galáctica
blandes daga impoluta para arrancar los males
con una sobredosis de versos y cantares
preparas el brebaje de la liberación.
Descansa. Yo acaricio tu frente desquiciada
te regreso hasta el útero de tu confianza atroz
y allí pares palabras como pájaros libres
que gorjean respuestas para firmar la paz.
©Olga Liliana Reinoso


JANO

Es un signo fetal
analfabeto
sabedor del dolor.
Y socavones.
Curioso del susurro
y la estampida.
Buscador milenario
de la cifra
de la clave de sol
y la guadaña.
Orgullo prenatal
póstuma gloria
de la semilla impávida
y la lluvia.
Manos con ojos
boca que no cesa
mascullador
en la silente hora.
Minero de algas
primer adelantado
fuego en el fuego
que insemina el frío.
Delator de la vida y de la muerte
cantor de las cavernas
cibernético.
Tobogán a la nada.
Completud.


©Olga Liliana Reinoso


(Imagen: labitacorademaneco.blogspot.com)

martes, 21 de octubre de 2014

VELAR POR EL FUEGO



Alrededor de la fogata, iluminada a tientas por su luz esquiva, me siento la primera mujer del Universo.
Las manos aún me arden de frotar las piedras y retengo en mi latido la emoción virginal ante el sobresalto de la primera chispa.
Su calor me protege y me defiende.
Pero entre las sombras tartamudas del ocaso, los fantasmas del miedo se agazapan y se van mimetizando con la noche.
           Por eso lanzo al epicentro visceral de la llama todos los ornamentos combustibles que su lengua voraz atrapa en el ritual de la metamorfosis.
Debo cuidar el fuego.
Soy la sacerdotisa de una tribu diezmada y tengo que preservar el calor y la luz porque en ellos se ocultan las viejas tradiciones, los secretos de mi raza y el ondular de las palabras.
Los defenderé hasta con mi vida.
Aunque todo este ceremonial no sea nada más que un amuleto para alejar la muerte.
Mientras el fuego resista, la vida permanecerá.
Las cenizas son nuestra decrepitud y el viento del olvido puede desparramarlas hasta extinguirlas, hasta borrarlas del planeta.
Danzaré hasta parir el día.
Una por una, ofrendaré mis faldas policromas al incendio brutal de la vigilia.
Pero en la parca canción de la noche crecen animales mitológicos y voces desusadas.
Me convierto en un leve crespón que repta al crepitar en las cavernas del horror que implica ser tan mínimo y saberlo.
Esta criatura que se inmola para avivar el fuego de la transparencia y de la eternidad sufre su finitud en una agonía inmortal. La soledad terrena es mucho más pavorosa que el descenso a los infiernos.
A pesar de que se trata de un equívoco generado por la ignorancia y la soberbia de creerse tan única e irrepetible que se consume con el otro fuego. Y no distingue la verdad, no puede ver la multitud que restalla en las brasas.
Sólo un instante priva la sensatez en mi cerebro y vislumbro que allí, en la sangre ígnea sobrevive la humanidad hecha puñado de sol nocturno.
Por eso abrazo el fuego que me abrasa y me convierto en una melodía inextinguible.
Soy el fuego y me expando sobre las carreteras, en la herida letal del horizonte, o en el diente de oro del lucero.
Nadie detiene mi bocanada arrasadora.
Ardo, crepito, incendio, quemo, calcino. Doy a luz, doy calor, doy vida eterna.
Soy mi dueña y mi esclava. Soy la voz de anteriores generaciones.
Soy el fuego.


 (Imagen: rubensada.blogspot.com)

lunes, 20 de octubre de 2014

DOBLE



Yo no sé entre qué llamas se incendiaron mis ojos
hasta la última brasa.
Yo no sé si hubo fuego.
Pero sé que una hoguera de silencio
me marchitó el aliento.

Yo no sé en qué tumulto me perdí aquella noche
agrietada de olvido
para no volver nunca.

Y hoy me busco en las calles.

Yo no sé si en la rama de un árbol late ahora
el nido que entibiara la alondra de mi beso.
Yo no sé si esta muerte que siento es verdadera
o termino mintiendo la muerte por clemencia.

Tal vez soy una réplica deforme de mí misma
y es demasiado tarde para encontrarme cierta.

© Olga Liliana Reinoso (Estar con vos, Editorial Rayuela, Buenos Aires, 1982)






sábado, 18 de octubre de 2014

EL BAILARÍN



Lo había visto jugar en el potrero desde que era una pulga.
Vivía a unas cuadras de mi casa, en un barrio incipiente, hecho a fuerza de pulmón, con los retazos que juntaban los viejos en los atardeceres cómplices.
Parecía un carbón encendido cuando los ojos pícaros se iluminaban al patear la pelota.
Yo nunca entendí nada de fútbol. Ni me importaba. Pero verlo era una fiesta.
Parecía danzar una coreografía de Julio Bocca cuando se deslizaba por el baldío lleno de rosetas.
Tiempo después, me mudé más cerca del centro de General Pico. Y me olvidé del bailarín futbolero. Para colmo, ni sabía su nombre.
Dos días antes de la muerte de mi viejo, fanático de River, me dieron la titularidad en la Escuela Nº 111, esa que tanto me recordaba a la primaria en mi pequeño pueblo.
Aunque reconozco que la docencia no fue mi verdadera vocación, siempre le puse garra y pasión. Como el bailarín en la cancha, como mi viejo gritándole a Francéscoli o a Fillol.
Es que el hecho de trabajar con pibes era un milagro cotidiano.
Yo era el maestro de Lengua, ratón de biblioteca, típico patadura que sólo podía hablar de fútbol leyendo cuentos de grandes autores como Soriano, Fontanarrosa o Galeano.
Eso sí, esos cuentos eran infalibles.  Emocionaban por igual a los varones y a las chicas.
Así que yo acudía seguido a su maravillosa herramienta para acallar las hordas. Y meterlas de a poco en la literatura, tras la ilusión de perseguir una pelota.
Una mañana soleada de principios de octubre, mientras disfrutaba de una hora libre tomándome unos mates, se me dio por observar a mis alumnos que jugaban al fútbol con el profesor de Educación Física.
De pronto, algo me resultó familiar. Esas gambetas, ese malabarismo de piernas y pelota, la escabullida entre los adversarios, el tiro mortal al arco contrario, no podían ser imitaciones.
Eran una pieza única de orfebrería canchera.
Había crecido mucho, pero al acercarme, reconocí las brasas en sus ojos.
De puro porfiado, le pregunté dónde vivía. Y él, riéndose, me dijo:
-          A seis cuadras de su casa de antes, profe.
Era él, nomás. Así que Jonathan Flores era el contorsionista del baldío. Me alegró reencontrarlo entre mis alumnos. A los pocos días descubrí que lo llamaban el “Mara”.
-          ¿Mara? –dije- ¿La liebre patagónica? ¿Por el departamento Maracó?
-          Profe, usted lee mucho, pero de fútbol no sabe nada. Le decimos Mara por el Diego. ¿No vio cómo juega?
            Sí, claro que lo había visto y también me había conmovido.
Pero una cosa eran la cancha, los penales, la pelota. En el aula, el asunto se  complicaba. No sólo porque los números y las letras se enredaban en su cabecita, sino por las zapatillas sin marca, el pantalón emparchado y, muchas veces, la ausencia de jabón.
Justo había caído en un curso de “niños bien” a los que les gustaban más el rugby o el básquet, porque el fútbol era villero.
Yo sentía que tenía que hacer algo, pero no le encontraba la vuelta. Hasta que tuve una idea y sin dar demasiados detalles, los organicé en grupos.
Nicolás, un fanático de Mozart, se plantó con sus catorce años y me dijo:
-          Profe, yo no voy a hacer grupo con el Mara Flores.
-          ¿Por qué?
-          Porque es un negro de mierda que ni se baña, es un burro y la madre es una…
-          ¡Nicolás! No podés ser tan prejuicioso y discriminatorio. A la gente, primero hay que conocerla. Todos tenemos algo bueno para brindar. Tenés todo el fin de semana para reflexionar, porque el lunes comienza el trabajo.
El padre de Nicolás era un colega, así que le sugerí que hablara con él.
El lunes, Nicolás llegó con trompa y, sin mediar palabra, se sentó con el Mara.
Les expliqué el trabajo. Era un pequeño certamen urdido “ad hoc”: tenían que escribir un poema sobre fútbol que luego, en un acto público, en el centro cultural, cada grupo expondría a elección: podrían recitarlo, ilustrarlo, musicalizarlo o dramatizarlo.
Para mi sorpresa, el día de la muestra, Nicolás leyó el poema mientras el Mara hipnotizaba a los presentes con sus proezas.
Ganaron por ovación. Y como premio, hicieron un viaje a las Sierras de Lihuel Calel, en el suroeste pampeano. La sierra de la vida. Allí, entre fantasmas mapuches y flores silvestres con perfume a leyenda, ocurrió un milagro.
Ya de regreso, Nicolás me paró en la galería para decirme:
-          Tenía razón, profe. A la gente  hay que conocerla. El Mara es lo más.
En diciembre de ese año les entregué el diploma de la terminación de la EGB. Al Mara lo seguí viendo hasta que logró aprobar el tendal de materias que no lo dejaban gambetear libremente.
Después supe que vinieron de un club de la Capital a probarlo y se lo llevaron enseguida.
Al principio jugó en tercera, pero no tardó mucho en pasar a la primera división. Y yo, contra todas mis costumbres, comencé a mirar partidos por televisión, solamente por el gusto que me daba ver al Mara.
Pasaron los años y llegó mi jubilación, pero para no perder los hábitos, me uní a la Comisión de Apoyo de la Biblioteca Popular, tanto como para insistir en las bondades de la lectura.
Una tarde, cuando me retiraba, alguien me llamó al cruzar la avenida.
-          Profe, Profe Julián.
Me di vuelta y el resplandor de esa mirada me encandiló. Pasado el sobresalto, divisé, aferrada a la mano morena del Mara, a una joven mujer hermosa.
-          Profe, le presento a Lucía, mi novia. Estamos esperando un hijo y vine a invitarlo para el casorio. No sabe cómo patea el pendejito, seguro va a ser goleador.
-          ¿Y si es chancleta?
-          También; ahora las mujeres se animan a todo.
 Reímos mientras me daba la participación y los detalles.
Al despedirnos, como por casualidad, me regaló este premio:
-          ¡Ah! ¿Sabe quién me sale de padrino? El Nicolás. Se acuerda ¿no?
Cómo no me iba a acordar. Giré rápidamente para no hacer un papelón.
Porque yo, Julián Aguirre, el profesor adusto, me iba a largar a llorar.
Y lloré. De alegría lloré.

(Imagen: www.blaugranas.com)



EMITA

Llovizna de ternura / chisporroteo de besos, / tulipanes, rocío, gema de la emoción.
Azucena temprana / dulce ráfaga alerta /escándalo de pétalos en la piel de tu risa.
Fogata de tus ojos / canciones junto al río / golondrina que migra a un verano de amores.
Tu voz, una caricia, / un gentío de abejas / redoble de latidos / beso plural, etéreo.
Continuación del cielo / mar de los milagros / poema de mi hija / nieta adorada:
Ema.

viernes, 17 de octubre de 2014

CAMINATA

CAMINATA

Cielo arbolado,
crepúsculo de hojas.

La música irredenta de la calle,
un perfume prohibido,
una coreografía.

Paisaje corporal,
lengua materna.

Y en ese roce mortecino
de la tarde,
una palabra azul

me resucita.



Fotografía: http://www.fotolog.com/lila_n/40924709/

AUSENCIAS Y REGRESO

AUSENCIAS Y REGRESO I

Hay ausencias que arañan como gatos en celo
y suben sus hervores desde la urdimbre ciega,
se filtran como el viento doloroso
y penetran la íntima franqueza del silencio.
Hay ausencias turgentes como pezones agrios
de los que mana un vino para horadar el alma.
Tienen múltiples manos que rasgan el olvido
en partículas hoscas que se esparcen y crecen.
Hay ausencias más crueles, mucho más, que la muerte
porque son argamasa de distancia y traiciones.
Son aquellas que rugen cuando callan los pasos
y trasponen el muro
y acribillan la espera.
Hay ausencias que avanzan con los ojos vendados
para arrasar sin lágrimas el candor del deseo.
Y acunar en sus brazos despóticos y enormes
la criatura indefensa de las noches en vela.

Son humo, son machete
que corta en llamaradas
la oquedad de la víspera entre cuatro paredes.
Vibran en desmesura como ávidas guitarras
que arpegian la tristeza con inválidas notas
y producen un frío de túnel o sepulcro
con el aullido tétrico de un lobo malherido.
Pesan sobre los ojos como siglos de arena
presagian llanto fértil y vientos de tormenta
son dos barcos varados en el muelle del tiempo
hospedando a los náufragos de algún amor viajero.

Pero en un sobresalto las ausencias se extinguen
porque existe un antídoto que se llama regreso.

 








AUSENCIAS Y REGRESO II

El regreso es un pájaro nacido en cautiverio
que se empluma de besos para entibiar el nido.
Es la policromía de una estrella engarzada en medio del desierto
clamando la mañana.
Tiene una bruma dulce para amar al rescoldo
y renacer despacio en su hoguera de pétalos.
Es el ebrio galope del potro de un abrazo
cuando los dedos palpan la mitad de su sombra
y arrullan la nostalgia como a un recién nacido
y abren los ventanales para que entre la aurora.

Los barcos agoreros zarpan de madrugada
y se alejan anónimos, tras sirenas de niebla.
Porque el aire embalsama los recuerdos penosos
y se puebla de trinos la luz de la alborada.
El regreso es un nido frondoso y confortable
para que habite el alma y restañe su herida.

Pensando bien, la ausencia, es la semilla ardiente
que germina con llanto las flores del regreso.





jueves, 16 de octubre de 2014

EN EL TÚNEL



El viaje se tornaba insoportable. El traqueteo del tren, lejos de ser acompasado, era francamente desestabilizador. Hacía calor y de tanto en tanto algún mosquito rezagado zumbaba cerca de mi oído como para atrapar la atención. Yo no podía dormir. Me sentía incómoda en esas butacas desvencijadas de los otrora espléndidos ferrocarriles argentinos. Pero no me había quedado otra opción, ya que mis arcas estaban al rojo vivo y debía llegar a mi ciudad al día siguiente. ¡Al día siguiente! Parecía una utopía pensarlo mientras el carromato se deslizaba reptando la llanura más como un animal herido y fatigado que como una grácil gacela devorando distancias.
Yo trataba de imaginar el paisaje pero la oscuridad circundante no contribuía con ese propósito. Ni siquiera era una noche de luna, que bien podría haberme incitado a soñar. De modo que debía resignarme, controlar mi respiración y tratar de superar el largo trecho que aún restaba.
A mi alrededor todos dormían, algunos placenteramente y otros emitiendo diversos sonidos altisonantes y desafinados. El espectáculo no era alentador y tampoco me animaba a encender la macilenta luz de mi asiento para leer, por temor de molestar a alguien.
De pronto, la máquina ingresó en el viejo e interminable túnel que de chica me hacía ilusionar con el tren fantasma. Yo mantenía los ojos inútilmente abiertos porque era imposible divisar nada a cinco centímetros y era tan ensordecedor todo el entorno que no podía distinguir sonidos. Imprevistamente, una mano presionó mi boca, ahogándome. Y la otra, desprendió uno por uno los botones de mi blusa de gasa. Inmovilizada, asistí a la sorpresa de una boca voraz mordiendo mis pezones y erectándolos. Un perfume de rosa penetrante se aventuró en mi escote y fui sintiendo lentamente la caricia de los pétalos subiendo y bajando, tocando mis párpados, rozando mi cuello y enredándose entre las magnolias entreabiertas de mis pechos.
Cuando un profundo estremecimiento le indicó al intruso que yo no gritaría porque ya éramos cómplices, dejó mi boca en libertad por un segundo para luego invadirla con su lengua y derramar adentro todo un vaso de miel rubia y caliente.
Sus manos, presurosas, levantaron mi falda y de pronto, como una mariposa que se despereza, sentí aletear sus labios sobre mi clítoris anhelante.
Entonces, mis dedos, que habían permanecido agazapados, arañando el ruinoso tapizado, se precipitaron sobre una tupida cabellera que supuse morena, presionándola con vehemencia.
Agradecí en ese momento el traqueteo, la oscuridad y los ruidos multiformes, porque me permitían mimetizarme y gozar sin pudor de ese regalo inesperado.    
Con deliciosa perversión, el visitante se movía lentamente, para provocar un alud más avasallador. Sus dedos dibujaban arabescos sobre los montículos turgentes y su lengua viajaba, perezosa, desde el encaje azul hasta la cima, deteniéndose por momentos en el llano, hurgando la hondonada y mojando el camino  de uno a otro extremo.
Hasta que ya no pude más y lancé un grito que laceró la noche.
El tren salía del túnel y hubo uno que otro movimiento perceptible en las cercanías. Sofocada y culposa, me acomodé la ropa y el pelo; mi corazón era un caballo indómito haciéndome cabriolas en el pecho. Sentí que todo el mundo me miraba, pero al examinar a mis compañeros de viaje comprobé que la mujer de al lado seguía indecorosamente desparramada en su asiento y el hombre de enfrente no había cambiado de posición.
Poco a poco fui calmándome y recuperando el ritmo respiratorio, pero la sensación de éxtasis no me abandonaba y ni siquiera se me ocurría preguntar qué había ocurrido. Como a un río, dejaba que el placer siguiera fluyendo desde mis venas a mi piel y viceversa.
De más está decir que en el resto del viaje ya no me molestaron los mosquitos, ni el calor, ni la oscuridad. Una absoluta sensación de bienestar se había apoderado de mis sentidos y hasta de mi alma, a tal punto que logré dormirme.


©Olga Liliana Reinoso