domingo, 15 de abril de 2012

(MI VECINA)


La casa de tejas rojas sin jacarandá en el patio


Cuando me mudé a ese barrio todo el mundo rumoreaba. Con la morbosidad propia de las mentes poco cultivadas que solo encuentran atractivo husmeando en la vida ajena, se juntaban en la vereda o en el mercado y con la liviandad de quien no piensa en las consecuencias, comentaban las novedades, sacaban conclusiones, agregaban detalles seguramente inventados y parecían entretenerse y hasta regodearse con los dolores ajnos, quizá para tapar sus propias miserias. Yo siempre he sido muy prudente y reservado, de manera que mientras pude me mantuve al margen. Pero era tanto el comentario que no pude menos que sentir cierto interés en comprobar si las habladurías tenían fundamento. Claro que a mí me movían otros intereses, casi científicos podría decir. Me interesaba la personalidad del hombre, porque yo había sido educado de otra manera. Mi padre, un descendiente de irlandeses, siempre me aconsejaba en ese aspecto y sentenciaba sabiamente que un hombre que se precie de tal jamás cometería esa cobardía.

Para entonces yo todavía no me había casado pero mantenía una relación de años con una compañera de facultad con la que teníamos planes de formar una familia. Ella, Dina, era una mujer independiente, llena de iniciativas, pero muy afectuosa y romántica. Un día saqué el tema y ella quedó muy afligida. Me dijo que no podía entender que pasaran esas cosas y que algo había que hacer, que no podíamos quedarnos con los brazos cruzados. Traté de calmarla haciéndole ver que no tenía pruebas y tal vez solo se tratara de chismes de barrio.

Hasta que un día yo también escuché el escándalo.

Gritos, llantos, ruidos. Y después un silencio ominoso, que dolía.

A la mañana siguiente el barrio era un hervidero.

-¿Escucharon el kilombo de anoche?

-Y, otra vez hubo biaba.

-Dios mío, pobre mina.

-¿Pobre? Pero no te das cuenta que es una masoca.

-Al día siguiente del terremoto no se asoma ni a la vereda y si alguna vez sale anda toda tapada y con anteojos.

-Pero por qué no se raja.

-Qué se va a rajar. Si le gusta, seguro que le gusta. Después deben terminar con una festichola y chau pinela.

-Pero quién se lo podía imaginar de un tipo como él, tan atildado, con tan buenos modales, amable con todo el mundo...

-Y, el tipo no tiene la culpa, seguro que la jermu lo saca de quicio. Esas mosquitas muertas son las peores.

-Che, ¿pero no tendríamos que avisar a la poli?

-Largá, ¿qué decís? En estas cosas no hay que meterse, son asuntos de familia.

-Sí, pero, si un día ocurre algo malo...

-Cortala, fatalista ¡qué va a pasar!

Desde ese día no digo que pasé a ingresar la larga fila de chismosos pero debo reconocer que la idea me rondaba muy seguido. Muchas noches me descubría conteniendo la respiración para escuchar mejor todos los ruidos que venían de afuera y así fue como en varias ocasiones los golpes sordos que sonaban en la casa de tejas rojas y grandes ventanales, no me dejaban conciliar el sueño. Yo sentía que Dina tenía razón cuando hablaba de hacer algo, de intervenir. Pero confieso que no me animaba a tomar una decisión. Creo que me daba un poco de vergüenza y tal vez en el fondo, muy en el fondo, esos preconceptos machistas de los que es tan difícil deshacerse, me impedían moverme.

Ella salía muy poco. No trabajaba afuera ya que el marido era un empresario al que no le iban nada mal las cosas. Alguien me dijo que pintaba. Ella, mi vecina, pintaba cuadros.

Un día leí en la agenda cultural del diario que había una exposición de Ema Quirós. Era ella. Fui hasta la galería, no porque me interese demasiado el arte sino para verla. Pero las pinturas me conmovieron. Eran figuras desgarradoras, tan desvalidas que uno se asfixiaba al verlas y necesitaba correr hacia la calle para tomar aire. La muestra fue un éxito, todo el mundo comentaba la aparición de un nuevo pincel talentoso. Cuando me presenté diciéndole que era su vecino un ínfimo temblor la perturbó, pero fue sólo un instante, la breve duración de un parpadeo y un suspiro levemente prolongado. De inmediato se recompuso y charlamos nimiedades.

Al regresar a casa mil interrogantes me acuciaban. Se la veía entera, segura de sí misma. Para nada mostraba la imagen de una mujer débil, maltratada. Entonces comencé a reflexionar acerca de los seres humanos, de cuánto mentimos, del personaje que representamos para los demás. Y al llegar me miré en el espejo tratando de desentreñar quién era yo en realidad y si los otros verían al que yo suponía ser o me miraban con otros ojos.

No logré responderme con certeza y en medio de esas cavilaciones me quedé dormido.

De cuando en cuando me cruzaba con Ema pero ella simulaba no conocerme, miraba para otro lado, apuraba el paso y desaparecía.

Una noche sus gritos me despertaron pero en lugar de llamar a la policía, encendí el equipo para no escuchar.

A la mañana siguiente pasé por sus ventanales y vi la imagen de uno de sus cuadros. Pero era ella misma, tan desgarradora y desvalida como sus pinturas. Sus ojos color caramelo clamaban ayuda. Yo sentí que me ahogaba, como aquel día en la exposición.

Esa noche los ruidos se repitieron, pero eran otros ruidos, más sordos, más trágicos. Y no hubo un solo grito. Desperté con una terrible jaqueca que me duró varios días. La casa de tejas rojas con jacarandá en el patio estaba completamente cerrada. Pocos días después apareció la policía haciendo preguntas. El marido había denunciado la desaparición de Ema. Nadie sabía nada. Los rumores siguieron corriendo pero eran solo eso, rumores. Nadie tenía pruebas.

Al llegar el invierno vimos con zozobra que habían talado el jacarandá, para ampliar la casa, según parece. El marido de Ema instaló su oficina en ese lugar. Todo el antiguo patio quedó cubierto de mampostería. Algunas madres anticuadas asustaban a sus hijos con el viejo de la casa de tejas rojas.

Han pasado los años, he cambiado de barrio y nunca más oí hablar de esa mujer pero no pude olvidarla. Algo parecido a la culpa me corroe el alma. Y sobre todo recuerdo sus ojos. Sus ojos color caramelo chorreando sobre un vidrio que nunca nadie se atrevió a limpiar

sábado, 14 de abril de 2012

EL BAILARÍN




Lo había visto jugar en el potrero desde que era una pulga.
Vivía a unas cuadras de mi casa, en un barrio incipiente, hecho a fuerza de pulmón, con los retazos que juntaban los viejos en los atardeceres cómplices.
Parecía un carbón encendido cuando los ojos pícaros se iluminaban al patear la pelota.
Yo nunca entendí nada de fútbol. Ni me importaba. Pero verlo era una fiesta.
Parecía danzar una coreografía de Julio Bocca cuando se deslizaba por el baldío lleno de rosetas.
Tiempo después, me mudé más cerca del centro de General Pico. Y me olvidé del bailarín futbolero. Para colmo, ni sabía su nombre.
Dos días antes de la muerte de mi viejo, fanático de River, me dieron la titularidad en la Escuela Nº 111, esa que tanto me recordaba a la primaria en mi pequeño pueblo.
Aunque reconozco que la docencia no fue mi verdadera vocación, siempre le puse garra y pasión. Como el bailarín en la cancha, como mi viejo gritándole a Francéscoli o a Fillol.
Es que el hecho de trabajar con pibes era un milagro cotidiano.
Yo era el maestro de Lengua, ratón de biblioteca, típico patadura que sólo podía hablar de fútbol leyendo cuentos de grandes autores como Soriano, Fontanarrosa o Galeano.
Eso sí, esos cuentos eran infalibles. Emocionaban por igual a los varones y a las chicas.
Así que yo acudía seguido a su maravillosa herramienta para acallar las hordas. Y meterlas de a poco en la literatura, tras la ilusión de perseguir una pelota.
Una mañana soleada de principios de octubre, mientras disfrutaba de una hora libre tomándome unos mates, se me dio por observar a mis alumnos que jugaban al fútbol con el profesor de Educación Física.
De pronto, algo me resultó familiar. Esas gambetas, ese malabarismo de piernas y pelota, la escabullida entre los adversarios, el tiro mortal al arco contrario, no podían ser imitaciones.
Eran una pieza única de orfebrería canchera.
Había crecido mucho, pero al acercarme, reconocí las brasas en sus ojos.
De puro porfiado, le pregunté dónde vivía. Y él, riéndose, me dijo:
- A seis cuadras de su casa de antes, profe.
Era él, nomás. Así que Jonathan Flores era el contorsionista del baldío. Me alegró reencontrarlo entre mis alumnos. A los pocos días descubrí que lo llamaban el “Mara”.
- ¿Mara? –dije- ¿La liebre patagónica? ¿Por el departamento Maracó?
- Profe, usted lee mucho, pero de fútbol no sabe nada. Le decimos Mara por el Diego. ¿No vio cómo juega?
Sí, claro que lo había visto y también me había conmovido.
Pero una cosa eran la cancha, los penales, la pelota. En el aula, el asunto se complicaba. No sólo porque los números y las letras se enredaban en su cabecita, sino por las zapatillas sin marca, el pantalón emparchado y, muchas veces, la ausencia de jabón.
Justo había caído en un curso de “niños bien” a los que les gustaban más el rugby o el básquet, porque el fútbol era villero.
Yo sentía que tenía que hacer algo, pero no le encontraba la vuelta. Hasta que tuve una idea y sin dar demasiados detalles, los organicé en grupos.
Nicolás, un fanático de Mozart, se plantó con sus catorce años y me dijo:
- Profe, yo no voy a hacer grupo con el Mara Flores.
- ¿Por qué?
- Porque es un negro que ni se baña, es un burro…
- ¡Nicolás! No podés ser tan prejuicioso y discriminatorio. A la gente, primero hay que conocerla. Todos tenemos algo bueno para brindar. Tenés todo el fin de semana para reflexionar, porque el lunes comienza el trabajo.
El padre de Nicolás era un colega, así que le sugerí que hablara con él.
El lunes, Nicolás llegó con trompa y, sin mediar palabra, se sentó con el Mara.
Les expliqué el trabajo. Era un pequeño certamen urdido “ad hoc”: tenían que escribir un poema sobre fútbol que luego, en un acto público, en el centro cultural, cada grupo expondría a elección: podrían recitarlo, ilustrarlo, musicalizarlo o dramatizarlo.
Para mi sorpresa, el día de la muestra, Nicolás leyó el poema mientras el Mara hipnotizaba a los presentes con sus proezas.
Ganaron por ovación. Y como premio, hicieron un viaje a las Sierras de Lihuel Calel, en el suroeste pampeano. La sierra de la vida. Allí, entre fantasmas mapuches y flores silvestres con perfume a leyenda, ocurrió un milagro.
Ya de regreso, Nicolás me paró en la galería para decirme:
- Tenía razón, profe. A la gente hay que conocerla. El Mara es lo más.
En diciembre de ese año les entregué el diploma de la terminación de la EGB. Al Mara lo seguí viendo hasta que logró aprobar el tendal de materias que no lo dejaban gambetear libremente.
Después supe que vinieron de un club de la Capital a probarlo y se lo llevaron enseguida.
Al principio jugó en tercera, pero no tardó mucho en pasar a la primera división. Y yo, contra todas mis costumbres, comencé a mirar partidos por televisión, solamente por el gusto que me daba ver al Mara.
Pasaron los años y llegó mi jubilación, pero para no perder los hábitos, me uní a la Comisión de Apoyo de la Biblioteca Popular, tanto como para insistir en las bondades de la lectura.
Una tarde, cuando me retiraba, alguien me llamó al cruzar la avenida.
- Profe, Profe Julián.
Me di vuelta y el resplandor de esa mirada me encandiló. Pasado el sobresalto, divisé, aferrada a la mano morena del Mara, a una joven mujer hermosa.
- Profe, le presento a Lucía, mi novia. Vine a invitarlo para el casorio.

Reímos de alegría mientras me daba la participación y los detalles.
Al despedirnos, como por casualidad, me regaló este premio:
- ¡Ah! ¿Sabe quién me sale de padrino? El Nicolás. Se acuerda ¿no?
Cómo no me iba a acordar. Giré rápidamente para no hacer un papelón.
Porque yo, Julián Aguirre, el profesor adusto, me iba a largar a llorar.
Y lloré. De alegría lloré.
©Olga Liliana Reinoso

miércoles, 11 de abril de 2012

COSMOVISIÓN




Vientos de luna llena reptan los ojos de la arena virgen
y hay una incertidumbre de magnolias sobre el pubis agreste de la noche.
¿Dónde sucede el gris?
¿Entre qué voces apergaminadas alza su vuelo la penúltima gota de este vino?
Los fuegos del apocalipsis desfallecen
en la agridulce aldea que dormita
su intemporal asfixia sin gorriones
porque aletean los gritos sobornados
y acaso llueve o es mentira el verbo.
Alguna de las bocas homicidas abortará la inédita palabra
mientras tanto, los dioses minerales relucirán en la paciencia de los días.
Tal vez si recordamos aquella estoica nieve
crepitando en el torso de la espera
un deshojado sol nos resucite.
Y entonces, cuando las manos lloren de pie las letanías
gestaremos adverbios por las plazas descalzas.
Pero hoy, aún amanece sobre la piel ignota de la piedra
que espera otra respuesta
y dormita balbuceante sobre el techo,
ése que aún mantiene la certeza.
©Olga Liliana Reinoso

domingo, 8 de abril de 2012

SE NOS FUE OTRO POETA ARGENTINO


La llama

Quién mejor que la llama puede respirar el tamaño del fuego
quién la destrucción la vorágine lo dulce
cómo se puede separar lo tierno de lo helado
qué devora la llama en el desprecio lo terco lo inaudito
quién puede decir si la tibieza puede consumir
o congelar
o acaso

hay una regla

para todo.

Era médico,profesor de Toxicología de la UBA. Comenzó a escribir en 1997. Desde entonces obtuvo veintinueve premios en poesía, entre los que se cuentan el XXI premio Fernando Esquío, España 2001; el Leopoldo Marechal de Morón, 2001; el premio Bustar Viejo 2001, España; el premio José Chacón 2003, España; el Roberto Juárroz de Adrogué; los Torneos Bonaerenses 2000, 2001, 2005; el Premio de Honor en Poesía y Narrativa San Rafael 2000; el Segundo Premio de Honorarte 2004; el Premio Cafetín Croché 2005, España. Además obtuvo doce menciones especiales. Su primer libro Entre A y Z se publicó en 2000 y obtuvo Mención de Honor en el Concurso Faja Nacional de Aldea 2001. Su segundo libro Si alguien no escribe un verso, fue publicado en España, en ocasión de obtener el Primer Premio Fernando Esquío en poesía 2001 y luego en ediciones El Dock, 2002.

LA VOZ

Búscame donde haya hambre

Tenía una extraña manera de trabajar John, Juan Steinbeck, que consistía, antes de escribir, en aguantar la realidad tanto tiempo como podía. O lo dejaban. Veía pasar una caravana de fortachos atados con alambre y, después de encasquetarse una gorra de combate, se incorporaba a la expedición y no sólo recolectaba la uva sino que además negociaba el precio de la cosecha en compañía de los demás trabajadores.

Recién cuando los sonidos de la caravana dejaban de hechizarlo o cuando podía posar la mirada públicamente en el papel, se instalaba en una pensión con vistas a ninguna parte y en cuatro meses de trabajo torrencial –por ejemplo– escribía Viñas de ira .

La novela Viñas de ira la llevó al cine John Ford, en 1939; y cualquier cinéfilo entrenado en la biblioteca del Cineclub Municipal podría repetir de memoria la respuesta que le daba Henry Fonda a su mamá cuando, chicaneado por la policía, se despedía:

–Búscame donde haya hambre.

Fue escritor John Steinbeck, pero también maestro de obras, profesor de secundario, periodista y si le llevabas un velador que no encendía, él se ponía unos anteojos cuyo puente había reforzado con cinta aisladora y te lo arreglaba porque, decía, un hombre tiene que hacer lo que tiene que hacer.

Hemingway también decía ese tipo de cosas y también John Dos Passos y Henry Miller, pero él las decía y las hacía.

Tenía 60 años, acababa de ganar el Premio Nobel y hubiera podido vivir de rentas sobre un podio, pero prefirió salir a vagabundear una vez más acompañado de su perro Charley. Ambos dormían en el coche después de comer al aire libre. Steinbeck, huevos revueltos y Charley, el perro que le leía el pensamiento, se arreglaba con lo que sobraba.

Ahora que los libros editados fuera del país tienen que atravesar un laberinto envenenado para ingresar al puerto de Buenos Aires, habrá, nomás, que releer los libros viejos.

Voto por Viñas de ira.

Papá cumplió 100 años

Bueno, no serán 100, sino 85. Esos son los años que cumplió Gabriel García Márquez, con cáncer y todo, dirigiendo una revista mejicana y escribiendo lo que queda de sus memorias, un esperado y predecible acontecimiento editorial del cual ya se conoce el primer tomo.

A García Márquez lo vi en Madrid cuando hizo escala en el palacio de la Moncloa dos o tres días después de haber recibido el Premio Nobel, para despuntar el vicio socialista y los puros cubanos con Felipe González. Llevaba puesta una guayabera de cuatro bolsillos del mismo color de una Olivetti y, además de un buen par de cejas de petizo altanero, calzaba unos tamangos de esterilla bastante parecidos a los que se ponía el coronel cuando se sentaba a esperar la llegaba del cartero.

Gabriel García Márquez, a quien los más confianzudos llamaban “Gabo”, como si todo el mundo hubiera nacido en Aracataca, se arrimó a la prensa con pasitos de sudaca y, aunque nunca dejó de hablar, no le contestó en concreto nada a nadie.

La verdad es que daba gusto estar ahí y mirarlo bien mirado. Peludo el hombre, retacón, y todo esto sin olvidar los botines de esterilla. Porque, ya se sabe –lo dijo el escritor Gore Vidal–, “un par de zapatos bien analizados equivale a dos folios de declaraciones exclusivas”.

Firmó algunos autógrafos con una Montblanc de aspecto sospechoso y no firmó más, porque el escritor es de los que se va dos veces por minuto hasta totalizar un par de horas.

Todavía busco y busco y no puedo encontrar otras palabras que le calcen con mayor precisión que las que utilicé cuando envié la crónica a La Voz del Interior: “García Márquez tiene la pinta de un amigo”.

Santo Santo

Un día, de manera inesperada, los santos de la iglesia amanecían tapados con grandes paños de color morado, las clases se interrumpían, en los clubes se prohibía jugar al siete y medio y en los cines daban películas relacionadas con la vida de Sansón: había llegado el Jueves Santo.

Lo demás funcionaba dentro de los límites de una historia apasionante que todos los años se repetía: el beso del traidor, la negación del apóstol preferido, los judíos perversos, los romanos que se lavaban las manos y la crucifixión de un carpintero de 33 años, desnudo y abandonado.

Los penitentes se golpeaban el pecho suplicando por el perdón de los pecados, el coro de la Escuela Américo Aguilera cantaba en latín un Padrenuestro y en la iglesia de la Sagrada Familia, arriba, a la derecha, había un Cristo alto como un pivot, el que, si lograbas mirarlo sin pestañear, subía y bajaba sus cejas doloridas.

Si se lo contabas al cura, te mandaba premiado a la cocina para que te dieran una croqueta de bacalao.

El Viernes Santo tu mamá te vestía como un maniquí de Baby King y te llevaba a dar una vuelta a la manzana detrás de una cruz de madera que se bamboleaba de un modo misterioso. Tu mamá rezaba para que fueras monaguillo y vos rezabas para que en el huevo de Pascua te tocara un soldadito.

Jesús moría en el momento en que la procesión atravesaba las vías del tranvía. Ya está, decía tu mamá, ya se murió, se terminó.

Pero no se había terminado, sino que faltaba lo mejor: apoyar el oído contra el palo de la luz y escuchar desde las napas más profundas del planeta el rumor de la piedra del Sepulcro en el momento en que Jesús la hacía al lado. Ya está, decíamos; como el Conde de Montecristo, se ha escapado.

Al día siguiente, ya no era necesario seguir comiendo pescado. Jesús había recuperado las riendas del poder y, con un martillo de verdad, se celebraba la gloria golpeando contra la base de un fuentón. No valía la pena convertirte en monaguillo; mejor gran jefe tribu amiga de Tarzán golpeando tambor con palo de hierro, santo, santo, bwana, bwana.

Peñarol

Por aquellos días, notamos que la mamá de Ernestito Rivarola engordaba exageradamente y, como en aquel tiempo si preguntabas una cosa equivocada podías recibir como recompensa una precisa bofetada, decidimos preguntarle a Raúl, el hermano mayor de Ernestito Rivarola.

Raúl Rivarola, observándonos piadosamente por encima de un plato de fideos, nos dijo que era porque estaba Peñarol.
Ernestito Rivarola era tu amigo del alma. Hablo de una época en la que a los hijos no los parían las madres sino que los traía la cigüeña o se compraban en la Casa Beige.

De todas maneras, comenzamos a investigar el asunto con mayor detenimiento y si, por ejemplo, ella pasaba por el zaguán mientras estábamos jugando a la payana, dejábamos las piedras suspendidas en el aire para espiarla con mayor comodidad.

Mi mamá se parece cada vez más al Pato Donald, comentó Ernestito Rivarola, que había movilizado sus influencias con un tío para que le buscara en el diccionario la palabra “Peñarol”. “Peñascal” estaba. “Peñón” estaba. “Peñarol” no.

Al finalizar aquel verano, la casa de Ernestito Rivarola se llenó de parientes que se besaban y abrazaban. Encima de la mesa del comedor habían dejado una botella de oporto y dos platos con caramelos. La mamá de Ernestito Rivarola acababa de comprar un bebé en la Casa Beige y Raúl Rivarola fue a buscarnos al zaguán para decirnos que ya podíamos verlo.

La mamá de Ernestito Rivarola estaba sentada entre almohadones y tenía una criatura entre los brazos. Le contamos los deditos y eran 10, como los nuestros. Después lo besamos en la frente y desaparecimos. Tal vez no se tratara de un bebé de verdad sino del famoso Peñarol.

Al pasar junto a la mesa del comedor alcanzamos a manotear los caramelos. Eran verdes, de menta. Escuchamos llorar al bebé al mismo tiempo que volvíamos a jugar a la payana. A través del cristal esmerilado de la puerta cancel se filtraba el sol. Los reflejos subían y bajaban. Era la primera vez que jugábamos a la payana no con piedras sino con caramelos.

JUDAS

Judas
Soy Judas, el traidor,
y te di más que todos,
yo te di más que amor.
Para ellos la merced del heroísmo
y la docilidad de serte fieles,
porque ellos no afrontaron tu mirada
allá en Getsemaní.
Ojalá me hubieras dicho: “te comprendo,
lo estás haciendo bien. Animo, Judas”.
Ellos navegaban en barcas
que el prodigio salvaba de mareas tenaces,
yo me hundí hasta tocar fondo en los abismos
de este mar de ser hombre y acordarse.
Todos vieron los clavos y lloraron,
yo te inmolé para que amanecieras.
Convocaron a tantos para el drama,
Caifás, Anás, Herodes y Pilatos,
por qué también a mí. Yo te quería.
Por qué habrán acuñado las monedas.
por qué las profecías.
por qué el árbol aciago
como un ojo hechicero reclamándome
desde la sangre intacta de la Biblia
Soy Judas, el traidor,
el que mejor cumplió con su destino.
El que entregó al que amaba. Por amarlo.

Si Dios fuera mujer

¿Y si Dios fuera mujer?
pregunta Juan sin inmutarse,
vaya, vaya si Dios fuera mujer
es posible que agnósticos y ateos
no dijéramos no con la cabeza
y dijéramos sí con las entrañas.

Tal vez nos acercáramos a su divina desnudez
para besar sus pies no de bronce,
su pubis no de piedra,
sus pechos no de mármol,
sus labios no de yeso.

Si Dios fuera mujer la abrazaríamos
para arrancarla de su lontananza
y no habría que jurar
hasta que la muerte nos separe
ya que sería inmortal por antonomasia
y en vez de transmitirnos SIDA o pánico
nos contagiaría su inmortalidad.

Si Dios fuera mujer no se instalaría
lejana en el reino de los cielos,
sino que nos aguardaría en el zaguán del infierno,
con sus brazos no cerrados,
su rosa no de plástico
y su amor no de ángeles.
Ay Dios mío, Dios mío
si hasta siempre y desde siempre
fueras una mujer
qué lindo escándalo sería,
qué venturosa, espléndida, imposible,
prodigiosa blasfemia.
MARIO BENEDETTI