sábado, 8 de octubre de 2011

CUENTOS CON DESCUENTO (libro completo)

PATERNIDAD
Yo siempre tuve una suerte rara con mis padres.
Al primero no lo conocí.
El segundo nos fajaba a mi mamá y a mí, hasta que un día desapareció.
Pero el tercero sí que me quiere. Por eso, cuando mi mamá se va a laburar a la calle, él se acuesta en mi cama para que no yo tenga miedo.
Claro que yo no puedo contarle nada a ella porque se va a poner celosa.

EL ENVOLTORIO
Una tímida luz recién nacida penetró en el cuarto. Tal vez la intuí, porque lentamente fui abriendo los ojos.
- ¿Se trata de un caso de transmutación genética?
- Yo me inclino a pensar en un error astral.
- ¿Podrá ser percibido?
- No lo creo, quizá provoque alguna disfunción, pero tenga en cuenta que contamos a nuestro favor con el olvido.
- Aun así...¿podrá resistir?
Las voces se esfumaron. Me pareció que estaba soñando pero no pude recordar con qué.
Debía comenzar un nuevo día. Monótono, aburrido, desafortunado, como todos mis días. Otra vez la rutina de trazos monocordes. Repetir los mismos actos, los mismos gestos, la misma mueca. Como una marioneta a la que un mediocre titiritero obligaba a dar el triste espectáculo cotidiano. Pero algo bullía en mi interior con una fuerza cada vez mayor que me exigía replantearme tantas cosas... A veces sentía que me asfixiaba como si me faltara el aire o me ajustara demasiado el traje. Presentía (o deseaba -no lo tengo muy claro-) que algún día este volcán iba a estallar.
Cuando me miraba en el espejo solía tener la sensación de estar viendo una máscara y me inundaba la bronca al comprender que yo también era una hipócrita que representaba un personaje en el que no creía. Me sentía en la cornisa, entre un mundo falso y otro verdadero; sin atreverme a pegar el salto definitivo. Igual que una esclava, cumplía órdenes, pero no sabía de quién.
No podía descubrir cuál era la razón por la que siempre me sentía diferente, como nadando contra la corriente y teniendo que disimular para ser aceptada. Pero yo no era esa que veían los otros, en realidad era un fraude, una mitómana que se había inventado una personalidad acorde con su apariencia y con el tiempo que le había tocado vivir. Sin embargo otra mujer navegaba en mi sangre, una mujer sin límites, hecha para el amor salvaje y la libertad absoluta. Y ahí estaba padeciendo, en esa cárcel de carne diminuta que cercenaba mis alas diariamente. Todo lo había intentado para doblegarla, para sofocarla. Quise matarla de todas las formas posibles, pero siempre sobrevivió.
Solo de cuando en cuando había sido auténtica, con resultados catastróficos. No habían podido comprender la transformación, no la aceptaron. Y fui rechazada.
Desde entonces, ese animal que habitaba en mis entrañas andaba como al acecho, agazapado y se había convertido en mi enemigo. Porque, por ocultarlo, debía autoflagelarme, y cuando lo mostraba, huían de mi lado. O se reían, que era peor.
Así que así andaba. Siendo a la vez la domadora y la leona. Recurría a Dios a veces y otras veces lo negaba pero siempre le hacía la misma pregunta. ¿Por qué? Y a menos que me enviara mensajes cifrados que no podía develar, creo que no me escuchaba o se le antojaba no responderme. Salvo en ciertos sueños durante los cuales podía desdoblarme y gozar una felicidad efímera.
Salí como siempre por la calle de siempre, dando los mismos pasos hasta llegar al subterráneo. Un cansancio que trascendía lo físico lentificaba mi conciencia, la adormecía, y en medio de esa somnolencia matutina me distraje. Cuando reaccioné me di cuenta de que estaba en otra estación pero en lugar de preocuparme, esa nimiedad me produjo alborozo, porque presentí que estaba en el umbral de una aventura. De pronto sentí que alguien me miraba. Más que mirarme parecía que me llamaba. Me di vuelta. Era una mujer algo más joven que yo, de mirada afable. Sin embargo, me dio un escalofrío. No era miedo, sino sobresalto y vértigo. Su mirada me atraía como el vacío y debí contenerme. Ella tampoco dejaba de mirarme. Nos bajamos donde terminó el recorrido. Estaba lejos de casa pero me sentía confortable. Caminaba semejando displicencia aunque mi corazón latía desenfrenado. Escuchaba sus pasos, cada vez más cerca, hasta verla frente a mí.
- ¿De dónde te conozco? –preguntó con una voz notoriamente familiar.
- ¡Ah! A vos te pasa lo mismo.
- ¿Estás apurada? ¿Por qué no tomamos un café?
- Conozco uno por aquí cerca.
Entramos y nos pusimos a hablar compulsivamente, buceando en ambas historias para encontrar la causa de esa atracción.
Las dos percibimos que estábamos frente a un misterio; pero la madeja estaba tan enredada que no encontrábamos la punta y cada vez nos enmarañábamos más.
Lentamente nos fuimos calmando y al relajarnos por completo, comenzamos a vislumbrar que nuestras vidas se parecían demasiado. Pero al revés. Ella me contaba episodios de los que yo hubiera deseado ser protagonista. Y yo la ilusionaba con mi tranquilo transcurrir sin matices.
Hasta que caímos en un profundo silencio, que yo interrumpí con un delirio:
- Si el cuerpo fuera simplemente un vestido qué fácil sería cambiarnos de ropa.
Entonces comprendimos.
Su apariencia era exacta para mis aspiraciones. Y mi envoltorio le iba perfecto a sus expectativas.
Pero ninguna se atrevió a decirlo. Y nos despedimos inundadas de sentimientos ambiguos.
Pocos meses después nos reecontramos en la puerta de un templo budista. Ambas seguíamos buscando respuestas y ambas, también, estábamos cada vez más convencidas de estar viviendo con el cuerpo equivocado.


QUE YO TE LO RESUELVO
Diez negritos ya había lanzado mi madre al mundo cuando le dio la noticia de mi llegada un vómito repentino en medio de la madrugada. Experimentada como estaba supo mi madre que otro negro se sumaba a punto de completar la docena muy prontico y fue entonces que mi padre, gran contador y devoto de Jesucristo, sintió pánico de sentar a la mesa 13 negros caribeños. Aclaró mi madre que hacía rato ya habían consumido la última cena y con más bocas a los platos próximamente ni almuerzos.
Pero mi padre le contestó que él no podría resistir sobre su alma la condena de revivir el Gólgota aunque fuera aquicito en las Antillas y 1960 años después. Así que muy religiosamente, juntó en un paquetico su poca ropa y partió bordeando la sierra. Negro, negrito, invisible para siempre.
Siete meses más tarde acaecí por Cuba sin advertencia de todos los males que ya había causado. Me bautizaron como correspondía: Judas Da Silva. Judas por el 13, porque para mi madre su marido seguía ocupando el hueco de la cama al lado suyo. Y Da Silva de aquella rama brasilera descendiente de un cargamento de esclavos que un día fueron comprados por un hidalgo español que estaba haciendo fortuna con el azúcar cubano.
Quiso Dios bendecirme al nacer en Guantánamo, donde el frío no baja de 25 grados porque escaseaba ropa decente para cubrirse y la única que pude ver de cerca era la que lavaba la negra Lializ, mi calladica madre, en las rocas del mar hasta sangrarse.
Cuando un día me subí a esa guaga destartalada que terminó en La Habana, lo hice sin despedirme por miedo a caer de bruces en el precipicio de sus ojos.
Conocí a un hombre fuerte en el camino que nunca pude olvidar, era extranjero pero los cubanos lo amamos mucho. Siempre que viene un argentino me pregunta. Yo me iría a la Argentina pero Fidel no quiere y hace frío.
En La Habana no se veía tanto la pobreza como en la provincia de Oriente y además no había zafra.Me cogieron dos policías y llevaron a un lugar donde me hacían bañar todos los días y ya no había que cepillarse las partes con esas hojas espinosas que hacen espuma pero arden. Todos los días tenía un plato de frijoles o plátanos fritos para masticar y como el Che argentino decía que todos los cubanos debían leer y escribir, así me puse y fue sabrosico llegar al 9º con diploma y todo.
Un día Fidel nos habló más de siete horas y nadie dormitaba porque algo feo parecía latir que no sonaban las guitarras ni las maracas.
Hablaba de Moscú y yo había estudiado que eso quedaba en Rusia y eran amigos nuestros,
Hablaba de bloqueo y del imperialismo yanqui.
Hablaba de racionamiento y de la guerra fría.
Y después de hablar Fidel otra vez vi la pobreza pero esta vez en La Habana.
Entonces yo era un muchacho y tenía ganas, por eso alguna vez robé pero a escondidas porque la cárcel es eterna aquí en esta tierra.
También trabajé de mozo para los turistas y viajé por el mundo subiéndome a las historias que me contaban. Pero no duré mucho porque yo tenía sueños, tantos sueños que los más de los días de la semana me quedaba dormido.
- ¿Qué tú quieres, Judas? –decía mi patroncico.
- ¿Qué tú quieres? ¿Mi ruina?
Y en esos romances duramos muy poco hasta que volví a la calle y entré en el mercado que tanto se parece a los principios de mis robos porque también se hace a escondidas pero es más elegante y risueño. Va uno por la calle y apenas atisba turista se acerca y al oído le deja caer frases como: habanos, ron, remedios para el colesterol, salsa cubana o carro. Si tú quieres yo te lo resuelvo.
Hasta que conocí a mi Gladis y supe ver prontico que ella era buena y dócil. Y que mis penurias habían fenecido por arte de magia. Ella es una negra gordita y graciosa con manos que no se cansan y saben hacer estas trenzas de moda que tanto apetecen a las turistas jóvenes. Yo, como un señorico, la sigo a todos lados y entretengo a las madres o a los novios mientras los convenzo con esta lengua prodigiosa que Dios me ha dado de que van a hacer el mejor negocio de sus vidas si aceptan mis ofertas.
- Oye chica, qué bien bailas la salsa. Pareces cubana. Seguramente han de gustarte las trencicas. Mi mujer sabe hacerlas como nadie por solito 10 divisas o pesitos convertibles del mismo valor. Eso sí,
no puede hacértelas aquí en la plaza de la Habana Vieja porque la policía nos cogería a todos. Es
ilegal, tú sabes. Pero tengo un hermano, es un santero, que nos presta la casa. Claro que tú debes pagarle el favor. Apenitas 5 dólares. Seguro en tu país pagas más caro.
Y a ti pana, si quieres quedar bien con amigos te ofrezco una caja de habanos que en la fábrica te dan a 380 dólares. Yo tengo un amigo que te lo resuelve solo por 50.
Y a usted caballero, que lo veo tan serio y tan solo. Te ofrezco una negra gordita y graciosa, buena y dócil. En los hoteles del Vedado o en el Habana Café han de mentirte y estafarte, pero confía en mí. Yo te doy calidad y te lo resuelvo por apenas 100 dólares.
Nunca vi una mujer tan bonita, será porque vienes de la tierra del Che. ¿Sabes? A cualquier cosa estoy dispuesto por ti, hasta llegaría al altar si tú me aceptas.
Y eso fue todo lo que tuve que decir para casarme con la inocente argentinita que me sirvió de pasaporte para escaparme de Cuba sin sospechas. Yo que no sé nadar, otra no me quedaba. Llegamos a Buenos Aires en enero de 1979 y fue costoso amoldarme a la ropa de los porteñicos, pero por unos meses comí y bebí opíparamente, me repuse del viaje que por ser primerizo me dejó hartico cansado, me aburrí entre las sábanas de mi mujer blanca que aquí vine a comprobar para mi desconsuelo que era muy complicada y hablaba sin una tregua. Hasta que un día me perdí por esas calles de Dios y olvidé la dirección. Anduve festejando la vida en todos los rincones donde encontraba compañía y era todo un manjar, hasta que hace una semana entró la policía en un bar y nos pidieron documentos. No entendí ni la risa ni la voz cuando uno gritó como si hubiera visto al mismísimo diablo:
- ¡¿Cubano?!
Me subieron a un carro, me taparon los ojos, me pusieron los grillos y después de andar mucho, me bajaron a empujones. Desde entonces estoy aquí tirado. Me golpean, me escupen y me ponen electricidad en el cuerpo. Diocico mío, si he sido tan malo y pecador, estoy arrepentido. Me porté malísimo con mi mujer blanca, con mi querida Gladis, con mi calladica madre y con Fidel. Quiero pedirles perdón y que nunca lo volveré a hacer. No quiero más los golpes ni la corriente eléctrica, no quiero que me griten Cubano hijo de puta, comunista de mierda, no quiero...!No!











EL VATICINIO
El abandono es una enfermedad incurable. Una vez que se adquiere el virus, éste corroe célula tras célula y la víctima padece definitivamente un síndrome de inmunodeficiencia afectiva. Susana fue abandonada a los doce años. Y desde entonces le amputaron la felicidad. Consultó a todos los médicos, curanderos, manosantas, sanadores. Y todos debieron rendirse ante la evidencia. Era un caso terminal.¡Mami, no te vayas! ¡no me dejes! La soledad es un toro furioso resoplando en frente de mí. No me deja mover. ¡Mamá, te necesito! El toro crece. Su aliento pestilente me contamina el aire. Y hay cerca un mar bravío que me atrae y me llama. Susana agitó su flequillo como queriendo ahuyentar aquellos pensamientos que la rondaban cada vez con más asiduidad y observó el movimiento de la fila que parecía inmovilizada en medio del salón.
Estaban pagando el aguinaldo, por lo tanto el hacinamiento era desesperante.
Todavía recuerdo el sonido del portón al cerrarse. Fue como un balazo. ¡Cuánta desolación! Atardecía…y las sombras se fueron apoderando de mi alma. Pollera azul y camisita a cuadros, pelo recién cortado, como una ofrenda…Tuve miedo, mucho miedo. Esa galería interminable parecía succionarme, deglutirme…las grandes nos miraban socarronamente y las monjas empezaron a dar órdenes: fila, comedor, silencio. Y después el horror…Dormir en esa sala inmensa como un hospital sin saber quién estaba a mi lado ni qué fantasmas aparecerían…Lloré tanto esa noche que duró cinco años…
Habían pasado treinta años y el dolor seguía aguijoneándola.
Cuando me fui a la ciudad por propia decisión nunca pensé que la soledad iba a ser mi huésped crónico. Quería demostrarles que no había fracasado. Pero las paredes del departamento fueron barrotes de una cárcel paradojal. Tanta libertad, tanto no rendir cuentas eran la peor esclavitud cuya condena era esa soledad que como un ácido comenzó a corroerme las arterias. En un rito herético yo alzaba los brazos y giraba en torno de la nada, llamando a mis orígenes, a mis raíces, sin hallar respuesta.
¡Amor, no te vayas! No me dejes sola.
La soledad es un monstruo mitológico de mil cabezas y mil bocas que me succionan y me aprietan. Giro dentro de un círculo infinito al borde del abismo. Todo lo que amo se aleja indefectiblemente. No alcanzan los pañuelos ni el llanto ni las súplicas. Solo mi voz responde como un eco burlón y macabro.
Susana tuvo un hijo de padre desconocido, quizá también para ella. Pero jamás aceptó internarlo en ningún instituto de menores ni darlo en adopción. A pesar de los sinsabores y las dificultades, nunca lo abandonó a su suerte y se desvivió para criarlo y educarlo. El muchacho salió bueno y trabajador. Con grandes sacrificios logró tener un título universitario y un día le salió una beca para ir a Bélgica. Entre sollozos espasmódicos, Susana lo vio partir.
Las cartas llegaban semanalmente al principio, después no tanto. Cierto día el hijo le anuncia que se va a casar con una belga. Ella supo que ya no vendría.
Vida, no te vayas. Llevame con vos. La soledad es mi muerte.
El toro ha clavado sus cuernos en mi pecho, estoy desangrándome.
Susana estaba en el balcón. El toro frenó en el aire. Resoplaba con furia y un vapor calcinante rozaba la cara de la extraña mujer solitaria. Alguien levantó la vista y pudo ver la escena. Pero nadie le creyó cuando dijo que un toro volaba con una mujer a cuestas.

El laberinto de los argentinos

Cuando la noticia llegó a Ginebra, el encargado cultural de la embajada argentina en Suiza corrió alborozado a contársela.
- Borges, se firmó el decreto para su repatriación. Pronto podrá volver a la Argentina.
Inmutable, Borges pareció no escuchar.
El funcionario continó, alborotado y efusivo.
- Es un acto de justicia, maestro. Usted debe descansar en su tierra. Usted es argentino. Además hay que demostrarles a aquellos cretinos que eran todas mentiras eso de no querer morirse allá. Fueron circunstancias y ahora llegó el momento de la gran reparación histórica...
El escritor, molesto por tanta verborragia injustificada, salió de su mutismo y preguntó:
- Pero...¿usted está seguro de que los argentinos quieren que yo regrese?
- ¡Por supuesto! Aunque un poco tarde, su prestigio ha crecido de manera considerable. Sobre todo a partir de 1999, cuando usted cumplió cien años. Ahora todo el mundo lee sus obras y se hacen seminarios sobre su literatura y se filman películas con su vida y los chicos que navegan por Internet descubren sus poemas y los repiten y...
- No abuse de la polisíndeton.
- ¿Cómo...cómo dice?
- Que me parece una exageración.
- Pero qué dice, usted se lo merece. Y mucho más. Además, lo necesitamos. El país está en crisis y el gobierno tiene que sensibilizar a la gente con un gesto a lo grande. Y por otra parte, volverá a estar cerca de aquella manzana de Palermo. El presidente ya está imaginando el discurso con que va a recibirlo.
- Esas son naderías, jovencito. Y ahora, si me disculpa...
- Borges retornó al silencio, pero algo como un aguijón de nostalgia le presionaba el pecho.
- No nos une el amor sino el espanto –musitó entrecortadamente y sintió que, otra vez, lo único que faltaba era la vereda de enfrente.

Comenzaron los trámites burocráticos del traslado mientras la prensa aprovechaba el hecho para transformarlo en una nueva contienda política y los miembros de los diferentes partidos sacaban a relucir viejos rencores a través de los cuales sólo asomaban las mezquindades humanas pero la literatura borgeana era la gran ausente. Algunos se preguntaban si todo ese movimiento tenía sentido, si el retorno de Borges los haría un poco mejores o volverían a las andadas después de las ceremonias. Entretanto, en Ginebra, el anciano escritor seguía dudando. ¿Cómo era esto de que su literatura se había vuelto tan popular? ¿Qué había pasado? Acaso simplemente los argentinos seguían fieles a esa costumbre necrofílica de honrar más a los muertos que a los vivos...
Una tarde, cuando ya estaban ultimando los detalles de su regreso, Borges inquirió ante el entusiasta empleado consular:
- Joven, perdone mi ignorancia. Usted me habló de Internet...
- Sí, maestro, Internet es una red compuesta por millones de computadoras distribuidas por todo el mundo; es la ví de acceso a una amplia gama de información y servicios. Los jóvenes son los que más la usan y gracias a eso lo han descubierto a usted...
- ¿Y podría recordar qué poemas gustan a los jóvenes?
- Hay dos, especialmente, que los tienen atrapados. Hasta han hecho posters para regalar o colgar en sus cuartos. Se llaman “Instante” y “El árbol de los amigos”.
La mano del viejo hombre de letras se crispó sobre el bastón. No entendía el humor de su interlocutor, pero como quien se aferra sin saber o sin querer a una esperanza, él esperaba el remate de ese chiste de mal gusto. Que no llegó.
- No sé de qué me habla.
- No me diga, Borges, que no se acuerda de haber confesado que comería más helados o daría más vueltas en calesita y que andaría descalzo desde comienzos de la primavera...
A esta altura, la conversación se había vuelto insostenible. Borges no disimulaba su malestar, ante el azoramiento del funcionario público que no comprendía lo que pasaba. En un murmullo apenas audible, dijo:
- Jamás escribí algo así, jamás podría haberlo escrito. Ni yo, ni el Otro ...No puedo regresar.
Y cerró los ojos.
La casa de tejas rojas sin jacarandá en el patio
(MI VECINA)

Cuando me mudé a ese barrio todo el mundo rumoreaba. Con la morbosidad propia de las mentes poco cultivadas que solo encuentran atractivo husmeando en la vida ajena, se juntaban en la vereda o en el mercado y con la liviandad de quien no piensa en las consecuencias, comentaban las novedades, sacaban conclusiones, agregaban detalles seguramente inventados y parecían entretenerse y hasta regodearse con los dolores ajnos, quizá para tapar sus propias miserias. Yo siempre he sido muy prudente y reservado, de manera que mientras pude me mantuve al margen. Pero era tanto el comentario que no pude menos que sentir cierto interés en comprobar si las habladurías tenían fundamento. Claro que a mí me movían otros intereses, casi científicos podría decir. Me interesaba la personalidad del hombre, porque yo había sido educado de otra manera. Mi padre, un descendiente de irlandeses, siempre me aconsejaba en ese aspecto y sentenciaba sabiamente que un hombre que se precie de tal jamás cometería esa cobardía.
Para entonces yo todavía no me había casado pero mantenía una relación de años con una compañera de facultad con la que teníamos planes de formar una familia. Ella, Dina, era una mujer independiente, llena de iniciativas, pero muy afectuosa y romántica. Un día saqué el tema y ella quedó muy afligida. Me dijo que no podía entender que pasaran esas cosas y que algo había que hacer, que no podíamos quedarnos con los brazos cruzados. Traté de calmarla haciéndole ver que no tenía pruebas y tal vez solo se tratara de chismes de barrio.
Hasta que un día yo también escuché el escándalo.
Gritos, llantos, ruidos. Y después un silencio ominoso, que dolía.
A la mañana siguiente el barrio era un hervidero.
-¿Escucharon el kilombo de anoche?
-Y, otra vez hubo biaba.
-Dios mío, pobre mina.
-¿Pobre? Pero no te das cuenta que es una masoca.
-Al día siguiente del terremoto no se asoma ni a la vereda y si alguna vez sale anda toda tapada y con anteojos.
-Pero por qué no se raja.
-Qué se va a rajar. Si le gusta, seguro que le gusta. Después deben terminar con una festichola y chau pinela.
-Pero quién se lo podía imaginar de un tipo como él, tan atildado, con tan buenos modales, amable con todo el mundo...
-Y, el tipo no tiene la culpa, seguro que la jermu lo saca de quicio. Esas mosquitas muertas son las peores.
-Che, ¿pero no tendríamos que avisar a la poli?
-Largá, ¿qué decís? En estas cosas no hay que meterse, son asuntos de familia.
-Sí, pero, si un día ocurre algo malo...
-Cortala, fatalista ¡qué va a pasar!
Desde ese día no digo que pasé a ingresar la larga fila de chismosos pero debo reconocer que la idea me rondaba muy seguido. Muchas noches me descubría conteniendo la respiración para escuchar mejor todos los ruidos que venían de afuera y así fue como en varias ocasiones los golpes sordos que sonaban en la casa de tejas rojas y grandes ventanales, no me dejaban conciliar el sueño. Yo sentía que Dina tenía razón cuando hablaba de hacer algo, de intervenir. Pero confieso que no me animaba a tomar una decisión. Creo que me daba un poco de vergüenza y tal vez en el fondo, muy en el fondo, esos preconceptos machistas de los que es tan difícil deshacerse, me impedían moverme.
Ella salía muy poco. No trabajaba afuera ya que el marido era un empresario al que no le iban nada mal las cosas. Alguien me dijo que pintaba. Ella, mi vecina, pintaba cuadros.
Un día leí en la agenda cultural del diario que había una exposición de Ema Quirós. Era ella. Fui hasta la galería, no porque me interese demasiado el arte sino para verla. Pero las pinturas me conmovieron. Eran figuras desgarradoras, tan desvalidas que uno se asfixiaba al verlas y necesitaba correr hacia la calle para tomar aire. La muestra fue un éxito, todo el mundo comentaba la aparición de un nuevo pincel talentoso. Cuando me presenté diciéndole que era su vecino un ínfimo temblor la perturbó, pero fue sólo un instante, la breve duración de un parpadeo y un suspiro levemente prolongado. De inmediato se recompuso y charlamos nimiedades.
Al regresar a casa mil interrogantes me acuciaban. Se la veía entera, segura de sí misma. Para nada mostraba la imagen de una mujer débil, maltratada. Entonces comencé a reflexionar acerca de los seres humanos, de cuánto mentimos, del personaje que representamos para los demás. Y al llegar me miré en el espejo tratando de desentreñar quién era yo en realidad y si los otros verían al que yo suponía ser o me miraban con otros ojos.
No logré responderme con certeza y en medio de esas cavilaciones me quedé dormido.
De cuando en cuando me cruzaba con Ema pero ella simulaba no conocerme, miraba para otro lado, apuraba el paso y desaparecía.
Una noche sus gritos me despertaron pero en lugar de llamar a la policía, encendí el equipo para no escuchar.
A la mañana siguiente pasé por sus ventanales y vi la imagen de uno de sus cuadros. Pero era ella misma, tan desgarradora y desvalida como sus pinturas. Sus ojos color caramelo clamaban ayuda. Yo sentí que me ahogaba, como aquel día en la exposición.
Esa noche los ruidos se repitieron, pero eran otros ruidos, más sordos, más trágicos. Y no hubo un solo grito. Desperté con una terrible jaqueca que me duró varios días. La casa de tejas rojas con jacarandá en el patio estaba completamente cerrada. Pocos días después apareció la policía haciendo preguntas. El marido había denunciado la desaparición de Ema. Nadie sabía nada. Los rumores siguieron corriendo pero eran solo eso, rumores. Nadie tenía pruebas.
Al llegar el invierno vimos con zozobra que habían talado el jacarandá, para ampliar la casa, según parece. El marido de Ema instaló su oficina en ese lugar. Todo el antiguo patio quedó cubierto de mampostería. Algunas madres anticuadas asustaban a sus hijos con el viejo de la casa de tejas rojas.
Han pasado los años, he cambiado de barrio y nunca más oí hablar de esa mujer pero no pude olvidarla. Algo parecido a la culpa me corroe el alma. Y sobre todo recuerdo sus ojos. Sus ojos color caramelo chorreando sobre un vidrio que nunca nadie se atrevió a limpiar.




SI ASÍ NO LO HICIERE

El hombre venía del centro.
Traía un sombrero gris que le cubría los ojos. Y eso es mala señal, porque quien esconde los ojos, esconde mucho más.
Los otros lo miraron desconfiadamente y hubo un aire de incomodidad surcando la antesala de las revelaciones. De pronto alguien tiró al estanque del silencio una pregunta retórica. Y otro, comedido y haciendo gala de su falta de ubicuidad, puso cara de sabio resolviendo el enigma para responder alguna banalidad. Siguió un desafinado coro de toses, subrepticias miradas al reloj y por fin, el recién llegado se presentó.
La fingida humildad de sus palabras contrastaba con la mueca de soberbia que, más que verse, se intuía.
Quizás era el traje de corte impecable, o la corbata de marca, o esa manera de fumar los cigarrillos caros.
De cualquier forma, nadie hubiera podido afirmar que eso era cierto, sin correr el riesgo de sospechar que sólo era producto de su fantasía. Fuera como fuese, todos los presentes, menos el forastero, tenían la molesta y creciente sensación de estar siendo embaucados y estafados.
Mientras tanto, el hombre hablaba fluidamente, gesticulaba con grandilocuencia, manifestando, casi exhibiendo, sus grandes dotes de oratoria. Sacaba papeles, señalaba, ofrecía datos estadísticos, mostraba gráficos.
En el ambiente, cada vez más viciado, se expandía ese perfume imperceptible pero penetrante de la mentira. Y por esa razón, en el auditorio crecía la desazón y el sentimiento opresivo de la derrota.
Los caminos se estaban cerrando, se alzaban los puentes levadizos, llegaban noticias alarmantes de que las tropas estaban siendo diezmadas.
¿Qué hacer cuando los muros se desmoronan y las manos no alcanzan a sostenerlos?
¿Qué hacer cuando la tierra se sacude y no hay de dónde aferrarse?
Así era el clima que se vivía en el recinto. Porque, como en un rito milenario, finalmente, las dos culturas se enfrentaban.
De un lado estaba el sector de rezagados que defendían una serie obsoleta de valores. Eran muchos, pero carecían de estrategias.
En el centro, un hombre solo, arrogante y omnipotente, detentando el poder y burlándose de aquel estilo de vida al que menospreciaba con ostentación.
La balanza se inclinaba peligrosamente y en esa pulseada desigual el único que no perdía la compostura era el hombre poderoso. Los demás transpiraban, se aflojaban el nudo de su corbata de mala calidad, restregaban las manos. El otro no cometía siquiera un furcio. Ellos sacaban a relucir la declaración de derechos, los pactos preexistentes o aquella enmienda que guardaban como un as en la manga. El otro, sólo desplegaba su sonrisa impertérrita, de dientes blancos y perfectos. Su sonrisa felina.
Él era el león sanguinario, el gladiador inmortal, el emperador absoluto, Atila, Mussolini, Hitler, Franco, Videla.
Los otros eran los esclavos, los cristianos atemorizados, los judíos, los republicanos, los subversivos aniquilados, los desaparecidos.
Todo el lugar era una hoguera y en ella ardían irreversiblemente aquellos hombres y mujeres que habían sido sorprendidos una vez más en su buena fe. El hombre, en cambio, sólo era acariciado por las llamas bravías. Y él emergía entre el fuego con plena conciencia de estar siendo soñado por aquella multitud de soñadores que por algún designio maléfico habían internalizado pasivamente aquella ideología del poder a tal punto que, solamente desaparecería, el día en que todos desearan plenamente que desapareciera.
Finalmente, con un irreverente desaliño que provenía más del estado anímico que del aspecto externo, se levantó la sesión.
Como estaba previsto, la impunidad había ganado nuevamente.

LA ETERNIDAD DEL TIEMPO


El hombre ciego caminaba por los puentes del Sena. Apoyaba su prodigiosa mano derecha en el bastón y con la otra sujetaba sutilmente el brazo de una mujer de rasgos orientales, pelo entrecano y sonrisa enigmática. Su andar incierto reflejaba cierta grandiosidad casi luminosa.
Se desplazaban en silencio pero en íntima comunión, como si ese leve contacto significara una profunda simbiosis.
Luego de andar unos metros aspirando el otoño parisino se detuvieron, acodándose en el puente para escuchar mejor las canciones del río.
- Te noto preocupado, Jorge Luis.
No respondió el anciano pero sus ojos inertes buscaron el presentido vuelo de algún pájaro.
- No pretendas ocultarlo. Algo te pasa.
- He soñado otra vez, María. Otra vez el repetido e insistente sueño.
- Pero qué tiene eso de extraño. Es tu destino, ya lo decían las antiguas profecías. Este es el precio.
- No se trata de eso. Es otra cosa, como una fuerza poderosa que trasciende todo cosmos onírico y justamente pareciera trastocar el caos de manera indominable.
- Siempre ocurre así, al principio. Después retornará la calma.
Continuaron la marcha. Estaba anocheciendo y ya surgían a lo lejos las primeras y tímidas estrellas.
Julio estaba en el jardín, acostado, boca arriba. Le producía un deleite especial observar el cielo estrellado en esa rutilante noche de primavera, mientras coreaban los grillos y alguna cigarra madrugadora anunciaba el calor del día siguiente. Si alguien le hubiera exigido que optara, sin dudas se habría quedado con la Cruz del Sur. Perfecta, simétrica, infinita.
No tenía la menor intención de irse a la cama aunque mañana le costara madrugar para ir a la escuela. Era un niño especial, inteligente, de ojos vivaces e incendiarios. Su singular manera de pronunciar la erre, arrastrándola casi con acento francés y que no pocas consultas al fonoaudiólogo le había costado, era una más de sus particularidades. Entre las otras figuraban su adicción a la lectura y un deseo febril de pergeñar palabras en cuanto papel osara cruzársele. Aún mirando el cielo escribía encendidas proclamas en el aire.
- Es un chico muy raro. Escribe cosas incoherentes, sentenció la cándida maestra regordeta que siempre lo miraba con afecto. Con el mismo afecto que miraría a un extraño espécimen en el zoológico.
- Pronto voy a morir, María. Y no puedo dejar este asunto inconcluso. Me preocupa mi sueño. Es que esta vez estoy creando un ser humano, una persona sensible, con libre albedrío. Por eso no puedo dominarlo, se me va de las manos. Además, el lugar...
- ¿Qué tiene que ver el lugar?
-No entiendo a ese país ni a su gente. Son tan particulares, tan incorregibles... Ellos sí que no acatan reglas ni respetan los espejos. Su historia se repite infinitamente pero jamás aprenden. Por eso temo por la vida de mi... discípulo, finalizó tartamudeando, Borges.
- No ibas a decir discípulo.
- Tenés razón, nadie me intuye más que vos, María.
- Ibas a decir hijo.
Julio correteaba por los suburbios, escuchaba los pintorescos diálogos entre malevos y como un polizón se filtraba entre las bolsas apiladas de aquel depósito que hacía las veces de un cuadrilátero donde el Torito se preparaba para la gran pelea.
De vez en cuando, cada vez con más asiduidad, se reunía con un grupo de intelectuales comunistas que enardecidos discutían acerca del rumbo político que estaba tomando la controvertida tierra que los vio nacer.
Y esa pasión creciente se manifestaba en sus textos que como cirios mensajeros empezaban a circular de mano en mano entre los jóvenes, contagiando su ardiente luz a tanto corazón indómito.
- No corren buenos vientos allá en el Sur, María. La intolerancia y la violencia se expanden por las calles como un reguero sembrador de muerte. Me duele ese país de una manera insoportable. Y temo por la vida de mi hijo, dijo Borges esta vez mostrando abiertamente y sin escrúpulos, su paternidad soñada. -Ese muchacho es un rebelde y ya sabés la suerte que allí corren los rebeldes.
La avenida de los Champs Elisée estaba tachonada de ocres y dorados. Los pasos del maestro se perdían en esa alfombra mágica, que, acompasándolos, los repetía en una prolongada sinfonía cálida como un beso.
- Hijo, no soy yo quien te engendra. Son los muertos -musitó Borges- ya sentado en un banco del parque.
Las campanas de Notre Dame repicaban las siete de la tarde.
Julio hablaba entrecortada y acaloradamente. Se estaba despidiendo de sus alumnos del Normal. En su raído portafolios aguardaban un pasaje de avión y un pasaporte. A partir de mañana estrenaría el exilio.
A quién iba a importarle, en un país distante, su fama de cronopio.
Fue frente a la iglesia del Sagrado Corazón que se encontraron, bajo una llovizna imperceptible y solitaria.
El hombre ciego detuvo sus pasos y casi también la respiración. Cortázar lo miró desde su metro ochenta y sólo alcanzó a murmurar:
- Borges, yo tampoco puedo ver así a la patria.
El anciano ilustre sonrió tristemente reconociendo aquel acento familiar.
- Quizás la muerte no sea nada más que esta nostalgia. La ausencia es un embeleco.

Ardió París, ardió Ginebra, el mundo entero ardió en la década del 80 cuando los dos creadores escribieron su cuento final. Y Borges, que temía que el fuego fuera el gran delator, pudo comprobar, con alivio, que él también era una apariencia que otro estaba soñando. Otro llamado Julio Cortázar.
- Hermano, esto es muy grosso para mí. Ya estoy mayor: hice lo que pude.
Desde entonces, suele vérselos juntos jugando a la rayuela sobre las baldosas de la Cruz del Sur.
Pero es común, también, cruzarlos por la calle. Porque cuentan los viejos que estos dos argentinos se fugan de los cielos cada vez que algún loco, de los que por suerte todavía quedan, comete el desatino de leerlos y caer en su trampa.

EL MISTERIO DE LA ESCOBA
Mi bicicleta y yo somos inseparables. Con ella cruzo la ciudad de punta a punta, en invierno o en verano, para ir al trabajo o a pasear. Menos a las citas de amor. A esas voy caminando para que no me traicione el entusiasmo.
Me siento realmente libre andando en bicicleta. Mis sentidos están de fiesta, pueden percibirlo todo. El aire, los colores, los perfumes, la música del día y el andar de la gente.
Es casi terapéutico deslizarme sobre sus ágiles ruedas y cada insospechada travesía parece una réplica de la Fuente de Juventia.
Además, mientras viajo tengo tiempo para ejercitar el pensamiento y la reflexión. Me interno en intrincados laberintos filosóficos o navego en las aguas de la cotidianeidad mientras pedaleo. Hablo con Dios, saludo a mis amigos, tomo sol y hago gimnasia. Todo por el módico precio de salir a repechar las calles.
Y en tanto ir y venir descubro personajes que terminan formando parte del paisaje.
Así di con la mujer de la escoba y poco a poco fui intuyendo su personalidad, imaginando sus pensamientos y deseos, construyendo su historia.
Las primeras veces ni siquiera me daba cuenta. Simplemente pasaba y “casualmente” la encontraba barriendo la vereda.
Con el pasar del tiempo vislumbré que además de la vereda barría también la calle.
Y que no había hora en que yo pasara que no la encontrara barriendo como una sacerdotisa cumpliendo su rito, o como una autómata, o como una marioneta, mecánica y obsesivamente.
Cierto día, de esos que odio porque el viento arrasa, tampoco faltó a la cita.
Barría como una ciega, con insistencia, las mismas hojas que iban y venían como las olas del mar. Ella agitaba incesante su escoba justiciera y las hojas, muertas de risa, giraban a su alrededor sin darle tregua.
Así continuó la historia, indefinidamente.
Ella no debe haberme registrado y mucho menos imaginado que para mí se había convertido casi en una obsesión, como su escoba.
Cada día, cuando me aproximaba a su cuadra, mi corazón latía aprisa esperando verla o temiendo que no estuviera.
Jamás falló, como un Sarmiento barrendero, cantó siempre el presente sin importarle las inclemencias del tiempo.
Primero supuse que sería la empleada doméstica y sólo cumplía órdenes. Pero cuando me di cuenta de que tenía horarios tan disímiles y desusados, comprendí que era la dueña de casa y lo hacía voluntariamente.
Entonces comencé a compararme. Mi escoba, flamante e intocada, me miraba desde su largo aburrimiento y yo, sonrojada y tartamudeando, le explicaba que estaba apurada, que quizás más tarde...
Mientras tanto, las hojas verdeamarillentas de las acacias teñían como lunares voladores o como acolchada alfombra las baldosas de mi vereda.
A veces, hasta sentí envidia, pensando que entre tanto yo corría a la oficina, ella tenía tanto tiempo de sobra. Claro que yo lo hubiera utilizado de otra forma. Pero gustos son gustos. Y hablando de eso, me encontré interpretando la actitud de la barredora. Al principio rumbeé hacia el aspecto fálico del palo de la escoba, después me incliné por pensar que se trataba de una tendencia compulsiva al barrido. También imaginé, en algún momento, si salir a barrer no sería la excusa para espiar a alguien o algún santo y seña misterioso que encerraba en ese gesto aburrido un secreto más jugoso.
Eso hubiera deseado yo, para encontrarle un sentido excitante a tan monótono ritual.
Durante un tiempo dejé de verla. Y la verdad es que me preocupé. ¿Se habría mudado? ¿Estaría enferma? ¿O se habría muerto?
Y yo, bicicleteando, sin llevarle una flor.
Pero al tiempo reapareció, como si nada.
Poco después yo cambié de trabajo y de recorrido. Muy de vez en cuando paso por su casa y puedo divisarla manejando con destreza la escobita.
Ya no me intriga tanto. Quizás porque intuyo que jamás averiguaré su secreto, las ocultas o absurdas razones de tan remanido ejercicio higiénico.
Pero de lo que estoy totalmente segura es de que nunca voy a seguir su ejemplo. Será justicia.


SEGUIREMOS ADELANTE


Siempre amé los atardeceres. Por eso se los recomiendo a mis amigos. Quiero decir, les hago ver la maravilla diaria que Dios pone ante nuestros ojos. Sobre todo en La Pampa, cuando la vida se aquieta para postrarse frente al deshojamiento del sol que, pétalo a pétalo, va vertiendo su luz engalanada de rojos entrañables, o vivaces violetas o desconcertantes amarillos, hasta lucir un estrellado traje que, aunque negro, no es negro.
Cada vez que me permito disfrutar de esos crepúsculos, porque en mi alma atribulada triunfa la cordura y puedo detener esta vorágine para alzar la mirada e internarme en el milagro cotidiano de una puesta de sol, me siento transida de paz, en una religiosa comunión con las cosas más puras de la vida.
En esa ceremonia me encontraba, cuando ocurrió por primera vez. Al principio, eran murmullos inaudibles que, sumida en tal embelesamiento, confundí con la singular música que la naturaleza ejecuta en esa hora.
Pero lentamente fui percibiendo esa voz, intangible, vibrante, que además, me nombraba. Supuse que alguien estaba jugándome una broma, pero la voz insistía y alrededor no había nadie.
Creyendo que estaba volviéndome loca, traté de huir en busca de otra gente para que con su presencia borraran ese brote demencial.
Cuando encontré a mis amigos los sonidos se acallaron y no pude explicar mi excitación ni el visible temblor.
Unos días después estaba entredormida cuando volvió a suceder. Me aferré a la idea de que estaba soñando, así que prendí la luz y fui en busca de un vaso de agua. Pero esta vez no hubo silencio. Y comprendí, entre el placer y el horror, que esa voz provenía de otra dimensión.
Era la voz de un hombre joven, firme y resuelta, con acento centroamericano. Dejaba traslucir un espíritu indómito y, cada vez que hablaba, desplegaba en el aire de mi oído las proclamas más ardientes sobre un mundo mejor. Pero a veces lo ganaba la desesperación y su vehemencia se transformaba en frustración. Entonces callaba. Y yo, que ya había aprendido a convivir con su sonido, con ese hálito de fervor que me transmitía, lo instaba a continuar porque sus palabras se habían vuelto imprescindibles. Entonces, él parecía recuperar esa energía batalladora y me pedía que retomara su obra inconclusa. Yo no sabía muy bien de qué me hablaba pero lo cierto es que me había transformado y sin darme cuenta comencé a repetir su discurso entre mis amigos, que me miraban sorprendidos y complacientes. Alguno me dijo que últimamente irradiaba luz.
Es que estaba enamorada. Amaba perdidamente a ese fantasma viril y seductor que se había apropiado de mi conciencia, que me inflamaba el corazón de ardientes deseos y de grandes propósitos. Ya no estaba sola, su presencia, inmanente y soberana, abarcaba mi mundo pequeño e irrelevante de ciudadana de un paisito subdesarrollado.
Al principio mis amigos sonreían con picardía o lanzaban frases intencionadas tratando de sonsacarme la clave de mi cambio, hasta que un día el más audaz me preguntó por mi amante. Contesté ambigüamente, generando más expectativas. Pero al cabo de un tiempo, las sonrisas desaparecieron y me indicaron que con esa onda setentista estaba involucionando. Que volviera a la realidad, que el Che había muerto hacía treinta años.
Caí en un sopor extraño y presa de una fiebre voraz, tuvieron que internarme en terapia intensiva. Los médicos no acertaban con el diagnóstico y mientras tanto yo me iba apagando lentamente.
Entonces, por única y por última vez, vino a visitarme. Apareció a los pies de la cama, con su traje de fajina, su boina negra y la melena al viento. No pudimos tocarnos, pero su voz, por amada y cercana, me acarició la frente y depositó sobre la almohada el beso más profundo que jamás me dieran.
- La lucha continúa, compañera. Hoy más que nunca. Y en vos confío. En vos y en todos los que siguen creyendo en ese hombre nuevo. No claudiquen.
La luz enceguecedora de su estrella me envolvió de tal modo que ya no pude divisarlo, pero definitivamente, él se quedó conmigo.
Cuando los médicos entraron, tampoco comprendieron mi restablecimiento. Tenía urgencia de irme porque no podía fallarle. Cambió mucho mi vida porque ahora tengo una misión por delante, pero sigo admirando los atardeceres. Diría que más que antes, ya que al asomar el lucero, su luz me penetra y oigo otra vez la bienamada voz instándome a seguir adelante, hasta la victoria, siempre.

RONDA
Siempre andan juntos. El hombre joven y la mujer madura, van a todos lados juntos.
Se apoyan mutuamente. Uno necesita del otro, indefectiblemente.
Ella es robusta, aguerrida, avasallante. Parece llevarse el mundo por delante. No se calla ante nadie. Jamás han logrado silenciar su voz, que, como un trueno, se expande por toda la geografía del país y cruza los océanos y escala las montañas y como un machete va abriéndose paso en la intrincada jungla que la tierra levanta con las más insospechadas especies vegetales o humanas.
Ella dice tener la razón porque posee la verdad heredada de quienes fueron sacrificados en aquella sangrienta orgía demencial. Ella tiene sed de justicia y la busca igual que una poseída, la reclama, la exige.
Dice haber nacido extrañamente, haber sido parida por sus hijos, dice estar embarazada para siempre. Y desconcierta, quiebra el orden establecido, transgrede las reglas, por lo tanto su imagen oscila entre altares y abismos.
Hay quienes la idolatran y acatan con absoluta fidelidad sus proclamas. Otros, lógicamente, la odian. Y quisieran hacerla desaparecer. Pero es imposible. Ya no pueden, ella generó todos los anticuerpos y bebió cada uno de los antídotos contra el olvido y la ausencia. Ella, que anduvo por el Gólgota casi 2000 años después, que conoció el escarnio, que sintió en su vientre los clavos y las espinas, ella, que fue torturada y asesinada sin morir, no puede ser borrada. Es la memoria y por lo tanto duele, aún a quienes la aman.
Él surgió del escándalo y por eso tal vez mantiene un perfil bajo, como de sombra compañera, como de Lazarillo. Sin embargo, también tiene prestancia y nadie puede ignorarlo.
Una mezcla de espanto y de respeto sobrevuela el espacio cada vez que aparece. Los hermana el dolor y la pregunta eterna que no tiene respuesta. Nadie se atrevió ni se atreve a asegurar si él es acaso un monstruo o hizo justicia por mano propia o simplemente fue víctima de la más atroz de las mentiras.
Quizás nunca se sepa y tal vez ni siquiera importe.
Ambos son una leyenda aunque aún caminen las mismas calles que todos y se sienten a una mesa, vayan al baño o hagan el amor. Son una leyenda contemporánea. Casi podría decirse que forman parte de la mitología popular a pesar de ser tan dolorosamente verdaderos.
Los detractores dicen cosas atroces de ella. Los más benévolos aseguran que está loca. Otros la acusan de corrupta, de especuladora, de estar al servicio de potencias enemigas. Ella continúa la marcha como si las municiones no la rozaran. Es probable que después de haber sufrido tanto, su corazón funcione como un chaleco anti-balas y sus ojos, en una especie de ceguera parcial, sólo estén atentos a su único objetivo.
Los censores, que siempre son mediocres, no saben que hay cosas que no mueren nunca y cuando más las matan, más viven y se instalan en la memoria colectiva.
Por eso ellos ya han triunfado, ya han sembrado la pólvora y han abierto caminos que no pueden cerrarse.
Si no fueran quiénes son se los podría confundir con una historia cotidiana y pensar que ella salió a buscarlo y lo adoptó como a un hijo. Tal vez esa sea la relación que los conectó, pero nadie buscó a nadie. Se encontraron como dos piezas de un rompecabezas que encajaban perfectamente.
Nadie los vio llorar abrazados pidiendo clemencia a un dios en quien no creían, nadie los vio derrumbarse como un muro bombardeado.
Casi sin darse cuenta, montaron su propio espectáculo y salieron a escena periódicamente representando el personaje que les tocó en el reparto.
Sin embargo, cuando la inhóspita soledad los despoja de todos los atributos que simbólicamente les fueran conferidos, ella se transforma en la que fuera, allá lejos y hace tiempo.
Una rolliza madre de manos tibias y regazo acogedor, que acaricia la frente maltratada de ese joven que sólo buscó amparo. Quien pudiera espiar ese momento, pensaría que está viendo visiones.
¿Cómo puede, de pronto, la gladiadora implacable, devenir en una dulce viejecita que murmura palabras de afecto abrazando a ese enorme muchacho desamparado como si aún fuera un bebé? ¿Y en virtud de qué extraña magia ese hombre, que anduvo por los sótanos más horrorosos de la miseria humana, cae de bruces a los pies de la mujer apropiándose para siempre de ese instante de ternura infinita?
Pero es sólo un recreo. O la ilusión óptica de quienes necesitan ver en sus héroes cualidades humanas para no sentirlos tan inaccesibles. Lo cierto es que la imagen de flaqueza se diluye en las arenas movedizas de un desierto implacable, que, sin dudas, provoca estas alucinaciones. El deber los llama. La causa los convoca y ellos, soldados al fin, visten el uniforme y empuñan todas las armas, las del fuego y las del habla. No se atreven a descansar demasiado por temor a romper el hechizo, ese que los sostiene pese a los cataclismos.
Ella es una mujer cuyo dolor no tiene nombre. Él nació huérfano. Cualquier cosa que buscaran el uno en el otro, ya la han encontrado.
Y eso, a pesar de todo, es una manera de alcanzar la paz.
Los turistas de todo el mundo esperan ansiosamente el jueves y en nutridas columnas se dirigen a la Plaza para verlos girar indefinidamente alrededor de la Pirámide.
La mayoría desconoce los motivos, pero ninguno, absolutamente ninguno, puede escapar al sortilegio sobrecogedor que generan las dos figuras describiendo ese círculo que es como un universo.
La niebla baja raudamente a cubrir con su manto de piedad esa visión imborrable y todo el paisaje ciudadano sucumbe ante la súplica que es grito: ¡Justicia!
Algo pasa en el alma de quienes los observan, algo como pequeños o gigantes terremotos, según sea el grado de nobleza que cada uno preserve.
Se marcharán a su país de origen, pero ya nada será igual.
Cada tarde de jueves, puntualmente, los verán pasar en su ronda incesante, de la mano. Él con su barba y sus anteojos. Ella, con su pañuelo blanco.


LA SANTA INQUISICIÓN
A todo el mundo le pareció de lo más normal que la pobre enloqueciera después de la muerte de su madre. Hija única, solterona, había vivido para su madre y ahora que ella no estaba, su vida -pensaban todos- no tenía sentido. Por eso disculpaban sus excentricidades y las disimulaban. Todos eran un poco cómplices.
De modo que a nadie llamaba la atención verla sonreír frente a la tumba reciente.
La locura -sentenciaban las viejas de la cuadra- es la única salida que le queda.
Ella seguía riendo incomprensiblemente.
Y pasado un tiempo prudencial también comenzó a cambiar sus hábitos. Primero fue el ruedo de la pollera que subió unos cuantos centímetros, después el peinado. Se soltó el rodete y dejó que sus largos cabellos ondularan mecidos por la brisa que provocaba su contoneo en la avenida de los álamos.
Un día, para sorpresa de todos, dejó de usar anteojos y descubrieron que la pobrecita Elena tenía bellos ojos negros.
En el bar los hombres la seguían con la mirada pero ninguno se animaba a decir nada.
Elena seguía riéndose, con una risa que la iluminaba y dejaba perfume de magnolias a su paso. Lentamente fue convirtiéndose en el sueño reincidente de más de uno y los autos no dejaban de pasar sigilosamente por su ventana hasta altas horas de la noche.
Las mujeres, que la habían compadecido, comenzaron a mirarla con recelo y a muchas se les cruzó el pensamiento de que era “ una mosquita muerta”.
Ya casi no visitaba el cementerio y cuando lo hacía, los que la vieron comentaban que su cara se transformaba con un gesto de dureza inusitada. Jamás llevaba flores.
Como no tenía amigos en el pueblo, poco era lo que podían averiguar los más curiosos y entonces comenzaron a tejer toda serie de historias.
Siguieron los cambios. Primero pintó la casa de colores vivos, luego llenó el jardín de anémonas, nomeolvides, pensamientos y un sugestivo rosal que florecía todo el año, expandiendo su aroma por el barrio. Las ventanas de la vieja casa, que antes permanecían herméticamente cerradas, se abrieron de par en par dejando escapar la música de la radio, y también la voz de Elena, jovial y armónica, cantando bellas canciones.
Cuando llegó Andrés, el nuevo médico, al pueblo, todos quisieron congraciarse y al darse cuenta de qué manera miraba a la solterona decidieron advertirle, pero él no les hizo caso. Había enviudado hacía un año y ya la soledad comenzaba a pesarle. Solía pasar todas las tardes por la casa de Elena con la excusa de pedirle algún libro o llevarle un compacto de Serrat o Zitarrosa. Antes de que nadie pudiera animarse a pronunciarlo en voz alta ya estaban viviendo juntos. Para escándalo de todo el vecindario, que a partir de ese momento, le retiró la compasión a Elena, transformándola en sórdida envidia en las mujeres y en una especie de ridículo despecho en los hombres.
En realidad se sentían burlados por esa extraña clase de gata que ahora empezaba a mostrar las uñas. ¿Cómo había podido esa mujer que hasta hacía tan poco tiempo era insignificante, huraña, desabrida, sacar a relucir sus ocultas estrategias seductoras para enamorar a un partido tan apetecible como son los hombres solos que llegan a un pueblo?
Elena sonreía adivinando los pensamientos soeces de sus viejos vecinos y tomada del brazo de Andrés recorría orondamente las monótonas calles pueblerinas. Sabía que cualquier explicación hubiera sido en vano. Nadie le creería que doña Tomasita estaba muy lejos de ser aquella dulce anciana que todos suponían. Por el contrario, en la intimidad jamás había ocultado su verdadera identidad de mujer frustrada que aborrecía el sexo y con una siniestra y constante retahíla había torturado a su hija diciéndole que los hombres eran el demonio y que sólo querían a las mujeres para “eso”.
Elena se dormía mordiendo la almohada para que su madre no escuchara los sollozos. Sus amigas se iban casando rápidamente o, las más audaces, cambiaban de novio con toda soltura, mientras ella no se animaba siquiera a ir a un baile y cuando alguien la miraba en la calle, iba corriendo a encerrarse, sintiéndose sucia y provocadora. Doña Tomasita, siempre alerta, la observaba con sus ojos miopes pero inquisidores tratando de descubrir verdades inexistentes. Y después llegaban otra vez los sermones acerca de la virginidad, de la moral, de la frente bien alta y de que las mujeres que gozaban eran irremediablemente putas. Una mujer de su casa –le decía- no sabía lo que era un orgasmo. Para ella el sexo había sido siempre una obligación más que le imponía el sagrado sacramento del matrimonio. Así que le convenía ser frígida sino quería pudrirse en el infierno.
Con estos mensajes fue creciendo Elena, cada vez más aterrada porque su cuerpo no los aceptaba dócilmente y para doblegarlo se flagelaba asistiendo a la misa diaria, vistiendo ropas largas y oscuras, asexuadas. No obstante se enamoraba perdidamente de los galanes de las telenovelas, que eran los únicos hombres a los que doña Tomasita permitía entrar en su casa. Y le bastaba con eso para que durante las noches de insomnio la acosaran pensamientos y deseos “non santos”. Pero era tanta la vergüenza que tenía al día siguiente que ni se animaba a confesarle sus pecados al padre Juan.
Cuando su madre la veía espiar por la ventana la vida que ocurría afuera, la acusaba de egoísta, de pensar solamente en ella, de estar planeando dejarla sola justo en ese momento cuando ella más la necesitaba porque se estaba muriendo. Y así durante casi treinta años.
Doña Tomasita había sido su carcelera, su Torquemada. Por eso su muerte fue una liberación para Elena. Por eso no pudo llorar, excepto por sí misma.
La gente del pueblo, con esa mezcla de ingenuidad y de puritanismo, jamás comprenderían. Entonces prefirió callar y resarcirse a su manera de todo lo que la habían privado.
Lo único que lamentaba era que fuera tan tarde para tener una hija. Y no repetir la historia.

LA MUTACIÓN
Según dicen las Escrituras Apócrifas, la hembra humana sólo está dotada para la reproducción. Por tal motivo, en el comienzo de los siglos, todos los ejemplares estériles eran considerados malditos y sin ninguna clemencia se los apedreaba o incineraba ofreciéndolos en sacrificio a los dioses, para intentar calmar su ira. Los sacerdotes de los clanes pregonaban la creencia de que cada individuo infértil era un pecado que merecía ser duramente castigado y también representaba una señal de las divinidades, que a través de estos engendros amenazaban con la extinción de la especie.
Una deforme deidad de barro, después de intentar poseer a las vírgenes de la tribu, secuestró el único ejemplar del Libro de la Verdad y huyó con él a las cavernas ultramarinas para ahogar su despecho. En esas páginas ilustres estaba la Palabra que desmentía toda la farsa urdida por los falsos maestros. Pero a dos millones de años todavía las Adoctrinadoras no han podido revertir esa falacia, ya que el carácter dominante de los abusadores se ha propagado a través de constantes mutaciones, en todos los ejemplares machos de la raza humana. Aunque, simultáneamente, han desarrollado también la soberbia llevándola a extremos -sino letales al menos desventajosos- que reducen la vitalidad o afectan la capacidad reproductora.
La Naturaleza ha continuado su obra y silenciosamente fue realizando una selección natural entre las mujeres más aptas, que también en secreto, han desarrollado mayores competencias para sobrevivir en este medio. Por lo tanto no es extraño ver cómo aumentaron sus expectativas de vida, en oposición a lo ocurrido entre los varones.
En un escondido laboratorio de las afueras de Rabat, un grupo de investigadoras trabaja denodadamente experimentando con diversos especímenes. Tratan de multiplicar cierto gen descubierto entre las hembras de la selva amazónica que se manifiesta con la aparición de un aguijón de alto voltaje erótico del que se desprende una sustancia mortal en el momento del apareamiento y cuyos únicos destinatarios son los sementales.
Por medio de la clonación están aumentando el número de portadoras, que luego son distribuidas en toda la extensión del planeta para que, empleando los viejos ardides de la seducción, se reproduzcan engendrando congéneres que heredarán las nuevas aptitudes eliminadoras.
En ese otro mundo que aún subyace por instinto de supervivencia más que por síntomas de esclavitud, ya se ha comprobado fehacientemente la superioridad del género, porque debido a la constante hostilidad debió fortalecerse. Y lo hizo de tal modo que ha logrado poner en acto todo el potencial oculto o sumergido.
Aunque aislados, ya hubo antecedentes acerca del poder femenino pero sólo fueron tomados como excepciones y no como anuncios. La historia habla de Reinas, Papisas o Zarinas, pero seguramente omite los ejemplos de anónimas luchadoras que también dieron muestra de coraje. La historia siempre comete injusticias.
Lamentablemente, también las religiones y sobre todo la Religión Mayor, contribuyeron a ahondar los prejuicios lanzando al viento la acusación fatal de que la hembra era símbolo del pecado y que por su culpa el Género humano había perdido el Paraíso. Luego vinieron las cazas de brujas y la Santa Inquisición a restregar su fétida calumnia.




Contrariamente a lo que se suponía, no logró que se estancaran o sometieran, sino que hicieran la Revolución. Una revolución lenta pero inacabable, como el constante movimiento de las placas del planeta.
A pesar de la lucha denodada y continua, los avances parecen pocos porque se perciben de siglo a siglo. Muchas batallas se han perdido y las tropas han sido diezmadas repetidas veces. Nadie muere, pero se producen vaciamientos de cerebros y de ese modo, muchas congéneres, inocentemente, se pasan a las filas adversarias. Ellas son, luego, las más encarnizadas enemigas. Pero ni siquiera con esas armas traicioneras se ha podido desbaratar el Movimiento. El óvulo avasalla y es enorme el temor que genera. Las tropas contrarias retroceden o utilizan el recurso remanido de que en el amor y en la guerra todo vale.
Hoy por hoy un alerta recorre toda la tierra. Y el flamante rey marroquí se ha vuelto, sin saberlo, una pieza esencial. Él, con la nueva legislación, está devolviendo a las mujeres su dignidad. Y eso lo salvará del exterminio, porque pasará a integrar la lista de intocables, aquellos que ameriten sobrevivir por haber dado muestras inequívocas de solidaridad y de respeto.
Las Guardianas de la Ley opinan que si los miembros del género masculino no se sintieran omnipotentes, hubieran sospechado que esto podía suceder. Pero el poder obnubila y crea hábito. Sin embargo, todos los imperios cayeron estrepitosamente derruidos por su propia corrupción.
Si los hombres descendieran de su ego para abrevar en las verdaderas fuentes, tal vez evitarían esta catástrofe.


M a r í a

María me llegó al atardecer cuando ya no pude verla. Sin embargo, la sé mejor que nadie.
Conozco su sonrisa crepuscular, su perfume a canela, el rumor cansado de sus ojos memorizando mis diversas pieles, su falda presurosa y ese aleteo palpitándole por dentro.
Yo he desenmascarado sus pudores y compartí su aullido de hembra en celo moldeándose como fértil arcilla entre mis brazos.
Pero todo ese soplo de vida que tenía no alcanzó y tuve que desmentirla. Entonces preferí correr hacia la noche para perderme en la irrealidad cierta de las sombras.
Yo sé que el subjetivo mundo del nosotros fue como un juego absurdo de desencuentros y utopías, y tengo que matarla porque los imposibles no pueden sobrevivir, además, nadie sobrelleva por mucho tiempo la carga sobrehumana de la perfección.
Y María era perfecta. Translúcida como el rocío amanecido de la primavera, etérea como un sueño reposando en mi almohada. Y me pertenecía sin misterios. Juntos anidábamos dentro del globo azul donde nos guarecimos de la lluvia y sin querer fuimos la lluvia trasnochada. Creábamos la luz cada mañana, inventábamos soles, gestábamos las flores una por una como artesanos omnipotentes, como niños naciendo del asombro.
Ella estaba instalada en el epicentro del mediodía y yo, en cambio, vagaba ebrio de noches. Sin embargo, sus manos de palomas se internaron en la jungla de mis dedos fríos para enhebrar el puente que fusionó sus rojos y mis grises.
Los otros, esos oscuros personajes que habitaban la envidia, me alertaron. Pero fui aniquilándolos a fuego lento hasta que emprendieron la ausencia. Mis amigos -lo digo con vergüenza- iniciaron un éxodo sin adiós ni retorno.
-María es un argumento falso, una película inconsistente -me gritaban.
Y yo levanté muros, excavé fosas para resguardarme de sus voces. Y lentamente fui opacando los espejos para salvarme de su quieta verdad que me tomaba por asalto como un desconocido que nos enfrenta en cualquier callejón sin salida.
Mientras tanto, María seguía enraizándose en mi sangre, crecía de nieve y era como una diosa mitológica en el altar de mis alucinaciones, porque yo no quería comprender, me negaba a ver la realidad, aún cuando ella misma, desde la frágil torre de su llanto, luchaba por desmitificarse.
Yo me reía y la columpiaba sobre la hamaca de mis fantasías diseñándola con los colores de una canción que repetía:


María tan igual
María sin igual
María única y universal

hasta que se ovillaba en mi pecho y yo la rescataba del silencio.
Pero un día se fue.
Así de absurdamente simple, como en las historias vulgares. Y descendí a la tierra para perseguirla. No había rastros de ella, se había volatilizado.
María era sólo una invención, era el resultado de mi locura irreversible. Por eso tengo que matarla para que sea libre y esta muñeca de cartón y sedas que intuyo tras la nebulosa de mi tiempo agonizante, es una realidad que niego.
Mi María, la verdadera, se muere con mi muerte.
Pero también se va conmigo.

OBEDIENCIA DEBIDA

Cuando la joven musulmana huyó para casarse con un extranjero, fue socorrida en casa de su amiga Zoraida, la hereje.
Al día siguiente, su padre fue a buscarla, pero ella se negó a verlo.
Dos días después, apareció su madre. La joven corrió a abrazarla. Y como respuesta, recibió un balazo en la frente.

EL BESO
- Estoy encantado –dijo un sapo a la princesa.
La princesa tragó saliva y se agachó para besarlo.
Con la boquita todavía fruncida, el sapito concluyó:
- Encantado de conocerte.
Y se fue croando de lo más contento.


NADIE REBAJE A LÁGRIMA O REPROCHE *

Muchas veces hubiera querido tirar la toalla. Muchas, muchísimas veces hubiera querido que otro se hiciera responsable de tomar decisiones. Sin embargo no pude. No me dejaron optar. Tuve que hacerlo. Era cuestión de vida o muerte.
Y entonces fui ganando fama de mujer fuerte, invulnerable, de “brava”, de con esa no te metas que tiene un carácter...y lentamente el original fue avasallado por la copia y la verdadera faz por el antifaz y el miedo se disfrazó de coraje y salió a hacer bravuconadas por el mundo. Entonces, cuando en insospechadas confidencias yo contaba entre sollozos lo débil e insegura que me sentía los Auténticos me decían no es así vos podés levantá tu autoestima si sos un huracán y los Adversos sonreían como de soslayo y entre dientes mascullaban qué mal le queda el rol de víctima a esta bruja.
Así transcurrió mi vida entre la incomprensión de propios y ajenos que nunca se asomaron verdaderamente a mi temblequeante figura de Quijote versión contemporánea y por eso pudieron, impunemente, acusarme de tantos irrepetibles y falsos cargos cuando, luego de interminables combates con mi conciencia, debía decidir en el preciso y previo segundo a que sonara el Gong.
En algunas ocasiones llegué a pensar que tanto aliento y tanta fe en mi potencialidad eran realmente elogiosas y yo no podía cometer el desatino de desoírlos solo porque eran mentira.
Recién ahora la verdad aparece sencilla y diáfana ante mis ojos: qué cómodo les resultó descargar sobre mi vapuleada existencia todas las responsabilidades y lavarse poncialmente las manos con su seudo conciencia en paz.
Nunca existió el genuino y altruista deseo de ayudarme a creer en mis propias fuerzas, sino que fue un plan malignamente elaborado con el único objetivo de liberarse del compromiso que mi indeseada humanidad significaba.
Guarda. No me vengan con la cantinela de que estoy deprimida y por eso veo todo negro. No señores. Ha llegado la hora de desenmascararlos así que voy a hablar hasta el final, sin anestesia.
Muchas cosas se podrían haber evitado si alguna vez “me” hubieran priorizado, a mí, a mi pobre alma desamparada, si alguna vez me hubieran mirado de verdad, si alguna vez les hubiera interesado verme.
Así que toda la sanata acerca de que velaban por mi futuro no es más que una cínica postura en la que privilegiaron expectativas personales.
Esas voces que alguna vez supuse eran para sostenerme no eran, nada más ni nada menos, que los cantos de sirenas que me obligaban a arrojarme al mar. Y saben? Yo no sabía nadar. Después aprendí, de tanto escapar de los tiburones, terminé aprendiendo, pero estilo perro, por supervivencia nomás. La verdad es que sigo teniéndole miedo al agua.
No obstante, me fui cebando. Porque está demostrado que somos animales de costumbre y nos vamos acostumbrando a todo, incluso al horror. Solo por una cuestión de repetición. De ese modo yo me fui adaptando a una realidad no deseada pero a la que no podía eludir. Y en medio de mi ingenuidad llegué a sentir orgullo de ser tan independiente, mirando con commiseración a quienes recibían todo servido porque, claro, pobrecitos, ellos no podían hacerlo, no estaban capacitados como yo que me autoabastecía. Para ellos, todo. Protección y soluciones. Para mí, el desafío diario de vencer mis miserias cotidianas y salvar los obstáculos. Eso sí, no recuerdo a ninguno de ustedes, familiares y amigos, benefactores y detractores, clientes y proveedores, excelentísimos señores sinvergüenzas, alumnos y público presente, consolándome las tantas veces que fracasé y estuve al borde del suicidio. Recuerdo una frasecita que siempre me acompaña como una letanía, una dulce frase que sintetiza de algún modo el pensamiento generalizado de cuantos me rodean: Vos no tenés derecho a estar triste. Pueden imaginar mayor crueldad? Negar la posibilidad de la tristeza, negar el llanto, hacer de mí un robot deglutidor de penas, una parodia de persona, hasta que todo el dolor finalmente desborda y uno revienta. No. En eso no cedí, aunque huérfana e inútilmente, fui regando mis lágrimas de impotencia por toda la tierra. Para molestarlos, para demostrarles que su obra no era perfecta. Al menos no los privé del desagradable espectáculo de mi tristeza. Claro que no conseguí conmoverlos. Como a esos asesinos en serie, el dolor de la víctima los enardecía. Y cada vez eran más duros, más implacables. Por mi bien, por supuesto. Para que me fogueara, para que aprendiera a valerme por mí misma en lugar de dar lástima como una maricona.
Y yo pagué cuota por cuota de ese crédito usurero, hasta el último centavo de los sangrientos intereses. Y sufrí la condena de la falta de amor sin excarcelación posible.
Me quedé definitivamente sola, con esa soledad que es como la intemperie del invierno; y el frío es puñales infinitamente delgados y filosos que se hunden con destreza en la carne y la mente, describiendo meandros de ácido en la sangre.
Una soledad como de manicomio, con paredes altísimas y blancas donde el eco se degüella.
Copulé con el odio yo que era capaz de mendigar amor y de esa violación nació el lobo estepario que ya no puedo detener. Ni quiero.
Ahora no se quejen. Yo soy lo que ustedes hicieron, una persona capaz de tomar determinaciones, aún las más temerarias. Por lo tanto no habrá de remorderme la conciencia en el momento en que este video termine y en ese preciso instante estalle la bomba que les he destinado.
*El título corresponde al primer verso del poema Los Dones de Jorge Luis Borges

EL TIEMPO DE VIVIR
Se conocieron chateando, como impone la moda. Pero ninguno de los dos era un adolescente, sino que contaban con varias adolescencias en la espalda y por lo tanto
pertenecían a la generación de los encuentros cuerpo a cuerpo, en los que hay que arriesgarse a enfrentar la mirada del otro y pocos artilugios valen a la hora de mirarse a los ojos y descubrir el vuelo de las manos, o la brisa que ondea en los cabellos o aquel fruncir de ceño para acompañar o desestimar la validez de las palabras. Ellos aún gustaban de percibir olores y saborear los defectos o la perfecta arquitectura ajena.
Por lo tanto se citaron para comprobar si eran de carne y hueso o una invención de esta nueva realidad virtual. Ella vivía en la capital y él era de La Pampa, por eso decidieron elegir un lugar a mitad de camino, neutral, donde ninguno jugara de local y pudiera tender trampas. Se vieron en Junín. Ambos llevaban en el bolso de viaje muchos miedos y una expectativa tan grande que les provocaba palpitaciones aceleradas.
Él se llamaba Manuel y ella, Mariana.
Manuel era un simiesco personaje de andar titubeante, con brazos larguísimos que se balanceaban sin cesar, de cabellera hirsuta y tan oscura como los malos pensamientos.
Mariana era tan retacona y gorda como una cría de conejo, se reía sin tregua y se comía las uñas. Ambos pasaban los cuarenta.
Se miraron con extrema timidez y los dos recordaron La noche de los feos, de Mario Benedetti. Porque como todos los seres nada agraciados habían empeñado toda su energía al servicio del espíritu y la inteligencia. Eran grandes lectores, auténticos amantes del arte y catadores de belleza en todas sus formas, quizá por carecer de ella en apariencia.
Entonces supieron en qué se diferenciaban de los personajes del escritor uruguayo. Ellos no tenían resentimientos. Habían sublimado el dolor canalizándolo por la vía de la creación.
Lo cierto es que allí estaban con toda su fealdad pero también con su ternura que de tan caudolosa amenazaba con desbordar e inundarlos. Hablaron de sus vidas poco aventureras, recitaron poesía, se contaron sus sueños y desearon con toda el alma entregarse el uno al otro. Pero la falta de costumbre hizo que dilataran el tiempo largamente y se fueran dando ánimo con una dosis mayor de alcohol que la de costumbre. Entonces, después de tomar Rincón Famoso blanco bien frappé, siguieron con un burbujeante champán demi sec que acabó por vencer el último estertor de sus escrúpulos.
Al entrar al cuarto del hotel estaban decididos a jugarse en la patriada. Entre temblores multicausales fueron despojándose de la ropa y la vergüenza. Como dos piqueteros exaltados en busca de justica pudieron extraer de ese exceso de piel la más bella melodía reivindicatoria. Pese a su inexperiencia, hicieron el amor de forma tan sublime, que los dos escucharon la sonrisa de Dios.
Ellos sabían, aunque tardaron en reconocerlo en voz alta, que eran dos sobrevivientes en este mundo caníbal, y estaban protagonizando un milagro. El maravilloso milagro del encuentro entre dos seres humanos que habiendo trascendido sus imperfecciones pudieron llegar al néctar de la esencia del otro y como mariposas insaciables, libar en la corola del mutilado amor, que en frenética danza salió a mostrar, una vez más, su inmortalidad.
Manuel acarició las excesivas redondeces y besó dulcemente los pliegues sobrantes del cuerpo robusto y desmedido de aquella mujer exhausta que despedía vertientes de luz por los ojos.
Mariana lo miraba con devoción mientras sus dedos intentaban descifrar la jungla de su pelo.
- Te amo –musitó Manuel en un suspiro.
- Yo también –dijo ella como si hiciera falta.
- Quiero que seas mi mujer.
- Pero si recién nos conocemos –intentó frágilmente Mariana.
- Nada nos queda por saber. Tu historia es la mía. Unamos nuestra fealdad y nuestra soledad. Y ya vas a ver qué lindo es estar juntos.
Mariana soltó al viento todos los pájaros de su risa alborotada y repitieron el amor con la sabiduría de un maestro de pala que hornea generosos panes para saciar el hambre de mil bocas anónimas. Mariana tenía una risa con brillo de metáforas y orgasmo. Toda ella era abundante. Y él tenía los brazos infinitos como para abarcarla.
Así que no tuvieron más remedio que rendirse ante la evidencia. Estaban hechos el uno para el otro. Y era preciso salir urgentemente a la calle con la pancarta de su abrazo para gritarle a todos los desahuciados que el tiempo de la muerte estaba lejos.


EN EL TÚNEL

El viaje se tornaba insoportable. El traqueteo del tren, lejos de ser acompasado, era francamente desestabilizador. Hacía calor y de tanto en tanto algún mosquito rezagado zumbaba cerca de mi oído como para atrapar la atención. Yo no podía dormir. Me sentía incómoda en esas butacas desvencijadas de los otrora espléndidos ferrocarriles argentinos. Pero no me había quedado otra opción, ya que mis arcas estaban al rojo vivo y debía llegar a mi ciudad al día siguiente. ¡Al día siguiente! Parecía una utopía pensarlo mientras el carromato se deslizaba reptando la llanura más como un animal herido y fatigado que como una grácil gacela devorando distancias.
Yo trataba de imaginar el paisaje pero la oscuridad circundante no contribuía con ese propósito. Ni siquiera era una noche de luna, que bien podría haberme incitado a soñar. De modo que debía resignarme, controlar mi respiración y tratar de superar el largo trecho que aún restaba.
A mi alrededor todos dormían, algunos placenteramente y otros emitiendo diversos sonidos altisonantes y desafinados. El espectáculo no era alentador y tampoco me animaba a encender la macilenta luz de mi asiento para leer, por temor de molestar a alguien.
De pronto, la máquina ingresó en el viejo e interminable túnel que de chica me hacía ilusionar con el tren fantasma. Yo mantenía los ojos inútilmente abiertos porque era imposible divisar nada a cinco centímetros y era tan ensordecedor todo el entorno que no podía distinguir sonidos.
Imprevistamente, una mano presionó mi boca ahogándome. Y la otra, desprendió uno por uno los botones de mi blusa de gasa. Inmovilizada, asistí a la sorpresa de una boca voraz mordiendo mis pezones y erectándolos. Un perfume de rosa penetrante se aventuró en mi escote y fui sintiendo lentamente la caricia de los pétalos subiendo y bajando, tocando mis párpados, rozando mi cuello y enredándose entre las magnolias entreabiertas de mis pechos.
Cuando un profundo estremecimiento le indicó al intruso que yo no gritaría porque ya éramos cómplices, dejó mi boca en libertad por un segundo para luego invadirla con su lengua y derramar adentro todo un vaso de miel rubia y caliente.
Sus manos, presurosas, levantaron mi falda y de pronto, como una mariposa que se despereza, sentí aletear sus labios sobre mi clítoris anhelante.
Entonces, mis dedos, que habían permanecido agazapados, arañando el ruinoso tapizado, se precipitaron sobre una tupida cabellera que supuse morena, presionándola con vehemencia.
Agradecí en ese momento el traqueteo, la oscuridad y los ruidos multiformes, porque me permitían mimetizarme y gozar sin pudor de ese regalo inesperado.
Con deliciosa perversión, el visitante se movía lentamente, para provocar un alud más avasallador. Sus dedos dibujaban arabescos sobre los montículos turgentes y su lengua viajaba pesarosa desde el encaje azul hasta la cima, deteniéndose por momentos en el llano, hurgando la hondonada y mojando el camino de uno a otro extremo.
Hasta que ya no pude más y lancé un grito que laceró la noche.
El tren salía del túnel y hubo uno que otro movimiento perceptible en las cercanías. Sofocada y culposa, me acomodé la ropa y el pelo; mi corazón era un caballo indómito haciéndome cabriolas en el pecho. Sentí que todo el mundo me miraba, pero al examinar a mis compañeros de viaje comprobé que la mujer de al lado seguía indecorosamente desparramada en su asiento y el hombre de enfrente no había cambiado de posición.
Poco a poco fui calmándome y recuperando el ritmo respiratorio, pero la sensación de éxtasis no me abandonaba y ni siquiera se me ocurría preguntar qué había ocurrido. Como a un río, dejaba que el placer siguiera fluyendo desde mis venas a mi piel y viceversa.
De más está decir que en el resto del viaje ya no me molestaron los mosquitos, ni el calor, ni la oscuridad. Una absoluta sensación de bienestar se había apoderado de mis sentidos y hasta de mi alma, a tal punto que logré dormirme.
Me desperté en una parada anterior a la mía, cuando el tren se detuvo y algunos pasajeros se bajaron.
El anónimo señor que viajaba en el asiento de adelante se desperezó, tomó su bolso y se levantó para irse.
Antes de desaparecer, abrió su saco y sacó un magullado y fragante pimpollo de rosa que depositó en mis rodillas mirándome fijamente:
- Que siga disfrutando del viaje, señorita. No hay como viajar en tren.



SECUELAS
Desde entonces Marina estuvo triste. Pero no lo sabía. O mejor dicho, tenía bloqueadas todas las vías de comunicación para no escuchar aquella sentencia que le había dictado un desaprensivo médico cuando tenía tan sólo 18 años. Como un juez arbitrario e insensible había hendido el alma de la joven mujer del mismo modo que con su bisturí había operado en tantas ocasiones.
Ella, en ese momento, no percibió toda la dimensión de la condena. Ni imaginó las consecuencias que tal afirmación podría acarrearle. Era ingenua y creía estar muy lejos del momento. Sin embargo, aquellas palabras fueron creciendo como un tumor maligno y tiñendo cada uno de sus actos. A veces, la sobrevolaban como aves de rapiña y ella, sin saberlo, se volvía temeraria y casi suicida. Total, qué sentido tenía la vida si no podía…
Creció y ya no pudo desoír su conciencia. La vida parecía no tener sentido, al menos, no le encontraba una razón de ser. Sería por el instinto, sería por la cultura, sería por el deseo de trascender. Lo cierto es que no podía soportar la idea de no ser madre. Porque eso le había dicho el ginecólogo de la obra social universitaria:
-Usted no puede tener hijos.
Al principio el veneno pareció no producir todo su efecto letal pero poco a poco comenzaron los síntomas. Esa actitud desaprensiva con su vida sexual. No tenía reparos en acostarse con cualquiera y jamás exigía ni usaba métodos preventivos porque ella era estéril. Y lentamente esa esterilidad se fue extendiendo a diferentes aspectos de su vida. Con sus padres no hablaba, pensaba que no la entenderían. Siempre habían sido demasiado rígidos. Hasta se preguntaba si la querrían porque jamás recibía de ellos una muestra de afecto. Hubiera querido tener hermanos pero nunca llegaron. Y ahora esta condena. Se volvió temeraria, desafiante, promiscua.
Hasta que conoció a Luis y se enamoraron. Entonces todo volvió a su cauce normal. Estaban tan felices juntos que decidieron casarse. Con mucho temor Marina le confesó su secreto, pero lejos de ofuscarse Luis la consoló diciendo que era solo una opinión, que había que consultar a otros especialistas y que la ciencia había avanzado mucho en fecundación asistida, así que toda la tortura comenzó a minimizarse y continuaron los proyectos.
Poco tiempo después de casarse Marina comenzó un tratamiento y al cabo de unos meses sucedió algo imprevisto.
Estaban cenando en casa de unos amigos. Durante la sobremesa bebieron café y fumaron hasta la madrugada. Cuando se levantaron para irse Marina miró el cenicero y descubrió que todos los cigarrillos estaban apenas empezados. Sintió un sobresalto.
- ¿Qué me estará pasando?
Lo confirmó dos semanas después. El tratamiento había sido eficaz. Estaba embarazada. Tuvo ganas de salir gritando por la calle y también de buscar a aquel médico de la Universidad para mostrarle el resultado positivo.
A partir de ese día fue plenamente feliz. Los fantasmas del pasado se esfumaron en preparativos de ajuar, cursos de pre-parto, búsqueda de nombres de nena y varón, decoración del cuarto del bebé. Lo único que lamentaba era la frialdad con que sus padres tomaron la noticia. Aunque esa era la única actitud usual en ellos. Pero el amor de Luis y la espera del hijo todo lo compensaban.
Cierto día estaban mirando un noticiero y de pronto rompió a llorar.
- ¿Qué te pasa, mi amor?
- Nada...pienso...
- ¿En qué pensás?
- ¿Viste las Abuelas...? ¡Qué horrible debe ser que te arranquen a tu hijito querido!
Como siempre, Luis pudo calmarla con su abrazo. Y sin mayores altibajos continuaron por el dulce camino de la bienvenida, hasta que un día de mayo cobrizo de otoño, nació Maia. Pequeña, frágil y tibia, perturbada de olores matinales. Marina y Luis estaban borrachos de alegría. Ella pasaba horas contemplando a esa niña que era su sueño cumplido. La amamantaba como en un ritual, en total estado de éxtasis. Sin embargo la pequeña no aumentaba de peso como era de esperar. Los médicos fruncieron el ceño y pidieron diferentes análisis. La alegría del principio se escondió en el pasadizo del miedo ante esta nueva espera que en nada se parecía a la anterior.
El diagnóstico hablaba de una enfermedad congénita y era preciso hacer una investigación urgente en los abuelos para encontrar la causa y de esa forma, el tratamiento adecuado.

Marina corrió a casa de sus padres y a borbotones les explicó lo que pasaba suplicándoles que la acompañaran a la clínica.
Luego de un silencio, breve pero eterno, habló el padre:
- De nada vale que vayamos, Marina.
- ¡Papá! No pueden hacerme esto. No voy a permitirlo. A la rastra los voy a llevar.
- Calmate, Marina, y escuchame. De nada vale que vayamos porque no somos tus padres biológicos.
- ¿Y quiénes son mis padres? ¿Dónde están?
Con su hijita de siete días en brazos, Marina atraviesa el umbral de la sede de Abuelas de Plaza de Mayo. Viene a buscar su identidad perdida y sobre todo, viene a salvar a Maia.


CARTAS AMARILLAS Y PAÑUELOS BLANCOS


Al revolver la jungla de mi placard, descubrí aquella hermosa cartera negra que creía irremediablemente perdida. Con ansiedad la abrí y revisé cada bolsillo en busca del tiempo perdido. Y allí lo encontré. Con su traje de cura, bautizando a mi hija.
Mi amigo, mi confidente, mi compinche. Ya no estaba, solo quedaban sus cartas.
Corrí a buscarlas, y entre las telarañas del recuerdo me sacudí los años como un perro pulgoso para sentir otra vez la piel rebelde de colegiala.
Los ojos evasivos de la felicidad me miraron llenos de tristeza.
Si tuviera el poder o la magia de volver el tiempo atrás... Pero los ideales de mi hija siempre me hicieron sentir orgullosa.
El padre Miguel fue el único que se animó a acompañarme cuando empecé a golpear puertas. Y también fue el primero en decirme la verdad.
Recuerdo aquella mañana. Una niebla endovenosa recorría el puerto. Pero lo mismo lo reconocí. Su rostro afable, su paz: no habían podido asesinarlos.
A partir de ese día comencé a reunirme con las otras mujeres.
Guardo las cartas, busco el pañuelo y me cuelgo al hombro la vieja cartera con el talismán de sus rostros.



NO TE AMO

No te puedo borrar de mi memoria.
Aquella mirada desposeída mutiló todas mis vergüenzas y viró el timón de mi vida lanzándome a la tempestad.
Me siento desvalida, náufraga, incomunicada, en busca de la isla de tu abrazo, de la barca de tu boca, con una multitud de tiburones en mi sangre, dispuestos a avorazarte lentamente, con la minusvalía de la luz del poniente que palpita de sed.
Vuelan los pájaros de mi deseo hasta la esquina de tu cuerpo, manzana pródiga y prohibida, cita frugal con el silencio que escribe en los barrotes afiebrados de esta luna del nunca para leer mentiras que encienden los cometas mientras viajan en la bicicleta de la noche.
Yo camino descalza por la pizarra del regreso, una estela de tiza me aconseja seguir. Y fibrones de luz recitan el poema insepulto de tus manos.
Bebo el miedo de que jamás hable el teléfono, de que la computadora no me haga el amor, de que ya no sea posible planificar un cielo.
El cuaderno de mis pensamientos es apenas una tormenta de verano. Desordenado, impetuoso. No atiende mis súplicas ni comunica mi desierto.
De una sola cosa estoy segura: no te amo.

REGALO DE PASCUA

Estaban por sonar las diez campanadas en el reloj de la catedral. El centro de la ciudad de Córdoba, con sus luces macilentas, parecía un hervidero. Gente por todas partes, bajo un cielo poblado por nubes de frío, pululaba en calles y veredas.
Mi hija y yo caminábamos por la 27 de abril apurando el paso por temor a llegar tarde y porque la temperatura había descendido estrepitosamente sin reparar en nuestros magros abrigos.
Al llegar, las escalinatas de la iglesia mayor y toda la explanada de enfrente estaban colmadas. La multitud seguía, con mayor o menor unción, la misa celebrada por el obispo, a través de unas pantallas gigantes.
Para formar un cerco y delimitar la zona, varios autos importados y camionetas 4 x 4 levantaban un muro en el borde de la vereda.
Unos minutos antes, un chico de 11 ó 12 años me había interceptado para pedirme una moneda. Y yo, por prejuicio, por egoísmo o comodidad, había negado con la cabeza.
En ese momento, el obispo otorgaba el perdón de los pecados a dos nuevas cristianas que se contorsionaban al contacto con los dedos fríos y experimentados del jerarca.
Me sentí molesta.
Había ido a misa porque tenía necesidad de agradecer las pequeñas cosas de todos los días. Pero una vez en el lugar, empecé a sentirme lejana y ajena. Esos rituales circenses me rebelan, me parecen vacíos. El tiempo se detuvo entre las fastuosas paredes mientras la vida, harapienta y descalza, deambulaba a la intemperie en busca de amparo.
Otra vez apareció entre el aglutinamiento el chiquito que pedía monedas. Y yo, como emulando a Pedro, negué por segunda vez.
Pero el malestar crecía más y más. Me puse a hurgar en mi cartera y él se detuvo a observarme. No encontraba ni una mísera moneda. Entonces mi hija recordó que me había dado su monedero. Se lo alcancé y ella le brindó lo que buscaba.
Miré a mi alrededor, todos estaban concentrados en las imágenes que la cámara ofrecía y cantaban cánticos de amor a Dios. Nadie vio al niño de las monedas.
Rezamos el padrenuestro fraternalmente tomados de la mano y apenas terminó nos separamos sin mirarnos, pero al cabo de unos minutos, nos besamos y abrazamos, otra vez fraternalmente, dándonos la paz.
Yo seguía disgustada. Ni la perspectiva de escuchar la Misa Criolla bajo la luz de una luna tan docta y con tonada, me cambiaba el humor.
La ceremonia terminó y entonces apareció en escena la agrupación Cantarte. Arremetió con un Te quiero de Mario Benedetti que empezó a entibiarme el alma. En medio de una ovación se oyó el charango mayor de Jaime Torres.
En medio de esa multitud alborozada divisé la figura del niño que pedía. Al pasar frente a mí su cara se embelleció con una sonrisa luminosa.
- Mamá, te sonrió –exclamó mi hija entre sorprendida y emocionada.
Mis ojos se humedecieron, mi corazón se llenó de júbilo y comprendí la señal. Era la hora exacta. Cristo había resucitado.


DE UN AZUL PERFECTO

El paisaje. El paisaje. Me taladra el azul y voy desperdigando azulidad por este viento de primavera.
Todavía quedan restos de nieve, ni tan pura ni tan fría como en julio, pero igualmente connotativa.
Un perfume a retamas me rasguña la boca y mis pies apedreados recorren la playa.
El lago, impávido, con espejismos verdes y un secreto monstruoso.
Alguna vez yo fui feliz. Fui un tipo cualquiera caminando estas calles australes pobladas de araucarias. Bajaba la cuesta silbando un loncomeo en las tardes aquietadas. Pero el viento no pudo con su genio: hurgó en mis recovecos, me inyectó sed violenta, me inoculó la furia. Fui su presa y su emisario.
No tengo miedo. Las sombras que me persiguen son sólo eso. Sombras. ¿O son hombres? ¿Estarán armados? ¿Por qué el viento sopla más fuerte a mis espaldas?
Seguro que me envidian. La libertad de mi grito envidian. La posibilidad de segar vidas para limpiar el mundo de inmundicia. Eso me envidian.
Pero no pienso claudicar. Uno por uno los exterminaré. Insectos nauseabundos que estropean el paisaje.
Coleccionaré las piedras gigantescas de la montaña para hundirlos en el abismo más profundo. Y que no vuelvan. No tienen derecho a ensuciar el aire andino con su risa tóxica. Ni a engendrar esos hijos deformes para que paseen su horrible osamenta a la luz de este sol de noviembre ni de ningún otro, por débil que sea.
Se reían cuando yo les contaba mis conversaciones con Dios. Se reían y no disimulaban su pensamiento porque creían que no entendía. Entonces Dios me lo dijo: “Estos engendros no pueden arruinar mi obra. Tu hora ha comenzado.”
Pero debo ser cuidadoso. No puedo desplegar mi verdad ante estos imperfectos y minusválidos arruinadores. Están tan confundidos. Ellos creen que huyo cuando en realidad planifico; piensan que me escondo cuando sólo investigo, suponen que me asusto cuando estoy al acecho.
Es que nunca van a comprender. Desde su imperfección no pueden ver que los engaño. Se creen superiores pero yo tengo el poder que viene directamente de Dios. Yo soy el Inca. El emperador de esta raza perseguida y despojada. En mí late la sangre de todos mis guerreros y voy a hacer justicia. Aunque mi piel blanquecina y mis cabellos rubios parezcan desmentirlo. Es otro subterfugio del Creador. Es otro ardid de la Naturaleza.
Les bajaré su elemental mitología, la débil fortaleza de sus credos. Astillaré sus verdades anémicas con el huracán de mis glóbulos recios. Lamentarán eternamente el viejo escarnio al que me sometieron, maldecirán su abyecta soberbia al verme en todo mi esplendor. ¿Dónde está el timorato, el pusilánime? Dónde está el marginado, el perdedor? Preguntarán con ojos huecos de pedir clemencia. Y yo no temblaré. Asestaré los golpes con maestría, con belleza, como un verdadero artista. Así completaré la obra divina. Al quitar el polvo irredento, la escoria y el vómito.
Cuando pasen los años y yo esté dedicado a la contemplación de mi obra, algún historiador trasnochado hablará de mi autoritarismo, del fundamentalismo que regía mis actos, me comparará con engendros de la calaña de Hitler o Stalin. Este deforme sujetito no habrá entendido la diferencia, entonces me veré obligado a dejar mi ostracismo...porque no puedo permitir ninguna fisura en tanta perfección.

ME PONE ALAS

- Ya van a ver cuando salga volando.
Así decía Lorena cada vez que las enfermeras le daban la medicación en la boca y cerraban su habitación con cuatro llaves.
Esa mujer era tan peligrosa... Tal vez su boca roja o sus senos salpicados de azahares o el brillo alucinante de sus ojos morenos presagiaban tormentas que los seres comunes temían enfrentar. Ella era como un pichón con las alas heridas, soñaba con el cielo, con el aire irredento de los atardeceres y con la grupa apasionada de un horizonte sin domar.
Nunca aprendió a mentir ni a disfrazarse, por eso odiaba el carnaval y los desfiles. Creía firmemente que al amor hay que soltarlo para que se expanda y roce con su túnica todas las pieles, ásperas, transparentes, aceitunadas, malheridas, todas. Que aquel que niega un beso comete un pecado capital que deberá pagar con mil besos. Ella creía en la poesía y en la entrega. Por eso representaba un verdadero peligro para las almas menudas que habían renunciado a la trascendencia. Molestaba, como un abejorro molesta en las siestas bajo el parral. De modo que todos estuvieron de acuerdo en que había que encerrarla. Así la iban a calmar: la soledad, el encierro, la indiferencia y el olvido eran armas letales para cualquier mortal. Pero Lorena no era una cualquiera. Y pobló su soledad con duendes de todas las historias que había escuchado en su vida y convidó a una fiesta de alas a millones de pajaritos que habitaban en su inconsciente y abrió de par en par su corazón para entablar una amistad disparatada con todas las mujeres del pabellón y levantó murallas de recuerdos para honrar la Memoria. Pronto se dieron cuenta de que era un caso difícil, complicado. Y la idea fue tomando forma tácitamente entre los miembros del personal. Después de todo vamos a ayudarla a cumplir su sueño, se disculpaban.
Entonces, en un atardecer violeta habitado por susurros y perfumes, abrieron la ventana del cuarto de Lorena y la ayudaron a subir.
- Volá, Lorenita, volá.

Lorena sonrió, desplegó sus alas y con un profundo suspiro se lanzó hacia el cielo que, orondo, la recibió en sus brazos.
Y voló, voló. Realmente, voló.



IN CRESCENDO

Pobre Isabel. Qué mal momento tuvo que pasar por mi culpa. Y lo peor es que yo la incito a actuar así, porque nunca la acompaño. Si ella supiera... si ella sospechara que no es por falta de ganas... Siento que no estoy a su altura; ella es inteligente, locuaz, atractiva. Y no disimula para nada su aburrimiento descomunal. No puedo competir con eso. Me siento tan insignificante, tan hazmerreír, tan ratoncito de oficina. Porque eso fui toda mi vida, un oscuro empleado de segunda en una empresa de cuarta.
Nunca pude comprarle los atuendos que merece, ni las alhajas, ni vacaciones lujosas. Ni un hijo pude darle después de lo que me pasó.
Pero tampoco estoy dispuesto a perderla. Yo sé que ella hace rato tiene ganas de una aventura, sé que está en la cornisa y apenas aparezca la oportunidad me va a engañar. Y de ahí a enamorarse hay pocos pasos. Por eso tengo que estar atento y no descuidar los detalles. No sea cosa que esta mosquita muerta me haga cornudo.
Tengo que hacer que me valore, que al lado mío sienta seguridad, que se dé cuenta de los riesgos que corre, de los peligros que la acechan afuera...
Porque estas minas son todas iguales. No valoran lo que tienen al lado, no, se aburren, quieren romper la monotonía, buscan hombres apasionados que las lleven a la cima del placer. ¡Manga de frígidas! Si son un témpano, a quién van a excitar. Ellas son aburridas, se abren de piernas y ya está. No sienten nada ¡Inservibles! Hay que darles un escarmiento, que sepan quién manda aquí.
¡Je! La cara que pondría si supiera que el tipo del comedor, ese que tanto la asustó, cumplía órdenes nomás.

CALEU CALEU

Departamento de la Provincia de La Pampa – República Argentina - cuya capital es La Adela.
Su nombre proviene de una voz mapuche que significa gaviota.

Dicen los marineros de ley, aquellos viejos lobos de mar con ojos tan profundos como el océano, que la gaviota es su pájaro sagrado. Así como los hindúes prefieren morir de inanición antes de tocar a una vaca, los marineros son incapaces de dañar a uno de estos pájaros cuya presencia les anuncia la tierra cercana.
Saben contar historias de naufragios, en los que el único acceso al alimento eran estas avecitas marinas. Y ni siquiera entonces, se atrevieron a matarlas.

Tomás era pescador en el puerto de Mar del Plata. Había seguido el oficio de su padre y de su abuelo como si se tratara de una predestinación o de un estigma. La vida de los pescadores de principios de siglo era una vida triste. Abundaban los peligros, la paga era paupérrima y el dueño del barco siempre los engañaba. Muy pocas alegrías tenían esos hombres. Muy poca la esperanza que cargaban al regresar a la costa. Y ni siquiera el amor rudimentario de sus seres queridos alcanzaba para aliviar aquellas penas como cicatrices clavadas en el alma. Por eso, inevitablemente, buscaban la ternura del alcohol y la carnal mentira de una puta portuaria tan sola como ellos.
Pero esa noche Tomás bebió más que de costumbre y ni siquiera las prostitutas menos cotizadas le quisieron regalar una caricia. Le había atacado el vino loco, violento, destructivo. Tambaleante y mascullando su odio de años fue por la noche arrastrándose hasta su casa.
Su mujer y su hija dormían en el camastro de dos plazas, como dos gaviotas ateridas bajo un alero nevado. Las despertó a los gritos. Micaela le vio los ojos malos y empezó a temblar. Quería complacerlo para que se aplacara, pero la ira de su hombre crecía. Primero la tomó de los cabellos y la arrastró hasta la cocina exigiéndole que cocinara. Después golpeó su cara con el puño cerrado y cuando su hija se interpuso, partió en dos la botella de vino que estaba sobre la mesa.
Ciego asestó la primera puñalada de vidrio y al ver manar la sangre, como un toro en el ruedo, arremetió con furia sobre los blancos móviles. Hasta que ambos cesaron de moverse. Y un silencio espectral atenazó su boca que no pudo gritar. Como secuaces cobardes, los vahos del alcohol huyeron hacia la intemperie y entonces tuvo conciencia de lo que acababa de hacer.
Nunca más volvieron a verlo en Mar del Plata. Y hasta dicen que nadie se animaba a nombrarlo por temor a que su mal los contagiara.
Corrió despavorido, hizo dedo a los camiones, viajó de polizón en algún tren de carga. Y al fin llegó a La Pampa. Acaso la llanura le recordara el mar que llevaba en las venas. Fue peón golondrina, silencioso y sombrío. Los trabajadores rurales lo apodaron “El mudo”. Hasta que un día conoció a Raimundo, un viejo mapuche asentado cerca de la zona de La Adela, a la vera del Río Colorado. Él lo llevó hasta Laguna Blanca a trabajar en los salitrales. A su modo se hicieron amigos, ambos eran callados y pasaban largas horas contemplando el horizonte, pero en algunos atardeceres se los oía musitar palabras.
Parece que cierto anochecer se oyeron graznidos a lo lejos y el indio cetrino repitió este nombre: Caleu caleu.
Son gaviotas, gritó entonces Tomás y salió a buscarlas. Pero volvió con las manos vacíos y la mirada más extraviada que antes.
Esa noche tuvo pesadillas, soñó con las gaviotas, sus pájaros sagrados. Y él las había matado.
Desde entonces vaga por la llanura con un quejido insomne que el viento esparce sobre el mar de la pampa: caleu caleu, caleu caleu.



EL RELÁMPAGO

Yo salía del abismo. Había estado confinada en el suburbio de las almas, empequeñecida y humillada. Durante quince años había soportado estoicamente representar aquella farsa llamada matrimonio, creyendo que cualquier maltrato era preferible a quedarme sola. Pensaba que una mujer que no era capaz de mantener un hombre a su lado era digna de ser mirada con conmiseración. Y entonces callaba y aguantaba. Lloraba en silencio cada día y al mirarme al espejo sentía repulsión por esa pusilánime que no se atrevía a decir basta. Me preguntaba dónde había quedado aquella mujer apasionada que defendía la honestidad a ultranza. Sólo una sombra perduraba, endeble y minusválida. Yo había perdido la dignidad y estaba dando un pésimo ejemplo a mis hijos. Ejemplo de sometimiento, de debilidad. Lo sabía, lo sentía, pero no tenía fuerzas para pegar el salto.
Y entonces me aferraba a la absurda esperanza de que algún día volviera a amanecer. Sin embargo, la tortura se incrementaba cada vez más. De aquellos principiantes moretones, pasé a tener magulladuras en el alma; esas que no se ven a simple vista pero son indelebles.
- No servís para nada. Sos una mala madre. No te quiero. No te deseo. Me das asco. Mirate cómo estás.
Era el constante sonsonete, la letanía lapidaria que trepidaba en mis oídos noche y día. Bastaba traspasar el umbral puertas adentro para internarme en el infierno: desamor, desvalorización, desprecio, eran los condimentos de ese menú reiterativo.
Hasta que un día comprendí que había llegado al límite.
Decir: “te vas” fue tan simple como un saludo en la mañana.
Y a partir de ese momento, comencé a construirme nuevamente desde los cimientos, ladrillo a ladrillo, igual que a una casa soñada, con devoción y desvelo. Pero aún me miraba en el espejo y él me devolvía la imagen de una solitaria, incapaz de ser amada por un hombre.
En eso estaba cuando una noche sorpresiva apareció, de pronto, un hombrecito diminuto e ignoto, al que tantas veces había visto sin mirarlo jamás.
Y como un pirata al abordaje me aprisionó contándome que desde tiempo inmemorial soñaba con ese momento.
Como era lógico, no le creí. Qué era eso de que un hombre se fijara en mí, justo en mí, que como toda esclava liberta llevaba los signos de las cadenas en la piel y en la pena.
Una vez más utilicé la estrategia del humor para intentar la fuga. Pero insistió. Con una tozudez desatinada y absoluta, me capturó en sus redes insospechadas, fue tejiendo una erótica telaraña que lentamente venció mi resistencia.
Yo era una huérfana abandonada en la puerta de su boca, una paloma malherida sollozando en las ventanas de sus ojos, y famélica de amor como estaba, deglutí voraz y golosamente la miel deliciosa de su colmenar. Nada me saciaba, bebía de su agua purificadora y mi sed aumentaba, rasgaba a dentelladas su torso y su pelo y sentía que mi apetito crecía, me sumergía en su abrazo oceánico y nadaba millas y más millas sin percibir la fatiga.
Todos mis hábitos se habían transformado. Me había convertido en un brioso volcán de ardiente lava que arrasaba impetuosamente toda la geografía de su cuerpo. Y cada vez que me miraba en el espejo del otro lado sonreía una hembra en celo, destellante de vida.
Alguien me lo advirtió: está de vacaciones. Y yo, que sólo podía escuchar la melodía de sus caricias, en un allegro vivace deslumbrante, desoí aquellas voces agoreras porque sentía que mi amor era un gladiador invencible, capaz de atravesar murallas y de producir milagros.
La verdad, que “nunca tiene remedio”, un día se instaló en mis pesadillas golpeando con los puños todas mis puertas, para que la recibiera. Y por algún segundo parecí recobrar la cordura.
Entonces le propuse que volviera cuando me mereciera y cuando él también recobrara la dignidad y aceptara que la felicidad es huidiza como el agua entre las manos. Si la dejamos escapar quizás nunca regrese. Pero el hombrecito no pudo, débil como un arbolito en la tempestad, se quebró. Antes de tomar una decisión con valentía, eligió el holocausto y se entregó al demonio de la monotonía porque el miedo fue mucho más poderoso que el amor. Se autoinmoló y en el altar de nuestro adiós ofrendó sus prendas más queridas: una era yo.
Otra vez descendí a los infiernos, otra vez me sentí fracasada, pero esta vez más insoportable e incomprensiblemente, porque sabía que él me amaba y no podía soltar amarras, el estigma del pasado lo succionaba hacia una cueva de reptiles añosos, sofocándolo, asfixiándolo.
El dolor fue un hierro candente que calcinó mis entrañas hasta convertir en volátil ceniza la chispa más diminuta del deseo.
Me agrisé de repente y otoñé cada una de mis flores en un vetusto pasadizo, donde el sol era persona indeseable.
De rodillas, desangrándome, fui atravesando el túnel, pero algo me decía que muy pronto resurgiría de la oscuridad. Y así fue. Un día me encontré ventilando las habitaciones, ordenando placares y ubicando en su justo lugar todas las piezas del rompecabezas. Un día volví a mirarme en el espejo y por fin pude verme.
Me había reencontrado.
De vez en cuando lo cruzo, y al verlo tan quieto, entre la enfermedad y la sumisión, con esa cobardía característica de quienes renuncian impunemente a la felicidad, siento una cierta lástima.
Entonces pienso si no habrán sido alucinaciones, porque un ser tan timorato y aterrado no pudo haber sido artífice del milagro que protagonizamos.
Sin embargo, los recuerdos son aún pintura fresca y todavía levito cuando pienso en sus besos. Por eso llego a la conclusión de que Dios le dio aquellas vacaciones para que me salvara, para que pudiera redimirme de esa opresiva sensación de fracaso que me acosaba impidiéndome despegar. Seguramente, él es un duendecito que se escapó de un cuento de hadas para sacarme del letargo y devolverme a la vida.
Fue la luz de un relámpago. No duró nada.
Pero alcanzó para iluminar todo mi cielo.


SOLTERONA


-Solterona. Solterona.
Tenés 18 y todavía no te casaste.
Era el 4 de marzo de 1969.
Marisa rió desfachatadamente al escuchar la sentencia y salió de la cabina telefónica contoneando sus caderas redondeadas e inocentes.
Todavía no había besado a nadie. Es que las monjas le habían enseñado que una mujer realmente pura solo podía besar a su marido
Ni novios tenía, no fuera cosa que la carne la tentara y se dejara tocar. Para evitarlo, rezaba todas las noches:
-Dios mío, quiero ser frígida para no pecar.
Pero su cuerpo era rebelde y débil. Por eso sentía cosquillitas viendo cómo besaba Alain Delon en la pantalla.
Y con Mimí habían jurado que la primera en besar le comunicaría a la otra la novedad.
Fue en un colectivo de larga distancia, en medio de la noche. ¿Hugo? ¿Horacio? ¿Héctor? Con H empezaba y le gustó. Le gustó mucho. Pero después le dio un susto bárbaro. ¿Y si quedaba embarazada?
-Pero no, tonta, no es por ahí que quedás embarazada -se burló ruidosamente su experimentada amiga Ana María que coleccionaba novios.
La virginidad es sagrada.
el himen es una telita que se puede romper cuando andás en bicicleta.
Los hombres solamente se casan con las vírgenes.
Duele mucho y sangra la primera vez.
A ellos solo les interesa eso y después, chau pinela.
Conoció a Carlos en el 72. Bello y tramposo. Él la llevó al cuarto de un fotógrafo amigo y, en el suelo, sobre un colchón roñoso, se llevó aquello tan preciado.
Había sido expulsada del paraíso.
Se esfumó Carlos y detrás de él se esfumaron Luis, Alain, Alberto, José, Raúl, otro Carlos.
-Solterona amargada y resentida -dijo sin titubear su adorable abuelita. Y tenía razón. Si se lo habían advertido. Ahora nadie la iba a querer.
-Nunca me voy a casar -decía desafiante frente al espanto indisimulado de su madre que no sabía qué hacer con esta hija que le había tocado en suerte.
-¿Y qué vas a hacer entonces?


-Puta, voy a ser puta -pensaba para sí con una mezcla de tristeza y goce.
Porque lo pasaba muy bien las distintas camas. Pero después una acidez arrinaba el orgasmo dilatado y lo empequeñecía.
-Sola como un perro te vas a quedar.
A los 30 quedó embarazada y se llevó a su casa al padre de la criatura que aceptó cómodamente porque no tenía donde caerse muerto. Y al poco tiempo de nacer el chico decidió casarse. Él nuevamente se sacrificó porque seguía desocupado y al menos así iba a trabajar de marido. Golpeador y machista, como Dios manda, para dejar bien claro quién llevaba los pantalones en la casa.
¿Para qué te casaste? -preguntaban sus amigas entre compasivas y perversas.
-Para que no se salga con la suya la vieja reventada de mi abuela.



LOS MIEDOS DE INESITA


Inesita era una chica pueblerina, diáfana y asombrada. Su risa sin impurezas surcaba el aire de la tarde zigzagueando entre los arenales y trepando los árboles como un ágil rapaz. Ella era todo lo feliz que una inocente, impoluta muchacha, podía serlo. Amaba cada cosa que la rodeaba, creía en la sonrisa de su madre tanto como en el amanecer de cada día y trabajaba con empeño y alegría porque cada uno de sus actos era un acto de amor.
Tenía una gran amiga cruzando apenas la calle y con ella compartía sus secretos indefensos y sus tímidos rubores. No le importaba el dinero y disfrutaba locamente el carnaval. Había nacido en carnaval y con el tiempo le contaron que su padre no fue a verla enseguida, estaba con los amigos.
Tenía una mano dócil para el dibujo y soñaba con ser maestra, pero eran tiempos difíciles y se supo resignar.
Cuando escuchaba un tango o un valsecito, sus pies se movían solos y llegado el momento fue una gran bailarina en aquellas reuniones danzantes a las que siempre la acompañó su madre.
Un día llegó al pueblo el hijo de un estanciero. Joven apuesto, adinerado, tan simple como los girasoles y de una mansedumbre semejante a los campos de lino en flor.
El teléfono fue la flecha que Cupido utilizó para atraparlos en la eterna trama del amor.
Y como en las telenovelas la chica pobre y el muchacho rico se enamoraron. Pero igual que en esos melodramas muchos se opusieron y el cielo transparente de la ingenuidad se fue cubriendo de nubarrones color envidia, despecho, soberbia y desprecio. Según donde estuviera el frente de tormenta.
Por primera vez Inesita se enfrentó a las miserias humanas y sus ojos, con mayor asombro, miraban sin comprender. La primera batalla fue dura pero salieron victoriosos y en medio de una aparente tregua se casaron rodeados de buenos deseos.
Sin embargo, el carnaval de la vida había finalizado y todos los concurrentes se despojaron de las máscaras para dejar ver su verdadero rostro, el de la mezquindad.
Entonces los castillos fueron todos de naipes a los que un viento inclemente derribó. Ya no encontró una sonrisa confiable en labios de su madre, sino una oscura mujer que a la muerte del marido mostraba una cruel personalidad, inclinando sus preferencias en jardines ajenos a Inesita.
Y aquella amiga entrañable que dejó de hacerle confidencias. O su hermana mayor que lloraba por los rincones comparando y padeciendo su mala estrella.
Su suegra y sus cuñadas la trataban como plebeya y ese dulce marido no tuvo las agallas suficientes como para defenderla.
En un triste perchero colgó el cascabel de su risa y aquella buena fe que la adornaba fue quedando herrumbrada en los viejos baúles junto a la ropa en desuso.
Le nacieron los hijos y los supo querer a su modo, una manera fría de querer, con recelo. Su torre fue la casa, su baluarte, la fortaleza donde escondía la inseguridad y el terror al fracaso. Día a día fue cumpliendo el ritual del fregado como una sacerdotisa de la escoba y el trapo. En su escala de valores iban a la cabeza el lavarropas y la vajilla antes que los reclamos amorosos. Nunca tuvo tiempo para dedicarle a su única hija mujer que se gastó las lágrimas reprochando su ausencia.
Y así, trágicamente, la cándida muchacha de costumbres sencillas fue tornándose una cenicienta mujer, desconfiada y muerta de miedo.
Según parece, la habían traicionado sus más caros afectos. Y eso dejó secuelas en los profundos territorios de su corazón. Lloró infinitamente hasta volverse ácida, descreída, paranoica. Y aquellos que la quieren sufren ante su imposibilidad de gozar las pequeñas cosas de la vida. Por ejemplo, los nietos.
Tiene miedo de todo, un miedo irracional y contundente.
Inesita, que ahora es Inés a secas, vive en un geriátrico. Y se niega a recibir visitas.



SALA DE ESPERA
Ella vestía su tradicional trajecito azul. Se la veía, a pesar del envoltorio repetido, elegante como siempre, con esa prestancia que exhalaba desde el brillo de sus ojos, vivaces, pícaros, hasta los movimientos sensuales de sus manos con aquellas uñas tan esmeradamente cuidadas y pintadas con los colores de moda.
Quien la viera, tan refinada y sobria, nunca sospecharía que en su casa se ponía el delantal y sumergía sus expresivas manos en el letal detergente para fregar platos, baños y pisos.
Porque era el prototipo de la mujer ambivalente, capaz de lucir como la más expeditiva y pragmática profesional para luego desdoblarse en una eficiente ama de casa, madre de hijos adolescentes, separada y proveedora de alimentos, calzados, compañía, límites, contención y comunicación.
Sus hijos la adoraban. La gente, en general, la respetaba y admiraba, salvo un hato de mediocres envidiosos que no soportaban su talento y solvencia moral.
A pesar de todo ella arremetía, ayudada por su infaltable terapeuta.
Sin embargo, su barco naufragaba en el mar de los afectos con el otro sexo. Sabiéndose una mujer fogosa y apasionada, de refinado erotismo, no lograba estabilizarse en pareja y debía poner su libido al servicio del trabajo, la crianza de sus hijos y todas las tareas creativas que hacía por verdadero amor al arte.
Pero la soledad era lapidaria y debido a tantas sesiones de terapia ella había aprendido a no mentirse. Le dolía terriblemente esa soledad aunque jamás la llevara por el camino del resentimiento, sino todo lo contrario. Era comprensiva y solidaria precisamente por sentir su alma en carne viva tantas veces. Y también era consciente de que necesitaba un buen amor, el del apoyo, la ternura, el hombro disponible y la oreja dispuesta. El amor compañero, ese que hace honor a la palabra pareja, donde hay dos iguales dirigiéndose a la misma meta. Y éste se le negaba, coqueteaba con ella desde siempre, a hurtadillas y cada vez menos cercano. Casi tan lejano que estaba a punto de vencer su tozudo optimismo, aquél que la llevara a pensar que iba a encontrar un gran amor, definitivo, aunque sea en un geriátrico.
Había dejado de fumar más por rebeldía que por una cuestión de salud. No soportaba la idea de que un cilindro de papel relleno con tabaco la dominara. Sin embargo sospechaba que la enfermedad de su padre provocada por el tabaquismo y su travieso inconsciente habían colaborado. Lo cierto es que en ese momento, mientras esperaba, se hubiera fumado un “pucho”. Allí, mientras transcurrían los minutos antes de una entrevista que cambiaría su vida, sólo ella sabía lo insegura y temerosa que se sentía. Aunque ninguno de los que la rodeaban pudiera suponerlo, ya que su apariencia avasallante jamás permitía imaginar su verdadera fragilidad.
Ella, que podía salir a la palestra y revertir la más confusa de las situaciones casi como por arte de magia con su sonrisa cautivante o su palabra contundente, o que podía enfrentar a un auditorio heterogéneo con la certeza de ponerlo de su parte al poco tiempo, ahora temblaba imperceptiblemente y tenía ganas de huir. Entonces supo que se había estado mintiendo todo el tiempo y que su furia libertaria no era más que una parodia que ofrecía histriónicamente en el escenario de la vida. Porque no le quedaba más remedio, pensó con clemencia. Porque era el rol absurdo que le había tocado representar y mínimamente quería hacerlo con dignidad.
Pensó en irse y desistir. Finalmente la decisión estaba en sus manos, podía arrepentirse y nadie la obligaría. Pero eso significaba desenmascararse, bajar del pedestal, mostrar su debilidad y dejar de ser el arquetipo y el ejemplo. Con el agravante de que no habría paliativo para su soledad, ya que seguiría estando sola y despojada. Se convertiría en una ridícula caricatura, sobre todo para ella misma.
¿Qué la llevaba a dudar? Quizás aquellos nebulosos años de la facultad de abogacía, o el tintinear de anillos mientras el cura proclamaba que sólo la muerte los separaría o la perversa certeza de que la viudez le sentaría mejor que el divorcio. Lo cierto es que una vez que estampara la firma se sentiría definitiva e irremediablemente sola y esa sensación la aterraba. Tuvo el urticante deseo de comerse las uñas pero en su lugar comenzó a masticar, compulsivamente, dos gomas de mascar sin azúcar. Se levantó para ir al baño porque en situaciones estresantes no dejaba de ser un desahogo. Orinó, se lavó las manos, se pasó el peine, retocó sus labios con ese rouge ciruela que tan bien le sentaba y apoyándose en la pared azulejada exhaló un suspiro tan potente como un exorcismo, se miró a los ojos y supo que había tomado una determinación.
Al entrar nuevamente en la sala de espera, se abrió la puerta del despacho del abogado, cuya secretaria la invitó a pasar. Adentro estaba su flamante ex-marido. Firmó sin titubeos y se retiró de inmediato, con aire triunfador.
Si había podido dominar la adicción al cigarrillo, por qué no iba a vencer el miedo a una sentencia de divorcio.

MUJER CON ATAQUE DE NERVIOS
Hoy tuve un día de mierda. En realidad, vengo teniendo varios días así, pero hoy colmó la serie. Después de una noche de perros con un insoportable dolor de oídos, una inyección para calmarlo y una receta para diez días de antibióticos, me levanté con el ferviente deseo de mejorar la situación y apelé como siempre a la creatividad que ha sido mi redentora en este mar de confusiones de la vida.
En eso estaba cuando de pronto volví a la dolorosa rutina y llamé al banco para ver cuándo nos pagaban el sueldo y el aguinaldo, que aunque escasos siempre traerían un poco de alivio a mis sórdidos y descalcificados bolsillos. Cuando me dieron la noticia de que todavía faltaban tres eternos días, se me vino el alma al piso pensando que en la empresa telefónica me daban tregua exactamente hasta media hora antes de que el banco efectivizara el pago. Y pasado ese plazo: incomunicada. Justo yo, que soy telefonomaníaca. Allí estaba, mascullando maldiciones contra el gobierno saliente y el entrante, cuando, haciendo honor a mi adicción fui a usar el teléfono y habiendo acabado de discar me encontré con la sentencia de muerte: Telefónica de Argentina le comunica que el sistema se encuentra bloqueado para la comunicación que intenta realizar.
Atónita, desencajada, colgué el auricular y lentamente me dejé caer en el respaldo del sillón. Mi miedo se había confirmado y además había sido vilmente engañada por la empleada de Telefónica que con su puño y letra había garabateado la fecha de prórroga en la boleta.
A partir de ese momento se desencadenó una tormenta familiar, porque no sólo estábamos incomunicados sino que debido a la falta de divisas tampoco teníamos medio de transporte porque no podía llamar desde un locutorio a mi amable remisero que me fía hasta fin de mes y mucho menos tomar el de la otra cuadra a quien debía, indefectiblemente, pagarle con dinero cantante y sonante.
Entonces me transformé en el desquicio que suelo convertirme cada vez que las situaciones me superan, saqué a relucir las charreteras que conservo sólo para estas ocasiones especiales, repartí órdenes a destajo, gruñí las más feroces amenazas y decreté, de absoluta necesidad y urgencia, que este año ni Papá Noel ni los Reyes Magos entrarían en el territorio de mi hogar ya que les denegaba en ese mismo momento todas las visas, pasaportes y salvoconductos imaginables.
Mis hijos, con el rabo entre las piernas, ahuecaron el ala esperando que amainara. Aunque alguno, más rebelde, cometió la osadía de enfrentarme. Entonces el monstruo devino en lacrimógena y culposa madre clamando por ayuda y comprensión.
Desganada por el exabrupto y la mala noche, no pude, como otras veces, descargar mi histeria fregando pisos, cosa que los pisos reciben con beneplácito. Entonces traté, bastante en vano, de dormir una siesta inusual ya que raramente practico ese deporte al que alguna de mis amigas es tan proclive. Y digo en vano porque sistemáticamente fui interrumpida por oportunas preguntas y consultas de mis hijos para quienes hubiera solicitado asilo político en Paraguay, a cambio de los favores recibidos.
Mientras tanto y como si todo esto fuera poco, el tiempo no acompañaba. Llovió durante la mañana, luego salió un soporífero sol untado con el más alto porcentaje de humedad de los últimos siglos por lo que, en lugar de ir desde la cama al living yo corría desde el garaje al patio con la ropa lavada tratando de encontrarle un lugar en el mundo para que se pudiera secar.
Con la operación cumplida a medias, decidí encender la computadora para copiar mis recién descubiertos textos en prosa, que me han seducido como un galán perfumado y galante. Puesto el punto final, guardados en el archivo, decidí imprimirlos para poder compartirlos con mis cofrades escribas en alguna reunión de fin de año y en eso estaba cuando comprendo que a tres días de cobrar el aguinaldo me había quedado sin cartucho. Con la velocidad del rayo, copié los cuentos recién nacidos en un disquete y le pedí a mi hija que se cruzara hasta lo de su amiga para imprimirlos, misión que no pudo cumplir ya que el Windows de la vecina es ultramoderno y no cavernícola como el mío, por lo tanto no pudo leer el archivo.
Decidí entonces darme un baño de inmersión que siempre tiene sobre mí efectos sedantes, pero entre el dolor de oídos y la histeria salí antes de tiempo, con lo cual la medicina resultó improductiva. Razón por la cual pensé que lo más saludable era tomar distancia, me maquillé, monté la bicicleta y comencé mi aventura por las calles de Pico. Iba en busca de unos amigos, dueños de un Café Literario, a los que debía confirmar que al día siguiente iría con un grupo a despedir el año. El lugar estaba cerrado, los busqué en la casa, se habían mudado. Me quedaban unas míseras monedas pero no recordaba el número del celular, así que regresé a mi casa en medio de una tormenta de viento y tierra que acababa de desatarse, tomé el número y corrí al locutorio más cercano.
Por suerte los encontré, pero por suerte, por suerte. Porque con una breve conversación me alegraron la fatídica jornada. Dijeron algo así como que debido a la buena onda que yo les tiraba llevando gente, mi consumición sería regalo de la casa. Y eso, a esta altura del mes, con los bolsillos más que flacos, anoréxicos, es una excelente noticia. Tan buena como para devolverme la sonrisa y las ganas de seguir escribiendo.


NAVEGANTE SOLITARIA NAUFRAGA EN NOCHEBUENA
No encuentro mi lugar en este mundo. Al borde de los cincuenta, todavía ando buscando un sitio donde anclar. No sé si es la cercanía de las fiestas de Navidad o el comienzo de las vacaciones, pero este ocio me permite ver con claridad lo que durante todo el año disfracé.
Sin embargo, esta vez no quiero aturdirme, quiero estar sola. No sé bien qué excusa inventaré para zafar de las tediosas reuniones familiares. No es que ocurra nada en especial. Soy yo y esa sensación intolerable y omnipresente de no pertenecer, de ser sapo de otro pozo.
Lamentablemente cuando pienso en eso mi rencor reverdece porque culpo sistemáticamente a mis padres de haberme marginado. Mis hermanos no son culpables, ellos llegaron mucho después y se habituaron a mi ausencia. Pero cualquier ausencia puede ser presencia si alguien se encarga de traer al viajero a través del recuerdo grato, de la anécdota oportuna. Es decir, ir sembrando su historia entre las cosas cotidianas para que no se note aquel lugar vacío.
Nada más abismal que la maledicencia, formadora de opinión sobre todo en mentes vírgenes. Es tan fácil resquebrajar una imagen de alguien que no puede defenderse.
Yo hice todo lo posible por repatriar mis restos, pero a un cadáver sólo se le rinden pompas fúnebres, no se le hace un espacio en la mesa, no se le agrega un cubierto.
Desde entonces vivo esta especie de vida fantasmal, aparezco y me temen. Quieren erradicarme, sienten que ya no tengo cabida. Y yo que estoy en carne viva me desgañito haciendo señas pero los demás no pueden verme.
Por eso, cuando montan esas farsas familieras y pretenden hacer que todo está bien, yo siento estas enormes ganas de huir. Nada odio más que estar en un lugar a la fuerza. Me siento ajena, extranjera, de favor.
De modo que en esta Nochebuena seré fiel a mi destino y la pasaré en soledad, como me corresponde.
¿Quién me habrá enseñado que uno debe tratar de hacer lo que realmente siente, quién me habrá indicado que lo mejor era no fingir ni tratar de quedar bien? Quizás la clave está en aquella frase de Richard Bach: “si entre la felicidad y la seguridad eliges la segunda debes saber que el precio que deberás pagar es la primera”. Pero yo sigo buscando la felicidad en la más urticante falta de seguridad y no hallo ni la una ni la otra.
Lo cierto es que esta noche me voy a navegar. Necesito pensar y mirar las estrellas en busca de mensajes cifrados, cosmogónicos y ultrasensoriales.
En mi pequeño barco de seis metros me siento la dueña del mundo. Soy el capitán y tengo el poder. Este silencio sideral es melodía para mi cuerpo entero y no me siento de más siendo sólo un punto infinitesimal del universo, porque este sí es mi lugar.
La luna, plateadamente obesa, asoma entre la balaustrada de las escasas nubes su cara de matrona. El agua, remolona, apenas ondula y juega en la proa del barco. Figuras multiformes, sombras gigantescas, se reflejan en el límpido espejo del río de mi infancia y yo alzo los brazos y aspiro todo ese aire austral y finisecular. No traje mi reloj, pero deben ser las doce porque se oye el estruendo de la pirotecnia y hay un chisporroteo de fuegos artificiales en la orilla cercana.
Quisiera que este minuto permanezca, que sea la eternidad. Aquí y ahora, no preciso de nadie, me siento plena.
Pero qué es ese sonido extraño. El motor, se atascó. Corro a la cabina, enciendo la radio y comienzo a pedir auxilio. El barco se hunde y yo debo dar mi posición exacta para que salgan a buscarme. Mayday, mayday. Alguien debe haber escuchado, espero. Con la vergüenza de un capitán que ve hundir su barco debo saltar presurosa y tratar de nadar siguiendo la luz del faro.
El instinto de supervivencia puede más que todas mis cavilaciones y disquiciciones filosóficas, de modo que nado con todas mis fuerzas tratando de alcanzar la orilla.
Ya se perciben movimientos en la playa, los guardacostas de la armada están en pleno movimiento. La brisa nocturna me trae sus voces. Todos me están buscando pero no logran verme en tamaña oscuridad. Y pensar que estoy tan cerca, los veo, los escucho pero ellos miran hacia otro lado. Soy ese repetido fantasma que no pueden registrar como perteneciente a su mundo.
El agua del río, tibia y acariciante, me envuelve como el líquido amniótico, tal vez único sitio donde me guarecí realmente. Desde que me sacaron de ahí solamente anduve deambulando y buscando recuperar la tibieza original. Y si dejo de nadar, si dejo que la inercia y el abandono sean finalmente mi mortaja.
Nada me duele dentro del agua, ni cansancio siento. Quizás sea una buena idea.
Entonces lo descubro entre la gente y me doy cuenta de que estoy demasiado cerca de la orilla. Allí, nervioso y asustado, está ese hombre del que siempre he querido apartarme. Nunca fue mío, jamás me perteneció con ese sentido de pertenencia al que yo aludo cuando pienso en el amor. Ni siquiera sabe quién soy ni lo que busco en esta vida. Somos exactamente diferentes. Estamos separados por un abismo de diferencias. Pero él está tan solo como yo. Al fin, ese hombre que no me pertenece, es lo único que tengo. Y hacia él voy.

EL MISTERIO DE LA ESCOBA
Mi bicicleta y yo somos inseparables. Con ella cruzo la ciudad de punta a punta, en invierno o en verano, para ir al trabajo o a pasear. Menos a las citas de amor. A esas voy caminando para que no me traicione el entusiasmo.
Me siento realmente libre andando en bicicleta. Mis sentidos están de fiesta, pueden percibirlo todo. El aire, los colores, los perfumes, la música del día y el andar de la gente.
Es casi terapéutico deslizarme sobre sus ágiles ruedas y cada insospechada travesía parece una réplica de la Fuente de Juventia.
Además, mientras viajo tengo tiempo para ejercitar el pensamiento y la reflexión. Me interno en intrincados laberintos filosóficos o navego en las aguas de la cotidianeidad mientras pedaleo. Hablo con Dios, saludo a mis amigos, tomo sol y hago gimnasia. Todo por el módico precio de salir a repechar las calles.
Y en tanto ir y venir descubro personajes que terminan formando parte del paisaje.
Así di con la mujer de la escoba y poco a poco fui intuyendo su personalidad, imaginando sus pensamientos y deseos, construyendo su historia.
Las primeras veces ni siquiera me daba cuenta. Simplemente pasaba y “casualmente” la encontraba barriendo la vereda.
Con el pasar del tiempo vislumbré que además de la vereda barría también la calle.
Y que no había hora en que yo pasara que no la encontrara barriendo como una sacerdotisa cumpliendo su rito, o como una autómata, o como una marioneta, mecánica y obsesivamente.
Cierto día, de esos que odio porque el viento arrasa, tampoco faltó a la cita.
Barría como una ciega, con insistencia, las mismas hojas que iban y venían como las olas del mar. Ella agitaba incesante su escoba justiciera y las hojas, muertas de risa, giraban a su alrededor sin darle tregua.
Así continuó la historia, indefinidamente.
Ella no debe haberme registrado y mucho menos imaginado que para mí se había convertido casi en una obsesión, como su escoba.
Cada día, cuando me aproximaba a su cuadra, mi corazón latía aprisa esperando verla o temiendo que no estuviera.
Jamás falló, como un Sarmiento barrendero, cantó siempre el presente sin importarle las inclemencias del tiempo.
Primero supuse que sería la empleada doméstica y sólo cumplía órdenes. Pero cuando me di cuenta de que tenía horarios tan disímiles y desusados, comprendí que era la dueña de casa y lo hacía voluntariamente.
Entonces comencé a compararme. Mi escoba, flamante e intocada, me miraba desde su largo aburrimiento y yo, sonrojada y tartamudeando, le explicaba que estaba apurada, que quizás más tarde...
Mientras tanto, las hojas verdeamarillentas de las acacias teñían como lunares voladores o como acolchada alfombra las baldosas de mi vereda.
A veces, hasta sentí envidia, pensando que entre tanto yo corría a la oficina, ella tenía tanto tiempo de sobra. Claro que yo lo hubiera utilizado de otra forma. Pero gustos son gustos. Y hablando de eso, me encontré interpretando la actitud de la barredora. Al principio rumbeé hacia el aspecto fálico del palo de la escoba, después me incliné por pensar que se trataba de una tendencia compulsiva al barrido. También imaginé, en algún momento, si salir a barrer no sería la excusa para espiar a alguien o algún santo y seña misterioso que encerraba en ese gesto aburrido un secreto más jugoso.
Eso hubiera deseado yo, para encontrarle un sentido excitante a tan monótono ritual.
Durante un tiempo dejé de verla. Y la verdad es que me preocupé. ¿Se habría mudado? ¿Estaría enferma? ¿O se habría muerto?
Y yo, bicicleteando, sin llevarle una flor.
Pero al tiempo reapareció, como si nada.
Poco después yo cambié de trabajo y de recorrido. Muy de vez en cuando paso por su casa y puedo divisarla manejando con destreza la escobita.
Ya no me intriga tanto. Quizás porque intuyo que jamás averiguaré su secreto, las ocultas o absurdas razones de tan remanido ejercicio higiénico.
Pero de lo que estoy totalmente segura es de que nunca voy a seguir su ejemplo. Será justicia.


JUSTICIA POR MANO PROPIA
Racista, lo que se dice racista, era la flaca aquella que no sé de qué se la daba si vivía en una ratonera mugrosa. Pero igual tenía la nariz parada y cada vez que veía a un morocho ponía cara de asco.
Mala madera, decía.
Y a mí me daba una bronca porque de sólo ver a esos críos tiritando en el invierno como palomas heridas, me daban ganas de ahorcarla. Me acuerdo aquella vez cuando a la pobre doméstica le gritó:
Escuche piojosa, si usted no se rapa no vuelve a entrar en mi casa.
Y aquella otra vez que le tiró la panera al canillita que si no se agacha lo borra del mapa.
Ahí sí que me puse como magma, porque la panera era de acero y le partió una ceja. Se llamaba Juan Saloma, el pibe. Me vio tan rabiosa que se julepeó y después la quería arreglar poniéndole una curita al pobre Juan.
Dios le dará su merecido, le dije al pibe mientras lo curaba.
Al poco tiempo se fue del barrio y recién la volví a ver muchos años después. Pasó en un Renault “Pagoda”, según me explicó mi hijo menor, toda empilchada, con una capa de piel. Estaba irreconocible.
¿De dónde saca ésta la plata? -me pregunté.
Y... será una mafiosa más- agregó mi vecina.
A los meses la veo trepada en una tarima, en la esquina de Pompeya y Jerusalén, hablando como una pacata sobre cómo mejorar la conducta moral en La Pampa. ¡Se había hecho pastora de no sé qué religión! Y andaba mostrando los dientes en el daguerrotipo, la muy tarada. A la pobre tabaquera de la otra cuadra, que era un poco rápida, no lo voy a negar, le dijo que se fuera. Y la otra, ni lerda ni perezosa, revoleó la cadera para agarrar una rama y partírsela en la cabeza. Manteca al sol, quedó la flaca. Estaba caduca, no tenía más cabida aunque se hiciera la dadivosa ¿a qué no saben con quién? ¡Con los pibes de la villa! Les regalaba una golosina sabrosa a la salida del templo, siempre vestida a lo dama.
Yo hubiera querido encajarle una maceta como tapa. Y pensaba: -Esta se quiere hacer la papisa, ahora. Como si no la conociéramos...haga lo que haga siempre será sapa de otro pozo.
Pero ella seguía, muy pacífica, con esa careta de buena persona y encima talentosa.
Sin embargo, un día pasó como una saeta y desapareció otra vez del barrio.
Había tenido que cambiar de táctica antes de perder la calma cuando se enteró de que la habían denunciado por venderle droga a los pibes.
Cuando la cana me interrogó yo me hice la mareada, que no sabía nada. Me porté como una damita y ni siquiera le acepté la tableta de aspirinas al suboficial.

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