sábado, 20 de julio de 2013

LA CONFESIÓN

LA CONFESIÓN

Elsa lloraba silenciosamente sobre el hombro de Martín. Ambos tenían 16 años y estaban enamorados, pero Martín era tan tímido que no se atrevía a confesarlo y estaba cerca de ella como su mejor amigo y confidente.
Cada tarde, cuando Elsa salía del colegio, Martín estaba en la puerta con restos de ladrillo en su ropa ya que al dejar su trabajo en el horno no le daba tiempo para cambiarse. Lo que le importaba era llegar puntual para acompañar a Elsa hasta su casa.
Esa tarde se retrasaron en el banco de la plaza porque ella tenía necesidad de hablar. Y él, realmente apabullado por lo que acababa de oír, no tenía palabras para consolarla. Simplemente la abrazaba para que Elsa sintiera su presencia.
-Yo nunca te voy a abandonar. Confiá en mí – alcanzó a musitar mientras se ponían en marcha hacia la casa de la joven. Ella lo besó diferente, y él quedó tan turbado que hasta trastabilló al bajar del cordón.
Su corazón palpitaba desordenado.
-Mañana me animo, sí, mañana le pregunto si quiere ser mi novia. -Y así, con su sueño entre las manos se fue silbando hasta el rancherío donde vivía.
Al día siguiente Elsa no apareció en la puerta del colegio. Ni al otro, ni al otro, ni al otro.
Pronto la noticia corrió como un reguero: Elsa había desaparecido de su hogar y los padres habían hecho la denuncia.
Pasó largo tiempo sin noticias de ella. Un día, el gobernador de la provincia de fue entrevistado sobre el tema y prometió públicamente que el caso sería resuelto.
Ante la ausencia prolongada de Elsa, la policía pensó en un homicidio y todas las sospechas recayeron sobre el “noviecito”.
Martín no tenía armas para defenderse, salvo gritar la verdad:
- Yo no fui, yo no le hice nada a la Elsa. La quería, la quería.
Sin escucharlo siquiera, fue detenido como sospechoso y ante la insistencia de Martín, la policía recurrió al método infalible de la tortura para lograr las más insólitas declaraciones.
Primero lo golpearon sin piedad, luego lo llevaron a orillas del río Chorrillos, encadenaron sus manos y sus pies, atando la cadena a un automóvil que hundieron en el río. Así estuvieron hasta que Martín estuvo a punto de ahogarse. Finalmente, lo soltaron, pero siguieron golpeándolo y gritando:
-Qué le hiciste a la chica Díaz, confesá hijo de puta.
Casi inconsciente lo dejaron nuevamente en la prisión, donde todos los días era sometido a interminables sesiones de tortura. Uno de esos días, rompieron una botella que luego introdujeron en su boca arrancándole todos los dientes.
La resistencia de Martín fue absolutamente demolida y los policías obtuvieron la confesión deseada.
-La Elsa estaba preñada y se murió en el aborto. Tuve miedo y la enterré cerca del cerro.

La búsqueda del cadáver fue infructuosa y, finalmente, el Superior Tribunal de Justicia devolvió la libertad a Martín –por falta de pruebas- portador de HIV que se había contagiado de las jeringas infectadas con que lo dopaban para que no gritara de dolor.

Ahora tiene apenas 39 años, pero es un muerto que arrastra su fantasma por las calles, sin destino ni piedad.

Hace unos meses, los padres de Elsa murieron en un accidente automovilístico y fue tremendo el estupor de los compueblanos cuando la vieron aparecer en el velorio, rodeada por sus cuatro hijos.

Laura, su antigua compañera de colegio, le contó toda la historia. Ella lloró mucho mientras le confesaba que había huido de su casa para escapar del abuso.

A Martín nunca se animó a verlo.

Olga Liliana Reinoso ©Todos los derechos reservados.
Foto: LA CONFESIÓN

Elsa lloraba  silenciosamente sobre el hombro de Martín. Ambos tenían 16 años y estaban enamorados, pero Martín era tan tímido que no se atrevía a confesarlo y estaba cerca de ella como su mejor amigo y confidente.
Cada tarde, cuando Elsa salía del colegio, Martín estaba en la puerta con restos de ladrillo en su ropa ya que al dejar su trabajo en el horno no le daba tiempo para cambiarse. Lo que le importaba era llegar puntual para acompañar a Elsa hasta su casa.
Esa tarde se retrasaron en el banco de la plaza porque ella tenía necesidad de hablar. Y él, realmente apabullado por lo que acababa de oír, no tenía palabras para consolarla. Simplemente la abrazaba para que Elsa sintiera su presencia.
-Yo nunca te voy a abandonar. Confiá en mí – alcanzó a musitar mientras se ponían en marcha hacia la casa de la joven. Ella lo besó diferente, y él quedó tan turbado que hasta trastabilló al bajar del cordón.
Su corazón palpitaba desordenado. 
-Mañana me animo, sí, mañana le pregunto si quiere ser mi novia. -Y así, con su sueño entre las manos se fue silbando hasta el rancherío donde vivía.
Al día siguiente Elsa no apareció en la puerta del colegio. Ni al otro, ni al otro, ni al otro.
Pronto la noticia corrió como un reguero: Elsa había desaparecido de su hogar y los padres habían hecho la denuncia.
Pasó largo tiempo sin noticias de ella. Un día, el gobernador de la provincia de fue entrevistado sobre el tema y prometió públicamente que el caso sería resuelto.
Ante la ausencia prolongada de Elsa, la policía pensó en un homicidio y todas las sospechas recayeron sobre el “noviecito”. 
Martín no tenía armas para defenderse, salvo gritar la verdad:
- Yo no fui, yo no le hice nada a la Elsa. La quería, la quería.
Sin escucharlo siquiera, fue detenido como sospechoso y ante la insistencia de Martín, la policía recurrió al método infalible de la tortura para lograr las más insólitas declaraciones.
 Primero lo golpearon sin piedad, luego lo llevaron a orillas del río Chorrillos, encadenaron sus manos y sus pies, atando la cadena a un automóvil que hundieron en el río. Así estuvieron hasta que Martín estuvo a punto de ahogarse. Finalmente, lo soltaron, pero siguieron golpeándolo y gritando:
-Qué le hiciste a la chica Díaz, confesá hijo de puta.
Casi inconsciente lo dejaron nuevamente en la prisión, donde todos los días era sometido a interminables sesiones de tortura. Uno de esos días, rompieron una botella que luego introdujeron en su boca arrancándole todos los dientes.
La resistencia de Martín fue absolutamente demolida y los policías obtuvieron la confesión deseada.
-La Elsa estaba preñada y se murió en el aborto. Tuve miedo y la enterré cerca del cerro.

La búsqueda del cadáver fue infructuosa y, finalmente, el Superior Tribunal de Justicia devolvió la libertad a Martín –por falta de pruebas-  portador de HIV que se había contagiado de las jeringas infectadas con que lo dopaban para que no gritara de dolor.

Ahora tiene apenas 39 años, pero es un muerto que arrastra su fantasma por las calles, sin destino ni piedad.

Hace unos meses, los padres de Elsa murieron en un accidente automovilístico y fue tremendo el estupor de los compueblanos cuando la vieron aparecer en el velorio, rodeada por sus cuatro hijos.

Laura, su antigua compañera de colegio, le contó toda la historia. Ella lloró mucho mientras le confesaba que había huido de su casa para escapar del abuso. 

A Martín nunca se animó a verlo.

Olga Liliana Reinoso ©Todos los derechos reservados.

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