No se sabe si por transgresora,
por pionera o por falta de oportunidades, Marta seguía soltera a los treinta y
cuatro años.
Eran los años ochenta, o sea que
ella había nacido a mediados del siglo XX, cuando se inculcaba a las jóvenes
que debían conseguir un buen partido, casarse vírgenes y formar una familia.
Todo eso era el mejor combo al
que podía aspirar una mujer decente.
Marta no escapaba a las generales
de la ley, pero el hecho de haber sido literalmente depositada en un colegio de
monjas –donde intentaron castrarla mentalmente- hizo que llegara al punto de
pedirle a Dios ser frígida para no caer en la tentación.
Sin embargo, Dios –o el diablo-
no moldearon ese destino para ella.
Y a los treinta y cuatro años
sintió la imperiosa necesidad de ser madre.
No tenía pareja ni tampoco el
coraje para ser una madre soltera.
Una noche le presentaron a Ángel,
un recién divorciado con ganas de divertirse. Juntaron sus soledades similares,
aunque sus deseos fueran tan diferentes. Al cabo de un tiempo, ella quedó
embarazada y él hizo las valijas. Al final, quedó sola con sus temores, pero
manejaba tan bien el personaje de mujer omnipotente que siguió adelante contra
viento y marea.
Cuando nació su hija ya estaba en
pareja con Osvaldo, otro hombre que tampoco la quería, pero que se había
conmovido al verla sola y embarazada.
La pareja no funcionó, muy pronto
el manifestó sus características violentas y no tardó en maltratarla verbal y
físicamente.
Con magulladuras en el alma y el
cuerpo, un día tomó coraje y le pidió el divorcio a Osvaldo.
Por entonces ya tenía tres hijos
y ninguna ayuda de su ex marido.
Tuvo que trabajar de sol a sol.
Trató de compensar sus ausencias brindando a sus hijos un amor desmedido y
sobreprotector.
Paulina, su primera hija, nunca
la perdonó por “quitarle” dos padres.
Cuando los tres crecieron, volvió
a quedar sola. Y no lo pudo resistir. Afloró impetuosamente su trastorno
afectivo bipolar y en una crisis maniática de ira prendió fuego su casa, con
ella y su dolor, adentro.

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