©Olga Liliana Reinoso

Hay días en que está completamente resuelta, le parece una
decisión brillante, la oportunidad con la que soñó durante toda su vida.
Y otros, en que la duda explota en su pecho como una
granada: que los riesgos, que si vale la pena a esta altura, que si podrá
cumplir con las expectativas o su ambivalente sistema anímico le jugará las
eternas malas pasadas que la conducen por el tortuoso camino de la
autoflagelación.
Así no se puede. Esa andanada de prejuicios y complejo de
inferioridad son armas letales que debe erradicar sin pérdida de tiempo.
Es que en el fondo sabe que esta decisión le va a producir
felicidad y no puede eludir su tendencia a boicotearse después de tantos
fracasos y humillaciones.
De ella y nada más que de ella depende este futuro venturoso
que acabará con el suplicio de tantos años.
¿Es posible que se niegue a estar mejor, a demostrar a los factores congénitos y a ese maldito
séquito de denostadores que puede ser una triunfadora no en el aspecto más
banal de la cosa sino en el profundo crecimiento de su autoestima?
Ella puede convertirse en la gladiadora que se venza a sí
misma y arrastre y enrostre su triunfo a
todos los letales estigmatizadores.
Ha cumplido al pie de la letra con todos los deberes, ha
sido aplicada a ultranza. Sin embargo. el diablillo embaucador y derrotista, le
sigue inoculando el miedo.
Sólo queda el camino de pedir ayuda. Y no tiene remilgos en
hacerlo.
Todavía hay esperanzas.
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Bienvenida. Te deseo mucha suerte.