sábado, 6 de junio de 2009

Primera Jornada de Narración Oral en el Consejo Superior de la UNLPam




Hoy, 6 de junio, tuvimos el primer encuentro de Narración Oral con Maryta Berenguer. Sobre la base de una historia hicimos dos versiones diferentes. Aquí van:




¡QUÉ PENA!

En la oficina del Registro Automotor de la ciudad de Santa Rosa, la mañana del viernes transcurría normalmente.
En su escritorio impecable, estaba concentradísima Brígida Ordóñez: solterona, cuarentona y obsesiva con su trabajo.
De pronto, escuchó alguien que la llamaba.
Levantó la vista, interrogando a sus compañeros, pero nadie acusó recibo. Por lo tanto, continuó con su tarea, cuando nuevamente escuchó que la nombraban.
Visiblemente molesta, depositó sus anteojos sobre el escritorio, se paró con los brazos en jarra, miró detenidamente a cada uno y los increpó:
- ¡Chicos! ¿Ustedes me están tomando para el churrete?
Alguna risita sofocada resonó en el salón, alguien se encogió de hombros y el rebelde del grupo dijo:
- Epa, Brigi. ¿Qué onda?
Insatisfecha con la respuesta obtenida retomó su trabajo, acomodándose los lentes y el rodete.
Pero otra vez aquella voz la desconcentró. Entonces descubrió, al lado del teclado, una pena diminuta como una aspirineta, rosada e inocente, que le insistía:
- Tomame, Brigi, tomame. Dale, porfa…
Desconcertada ante la abrupta interrupción en su rutina, no supo qué hacer. Y decidió acudir a su amiga la todóloga, la Pocha Ramos. Le contó con lujo de detalles lo que estaba viviendo y Pocha, con suficiencia, le ordenó:
- Ni se te ocurra aceptar esa propuesta indecente. Y hacé desaparecer esa pena de inmediato.
Obediente, Brígida tomó cuidadosamente a la penita y la introdujo en un vaso con agua. Lo tapó con su mano izquierda y se dirigió al baño con premura.
El rebelde susurró:
- ¡Uh! Otra vez la colitis…
Brígida entró en los sanitarios con unción sagrada y arrojó velozmente el contenido en el inodoro. Para rematarla, apretó dos o tres veces el botón.
Después suspiró aliviada. Había ganado la batalla. Porque a las penas hay que ahogarlas de chiquitas.




PENA DE AMOR

Luis María estaba sentado en su escritorio, como todos los días, haciendo cuentas y más cuentas.
No podía equivocarse: el balance debía salir perfecto. Al día siguiente se realizaba la Asamblea y tenía que terminarlo esa misma tarde.
Estaba tan absorto en su trabajo que apenas alcanzó a oír una voz que lo llamaba.
Se dio vuelta buscando al emisor, pero nadie lo estaba mirando.
Creyó que sólo había sido producto de su imaginación, de modo que volvió a concentrarse en su trabajo.
Sin embargo, la voz insistió. Era una voz pequeña y quejumbrosa que parecía salir de la calculadora.
Le suplicaba que la tomara, que no la olvidara. Entonces, la reconoció.
Era su vieja pena, esa que retornaba cada tanto, cuando la ausencia de Laurita comenzaba a pesarle demasiado.
No veía la hora de juntar el dinero para el pasaje que lo llevara otra vez a los brazos de su amada.
La penita insistía. Rebotaba frente a sus ojos tristes, tentándolo.
Cuando estaba a punto de claudicar, tomó su tarjeta telefónica y discó los incontables números desde Europa hasta Argentina.
La voz de Laura respondió, refulgente.
Luis le habló de su pena y ella lo consoló con palabras cariñosas y besitos con ruido.
Cuando colgó el tubo, su cara había cambiado.
Buscó a la pena por todos lados para decirle que se fuera. La buscó entre los papeles del balance, las hojas de su agenda, las pilas de la calculadora. Y nada. La pena había desaparecido.
Porque no hay ninguna pena que sobreviva a las palabras de amor.

1 comentario:

  1. Uffffff me re gusto!!!! Que cierta la ultima oracion! Mueran las penas!

    El CH

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Bienvenida. Te deseo mucha suerte.