Compadre:
Te digo y te repito que
soy inocente, pero vos sabés mejor que nadie que no puedo demostrarlo porque el
castigo sería mucho peor. Entonces, no me queda más remedio que rajarme.
Vos no sabés nada. Estabas en la enfermería
por culpa de esos retorcijones. Perdoname, hermanito, fui yo el que te puse la
purga para que no te volvieran loco a preguntas. Total, una cursiadera no mata
a nadie.
Vos cerrá el pico, hablá
mal de mí, deciles que soy un guacho y que seguro afané. Pero no te pisés
porque somos boleta.
Esta carta te la lleva tu
vieja el domingo. Ella tampoco sabe nada.
Quique
Señor Director:
Ante su falta de
confianza perdí las esperanzas de que se haga justicia. Usted no cree en mi
palabra y eso es lo único que tengo porque un verdadero macho no anda
botoneando sus entreveros con las polleras. Yo no pude robar en el almacén
porque a esas horas estaba encorsetado en mejores negocios.
Si no quiero pudrirme en
la gayola, no me queda otra que tomármelas.
Disculpe usted, no es
nada personal.
Enrique Sánchez
Hijita de mi vida:
No te asustes cuando te
llamen de la cárcel para decirte que escapé. Es cierto. Pero ya me voy a
arreglar para darte señales.
Quiero que sepas que yo
no soy un chorro, nunca robé nada a nadie. O a lo mejor sí.
Escuchá: desde que murió
tu vieja yo anduve solo y hecho pelota. Hasta que otra mujer me entusiasmó
demasiado. Y aunque era prenda ajena, el indio fue más fuerte.
Así nos acollaramos y no
pudimos parar, aunque el peligro era mucho.
La cuestión es que el día
del asalto yo estaba con ella, pero no puedo desembuchar porque eso no es de
hombre y segundo, porque ella vive en la casa del director de la cárcel.
Tu viejo

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Bienvenida. Te deseo mucha suerte.