sábado, 8 de octubre de 2011

LA SEMBRADORA (libro completo)











Ficción Autobiográfica




Olga Liliana Reinoso




























DEDICATORIA:
 A mis Belén, Ramiro, Matías, por haberles quitado tantas horas en aras de la docencia.
 A mis ex – alumnos, que me permitieron transitar las arenas movedizas del sistema educativo argentino, brindándome su frescura y su cariño genuino.
 A todos los amigos que encontré en el camino del Magisterio: Estela Morán, Inés Wenk, Miguel Ángel Alemán, Graciela Tissera, Lilia Tablado, Mirta Iglesias, Silvia Peinado, Mirta Pérez, Susana Sappa, Adriana Tobio, Margarita Martí, Roberto Petit de Meurville, Mónica Ledesma, Alicia Malerba, Iris Lieschner, Silvia Petitti, Cristina Lodeiro y las que no nombro pero conservo en mi corazón.
 A María Cristina Pizarro y a Patricia Miranda, por sus enseñanzas y correcciones.














ÍNDICE
Página

Prólogo I 5
Prólogo II 6
Motivos (poema) 7
Razones 10
Capítulo I: Pequeña Biografía 11
Capítulo II: La jubilación 16
Capítulo III: Mis Maestros 19
Capítulo IV: El recorrido 28
A 28
B 29
C 31
D 31
E 41
F 43
G 47
Capítulo V: El sindicalismo 50
Capítulo VI: Ley Federal de Educación 57
Capítulo VII: Actos escolares (No todos los padres son iguales) 67
Capítulo VIII: Taller Literario 76
Este cuento 78
Reportaje Imaginario 80
Epílogo 82










PRÓLOGO I

“Que alguien quiera recordar su paso por las aulas, hace renacer en mí la esperanza de que la docencia como labor vale la pena…”


Compartir una vida con libros, poesías, estrofas y palabras fue y es lo cotidiano en la trayectoria de Olga Liliana.

A través de la palabra siempre pudo y supo dar amor, se defendió de ALGUIEN, convenció a OTROS, enseñó a MUCHOS y enamoró a ALGUNOS.

Las letras fueron y son para ella su fortaleza, las que le sirvieron para dar alegría, para sorprender, para aconsejar, para sostener un punto de vista, para defender una convicción, para susurrar, para gritar con furia, para transmitir ideales, para desentrañar mensajes, para enseñar y dejar en sus alumnos… su huella.

Sus palabras crearon sensaciones, describieron utopías o realidades, inventaron sueños.
Plasmar una vida de trabajo en un papel es virtud de unos pocos, solo aquellos que vivieron intensamente lo pueden lograr y Olga Liliana, la MNN, la mujer, vivió la docencia y la vida muy intensamente.
Transitar años por las aulas y acordar con estilos y formas de prodigar enseñanzas hizo que ambas disfrutáramos de esta labor que defendimos con pasión: Ser docente.
Entrañablemente
Silvia Petitti





PRÓLOGO II
Liliana, una vez más debo sacarme el sombrero frente a tu verborragia
reconocida y encima transmitida genéticamente a tu hijo; según tu propio
testimonio.
Una vez más debo sacarme el sombrero frente a tanta vida vivida comparada
con tanta muerte vivida de otros muchos seres que no dejan ni siquiera
el susurro de su paso por el mundo.
Una vez más debo descubrir mi cabeza y con el sombrero en la mano
felicitarte por tener el valor de contar tantas cosas que otros se guardarían
solo para regodearse en el silencio de quienes creen haber sido o de
quienes adolecieron ser, frente a ellos, vos te vanagloriás simplemente de
haber sido.
Según veo tu intencionalidad es dejar el material como libro testimonial
y no convertirlo en novela, porque como bien sabrás la novela requiere
de otras técnicas y de otro tratamiento para convertirse en tal.
Es entonces un libro testimonial que une a la tuya, la vivencia y el
aprendizaje de cientos de mujeres que como vos hicieron de la enseñanza
el aprendizaje del otro y el propio.
El resultado de tus años como docente, como madre y como alumna
dan como resultado este manojo de experiencias que no has querido dejar
enterradas para que solo un grupo selecto las conozca. La valentía de vivir
hizo que expulsaras casi como un vómito en algunos pasajes, casi a modo
de catarsis en otros, esa indiferencia social y gubernamental que por costumbre
se le ha brindado y se le sigue brindando al docente. Con tus palabras
has dicho una vez más presente. Presente no solo en nombre tuyo
sino en nombre y apellido de una raza de mujeres y hombres que saben,
que comprenden, que dependen y emprenden la enseñanza como modo
de vida y no tan solo como una trabajo más.
Aplausos medalla y beso para Olga Liliana Reinoso. Queda formado
dentro del útero de tu compu este manojo de células que, Dios mediante,
verán la vida y serán tu próximo hijo de papel…
Para el resto del camino, te sigo brindando mi compañía de siempre.
Patricia Miranda



MOTIVOS
Vengo a decir que ignoro tantísimas verdades
como fuegos que enlutan el corazón del pájaro.
Vengo a decir que creo en tus ojos frutales
que me aroman de luces las costumbres cansadas.
Vengo a dar testimonio: el miedo es una infamia
y no hay llaves que cierren la palabra que salva.
Vengo a darte mi mano en cuerdas de guitarra
para que no embalsames tu voz de madrugadas.
Vengo desde la hondura de algún dolor oculto
a parir un milagro que inventamos de apuro.
Vengo a través del viento de oscuras tempestades
para sembrar memoria en la tierra descalza.
Vengo desde la noche de una pena innombrable
dispuesta a dar batalla y a comenzar el canto.
Vengo al cuenco salobre del llanto trotamundo
con pasaporte de alas y equipaje liviano.
Vengo a decir que es cierto lo que tu sed presiente:
un grito que derrama su furia en las ventanas.
Vengo a contar que alcanza con los tristes harapos
para alzar la bandera en los cielos de mayo.
Vengo a decir que vivo con sutil resonancia
todo el dolor ajeno de aquellos que no hablan.
Qué azul cosmogonía me sucede en el alma
qué verdes transparencias descubro junto al alba.
Tengo sueños urgentes para darte en las manos
manzana sin pecados dorada de saberes.
Abro tu puerta máxima, tu corazón en llamas
y me unjo maestra con palabras tempranas.
Porque creo en la hechura del hombre transparente
enciendo esta fogata de amor entre la gente.


- ¿Cómo anda, maestro? –saludó Uña Ramos.
- No me diga maestro –pidió Atahualpa.
- ¿Por qué?
- Ganan muy poco.



Porque muchos de tus alumnos “difíciles” te están poniendo a prueba para ver si repites la historia de los que no los amaron o si los desconciertas poniendo comprensión donde esperan el juicio condenatorio; caricias, donde temen el castigo; perdón, donde esperan el reproche; amor, donde esperan la indiferencia.
René Trossero
















MAESTRO
Escúchame, compañero, amigo.
MAESTRO: más bien discípulos de la vida,
aprendices siempre, vendedores de nada.
Quiero contarte-y cantarte-mi admiración porque estás ahí,
dejando tus horas entre las horas del día,
intentando enseñar, ayudando a educar
por un salario pequeño, por un pretendido amor.
Quiero hablar contigo, incansable constructor de utopías,
que cada mañana vuelves al trabajo
- los libros bajo el brazo y el corazón tic-tac, tic-tac -
a explicar cosas que muchos no quieren saber.
Quiero agradecerte tu entusiasmo
amenazado tantas veces por un sistema hostil
desollador de ilusiones.
Tu entusiasmo que renace sobre las cenizas
como un ave fénix incansable, paciente, pertinaz.
Quiero que unamos nuestros esfuerzos para construir juntos
un nuevo día. Un día mejor,
en el que realmente podamos convivir, dialogar y ser.
Quiero pedirte humildad y fortaleza
para que nunca se rompa nuestra fe en el ser humano,
nuestra fe en nosotros mismos
como seres capaces de luchar y sufrir por las personas:
por nuestros alumnos.
Quiero alentar la esperanza en nuestro ahora,
en nuestro aquí y en nuestro ahora.
Pero también en el mañana, en la mañana.
Está amaneciendo. Ya. Siempre está amaneciendo.
Porque hay maestros.
Porque hay discípulos como tú.

Miguel Ángel Santos Guerra. Yo te educo, tú me educas. Ed. Sarriá. Málaga. 1999

RAZONES
Si he resuelto escribir sobre un aspecto determinado de mi vida, es porque creo que toda ficción es autobiográfica y porque es posible y hermoso hacer literatura con los recuerdos.
Elijo como tema central, mi oficio de maestra porque siento un gran respeto por esa tarea y también una gran desazón frente a la debacle de la educación.
En esta etapa de mi vida, creo importante evocar momentos de profunda ternura, de lucha incesante y comprometida y también de mezquindad y miserias humanas que han salpicado mi paso por las aulas.
Tal vez porque siento que mi ciclo ya ha concluido, es que deseo mirar hacia atrás con la esperanza de que todo este esfuerzo no haya sido en vano.
Ser un maestro en la actualidad de nuestro país es, a veces, una tarea heroica, y siempre confusa. Porque nos topamos con una dura realidad para la que no fuimos formados y, casi, ni informados.
Como a quien lo empujan desde el borde de una pileta, así debemos sumergirnos, las más de las veces, en problemas sórdidos y de difícil solución.
Por eso nos desgastamos tanto, por eso vamos sumando “Patologías profesionales”, ante la desidia, la indiferencia y el petulante desinterés de una sociedad empobrecida económica y moralmente, para quien la escuela se ha convertido en un aguantadero. No me importa si suenan fuertes mis palabras. Es lo que siento.
Pero también recuerdo momentos de verdadera comunión con muchos alumnos.
Y eso es lo que rescato porque es lo único que le dio sentido a este trabajo.

Olga Liliana Reinoso










I
PEQUEÑA BIOGRAFÍA


Me llamo Olga Liliana.
Olga me duele, me hace sufrir, es mi parte oscura, dramática, fatalista. Marrón, terroso, socavón abajo.
Liliana es la de los placeres, la buena vida, la risa fresca.
Liliana es transparente como una mañana de primavera, color verde agua, liviano barrilete que me eleva.
Después de medio siglo de lucha denodada estoy logrando que reconozcan que yo soy las dos.
Mujer a ultranza.
Madre amantísima.
Muy argentina, sin chauvinismo.
Maestra.
Poeta, narradora, ensayista.
A veces, periodista.
Recitadora, difusora de la poesía.
Apasionada por la literatura.
Disfrutadora de la vida.
Carnet de identidad: la risa
Pasaporte: la palabra.

Nací el 25 de mayo de 1951, en el sanatorio Otamendi Miroli. Al mes me bautizaron en la Basílica San José de Flores, cerca de la casa de los abuelos en la calle Yerbal, Barrio de Flores, hoy parte de la Ciudad de Buenos Aires. Hace poco me enteré que ese barrio fue antiguamente un pueblo: San José de Flores, edificado a la típica usanza: plaza, iglesia, municipalidad, estación.
Hoy la municipalidad ya no existe, pero sí existe una escuela en la que los niños comparten los recreos con cuadros de grandes pintores, donados por ellos mismos. La iglesia es ahora esa imponente basílica en homenaje al patrono San José. La estación está deteriorada y los cines son templos evangélicos. Hace mucho que no ando por ahí, pero recuerdo sus calles arboladas y la mansión de mis abuelos.
Nunca vi una casa tan bella, tan soñada, tan palacio: escaleras de mármol, jardín de invierno, patio español, habitaciones con baño privado.
A menos de dos meses de mi nacimiento nos fuimos a Embajador Martini, en el norte de la provincia de La Pampa, donde residían mis padres desde su casamiento.
En esa pequeña localidad, mi cumpleaños siempre fue muy festejado. Recuerdo especialmente los de la escuela primaria: todo el día era fiesta. Como era 25 de Mayo, me despertaban los tres cañonazos típicos de las fiestas patrias que anunciaban el inicio de un día tan especial. En la escuela, me esperaban los discursos ceremoniosos y aburridos de las maestras que olvidaban el yeísmo por un rato y las representaciones de los alumnos en las que participé infinitas veces vestida de dama antigua con ese traje imponente de volados de raso, blancos y rosas, el peinetón y la mantilla. Luego marchábamos a la Plaza, ateridos de frío y de emoción, para cantar el Himno con auténtico fervor y colocar las ofrendas florales al pie de un monumento. Después, llegaban las golosinas que regalaba la Cooperadora Escolar con mi papá a la cabeza (fue presidente de esa cooperadora por 30 años). A la tarde, mi casa se llenaba con todos los pibes del pueblo que iban a tomar chocolate y a comer las tortas mil hojas, los cañoncitos de dulce de leche, las bombas de crema pastelera, todo hecho por las manos reposteras de mi vieja, que trabajaba con una semana de anticipación.
Para mí, haber nacido el 25 de mayo en la Argentina, tiene una connotación especial: me llena de orgullo. Además, soy muy afortunada, porque mi cumple siempre cae en feriado. Y es el día de hoy que lo celebro con inmensa alegría. Una vez me dijeron si festejaba ponerme vieja, a lo que respondí sencillamente que lo que festejaba era haber nacido y seguir viva.
Tal vez por esta argentinidad que se remonta al día de mi nacimiento, es que en mi casa hay una bandera argentina. A nadie le llama la atención, se la ve muy cómoda y natural. No necesito ponerla en la ventana los 25 de mayo ni los 9 de julio, ni mucho menos cuando juega la selección argentina.
Para mí forma parte del paisaje hogareño y de mis afectos genuinos. Por eso la considero mi ÁNGEL DE LA GUARDA

La bandera es la patria con vestido de fiesta
valerosa muchacha que en la cima del mástil
custodia con sus brazos de indómita ternura
la adolescencia terca de este suelo criollo.
Es mantilla, es pañuelo, es un traje de novia
es la ropa que amaina la desnudez del pueblo;
con pinceladas tenues de duendes y pintores
eternizó los cielos en sus tímidas alas.
Y eterna y vapuleada y traicionada y viva
como una flor silvestre le ganó a la intemperie.
Su cuerpo entre mil vientos y mil razas emerge
para abarcar la duda doliente del futuro.
A todos nos protege, a todos nos iguala
con la señal de identidad en la frente.
La bandera es el ángel de la guarda
que cuida las espaldas argentinas.


Hace un tiempo atrás dije esta frase desde lo más profundo de las entrañas:
- Estoy orgullosa de mí. Por primera vez en mi vida, celebro lo que hice.
Es que mi vida es como una película de guerra y he combatido mucho tiempo en el frente, he visto mis tropas diezmadas, he visto desmoronarse una por una las paredes de mis cuarteles. Pero un día decidí firmar la paz con mis recuerdos y reconstruir el edificio único y elemental de una felicidad artesanal, hecha de puño y letra. Ese día, restregué mis ojos y pude mirarme de otro modo, con ternura. Dejé el lugar de víctima, cambié el rumbo y empecé a descubrir la belleza de los gestos pequeños. Entonces hice un culto de la risa para bañarme en su manantial como en un Leteo purificador. Y a entender que no se puede tener todo.
Así aprendí a convivir con la historia que me había tocado en suerte y a no regodearme en la improductiva idea del abandono cuando en realidad me fui de mi casa a los doce años para forjarme el porvenir que el estudio podía brindarme.
Fue duro, después de una infancia como hija única rodeada de todos los gustos, dejar de ser “la hija” para pasar a ser la primogénita con la llegada de mis dos hermanos, perder la libertad en un colegio de monjas castradoras que trataron por todos los medios de llenarme de miedos y amputarme la sexualidad. Confieso que casi, casi lo logran, pero al final, actué con astucia, elucubré situaciones, indagué, buceé en mi interior… Allí se produjo mi primera metamorfosis: de sumisa y bienhablada pasé a ser un diccionario de palabrotas y cuento en mi haber con el honor de haber sido pionera subversiva como me llamó la vicerrectora cuando me despedí “gentilmente” de ella, rumbo a otro colegio.
Después vino otro desgarro. Córdoba y la facultad. Partir hacia lo desconocido sin contar con el amparo de un abrazo protector, largarme a la arena de este circo romano al que llaman mundo. De Embajador Martini -el pueblo donde me crié- a la Docta, sin amigos, sin conocidos. Y una vez allí, descubrir que la abogacía me engañaba, que esa carrera no era el paradigma de la justicia. Por el contrario, nos enseñaban a mentir, a hacer predominar la letra de una ley fría por encima de las personas que sufrían, a justificar a los delincuentes, a aprender estrategias de enriquecimiento y prestigio, paradójicamente “sin códigos” ni ética. Otra vez llantos a los que tuve que sumarles espejismos de amor y desamores que por entonces ya habían comenzado a asediarme. Aprendí el sabor de la palabra soledad, una palabra con ecos para adentro, una palabra puñal.
Con las huestes diezmadas dejé Córdoba y al cabo de un año sabático en Embajador Martini, me radiqué y resucité en Buenos Aires, ciudad de mi nacimiento, mi lugar en el mundo. Allí también sufrí, pero crecí. Aprendí la vida a borbotones, maduré, me mimeticé con esa hembra de cemento y alquitrán.
Sin embargo, cuando ese huésped de veneno y espanto que es para mí la soledad, comenzó a corroerme nuevamente, huí otra vez hacia el útero, es decir, hacia La Pampa. Como le pasó a mi padre con su enfermedad, también una parte mía se paralizó y quedó su fantasma amarrado a una ola del Río de La Plata. Pero me instalé en La Pampa.
Redonda, rellenita, agridulce. ¿Qué es? ¿Una galletita? ¡No! Soy yo.
A lo largo de estos años he perdido muchas ilusiones,
pero no la capacidad de ilusionarme.
Aprendí a hacerme respetar, gané experiencia y paciencia.
Gané dolores y comprensión. Crecí en generosidad.
Soy mujer, argentina, regordeta, cincuentona, docente.
. ¿Qué más puedo pedirle a la vida?
Si me regaló tres hijos y la pasión por la poesía...
Por todo esto y pese a todo, me subo a la cima de este largo medio siglo y, como un caballo salvaje, grito a los cuatro vientos:
la puta que vale la pena estar viva.

































II

LA JUBILACIÓN


Después de deambular por empleos que no me interesaban, recalé en la docencia, y siempre tuve presente, durante los años que la ejercí (veintiséis años frente a alumnos)
que enfrente tenía seres humanos y por lo tanto mi conducta debía ser muy responsable y comprometida. Por eso, a pesar de no haber sido mi vocación más genuina, puse alma y vida y di lo mejor de mí cada vez que entraba en el aula.
Hace unos años, comencé a sentir que mis fuerzas flaqueaban, que ya no manejábamos los mismos códigos los alumnos y yo, pese a haberme caracterizado por ser una “vieja piola”. Consideré que el esfuerzo que ponía en atraer la atención de estos nuevos alumnos era inversamente proporcional con mi estado anímico. Es decir, cuanto mayor era el esfuerzo menores eran mis fuerzas. Los resultados eran cada vez más magros y mi decepción cada vez más grande.
Me puse a buscar información porque presentía que el mío no era un caso aislado y así fue como descubrí la existencia del "síndrome del maestro quemado"(1): un cuadro de agotamiento conocido como "burnout". Los docentes afectados trabajan con desgano, fatigados, deprimidos y desmotivados. Están agotados, física y mentalmente. Y se sienten frustrados. Los especialistas interpretan este estado como “trabajar sin fuego, sin pasión”. Son, en general, docentes con un gran nivel de autoexigencia que se ven superados por los problemas cotidianos del aula (bajos sueldos, malas condiciones edilicias de las escuelas, escasa valoración de la tarea, acumulación de tarea administrativa, extensión de la jornada laboral, entre otros) a lo que se suman los frecuentes y agotadores episodios de violencia escolar.
Lo más terrible es que en la escuela tienen un desempeño brillante: el deterioro se ve en sus casas, con sus hijos y sus familias. No disfrutan su tiempo libre, tienen dificultades en su vida sexual, se descuidan estéticamente y, en muchos casos, llegan a la obesidad".

(1) Graciela Gioberchio ggioberchio@clarin.com


"El 'burnout' puede estar acompañado de una fuerte irritabilidad, insomnio, problemas gastrointestinales, dolores musculares, cefalea, arritmias cardíacas. Son algunas de las causas que originan el estrés y abren el camino sin retorno hacia el 'burnout'.
Justamente, yo había comenzado a experimentar muchos sino todos esos síntomas. Al conocer que mi situación era mucho más habitual de lo que pensaba, comprendí que lo que me pasaba no era una cuestión personal.
Un día, al abrir la puerta de mi casa, desencajada como estaba, mi hija se alarmó y preguntó:
- Mamá ¿Qué te pasa?
- Que la docencia me va a matar.
Para ser más clara trataré de describir el rostro que reflejaba mi espejo: una especie de espasmo facial o una imperturbable expresión de “miseria digna” y la mirada levemente impávida, con destellos de ira contenida.
Ese era el sentimiento que se iba apoderando de mí: cóctel letal de frustración, inseguridad, temor y fracaso. Sentía que me estaba volviendo invisible para ese grupo de muchachos a los que poco o nada les interesaba mi presencia y todo lo que podía brindarles.
Entonces, el fantasma de la depresión comenzó a corporizarse dentro de mi cuerpo y como un caníbal empezó a devorarme la voluntad, las ganas, el entusiasmo. Así fue como me atacó otro síndrome: el de la jubilación inmediata, pero lo único que coseché fueron espinas, obstáculos, muro de los lamentos.
Intenté por el lado del retiro anticipado pero no tenía los años de aporte que exige el ISS (Instituto de Seguridad Social). Finalmente, pedí licencia aduciendo un largo tratamiento de salud – según me permitía el Estatuto del Docente - porque no me sentía en condiciones de volver a enfrentar un aula.
Estoy segura de que me deben haber criticado, más que segura de que no me creyeron ni me comprendieron, los más amistosos habrán visto con simpatía la supuesta piolada que me mandaba, pero me atrevería a decir que ninguno se puso en mis zapatos ni entendió que para mí había llegado la hora de cantar NO VA MÁS.
Un humorista contó la siguiente anécdota que, aunque divertida se parece demasiado a la verdad: “El experto Prof. Axel Lexei de Suecia sugirió que tal vez la cara de culo docente cedería ante programas de educación coherentes, en los que el docente pudiera desempeñarse con plenitud, en edificios escolares modernos y con una remuneración digna.
En medio de un ataque de risa, las autoridades educativas argentinas lo miraron con pena e hicieron comentarios descalificatorios acerca del país de procedencia del Prof. Lexei, a quien consideraron un ingenuo escandinavo.” (2)
Es que los funcionarios, que jamás enfrentaron un aula, o los que pasan por ahí con el afán de cobrar un sueldo y tener una obra social, no entienden ni entenderán nunca nada. Dicen que nos abusamos, así ligeramente, impunemente, sin ponerse en el cuero del maestro que se entrega, que se desvela, que le pone pasión, que busca soluciones, que se involucra.
Pero a esta altura de mi vida, habiendo sido siempre tan frontal, estoy en condiciones de decir que, fiel a mis principios, no podía seguir dando clase en estas condiciones. Lo entiendan o no, lo crean o no. Es un problema de cada conciencia. Y la mía está en paz.

Podrán decir que fui cabeza dura
mal hablada, gritona, autoritaria
hablarán de mi cuerpo desmedido
de mi poca elegancia
y mis defectos.
Alguien habrá que piense que fui mala
peligrosa, intrigante,
omnipotente.
Dirán de mí: “esa poeta menor”
esa contestataria
opositora.
Pocos sabrán que fui muerta de miedo
insegura y
vulnerable al máximo.
Pero nadie podrá
en su sano juicio
negar que di mi corazón a cada paso.
Y nadie, a ciencia cierta,
y a solas con su almohada,
podrá decir de mí:
“no ha sido honesta”


(2) www.usinaeducativa.com.ar



III


MIS MAESTROS


Nunca fui por la vida “de visita” y una de mis pasiones fue –es- la docencia, esa carrera que comencé azarosamente, que nunca vislumbré como una verdadera vocación, como un deseo profundo y una entrega, pero los dedos de un gran titiritero me fueron llevando por ese camino que comenzó un día de reyes cuando tenía tan solo 3 años.
Aquel 6 de enero de 1955, cuando desperté y corrí hacia el rincón en donde la noche anterior había dejado el balde de agua y el pasto para los camellos, encontré un pizarrón escrito con una letra hermosa, parecida a la de mi papá, pensé en ese momento: “Para una buena niña, con amor. Melchor, Gaspar y Baltasar.” ¿Premonición o mandato? Hoy solo sé que fue mi papá.
Pasaron los años. Era una noche llena de luna, una de esas noches en que el patio de mi casa se convertía en un conjuro para atraer duendes. Sentada sobre un tronco de eucalipto, pintado por mi padre, mi alma se expandía. Todo el aire picarón del verano se filtraba por las persianas de mi ansiedad adolescente. Y mi niñez, pronta a zarpar, trepaba por las sombras infinitas de los árboles, en esa búsqueda implacable que todavía me persigue. No me pude negar a escribir. Fue un acto de amor, fue una entrega. Mi corazón jugaba a la payana y mis dedos se hundieron en el mundo intrincado de la metáfora: sólo una descripción, sólo un paisaje, la pampa toda, rebosando en todos los renglones.
Y en esa noche crucial, se rompió el himen del silencio: hice el amor con las palabras y parí un poema que el tiempo traspapeló.
Tenía doce años y aunque era buena alumna y ya había escrito mi primer poema, ser maestra no entraba todavía en mis planes. Pero… ¿qué iba a ser una chica de los años ´60 –una chica de hogar, de buena familia, de clase media- sino maestra?
Por suerte tuve muchos buenos maestros de quienes seguir el ejemplo.
De mis años de estudio conservo varios nombres sagrados, pero uno en especial es la estrella más nítida: Estela Morán de Tobi, la “Tía Estela”, mi maestra de 1º grado.
Era una mujer bella y recta: me ayudó a descubrir el tesoro más preciado: la lectura y la escritura. Y además, me adoptó, porque no tuvo hijos.
Cuando el esposo viajaba, yo me quedaba a acompañarla. La noche que me enfermé de varicela la pateé todo el tiempo por culpa de la fiebre.
Ya mujer, seguí visitándolos en su departamento de Buenos Aires. El “Tío Tobi” murió hace unos años. Fue el director de la Escuela Nº 30 de Embajador Martini, mi escuela primaria en mi pueblo de infancia, un señor con mayúsculas.
La tía Estela cumplió los ochenta años hace poco y fui a su fiesta. Sigue tan diosa como siempre, bellísima y brillante, elegante, ágil, feliz.
De regalo, le llevé mi cuaderno de 1º que mostró orgullosamente a todos sus amigos. Estela Tobi, una mujer noble, generosa, auténtica, que en su laboratorio de pizarrones y tizas me transmitió el secreto de la sabiduría: me enseñó a leer y a escribir. Ella fue, realmente, mi segunda mamá.

- Tía Estela, ayudame a volar- solía decirle.
Y ella dibujaba paisajes de luna sobre el cielo nocturno de mi curiosidad.
Con un lapicito de siete colores yo bordaba arco iris en mi cuaderno.
Mi mamá me ama
mi mamá me mima.
Yo soy Olga,
“Olgita”, Olguita.
Olga Liliana,
dame una manzana.
Tobogán de sueños mi pequeño libro, upa caballito, vamos a trotar.
Mis ojos curiosos, ávidos, voraces, comían las letras, cruzaban el mar.
- Tía Estela, mi hada, prestame tu mano que quiero escribir.
Y la savia dulce que corre en sus venas me gotea el alma con su almibaral,
lluvia de secretos, tormenta de ideas, relámpago hermoso de nunca apagar.
Te debo las alas, te debo la sal: no hay papel en blanco que me haga temblar.
Tus manos de orfebre, tu voz cruz del sur, tu alma de cuenco, tu entrega, tu luz:
las llevo engarzadas desde aquella vez que tu amor maestro me enseñó a leer.

Todo este mágico descubrimiento lo viví en las aulas de la Escuela Nº 30 de Embajador Martini:
Si en cada ladrillo encuentro a mi padre
y entre las calandrias del querido patio
suenan viejas voces con palabras nuevas
que arrullan los sueños de toda la infancia,
porque en esas aulas de color memoria
mis dedos soñaron primeras palabras
y fue en la ventana con nidos y aromas
que llegó el futuro vestido de letras.
Muchos nos marchamos buscando otros rumbos
pero en los balcones de nuestra nostalgia
siempre hubo un suspiro y una rosa fresca
honrando el recuerdo de la vieja escuela.
Hoy su voz de madre nos llama al regazo
y de todos lados llega una proclama:
Gracias por las horas felices y diáfanas…
Gracias por la vida. Gracias por la magia.


En el Colegio María Auxiliadora, donde hice cuatro años de la carrera de Magisterio, mi ángel de la guarda se llamaba Hermana Inés Wenk; con ella estudié piano y participé del coro como mezzosoprano. Era una de las escasas personas en las que confiaba y a quien amé incondicionalmente. Para mí, las horas que pasaba con ella sabían a gloria, eran un oasis en ese desierto de afectos. La única vez en mi vida que toqué el piano en público fue a instancias de la Hermana Inés. Era un vals, no recuerdo su nombre. Pero tal vez por ese acontecimiento o porque en otra vida deambulé por los palacios vieneses, es que en la actualidad me gusta tanto bailar el vals. En cuarto año, Inés fue trasladada a otro destino con lo que abruptamente terminó mi carrera de pianista. A lo mejor el mundo se salvó de escucharme o se perdió una gran concertista. Vaya una a saber.
Cómo la querría que, varios años después de recibirme de maestra y de haber empezado la Facultad de Derecho, viajé a Rosario únicamente para verla, porque allí estaba. Fue la última vez que la vi, con el tiempo me llegó la noticia de que había dejado los hábitos. Y sí, era previsible, una descendiente de alemanes con ojos azules bellísimos como el mar de las Antillas no podía vivir enclaustrada.
Pasada la etapa secundaria y convertida en toda una estudiante universitaria, en la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales amé a tres profesores: el de Lógica, en 1º año, un viejito dulce como el abuelito de Heidi o, mejor dicho, como mi abuelo Gregorio, aquel vasco torpe que se enternecía con solo verme y al que perdí demasiado temprano, cuando yo cursaba primero inferior.
También me embobé con el profesor de Derecho Penal, un atorrante emblemático que nos hablaba de la universidad de la calle cuando le preguntábamos si podíamos rendir con el código penal a mano: “Muchachos, hace treinta años que soy penalista y todavía tengo que buscar artículos en el código… ¿cómo voy a pretender que ustedes, mis alumnos, se lo sepan de memoria?
Y adoré al adjunto de Derecho Procesal Civil, un riojano solidario y divertido. Recuerdo el día de mi examen, yo no quería presentarme porque estaba insegura, pero mis compañeros de estudio me obligaron. Estaba tan nerviosa que me bloqueé en un tema por de más estúpido: la ley de acefalía. El riojano se echaba para atrás en la silla y me soplaba, pero yo me ponía peor por miedo a que el profesor titular lo pescara. Al final, arañando, saqué un cuatro. Días después me crucé con el adjunto en la galería que a grandes voces me dijo: “Aquí viene el Chacho Peñaloza”. Lo miré interrogativamente y entonces me explicó: “Porque el otro día, en el examen, se defendió a ponchazos y lanzazos”. Quedó para la historia.
Más acá, mi maestra en la poesía fue Ester de Izaguirre. Toda mi pasión por la lírica la heredé de sus enseñanzas. Durante dos años asistí a su taller literario “Antígona”, que funcionaba los días sábados. Cuando no tenía otro compromiso solía quedarme a cenar hasta que las velas no ardían. Esos momentos fueron imborrables; en su casa conocí a Enrique Anderson Imbert, quien al terminar la velada me acompañaba a tomar un colectivo mientras manteníamos largas y riquísimas charlas sobre literatura. Ester fue quien me enseñó a recitar o mejor dicho, a decir poesía desde las entrañas.
Pero también tuve un héroe: Monseñor Miguel Ángel Alemán.
Era director del Colegio Don Bosco de Santa Rosa, cuando yo estaba pupila en el María Auxiliadora. Nos daba misa y nos confesaba.
Por lo tanto, fue mi confesor, mi consejero, mi compinche. A él le confiaba mis broncas, mis penas y mi impotencia.
En el año 1968 lo nombraron obispo; su primer destino fue Viedma y luego Río Gallegos. Desde entonces comenzó nuestra amistad epistolar: guardo todas sus cartas.
Recuerdo cuando me escribía durante la Guerra de Malvinas, indignado, porque festejábamos la caída de un avión enemigo como si fuera un gol, mientras él veía la descarnada realidad de nuestros soldaditos, engañados, malheridos, derrotados.
Al nacer mi hija Belén quise que él la bautizara y viajó a Buenos Aires para realizar la ceremonia.
Me sabía de punta a punta; solía decir que no había conocido a nadie a quien las cosas le costaran siempre tanto.
Fue mi guía en muchos aspectos de mi vida, un verdadero faro en las tormentas para mi barco a la deriva.


A él le debo grandes enseñanzas en mi labor como docente. Estas dos cartas son apenas un mínimo ejemplo:

Río Grande, 20 de mayo de 1983


Querida Olga Liliana:
Ya van dos veces que las circunstancias me impiden charlar contigo, al menos, por teléfono. QUÉ PROBLEMA ESE DE SER IMPORTANTE!!!!
Pero hoy quiero escribirte, aunque intentaré hablarte por teléfono. El 25 es el gran día… para la Argentina, pues en ese día nació la Patria y también Olga Liliana…
Por esto les digo a las dos: FELIZ CUMPLEAÑOS.
No sé si estarás en tu casa. Desde ya te auguro mis mejores deseos. Confío en que sea un año realmente de grandes éxitos y alegrías. El año pasado fue el del primer libro de poesías… ¿Habrá un segundo libro este año?
No olvides que tienes pendiente una obra: esa novela en parte autobiográfica de la que te brindaré en cuanto me los pidas, los documentos que conservé durante una buena porción de años. Te recordarán cosas que tú ya has olvidado.
Pero lo importante es tu felicidad de Ahora, que te sientas como se suele decir, realizada, siguiendo el camino que te trazaste y que te agrada. Desde aquí, la Tierra del Fuego, te he de acompañar con mi oración y mi recuerdo.
Un gran abrazo de este amigo que siempre te recuerda. Afmo. en C.J.
+ Miguel Ángel Alemán


Río Gallegos, 8 de febrero de 1984

Querida Olga Liliana:
Recibí tu carta del 21.01.84 recién ayer… Espero que ésta te llegue con mayor velocidad.
Me alegró el conocer el entusiasmo con el que te estás dedicando a tu misión en la minoridad. Cuanto más puedas enriquecerte con conocimientos podrás hacer mayor bien.
Para educar lo más importante es AMAR a los que se quiere educar y para esto hay que ir conjugando con ellos los verdaderos verbos del amor:
COMPRENDER – TOLERAR – PERDONAR – DARSE

Sólo así se puede educar verdaderamente. Ojalá puedas hacerlo tú también con la experiencia acumulada, con los sufrimientos que te ha traído la vida, con todo aquello que los años te han hecho comprender (…)
Un abrazo afmo en C.J.

+ Miguel Ángel Alemán
Así me imagino que hubiera contado él mi paso por el colegio secundario:
“Aquello fue atravesar el Mar Rojo sin que se abrieran las aguas para mi querida Olga Liliana. Lloró cada noche de las mil y una que pasó en esa especie de cárcel, nunca alcanzaron a consolarla totalmente mis palabras desde el púlpito o en el confesionario. Sufrió mucho, regó con lágrimas la semilla de su rebeldía permanente, pero también vivió momentos imborrables con amigas que todavía la acompañan, como Graciela: la flaca Tissera, de Miguel Riglos. Ella era su antónimo: flaca y alta. Se hicieron amigas desde el primer momento. Conocieron a sus familias, se visitaron; no sólo en Riglos o Embajador Martini sino también en Rufino, Buenos Aires y Henderson. Los padres de Graciela, Blanca y Arturo, trataban a Olga Liliana como a una hija más.
Y después de recibirse, siempre siguieron en contacto. Graciela estuvo en la presentación de “Estar con vos” (el primer libro de poemas de Olga Liliana) y le llevó este regalo tan especial: una carta de Arturo.
Las Toscas, octubre 28 1982.-

Querida Olga Liliana:
Aprovechando el viaje de Graciela sumamos los nuestros a sus deseos para estar a tu lado en un momento tan especial de tu vida. Simplemente, y a la distancia, toda la Flia. Tissera te acompaña espiritualmente y junto a quienes tendrán la suerte de estar contigo.
No es fácil y menos para un “paisano” encontrar las palabras justas para una ocasión de esta naturaleza. Pienso que es un poco así como materializar los sueños e ilusiones que siempre acompañaron tu existencia en el camino de tu permanente inspiración por algo que, sin dudas, nació contigo, y que hoy jalona la primera realidad como es la presentación de tu libro, fruto de tus desvelos, de tus anhelos, a lo mejor, cuántas veces postergados.
Que sea éste el punto de partida de muchos éxitos futuros, que nunca claudiques, que la FE sea inagotable reserva de tu vida, que estas palabras te suenen sinceramente aunque no tengan la belleza que merece la poetisa.
A tus padres, a tus hermanos, a los que creyeron en ti, un especial saludo y el deseo sincero de que, en cuanto puedas, te llegues por casa para festejarlo como lo mereces.
Un fuerte abrazo en nombre del “clan”.





Es cierto que son muy diferentes: Graciela es de pocas palabras y de palabras prudentes. Olga Liliana es un potro desbocado. Sin embargo, la vida les hizo vivir experiencias similares y ambas salieron airosas.
A Olga Liliana le gusta decir: Graciela tiene tres hermanas mujeres -Blanca, Lucy y yo; yo tengo una sola: ella.
Por petisa y charlatana, Olga Liliana ocupaba el primer banco y su amiga, obviamente, el último. Eso no le impedía a Olga Liliana “mudarse” de pupitre para actualizar información con su amiga después de un fin de semana sin verse. En una de esas visitas, la interceptó la Hermana Anita, profesora de Geografía. Y como era previsible, dictó la sentencia:
- Reinoso, pase a dar lección.
- No me preparé, Hermana Anita.
- Haberlo dicho antes, Reinoso –dijo con su voz gutural de tener una papa en la boca, mientras dibujaba un “Uno” de dimensiones alarmantes en su carpeta de calificaciones.
Sor Anita, la que le enseñó que existe el cerro Bonete.
En el día de Santa Ana, ocurrió un hecho que Olga Liliana recordó siempre con mucho humor: en el recreo previo a la clase de Geografía, las compañeras apelaron a su vena poética.
- Dale, escribile algo a la monja para que no nos llame. – sugirió alguna de ellas.
La hermana Anita, tenía la costumbre de tomar diez lecciones simultáneas: seis alumnas escribían en los tres pizarrones divididos en dos; tres en los primeros bancos. Y la décima daba lección oral. Como de clase a clase les daba para estudiar un tratado de geografía, nadie repetía la misma lección, ergo, era imposible copiarse.
Tipo Flash Gordon, la lapicera voladora de la incipiente poeta pergeñó unos versos mediocres por el onomástico de la profesora y al entrar a clase se le escuchó decir:
- Hermana Anita: En el nombre de mis compañeras y en el mío propio, le ruego me permita brindarle un homenaje en el día de su santo, que escribí especialmente.
- Está bien, Reinoso, lea.
Y así surcaron el aire del aula los almibarados, poco sinceros y de muy mal gusto, versos hilvanados para zafar de la lección de geografía.
Terminado el panegírico, siguieron los aplausos, las felicitaciones, los ósculos de la ocasión y comentarios varios.
Cuando las aguas del “sentido” festejo se aquietaron, la Hermana Anita expresó a viva voz:
- Reinoso, pase al frente.
Nuestra poeta estaba desarmada intelectualmente, pero su habitual “kamikasismo” la impulsó hacia el centro de la escena, cuando, milagrosamente y porque entonces los módulos duraban 40 minutos sonó la CAMPANA SALVADORA del recreo. Se había hecho justicia.”
































IV

EL RECORRIDO
A

Fue en el año 1976, trágicamente célebre porque en el mes de marzo comenzó la más cruenta de las dictaduras militares que asoló nuestro país, cuando tomé mi primera suplencia en los últimos meses del año, de la mano de Lilia Tablado, directora de la Escuela Nº 30. Ella me convocó confiando mucho más en mí que yo misma. Ella fue mi hada madrina a la hora de comenzar mi labor docente.
Se trataba de una Escuela Rural instalada a un costado de la ruta 35, que cruza La Pampa de norte a sur, y a pocos kilómetros de Embajador Martini. En un paraje conocido popularmente como “El Boliche” del Lote VIII, departamento Trenel, está la Escuela rural Nº 58.
Era un año sabático forzado que había tomado después de mi ruptura con Córdoba, con la Universidad Católica y la carrera de abogacía y que terminó con mi debut en la docencia, gracias a mi título de Maestra Normal Nacional que había archivado en el año 1969 cuando comencé Derecho.
Aterricé en esa escuelita rural, éramos solamente la directora -Alicia Saborido, de Ingeniero Luiggi- y yo, frente a un manojito de muchachitos inocentes, puros, enormemente cariñosos. Me tocó dar dos o tres grados juntos, del 1º ciclo y entonces comencé a comprender la grandeza de brindarse a los demás. Con Alicia Saborido confraternizamos de inmediato. A pesar de que era mi primera experiencia, me trató de igual a igual y fue una excelente compañera.
Generosidad proviene, etimológicamente, de gen, de genética. Por lo tanto la generosidad, la nobleza de espíritu, es congénita. No hay nada más generoso que darse uno mismo a los demás: eso para mí define la docencia que es congénita porque docente, se nace.
Un docente sabe, intuye, presiente y comprende que los chicos son arcilla fértil, el maestro debe tener conciencia de que su voz artesanal puede brindar resistencia y forma, puede crear una obra de arte que perdure en el tiempo o puede causar un daño irreparable. De aquella experiencia me quedaron grabados dos mellizos. Su mamá había muerto antes de comenzar las clases, por lo tanto, estaban muy necesitados de afecto.
Uno de ellos, con los mocos colgando, se prendía a la falda de mi guardapolvo y me llamaba mamá. Mariposas de terciopelo revoloteaban en mi pecho y mi abrazo se hizo brisa para mecer su orfandad. Qué privilegio estar en ese momento en ese lugar.
Nunca lo pude olvidar. Fue el mejor bautismo que la vida me pudo conceder. Esa escuela era una especie de paraíso entre la naturaleza y el candor de los chicos.
Aún conservo el cuaderno de Actuación profesional inaugurado el 31 de agosto y cerrado el 1 de diciembre de 1976. En él, la directora elogiaba el clima de trabajo que reinaba en mi aula y resaltaba mi entrega sin retaceos. Evidentemente, eso surgía de mí naturalmente, porque fue una constante en toda mi trayectoria. Al leerlo, recordé cómo participaba en los juegos de los niños. Es que siempre tuve una actitud lúdica e histriónica que me hacía decir: “Yo no entro al aula, salgo a escena”.
B
Al año siguiente decidí instalarme en Buenos Aires. Al principio trabajé en La Biznaga S.A. y luego en Sancor, pero el trabajo administrativo no era para mí. Por suerte y por azar o por causalidad, en 1982 la docencia golpeó otra vez a mi puerta. Cuando me ofrecieron trabajar en un Instituto de Menores de la calle Darregueyra, yo ignoraba
que me encontraría con un pampeano amigo de Ricardo Nervi y de Néstor Villegas, dos grandes poetas de Eduardo Castex, una localidad distante 60 kilómetros de General Pico. La vacante la tomó otro docente, pero a los pocos días me llamaron del Instituto Garrigós, como maestra de apoyo escolar. Allí también creé fuertes vínculos con mis alumnas, sufridas portadoras de historias muy tristes. En especial, recuerdo a Mónica, a quien llevé de paseo algún que otro fin de semana.
Eran los finales de la dictadura, pero en el Garrigós seguía incorporada la doctrina del proceso. Cierto día, durante un recreo, una de mis “compañeritas” sentenció:
- Para qué te vas a preocupar por estas negritas, si más que de putas o sirvientas no van a pasar.
Gracias a Dios, al año siguiente no regresó. Ese tipo de docentes es el que comete daños irreparables.
Durante el tiempo que trabajé en el instituto comenzó mi participación gremial. Me afilié a Adomi: Asociación de Docentes de la Minoridad.
Nosotras dependíamos del Ministerio de Bienestar Social, pero a los efectos de la jubilación se computaban como servicios docentes.
Mi hoja de concepto profesional decía que mi desempeño había sido sobresaliente, pero eso no evitó que tuviera disgustos y posturas antinómicas con los directivos.
En el Garrigós había dos autoridades. La directora del internado, émulo de Jano. Vendía una imagen “for export” y en la clandestinidad aplicaba todo el rigor con las internas. Dicen que les pegaba con una regla o las castigaba haciéndolas bañar con agua helada en pleno invierno. Una digna representante del proceso. Recuerdo una tarde en la que yo hablaba casi obsesivamente de las torturas y las desapariciones. Burlándose, me dijo que la cortara y si quería más datos me comprara el Nunca más (informe presentado por la CO.NA. DEP integrada por María Elena Walsh, Ernesto Sábato y Magdalena Ruiz Guiñazú entre otros, poco después del regreso de la democracia).
Tiempo después me enteré que a la directora le estaban haciendo un sumario por maltrato a las internas.
La otra era la Regente de la parte escolar. Un prototipo: fría, intolerante, inflexible; ideal para la población del Garrigós, niñas de seis a catorce años huérfanas, maltratadas, abusadas. Un día me indigné tanto que le escribí este antipoema:

Tan blanca y almidonada
con sus zapatos brillantes
las sienes desprotegidas
por los pocos pelos parcos.
Llega y se para, parando
tantas risas colegiales.
Es vieja, es gris, resentida
Siente fobia hacia los hombres
Y aunque lo oculta se escapa
cuando sus furcios comete.
Ella cree que Sarmiento
es mucho más importante
que el abandono y el frío
la violación reiterada
la desnutrición, la cárcel
o algunas otras pavadas.
No quiere a nadie, sabemos,
no se quiere ni a ella misma
y siempre adopta posturas
de beata inquisidora.
Fue esposa en acto fallido
y madre por estornudo
pero nunca vio desnuda
a la gran ternura humana.
Pobre, asexuada, ignorante,
la vida en su carromato
la embarra y no se detiene:
que siga a pie si es tan guapa.
C
Un día de agosto de 1987, después de dejar a mis hijos Belén (2 años) y Ramiro (1 año), afiebrados, llorando y con las manitas extendidas para retenerme, corrí a la Avenida Warnes al 2400 para presentar mi renuncia.
Así comenzó mi retorno a La Pampa, tras la utopía de una infancia de puertas abiertas y calles de tierra, para mis hijos. Puse en venta el departamento y en enero de 1988 me radiqué en General Pico, donde ya vivían hacía unos años, mis padres y mis dos hermanos.
Llegué a General Pico en el año 1988, año de la Marcha Blanca, en la que no participé por no estar en actividad. Recién en el último trimestre tomé una suplencia, en 3º grado, turno tarde, de la Escuela Nº 64. La directora era una institución en la comunidad educativa piquense y me brindó su apoyo incondicional durante los casi tres meses que trabajé con ella:
- Si tenés algún problema, yo te voy a defender. Pero si sos responsable, después hablaremos en privado.
Me sentí respaldada y además, creo que fue una verdadera lección de autoridad. Ahora hace varios años que se jubiló, pero seguimos encontrándonos con frecuencia y el cariño que nació en las galerías de la Escuela Nº 64, se mantiene intacto. Ella es una mujercita dulce, pero con mucho carácter. Tiene una ingenua inteligencia que la enaltece, un tremendo respeto por el otro y la maravillosa virtud de ser fiel a la palabra empeñada.
D
Al comenzar el año 1989 padecí por primera vez el ritual de las designaciones.
Las designaciones no son una experiencia religiosa, tampoco placentera ni edificante. Se trata, más bien, de una sesión de tortura, humillante, devastadora, una especie de subasta de esclavos. Se entremezclan especímenes de diversos orígenes y con variados conflictos: jóvenes inexpertas, madres de familia ansiosas, damiselas trepadoras e inescrupulosas, algún intruso del sexo masculino.
Todos se congregan en ese ritual que emula un aquelarre o el ominoso transcurrir de los ofidios.
Como en un mercado persa, cada quien cuelga en su puestito necesidades genuinas, ambiciones desmedidas, mezquindades variopintos, competencias desleales, miserias humanas con abundante maquillaje.
La gente siente que espera la sentencia de un juez, el diagnóstico de un médico o el resultado de un examen final.
Lo cierto es que ya me había enamorado de una escuela de General Pico por su parecido arquitectónico con mi emblemática Escuela Nº 30 de Embajador Martini, la de Tía Estela, la de los primeros palotes y las lecturas deletreadas. Era la Escuela Nº 111, ubicada en la manzana de las calles 13, 6,15 y 4. Y tuve la suerte de conseguir un interinato en 7º grado, turno mañana, en el año 1989. También fue la escuela de mis tres hijos: Belén, Ramiro y Matías. Primero, el Jardín Barullito, al que recuerdo de esta manera:
Hubo una vez mi vida
transitando la infancia
que aún late en las paredes
del Jardín Barullito.
Un sueño, una promesa,
un comienzo en la historia
la seño y la salita
el patio y las hamacas
mi mamá y su pañuelo
flotando en la memoria.
Hubo una vez…
como en un cuento de hadas.
Mi infancia se quedó en su perfume
en el sol de sus cuartos
en su tibieza enorme como un juguete nuevo.


En el año 1996 tuve la alegre ocurrencia de programar un viaje a Buenos Aires con mis alumnos de 7º de la Escuela Nº 111. Y nos fuimos. Paramos en un albergue de Ezeiza.
El martes 15 de octubre visitamos el Congreso de la Nación, el Museo de Bellas Artes y el Cabildo.
El miércoles 16 fuimos a la Casa Rosada, la Manzana de las luces y el Museo de ciencias Naturales.
El jueves 17 visitamos el zoológico y el viejo ATC.
Los chicos y los padres que fueron se portaron muy bien. Regresamos muy felices a La Pampa.
Ese mismo año, la Escuela cumplió 75 años y yo escribí en el epílogo de la Revista Aniversario:
Fue amor a primera vista. Los rosales, tal vez. O aquella arquitectura familiar que me devolvió mágicamente a los recovecos de la infancia. Y quizás Dios pensó que yo lo merecía, porque dos años después de llegar a Pico, en 1990, año de pérdidas y de hallazgos, logré mi ansiada titularidad.
Y así empezó esta historia, esta hermosa aventura de descubrir a diario la maravilla del compromiso docente. Transitar día a día sus aulas luminosas, su larga galería de risas y proyectos. Y ponerse alas de libertad para crear, para educar, para contener y para impulsar. Sentir que estas paredes son un verdadero bastión donde resguardarse de las inclemencias de este tempestuoso fin de siglo mientras los muros caen y las verdades se autodestruyen frente a tanta corrupción desenfadada. Y aquí, en esta escuela, poder levantar un mundo nuevo cada día y resucitar a la verdad con más fuerzas que nunca porque cada docente cree que todavía es posible y porque cada niño que inaugura el milagro de aprender a leer y escribir se lo merece.
La escuela 111 es mucho más que un establecimiento de enseñanza primaria, es una tradición, un espíritu comunitario, una vocación de servicio, un apretón de manos solidario.
Y por muchas décadas más será la luz generosa que se expandirá inundando las mentes infantiles de saberes y de valores no negociables, el alma de su comunidad.

En 1990 salió una vacante que me permitió titularizar. Fue durante las vacaciones de invierno. Pocos días después, falleció mi papá.

“Lo recuerdo manso, contemplativo; le gustaba perder sus ojos azulinos en la infinitud de la llanura, sobre los surcos de la tierra, en los brotes del trigo que esperaba con silenciosa ansiedad. Buen lector de novelas que heredé tácitamente, excesivo fumador, gustador de buena música: el bien amado jazz y los boleros. De hablar mínimo.
Muy honesto, creía en la palabra empeñada, cumplidor de compromisos a rajatabla.
Lo recuerdo en las reuniones de la escuela, en la visita al médico –desde Embajador Martini hasta General Pico- o en Córdoba. Lo recuerdo brindándome su apoyo.
Recuerdo su ansiedad al ver el cielo sin nubes cuando esperaba la lluvia para el campo.
Me sonrío ante el recuerdo de sus dos o tres enojos en toda la vida.
Se me estruja el corazón al recordar su ataque primero, su hemiplejia, su segundo ataque y la imagen final. Estaba solamente yo cuando el médico anunció su fallecimiento. Pedí verlo y el muy imbécil me dijo que no hiciera escándalo.
Besé su rostro por última vez y agradecí que muriera dignamente.
Quedé en paz, creo haberle dado todo lo que pude.
Él tenía solamente un defecto: no decía te quiero.
Él quería, nomás.”


Trabajé en la Escuela 111 hasta el año 1997. Allí viví grandes emociones, afiancé mi postura pedagógica con varias generaciones de piquenses que, actualmente, me encuentran y me abrazan.
De todas las directoras que pasaron por la “111” tengo buenos recuerdos. Pero una, especialmente, Mirta, fue también mi amiga, relación que caía pésimo en algunos miembros de nuestro entorno. Sin embargo, nunca aproveché la situación para sacar ventajas, al contrario, puedo asegurar que debido a eso recibí dardos envenados desde diferentes flancos. Pero nuestro afecto era genuino. No obstante, la envidia es una maleza que crece en cualquier jardín. Ella y yo nos teníamos mutua confianza y nos brindábamos apoyo; porque teníamos personalidades muy diferentes cada una compensaba y apuntalaba los puntos débiles de la otra Yo jamás me privé de disentir con ella si lo creía preciso y a ella la conmovía mi capacidad para captar su estado de ánimo. “No te puedo engañar –me decía- basta con que me mires a los ojos para saber cómo estoy.” Alguna vez me había pedido que le escribiera un poema y lo escribí:

Diminuta y callada
gentil y omnipresente
actitud de servicio
vigilia permanente.
Atenta a los detalles
sensible a las propuestas
escuchó seriamente
elogios y protestas.
Siempre tuvo un minuto
para darme consuelo
cuando una pena intrusa
me escamoteaba el cielo.
Y tengo la certeza
de que mis alegrías
las compartí con ella
entre abrazos y risas.
Dice que con mirarla
yo descubría su alma
y en todas las tormentas
intenté darle calma.
No sé si lo he logrado
pero sé que el intento
es la piedra preciosa
que aún resguardo del tiempo.
Por eso este homenaje
me enorgullece tanto:
a la maestra saludo
a la amiga le canto.
Con errores y aciertos
deambulaste en la escuela
dejando en las paredes
una entrañable estela.
Decirte que te quiero
es la mínima ofrenda
por las múltiples flores
que sembraste en mi senda.
Gracias por tanto empeño
e inclaudicable esfuerzo.
Te doy mi mano amiga
escrita en estos versos.

Pero no todo fueron alegrías en mi amada Escuela. Esto que voy a contar a continuación, sucedió un domingo de septiembre de 1996. Mañana diáfana y serena con un cielo suntuoso de tan azul. Yo aletargaba la mañana entre las sábanas tibias y algún mate remolón.
De pronto, mi amiga del alma, compañera de lucha y aventuras, mi amiga que sabe escuchar, Margarita Martí, me llamó por teléfono.
- Dicen que se está quemando la Escuela 111 –dijo con la voz resquebrajada.
Sentí un vacío, una puñalada en el estómago. Temblando, me vestí con lo primero que encontré y salí, enloquecida, en mi bicicleta.
Me encaminé por la calle 13 sin ver los tímidos árboles que florecían ni la escasa gente que se atrevía a inaugurar la mañana dominguera. Al llegar a Ferro, los agoreros manchones de humo corrompían la primavera. Las sirenas y el tumulto en la esquina de la 13 y la 6 me confirmaron lo indeseable, lo que hubiera querido que fuera una pesadilla. Las llamas ya eran un diabólico ballet que intentaba ensangrentar el cielo. La bella escuela de jardines con rosas, de patios generosos, y extensa galería, crujía su ígneo lamento.
Mi escuela, la que yo había elegido cuando llegué a Pico, la escuela de mis hijos, estaba desapareciendo bajo las llamas provocadas por un cortocircuito.
Yo había regresado a La Pampa y me había radicado en Pico en enero de 1988, en busca de una infancia de aire puro para mis hijos, una historia de juegos en la calle y de puertas abiertas. Apenas descubrí la Escuela 111, me enamoré. Era el vivo retrato de la Nº 30, en Embajador Martini, la que había albergado mis palotes, los primeros garabatos en un papel, la que con el tiempo poblaría con mi amor a la palabra, la de mañanas almidonadas de escarcha y guardapolvos tableados, guiada por la mano de la “tía” Estela y la señora Elsa (en sexto grado), esas maestras hadas que tocaron mi corazón con su varita.
Yo había recuperado mis recuerdos, jirones de mi infancia, años de esperanzas al trasponer, como maestra, el umbral de la Escuela Nº 111 y todo eso, estaba convirtiéndose en ceniza.
La multitud se arremolinaba en medio del estupor, la angustia y la solidaridad, preguntándose la razón de tamaña sinrazón.
Hubo llantos genuinos, de niños y de adultos: alumnos, ex alumnos, docentes, ex docentes, vecinos cercanos y lejanos. Recuerdo la figura enorme de Marcelo Zampieri, ex alumno y vecino, que corría del fuego a la calle para tratar de salvar desde una minúscula tiza hasta un escritorio o un pupitre o el eco del bullicio de un recreo.
Parada en esa esquina, vi cuando el fuego se detuvo al llegar a mi aula, ese aula de 7º grado donde todas las mañanas trataba de contagiar a mis alumnos este amor inclaudicable por la palabra, por la poesía, que me persigue desde siempre.
Y como dicen que de poetas y de locos todos tenemos un poco, en ese momento, pensaron que estaba loca cuando aseguraba que mi aula se había salvado.
Días después me interné entre aquellas ruinas romanas con mi cámara de fotos y pude comprobar que mi placard estaba intacto, con toda la documentación de mis alumnos, las planificaciones, registros, libros. Todo había sobrevivido, pero el penetrante olor a humo los seguiría como un estigma.
También se salvó la imagen de la Virgencita de Luján –ubicada en la galería, al lado de la puerta de entrada- que se morenizó sin que el incendio pudiera mancillarla y a la cual, durante muchas tardes, antes del comienzo de la reconstrucción, íbamos a rezar el Rosario.
Faltaba casi un trimestre del año lectivo, de modo que hubo que repartir los cursos en distintos establecimientos que, generosamente, nos brindaron hospitalidad y así fue como de 1º a 5º fueron al Campito Centenario y a la Escuela de Luján, dirigidos por sacerdotes. Los más grandes fueron albergados en el Instituto de Bellas Artes, aquel maravilloso chalet de los ingleses, de cuando los trenes marcaban la historia.
Con ellos armé una antología, a partir de un cuento de Eduardo Galeano, de textos relacionados con el fuego: el bueno, el malo porque “somos un mar de fueguitos y cada persona brilla con luz propia”. Los chicos describieron a la gente que los había marcado, esa “gente de fuego sereno que ni se entera del viento” o aquella otra “de fuego loco” y “la que arde la vida con tantas ganas”.
Luego, la presentamos en el Centro Cultural Maracó con una bellísima teatralización en la que los chicos representaron el incendio que consumió su escuela y luego el renacimiento, como si fuera un Ave Fénix de ladrillo y cemento.
Al finalizar el año, la entrega de diplomas se llevó a cabo en el Cine Teatro Pico. Yo estaba a cargo de la locución y en determinado momento anuncié el Himno a Sarmiento. Algo sucedió con el grabador, lo cierto es que en lugar de lo anunciado sonaron y repiquetearon la Marcha a San Lorenzo, Mi bandera, Aurora, la Marcha de Malvinas y hasta la Marcha del deporte. La directora, Mirta, había comenzado a transpirar y la gente se removía incómoda en sus asientos. Yo pensé: “de esto sólo nos salva el humor”. Entonces tomé el micrófono con decisión y exclamé:
- Estimado público: debo rectificarme, cuando anuncié el Himno a Sarmiento debí decir que íbamos a rendir un sentido homenaje a todos nuestros próceres. Gracias, señor musicalizador, por ofrecernos este “popurrí” de entrañables canciones nacionales.
La carcajada liberadora nos aflojó a todos y el acto continuó normalmente. Pero es el día de hoy que cada vez que me cruzo con el “Grillo” (el musicalizador) sigo pidiéndole el Himno a Sarmiento.
Al iniciar el año escolar 1997, último año de mi paso por la 111, y antesala del infierno, es decir, del infierno que devino de la promulgación de la Ley Federal de Educación, el edificio de la Escuela República de Siria Nº 111 estaba nuevamente de pie: flamante, recién pintado, con el agregado de un Salón de usos múltiples (S.U.M) y la división de los patios, biblioteca, sala de computación.
Sin embargo, los nostálgicos de siempre añorábamos las antiguas paredes porque en ellas había quedado el alma de un importante trecho de la historia de un barrio, el de Talleres, un barrio tradicional de General Pico y de una ciudad toda.
Allí conocí a Daniel el terrible, no el de la tira cómica, pero como aquél, igualmente un infante terrible. Por su culpa padecí prematuramente el síndrome de encanecimiento en patéticos tonos de verde. Por su culpa planeé muchas veces cometer un danielicidio.
Pero una mañana, sorpresivamente, Dios me tiró la pregunta salvavidas.
-¿Quién es el adulto acá?
Y decidí cambiar de estrategia. Al principio, con retortijones, porque no era fácil reprimir mis malos deseos, pero el esfuerzo valió la pena, los cambios comenzaron a notarse y fueron positivos. En pocos meses, éramos grandes compinches, ya que su enorme picardía daba para eso.
Esta mañana se me vino el pasado todo junto. Mientras repasaba los muebles del modular, desde un rincón me sonrió aquella muñequita de cerámica que guardo celosamente porque un día, subrepticiamente, la colocó en el bolsillo de mi guardapolvo con un amenazador:
- ¡Shhhhhh! Que no se entere nadie.
Todavía me río al recordarlo, ese gesto fue todo un símbolo. Y lo revivo cada vez que lo encuentro por la calle, hecho un hombre gigante, como cuando me presentó a su mujer y yo le sugerí que lo tuviera cortito, como cada vez que nos encontramos y me abraza desde su metro ochenta y yo quedo chiquita y emocionada porque sé que no fue en vano.
También conocí a Pablo y siempre lo recuerdo. Su vida y su muerte me parecen más un desatino que un destino. Él era el alumno de la pregunta.
- Vos sos un desafío permanente –le decía- No puedo responderte cualquier cosa, debo ser coherente y contundente.
Yo sabía la verdad, pero no podía decirla. Las circunstancias me obligaban a callar. Pero yo lo quería especialmente. Incluso lo admiraba. Como él a mí. Era mutuo el respeto y el afecto. Por eso me gustaba verlo cuando estaba en el secundario, saber de él, verificar que no me había defraudado porque seguía con su curiosidad inusitada bebiéndose la vida a borbotones. Nada es casual, yo lo sabía.
Y él se enteró de la verdad con el tiempo justo. Era necesario que la supiera para que la muerte no fuera una maldita trampa. Sus padres habían sido especiales y la genética es sabia.
Si ellos se fueron tan temprano, ¿por qué él no tenía el mismo derecho? Cuando escuchó la revelación, triste y sonora, aceleró los trámites con ese accidente cardiovascular que truncó su vida. Todos esos ideales ameritaban la urgencia. Y se fue con sus flamantes 18 años a recuperar a los padres asesinados por la dictadura.
Su vida fue tan breve como un chispazo, como un relámpago, pero igual de luminosa. Y su luz me acompaña todavía.
Si algo no pude soportar jamás es que los propios chicos marginaran a un compañero/a.
Y Renata estaba triste porque sus compañeros la rechazaban. Llevaba portación de apellido, algunos años más que ellos y un cuerpo exuberante.
- Con esa negra puta no trabajo- dijo a voz en grito Amadeo.
Ella dibujaba su dolor con trazos impecables y yo organicé un certamen de poemas ilustrados.
- Lo lamento, Amadeo, los grupos ya están armados y es inadmisible de tu parte esta discriminación. No se puede rechazar a quien no se conoce – le respondí.-
Refunfuñando, mordiendo su bronca, Amadeo participó del certamen con Renata y ganaron el 1º premio porque ella dibujaba como los dioses.
Y yo también tuve mi premio cuando Amadeo bajó de su pedestal para decirme:
-Tenías razón, Liliana. Hay que conocer a la gente, te puede sorprender.
Pero el premio mayor lo recibo cada vez que me encuentro con Renata, su marido y su montón de hijitos. Y ella cada vez estrena en sus ojos la palabra gracias, que es su mejor dibujo.
Otro alumno inolvidable es Diego, el que vivía a las piñas y a quien yo permanentemente le decía que no era buena la violencia, que las cosas se arreglan hablando. Tanto va el cántaro a la fuente que terminamos entablando un vínculo realmente especial. Y desde que terminó 7º grado, cumplió con el ritual de ir a saludarme para todos mis cumpleaños. Se me hizo costumbre, pero cuando se enamoró de una mejicana y se fue a vivir a Guadalajara, creí que había perdido esa alegría puntual de todos los 25 de mayo. Sin embargo…

-Hola, hola. No se escucha. Hable más alto por favor.
- Hola, Lili, feliz cumpleaños.
-Pero ¿quién habla?
- Diego.
- ¿Diego? ¡Diego! ¡Dieguito! ¿Dónde estás? ¿En Pico?
-No, en Guadalajara.
- ¡Ay! Y desde ahí me llamás.
- ¿Y usted qué pensaba? ¿Qué me iba a perder la medalla por asistencia perfecta?
- Mirá que sos loco. ¡Qué emoción, Dieguito! Jamás fallaste.
- Así es, todos los 25 de mayo ¡presente!
- ¿Desde el año `90?
- Y sí, desde que fui su alumno en la 111.
- ¿Y cómo va tu vida en México?
- Muy bien, felizmente casado con mi chamaquita. Ella también le manda saludos y dice que cuando quiera visitar México, tiene una casa.
- ¡Uy! ¡Qué emoción! Te tomo la palabra.
Y ese sueño se hizo realidad, porque en junio de 2010 fui a un Encuentro de poetas en Zamora, Michoacán, un estado de México pegado a Jalisco, cuya capital es Guadalajara y por supuesto pasé una semana en casa de mi querido Dieguito.
Otro recuerdo que viene a mi mente es el de José Miel. Todavía se sonroja cuando lo llamo así. Él estaba en 7º cuando los japoneses nos vendían un dibujito animado triste y melodramático cuyo protagonista era una abejita huérfana que se llamaba José Miel. Y mi alumno era tan dulce que el apelativo le calzaba perfecto. Entonces lo rebauticé y él se moría de vergüenza, pero sabía que era un homenaje a su dulzura inigualable.

E
El D.E.N.Fo (Departamento de Educación No Formal) fue una de mis experiencias docentes más gratificantes. Comenzó como un proyecto casi revolucionario para la Educación del Adulto, gestado por Fabio Echeverría, Silvia Ferrero y Raquel Alis.
Se trataba de un sistema semi-presencial con servicio de tutorías para consultas. El alumno tenía dos turnos para elegir: tarde y noche. Se le entregaban los módulos con actividades interdisciplinarias que debían resolver antes de los encuentros con los docentes.
Otra característica era el trabajo con pareja pedagógica: éramos dos docentes por aula. Mientras una hacía la exposición, la otra recorría los bancos, respondía preguntas, solucionaba inconvenientes. Compartí muchas horas de clase con Vicky, una Licenciada en Letras, y aprendí muchísimo a su lado. Además, con cien alumnos en la sala era humanamente imposible que diera una buena clase un solo docente.
Yo sé que dos docentes por aula significa “otro sueldo” para el gobierno, pero cuánto mejor se trabajaría en todos los niveles si se implementara la pareja pedagógica. Estoy hablando de calidad, de eficiencia, no de que cierren los números, sino de esa inversión que es la educación y para la que todos los funcionarios de antes, de ahora y de siempre, sufren ceguera temporal.
La primera promoción del D.E.N.Fo decidió viajar a las Cataratas del Iguazú y resolvieron darme el pasaje que la empresa les había regalado. Fue un viaje maravilloso. Estos “alumnitos” no me dieron ningún trabajo. Conocimos Asunción, Foz de Iguazú, las Ruinas de San Ignacio, la Garganta del Diablo, Posadas, el lado argentino y el brasilero, anduvimos por el Iguazú en los gomones y gritamos como si fuera la última vez. Era julio y nos secamos al sol después del chapuzón. Qué maravilla de paisajes, de colores, de sonidos. Cuánta belleza hay en nuestro país.
De esa época me quedaron amigas que aún hoy comparten mis días porque entraron en el sendero de la literatura o de las artes plásticas. Y con muchísimos alumnos reticentes, logré cumplir la misión autoimpuesta de que conocieran, leyeran y valoraran a Jorge Luis Borges.
También el D.E.N.Fo me regaló la dicha incomparable de compartir tareas, conversaciones, principios y valores, con el profesor de Geografía Roberto Petit de Meurville. Soñábamos con un mundo mejor, hablábamos de nuestros ideales como docentes, admirábamos al Che por su entrega sin límites (cuando cumplí los 50 años me regaló las Obras completas de Ernesto Guevara), yo le contaba que cuando estuve en Cuba – Congreso Pedagógico La Habana 2001- pude comprobar con certeza y por testimonios reales, el amor incondicional de los cubanos por el Che. Tanto los revolucionarios como los que no creían en la revolución, reivindicaban y destacaban la figura de Guevara por su ética, su integridad, su desinterés por el poder y su lucha constante por los derechos de la gente. Fue durante una de esas tantas charlas que decidimos sumarnos juntos a los docentes que luchaban en la Carpa Blanca.
Ese amigo incorruptible, imposible de sustituir, esa maravilla de persona, murió el 2 de febrero de 2005 en un accidente automovilístico. Y me dejó un hueco en el corazón que no se cierra.
Yo había llegado a Mar del Plata cuando supe la noticia; salí del hotel y me metí en un cyber donde escribí este obituario en estado de shock.

Uno no puede entender la muerte de los jóvenes.
Uno no puede entender las muertes violentas.
Uno no puede entender las muertes inesperadas.
Uno no puede entender la muerte.
Y mucho menos, puede entender la muerte de un amigo.
No estaba en Pico cuando recibí el llamado, pero no puedo estar ausente.
Necesito despedirme, me dije. Porque Roberto Petit era mi amigo y era una de las personas más maravillosas que conocí en mi vida.
Noble, generoso, honesto, intachable. Amado y respetado por cuantos lo conocían.
Sinceramente, no puedo creer que tenga que escribir esto. Me parece un mal sueño, una cínica jugarreta de la suerte. Porque lo veré siempre, con su sonrisa tímida de hombre bueno.
Y aunque suene a vano consuelo, Roberto seguirá nítido y presente en el recuerdo de todos sus alumnos que, habrán aprendido mucho de Geografía, pero muchísimo más de hombría de bien. Roberto era un verdadero maestro, en el sentido más cabal, más íntegro de la palabra “maestro”.
Y aquellos ideales que sostuvo con su ejemplo, hoy cobrarán una nueva y enorme dimensión en todas las mentes que cultivó con su saber y su palabra.
De sus hijas no puedo decir nada. Porque la vida cortada en plena floración me somete al silencio más atroz.
No sirve hablar, ahora, del dolor, de la injusticia y del absurdo. Nuestros adolescentes recibieron otro golpe más.
Las aulas de los colegios de Pico ya no serán las mismas con la ausencia de este dulce Quijote que supo poner el alma a las más áridas áreas del planeta y luchó contra hostiles molinos de viento: la globalización, el neoliberalismo, la deuda externa y el poderío de los EE.UU.
Toda la ciudad será otra, sin él.
Lamento tanto no poder darte un abrazo y hablar nuevamente de las utopías y de todos aquellos sueños a los que jamás renunciaste.
Si algo puedo y debo agradecer, en este momento, es haber tenido el honor y la dicha entrañable de contar con tu amistad.
Ahora, junto con todos los que te quieren, tengo el deber de acompañar a los que quedan.
Dicen que la verdadera muerte es el olvido. Nosotros, tus amigos, jamás podremos olvidarte. Chau, hermano. Adiós, Roberto.

F
Otra directora con quien compartí muchas horas de trabajo y un enorme afecto mutuo –Silvia- es la que me tocó en el tercer ciclo. Con la llegada de la Ley Federal las maestras de 7º… “esos fantasmas que tenemos trabajo gracias a la buena voluntad del gobierno”, según expresara una funcionaria del Ministerio de Educación de La Pampa, fuimos transferidas a las Unidades de 3º ciclo con falsas promesas de que ingresábamos al paraíso. Lo cierto es que nos volvimos invisibles a pesar de sostener con ambas manos y poner el pecho a ese engendro, especie de pasadizo hacia la hecatombe, tierra de nadie.
Yo pasé a una Unidad Educativa, en donde permanecí muy poco tiempo por razones internas y externas a mí. Francotiradora y kamikaze como fui a la hora de tomar ciertas decisiones, renuncié a mi titularidad porque en esa época tenía trabajo de sobra como suplente y revoloteé –como buena docente golondrina- por casi todos los colegios de General Pico. Pero dos años después de mi temeraria determinación, pude reingresar al sistema y tomar un nuevo cargo de maestra de 7º titular en otra Unidad. En ese entonces, no teníamos edificio propio, por lo tanto, en el turno mañana compartíamos el edificio con otro colegio y en el turno tarde nos “prestaban” aulas en otra Escuela. Además de lo naturalmente traumático que fue “la transformación”, los sufridos integrantes de esa comunidad educativa tuvimos que sumar los problemas con nuestros vecinos, casi problemas de consorcio, ya que los establecimientos y todo lo allí existente parecía ser una propiedad en disputa entre los directivos y el estado provincial.
Los chicos que egresaron de 9º con la Enseñanza General Básica completa, no sabían si eran alumnos de los viejos colegios secundarios o de esa abstracción llamada Unidad Educativa de Tercer Ciclo. En esa época podríamos haber tomado las palabras de Borges y afirmar “No nos une el amor sino el espanto”, pero el árbol nos hubiera tapado el bosque. La verdad, esa que sobrevive a todos los cataclismos, es que la directora y yo tuvimos y tenemos una relación estupenda y para terminar los versos de Borges “será por eso que la quiero tanto”. Siempre me sentí respaldada, escuchada y respetada a ultranza. Tenemos mucho en común, una cosmovisión similar, una ideología que nos hermana. Lo mismo que con la directora de la primaria bastaba una mirada para sabernos y entendernos.
El 12 de mayo de 2007, durante la presentación de mi primer libro de narrativa, ella tomó la palabra y confesó públicamente el entrañable afecto que nos une. Fue muy conmovedor y yo le repliqué mi sentimiento de orgullo por haber trabajado a su lado. Cuando llegué a la recta final de mi carrera docente, fané y descangayada, agobiada por los excesos a que me sometía el sistema educativo perverso, sentí que mientras pude había ofrecido mi corazón dentro del aula, pero luego ese ciclo terminó y por respeto a mis alumnos no quise seguir dando clase. Si un jugador de fútbol puede retirarse con todos los honores cuando lo considera oportuno, antes del ocaso… ¿por qué un maestro debe seguir trabajando a disgusto, desgastado, emocionalmente inestable, separado por un abismo de las nuevas generaciones de alumnos? ¿En nombre de la calidad educativa? Soy una MNN (maestra normal nacional), un fantasma del sistema, estaba de favor según la funcionaria… ¿Por qué no jubilarme dignamente? Cuando todavía tenía mucho hilo en el carretel y podía ser útil en otros espacios o recuperar el tiempo que retaceé a mis hijos por correr de colegio en colegio.
Entre las cosas que tengo para agradecer a Silvia, la directora, está la libertad que me brindó para que yo pudiera trabajar con el Taller Literario. Con mis alumnos de distintos años publicamos: La Solidaridad es fabulosa, un libro de fábulas sobre la solidaridad; el periódico “Noticatorce Informa”; y Gente que dejó huellas” un libro con la historia de todos los nombres de las calles de nuestra ciudad.
Volviendo a mis alumnos, ahora los del infausto Tercer Ciclo, una cosa que siempre me disgustó (en todos los niveles) era que algunos colegas estigmatizaran a los chicos, les pusieran rótulos que pasaban de curso en curso y de boca en boca. Así pasó con Santiago, a quien escribí esta carta:
“Santi, necesito encontrarte, necesito saber si es cierto lo que me contaron y si es cierto, estar ahí para reconfortarte.
Te recuerdo en los días de la infamia, con tu estampa dark tan inocente, traje negro, borcegos, cadenas, y poemas sangrientos.
Tu mala fama de falopero y pendenciero que siempre rechacé porque en el fondo de tus ojos estaba toda la ternura de un adolescente rebelde que necesitaba quien lo escuchara y le prestara atención.
Así me presté a tu juego desafiante cuando me hacías leer esos poemas que eran un atentado para mi edad y mi concepción de la poesía.
Pero vos siempre me pareciste más importante que esas nimiedades y me recuerdo diciéndote:
- Bueno, no son lo que más gusta pero no se puede negar que tienen una polenta increíble y unas imágenes contundentes.

De esa forma te fuiste suavizando y comenzaste a confiar en mí. Entonces, hablamos de la literatura gótica, de sus antecedentes, de la novela de Bram Stoker y de los cuentos de Edgar Alan Poe.
Nunca olvidaré la emoción de verte con Drácula bajo el brazo y Alan Poe para principiantes. Ya habías entrado en la cofradía de los poetas vivos (porque los poetas nunca mueren, pero no se lo cuentes a nadie).
Y la primera Navidad después de terminar 9º: un SMS que me deseaba lo mejor y al que yo contesté: Te quiero mucho, Santi. Yo también la quiero, señora –respondiste. Y me reí como loca de los que hablan al pedo de los darks y de los góticos.
O esa tarde que venías en manada de motos con tus amigos y paraste en una esquina para abrazarme.
La charla con tu vieja, en la que me agradeció que haya descubierto y valorado tu talento.
Y un día, la nefasta noticia: un accidente y la amputación de tus piernas.
Desde entonces te busco, desde entonces lo niego. Pero cuando te encuentre me sentaré a tu lado para leerte toda la literatura gótica que nos cure de las amputaciones que siempre sufrimos en la vida.
P.D.: Hoy me pasaron tu teléfono. Lo del accidente era cierto, tan cierto como nuestro cariño que sigue intacto, igual que tus piernas.”

Además de dar clase, a mí me encantaba charlar con los chicos sobre temas que les interesaban, para humanizar un poco más las clases. Hacía poco había muerto Rodrigo, el cuartetero cordobés y ellos estaban muy conmovidos. Pero la bomba la tiró Romina cuando dijo:
- Está bueno matarse.
¿Cómo puede pensar en matarse una piba de catorce años?, me pregunté. Ahí pasaba algo raro de modo que para ayudarla hice un trabajo de hormiga hasta ganar su confianza, hasta que un día…
- Señora, quiero hablar con usted.
- Te escucho.
- Bueno, lo que tengo que contarle es muy feo. Mi mamá me tuvo de muy chica y no quiso criarme. Entonces, mi papá me llevó a su casa y me decía que ella era mala y que me había abandonado. Cuando yo quería verla, él me pegaba con el rebenque. Pero ahora que soy grande la fui a ver a escondidas y ella me contó la verdad. Es mi papá el que no quiere que nos veamos.
- Y vos ¿qué querés?
- Y, bien no sé, pero me parece que tengo ganas de estar con mi mamá.
- Habría que hablar con el juez de menores.
- Hay algo más. Cuando yo tenía 5 años operaron a mi abuela y entonces, mi abuelo se quedó solo conmigo. Y bueno, se propasó.
Un sudor frío me recorrió, pero traté de mantener la calma:
- ¿Se lo contaste a alguien de tu familia?
- Sí, a mi papá y a mi abuela.
- ¿Y?
- La abuela dice que seguro yo lo provoqué y mi papá me dijo: ¿y qué querés? ¿Que lo mate? Es mi papá.

Lloré de impotencia, pero luego me comuniqué con la directora pidiéndole que hiciéramos algo. Ella concertó una cita entre Romina y la psicopedagoga, quien luego la derivó a la psicóloga del gabinete. Pero cuando fue imprescindible continuar el tratamiento en un consultorio de Salud Pública, no quedó más remedio que pedir autorización a la familia de la menor. Y la reacción fue previsible: se negaron y cambiaron a Romina de colegio.
Esta anécdota se repite a millares y las puertas se cierran estrepitosamente. ¿Qué hacemos, entonces? ¿Anestesiar la conciencia? ¿O ser como los monos de Gibraltar? No ver, no escuchar, no hablar.)
G
En el Polimodal, donde también ejercí ya que mi título de maestra era supletorio y me permitió tomar horas cátedra de Lengua y Literatura, tuve un alumno muy tímido, introvertido y brillante: Cristóbal. No se relacionaba con sus compañeros, pero conmigo se comunicaba bien. Yo entendía su inteligencia fuera de serie y nos contactábamos con la mirada, con los gestos.
Hace poco lo encontré, después de varios años, en el borde de una pileta. Seguía tan parco como siempre, pero sorpresivamente me abrió su corazón y me pidió consejos “para conquistar una chica”. Qué ternura que me considerara tan confiable como para eso. Le dije frases que podían ser de libro de autoayuda, pero se las dije con el corazón: “Confiá en vos mismo, confiá en tu talento, seducila con tu inteligencia: es única.” Desconozco el final de la historia, pero esa confidencia tiene un valor incalculable para mí.
Ya en los finales de mi carrera, un día entré al aula de un primer año de Polimodal, con este discurso:
- Y bien, señores, he llegado a la conclusión de que nada les conmueve, nada les interesa. Por eso, a partir de la próxima clase vamos a cambiar de roles. Ustedes traerán la propuesta de trabajo y yo me adaptaré a sus intereses. Pero sin perder el verdadero objetivo: aprender. Como parece que lo que yo propuse hasta ahora, no funcionó, que en este caos el que quiere aprender pierde por goleada, la semana que viene ustedes van a traer los temas que quieran tratar y vamos a trabajar en base a eso.
- Pero señora ¿por qué dice todo esto? ¿Está enojada? –preguntó Orlando.
- Enojada, desilusionada y triste. Cuando salgo del aula tengo la sensación de que me atropelló un tren. Siento que todo lo que digo es inútil porque nadie escucha.
- No es cierto, señora. Sus clases son inmejorables, entretenidas, actuales –intervino, de repente, Lautaro.
- Sí, es verdad. Nadie nos hizo reflexionar y debatir sobre Cromagnon como usted, y nos hizo ver que le podría pasar a cualquiera –afirmó Juan Luis.
- Ni jamás aprendimos tanto de historia argentina como cuando analizamos la canción de la Bersuit – agregó Ezequiel.
- Además, cuando nos mandó a investigar sobre la familia, mi abuelo se puso contento y me contó muchísimas cosas –dijo, entusiasmada, Belén.
- Sus clases son re-buenas, señora –habló todo el curso como un coro griego.
- ¿Y por qué no me lo demostraron antes? ¿Tenía que ponerme tan mal para que reaccionaran? Alguna vez tendrían que pensar que el docente es un ser humano lleno de obligaciones y presiones, que necesita ser escuchado y respetado, igual que ustedes. ¿Por qué tenemos que ser enemigos?
- Señora, yo quiero pedirle perdón porque me porté mal con usted… expresó Tamara.
- Ah ¿sí?
- Cuando usted llegó y se mostró tan simpática yo pensé: ¿cuándo nos va a clavar el puñal? Porque seguro que primero nos da el dulce y después nos revienta.
- Bonito concepto tenés de los docentes.
- Es que siempre nos engañan, pero usted es auténtica. ¿Se acuerda esa vez que yo me enojé porque me hizo callar…?
- Sí, me acuerdo. Pero me malinterpretaste, lo que yo pretendía era que los demás “comodines” también participaran.
- Y el lunes, cuando llegó, me dijo: “Ya sé lo que pasó”. Yo no entendía nada. Usted se había quedado pensando en mí durante el fin de semana.
- ¡Ay, Tamy! Cuánto lamento que tengas tan mal concepto de nosotros. Claro que pensamos en ustedes, miles de veces. Esto no es una oficina: apago la luz, cierro y me voy. Ustedes nos preocupan y mucho. Yo siempre digo que, además de leer libros, me especializo en leer ojos de alumnos para saber si están tristes o contentos. Y ver en qué puedo ayudarlos.
- Pero hay profesores que dictan su clase y nada más.
- Lo que dije: somos humanos. Y por lo tanto, diferentes. A mí me interesa que estén bien. Y que nos llevemos bien. Antes se decía: “la letra con sangre entra”. Por el contrario, yo creo que el afecto es la vía más directa para trasmitir conocimiento.
- ¡Un aplauso para la señora! –otra vez el coro griego.
- No tanto aplauso y estudien, manga de vagos.






























V
SINDICALISMO
Dije que en los `80 me afilié a Adomi y apenas comencé a trabajar en Pico formé parte de Utelpa: Unión de Trabajadores de la Educación de La Pampa. Siempre participé desde el llano o en algún pequeño cargo. En el año `93 tuve una licencia gremial con tanta suerte que hasta hace poco no me habían cargado los aportes jubilatorios y me restaban un año de antigüedad.
Caínes y Abeles
Para todas las madres que salimos a trabajar dejar a nuestros hijos en un lugar confiable es todo un dilema y una preocupación. La gente de Utelpa, abrió un jardín maternal para los hijos de los afiliados que se llamó Ain Hue (Lugar de amor). Paralelamente, existía ya otro jardín coordinado por la obra social docente OSPLAD, en un lugar muy bello y acogedor. El secretariado de Utelpa inició tratativas para unificar ambos jardines y poder brindar un servicio mancomunado a los docentes piquenses, sin discriminación. La lucha fue denodada y cruel, porque hubo gente que se negaba categóricamente a fusionar las dos instituciones. Yo no estuve directamente en el frente de batalla pero sí en el apoyo logístico porque tenía hijos en edad de merecer ese jardín. Llevó años lograr esa conquista y, lo que es peor, quienes pusieron el cuerpo de parte de Utelpa sufrieron todo tipo de injurias y agresiones verbales de alto voltaje. Y uno que siempre tiene a mano un verso para la ocasión se acuerda del Martín Fierro y aquello de “los hermanos sean unidos”. Nunca tuve una explicación coherente para tamaña oposición.

Esta participación en el gremio hizo que muchas veces estuviera en total desacuerdo con las medidas ministeriales, por esa razón, fui una de las docentes argentinas que participó del Ayuno en la Carpa Blanca levantada frente al Congreso de la Nación junto con mi amigo Roberto Petit. Formamos parte del Grupo de ayunantes Nº 15, que permaneció en la Carpa del 19 al 29 de ENERO de 1998.
Desde allí les escribí a mis hijos:
Aunque ahora lo entiendan sólo a medias, yo sé que ustedes saben que es importante para mí y para todos, que vale el sacrificio por el futuro, por la vida y los sueños.
Y que cada minuto que estoy lejos pienso tanto en ustedes que por eso me esmero en luchar dignamente.
Porque si no lo construyo con mis manos de qué futuro hablo. Y si no lo apuntalo con mi ejemplo, qué futuro les dejo.
Me duele que estemos separados, pero cuando regrese, los miraré de frente, más que nunca.

Compartimos el ayuno con delegaciones de Río Negro y Misiones. Acompañamos a las Madres en su ronda de los jueves. También asistimos al acto de Memoria Activa (AMIA) un lunes frente a Tribunales.
Roberto viajó a Pinamar al recordarse el primer aniversario del asesinato de José Luis Cabezas. La noche anterior, yo integré una delegación que asistió al programa “Buenos Aires Vivo” durante el recital de los Fabulosos Cadillac con Vicentico a la cabeza.
Subimos al escenario. Apenas el público nos descubrió en la pantalla gigante comenzaron a aplaudir. Me tocó hablar ante 70.000 personas enardecidas por el recital. Saqué el micrófono del pie, saludé con la mano y se me ocurrió decir:
- Nunca imaginé trabajar en un aula tan llena.
Fue una ovación y en ese clima pude decir que la Carpa Blanca no se iba porque “las únicas luchas que se pierden son las que se abandonan” – como decía el Che Guevara. La multitud coreaba “Menem, compadre laralaralara…”
Fue un momento de mucha adrenalina. Pero lo que más me conmovió fue el constante fluir de la gente que nos tomaba la mano, nos miraba a los ojos y decía:
- No aflojen. Ustedes son lo único confiable que nos queda.
Era demasiado fuerte. Una corriente eléctrica recorría nuestros cuerpos y tácita o explícitamente asumíamos el compromiso.
Ya pasaron más de 10 años y todavía me emociona recordar.
Lo más grande de esa experiencia es haberla compartido con mi amigo-hermanodelalma Roberto Petit. Nunca voy a conocer otro ser más transparente y maravilloso.
Parafraseando a Borges me animo a decir: “Que otros se enorgullezcan de lo que han sido. Yo estoy orgullosa del amigo que tuve.”
De aquella experiencia quedó este poema:

Comenzó siendo un copo
pequeño y tembloroso.
Pero como un alud se fue nutriendo
de blancas intenciones.
Las alas de los cóndores lo fueron aventando
y hoy abarca el país de punta a punta.
Crece, efervesce, vocifera y canta
con nívea mansedumbre y calma blanca.
Es vigilia de un pueblo con insomnio
y es la voz del que por miedo calla.
Los amos del silencio, los señores feudales
sufren inagotables pesadillas
frente a este inocuo grupo pacifista
que muestra sin pudores la miseria.
Hay maestros argentinos por las plazas
enseñando moral a quien se ensaña
mintiendo sin piedad y se arrodilla
ante los opresores.
Hay maestros argentinos con agallas
hartos del fraude y la injusticia
que al aire libre y con la frente alta
nos vuelven a enseñar la dignidad.
Nieva sobre el país. Nieva y florecen
la utopía, la fe, la libertad.

Siempre dentro del sindicalismo, pero cinco años antes, el 15 de abril de 1993, asistí a una Conferencia dictada por el Doctor José Manuel Esteve, decano de Facultad de Ciencias Humanas de la Universidad de Málaga, España, en el teatro de la Sociedad Hebraica Argentina. Esto se llevó a cabo en el marco de una capacitación organizada por la Escuela Marina Viltte, perteneciente a CTERA.
Grabé toda la conferencia y después la desgrabé, hice copias y, personalmente, me dediqué a acercarla a las escuelas para que todos mis colegas tuvieran acceso a un documento imperdible. Cosa rara, muchos docentes piquenses me miraban como si yo sufriera una enfermedad infectocontagiosa porque iba en representación de la Ctera, sindicato que nuclea a la mayoría de los docentes argentinos y de Utelpa: Unión de trabajadores de la Educación de La Pampa.
Han pasado prácticamente quince años y el texto permanece más vigente que antes. Voy a transcribir fragmentos porque, insisto, no tiene desperdicio.

“Hasta 1984 los trabajos que hablaban del profesor lo hacían para mejorar su productividad, para hacerlo más efectivo en clase, para perfeccionarlo, porque se esperaba sacar de él más rendimiento, pero nadie estudiaba lo que pensaba, lo que sentía, cómo se va degradando a veces cuando descubre que ya ha cumplido 41, 43, 45, 47 y ellos cada año tienen 10, 10, 10, que hacen las mismas preguntas, se equivocan en los mismos sitios, plantean las mismas dificultades y hay momentos en que el docente mira su propio trabajo y se pregunta: -Realmente, lo que yo hago ¿sirve para algo? ¿Tiene o no tiene algún sentido?
Los enseñantes nos quejamos de nuestras condiciones de trabajo, nos quejamos porque vemos que, efectivamente, nos degradamos en un trabajo en el que a veces no se dan las condiciones para hacerlo bien, nos quejamos porque en muchas ocasiones nuestra sociedad nos condena a hacer mal nuestro trabajo y quisiéramos hacerlo bien.
Sin embargo, cuando sentimos ese latigazo, a veces, de conmiseración sobre nosotros mismos, preguntamos: -¿Por qué me habré metido yo a maestro? Un chaval nos mira, le miramos, descubrimos que somos importantes para él y entonces… Lo he pensado muchas veces: hay ocasiones en que UN PAÍS NO SE MERECE A LOS MAESTROS QUE TIENE”(…)

Esto decía el profesor Esteve de los maestros españoles, del primer mundo, hace quince años. Sin embargo, la identificación con nuestra situación –en aquel momento y en la actualidad- es tan enorme que da escalofríos. Y a esto hay que sumarle que las cosas empeoraron llamativamente. Entre nosotros, y sin falso orgullo ni falsa modestia, tenemos la convicción de que al sistema educativo lo sostenemos los maestros y profesores con puro voluntarismo. Pero lo cierto es que corremos con tales desventajas que eso produce un creciente malestar que nos enferma y empeora la educación día a día.

Continúa la conferencia (…) “Todo este malestar hace que el enseñante esté perseguido por el cambio social, ya que los sistemas sociales cambian a un ritmo más rápido que los sistemas escolares y el sistema social nos critica porque no somos capaces de responder a las expectativas que tienen de nosotros y nos dicen: “el sistema escolar es anticuado, no responde a las realidades de la sociedad” y como es tan lento el proceso del cambio escolar, cuando empezamos a cambiar y se piensa una nueva ley, se adaptan las estructuras y empezamos a replantear los objetivos, la sociedad ha vuelto a cambiar y de nuevo nos critican y dicen que no respondemos a sus expectativas” (…) La idea del shock cultural dentro de una misma cultura está empezando a funcionar dentro del mundo escolar y afectando a muchos profesores” (…)


(…) El diario “El País”, uno de los de mayor tirada en España, publicaba este artículo: “Educadores y no simples enseñantes” en el que les pedía, para ser buenos profesores y generar alto rendimiento escolar, gusto por el estudio y alto nivel de confianza en sí mismo en el alumno, las siguientes cualidades: ser comprensivos, tolerantes, pacientes, objetivos, justos, bondadosos, humanos, competentes, con buena preparación y conocimiento del alumno, buen psicólogo, buen enseñante, pedagogo eficaz, educador que vive y comprende a cada alumno como persona, inteligente, despierto, creativo, dialogante, comunicativo, familiar, honrado, moral, con aptitudes democráticas y de cooperación, respetuoso, considerado e imparcial” (…)

Digo yo, Olga Liliana: ¿Se le puede pedir todo esto a un simple ser humano que, además, tiene hijos que criar y educar, dificultades económicas, problemas emocionales, enfermedades? La persona que reúna todas estas condiciones sería una combinación exacta a partes iguales y químicamente pura entre Norma Aleandro, la Madre Teresa de Calcuta, Eva Perón y la Mujer Maravilla (ya que la mayoría de los docentes pertenecemos al género femenino debido a su devaluación económica y al instinto maternal según establece la historia oficial).

Esteve seguía derrochando sus dotes de oratoria (…) “Y entonces hay una serie de compañeros que, interiorizando este modelo ideal, sufre un auténtico complejo narcisista en el que, comparando su pobre actuación diaria con este modelo ideal, piensa que la culpa es de ellos, que no son capaces de mantenerle el pulso a la enseñanza, que no son capaces de responder adecuadamente a lo que la escuela y los alumnos le pedirían. Entonces, nos encontramos con que, curiosamente, nuestras investigaciones delatan que en este 28 % de profesores encontramos, paradójicamente, a los que tienen mejores aptitudes para la enseñanza. Es la gente que se olvida de tener ocio, se convierte en maestros por la mañana, por la tarde, por la noche, el sábado, el domingo y cuando de pronto para esa actividad loca que le supone un auténtico desgaste físico, encima se compara con estos rasgos ideales del profesor, se descorazona, se deprime, se deprecia y acaba viviendo la enseñanza desde un fuerte sentimiento de ansiedad.” (…) “De este 28 % un 6,9 % está realmente en situación extrema desde el punto de vista psicológico” (…)

Lamentablemente-reflexiono- todo esto me hace recordar los fines de semana que pasé encerrada corrigiendo 100, 200 pruebas de Lengua, tratando que no se me pasara una mayúscula, una tilde, un error ortográfico o una construcción ambigua. Fines de semana en los que privé a mis hijos de mi presencia, porque hasta los echaba de mi lado ya que no tenía derecho a distraerme.

Sigue el Decano malagueño (…) Comienza el curso escolar: en el primer trimestre no hay prácticamente estrés, pero en el tercer trimestre, con las evaluaciones de fin de curso, la mayor parte de nosotros piensa: “si el curso dura quince días más, me muero” (…)

Y yo tengo ganas de gritar: Que tire la primera piedra quien esté libre de esta experiencia. Llegamos a fin de año en estado calamitoso y entonces comienzan a llover los pedidos de licencia y paralelamente, tanto desde los organismos gubernamentales como de ciertos sectores mercenarios de la docencia, se rasgan las vestiduras frente a los abusos de “estos vagos, chantas, irresponsables, que no quieren trabajar”. Una verdadera vergüenza. ¿Los pedidos de licencia? ¿La incomprensión de autoridades y colegas? Usted sabrá: resuelva el acertijo.

Una vez más el español expresa lo que yo siento (…) “Este “abuso” no deriva solamente de las ganas del profesor de ausentarse porque no quiere trabajar, sino de una necesidad psicológica real de un profesor que ya no puede más, que ya no aguanta y recurre al ausentismo como forma de autodefensa” (…) “Se les da 40 días de baja y luego lo vuelven a meter con los mismos niños, con lo cual, al cabo de dos meses, reitera la baja por no poder resolver los problemas que está teniendo en clase” (…) “Todos los profesores han comprendido aquella idea de Rousseau de que todos los niños eran naturalmente buenos si no eran corrompidos por el contacto con la sociedad. Lo que pasa es que los nuestros llegan tan en contacto con la sociedad que ya vienen con muchos problemas y nadie nos prepara para enfrentarlos. (…) Sin embargo, se puede enseñar a ser un buen maestro, se puede aprender a serlo si en lugar de formarlos en base a modelos ideales los formamos sobre la base de los problemas reales” (…)

Nuevamente resurge mi manera de ver las cosas y otra vez voto al viejo magisterio, durante el cual la preparación era muy intensa. Dolorosamente, las nuevas camadas no cuentan con la misma preparación y, además, pertenecen a estas generaciones de no lectores.


Y el final de la conferencia, a toda orquesta:
“POR TANTO, APELO A VUESTRO ORGULLO DE SER MAESTROS, A LA IMPORTANCIA DEL PAPEL QUE DESEMPEÑÁIS, HAGO UN LLAMADO PARA QUE LA SOCIEDAD RECONOZCA LA IMPORTANCIA DE NUESTRO TRABAJO. Y NOSOTROS, ASÍ LO DEFENDAMOS.”

















VI
LEY FEDERAL DE EDUCACIÓN

La década del `90, cabalgada por el Emperador Carlos Saúl I de Anillaco, fue una década infame bis. La primera fue en los años 30.
Y así llegamos al ´97 y al engendro de la Ley Federal de Educación,ese engaño ante el que las voces sindicales se alzaron sin que el gobierno escuchara, la misma ley que quebrantó nuestro sistema educativo, fracturó definitivamente la enseñanza, eliminó el sentido de pertenencia y ahondó la brecha entre diferentes sectores sociales.
Con mis cincuenta y pico de años a cuestas, ya he vivido muchas idas y vueltas del sistema educativo, muchos cambios que me tocó atravesar. Del 1º inferior y 1º superior, al 1º grado liso y llano. Del 6º grado con que terminábamos la primaria, al 7º. De los exámenes cuatrimestrales en 5º año del magisterio hasta la desaparición del magisterio y su reemplazo por el Profesorado de Enseñanza primaria en la Facultad de Humanas.
Los maestros normales pasamos a ser los dinosaurios del sistema educativo; se nos “ninguneó” hasta el punto de decirnos que los que estábamos en el Tercer Ciclo le debíamos el puesto a la generosidad del gobierno, pero por otro lado nos retaceaban la jubilación que pedíamos a gritos. Alguna vez imaginé la situación tragicómica que a continuación transcribo:

- ¡Cuidado! ¡No disparen! Soy una MNN, estoy en extinción.
Pero las balas de la indiferencia atraviesan la piel del magisterio, arrasan con los años de estudio de didáctica y pedagogía, largan misiles contra la devoción de las practicantes.
- ¿Qué es una MNN? No tengo ni idea.
- Ves que tengo razón, ni siquiera nos registran. Algunos “funcionarios” dicen que somos una entelequia, no tenemos formación universitaria.
- ¿Formación? ¿Deformación?
Aquello era otra cosa, nos rompíamos el… cerebro para recibirnos.
Mi gusto por las clases de Castellano , cuando era alumna en el Colegio María Auxiliadora, me granjeó el favoritismo de la Hna. María, conocida por su rigidez. Todo me gustaba: leer, escribir, analizar oraciones, conjugar verbos. Nada de este sabroso idioma castellano me era ajeno o tedioso. Placentero, apetecible, el caramelo de la gramática, la confitura de la ortografía, el plato principal de la literatura. Fui una degustadora de palabras desde el principio.
También amé con devoción a la Hna. Inés. Ella era mi madre sustituta y mi profesora de piano. Cuando la trasladaron a Rosario yo comenzaba 4º año y planté mis estudios musicales.
También fui compinche de la Hermana Josefa, profesora de Dibujo, su sensibilidad me atraía. Todavía conservo mi primero y único cuadro, un ramo de lirios, dedicado a mi madre.
Igual placer me generaban las maravillosas clases de Literatura con la Hermana Isabel. Ella fue la que descubrió mi pasión por la escritura y me instó a guardar mis producciones de lo que saqué como conclusión que “todo es perfectible”.
Y estaba la Hermana Yolanda, que dirigía representaciones teatrales. Una vez me tocó hacer de monja clandestina detrás de la Cortina de Hierro. Era un personaje de suaves modales, y yo me negaba a hacerlo, en plena floración de mi rebeldía. Pero Sor Yolanda se plantó: “Usted puede, Reinoso”. Y pude.
Recuerdo el spray platinado que encaneció mi pelo, la blusa inocente y la pollera larga. No usaba el hábito, para pasar inadvertida. Yo era casi una Mata Hari, pero virgen. El comunismo era el demonio. Recién ahora entiendo aquel mensaje, que no impidió que leyera a Marx, a Engel y a Guevara. Y con el paso del tiempo me fascinó y atrapó la vida de Ernesto Guevara, sus ideales y el precio que pagó por serles fiel. Aquí va una muestra de los muchos textos que me inspiró:

“Hola, hermano, hermano mayor en toda la dimensión de la palabra. Bello ejemplo de humanidad que nos reconcilia con esta fracción de vida que somos. Y bello, bello, desde tu rostro hasta tus ideas.
Cómo nos castra la maldita cultura. Me contaron que hasta vos que eras tan perfecto como para no eludir la imperfección, tuviste que aprender que las mujeres no estábamos sólo para cebar mate o quedarnos en el campamento: también podíamos ir al frente de combate. Estos pechos turgentes, construidos artesanalmente para alimentar y dar placer, también podían enfrentar las bayonetas y las balas. Lo aprendiste y lo valoraste, por eso tu vida fue siempre un ejemplo de coherencia y de honestidad, por eso elegiste cómo vivir y cómo morir.
Hermano generoso, no sé si hubiera podido acompañarte. No lo creo, me falta ese coraje que a vos te sobraba. Yo tenía 16 cuando te mataron en Bolivia. Mataron tu cuerpo de Cristo latinoamericano y nació la leyenda, la MEJOR LEYENDA del género humano.
En esta pequeñez que soy ante tu giganticidad pienso que fuiste como Teseo y que el ovillo de la libertad fueron tu propia sangre y tus ideas.”

Como ya dije, también canté en el coro con mi voz de contralto. Sin yo saberlo, el arte me rodeaba por todos los flancos y, seguramente, eso fue lo que me salvó en medio del cautiverio que significó para mí haber estado durante cuatro años como alumna pupila del colegio de monjas de Santa Rosa, La Pampa. Nunca podría haber atravesado el Gólgota sin el alivio de las musas: la poesía, la música, el teatro, fueron el antídoto para tanta locura y tanto desatino.
Porque cuarto año fue un año crítico, con grandes cambios y pérdidas dolorosas.
No sólo la Hermana Inés se fue; también la Hermana Celia, una mujer de fuerte personalidad pero maravillosamente buena. Y en su reemplazo llegó mi sombra negra, tocaya para mayor desgracia de mi nombre fatal. Al principio, tal vez mi necesidad de mitigar esas ausencias, me hizo creer que la Hermana Olga era agradable, pero el ojo avizor de mi madre me advirtió que tuviera cuidado. Y no se equivocó: fui tenazmente perseguida por este ser abyecto que a pesar de su malicia, no pudo perjudicarme intelectualmente ya que en las tres materias que nos dictaba tuve 9 ó 10. Pero la tortura la ejercía en la vida del internado: revisaba mis cosas, leía mi diario y mis cartas, una vez me encerró en la sacristía de la capilla para forzarme a confesar un “delito”. Mi herramienta siempre fue la palabra y mi transgresión consistió en haber escrito un texto de opinión en el que fustigaba a “aquellas personas que por su investidura debieran dar un ejemplo de obediencia y humildad, pero terminaban negándolo con sus actos”. Quiso saber por qué me había metido con “las hermanas”. Jamás lo reconocí. Nunca imaginé que ahí comenzaba una larga historia de defensas verbales.
Esta monja era un ave de rapiña: nariz aguileña, dientes pronunciados. De baja estatura, usaba zapatos abotinados con más taco que las demás, lo que implicaba que, cada vez que ingresaba al aula, yo interpretara como cortina musical el consagrado tema de Mariano Mores “Taquito militar” o me refiriera a ella con el alias de “General Dientito”.
Como dije, era mi sombra negra: subrepticia, sigilosa, acechante, aparecía en los momentos más insospechados. Sabía más de mí que yo misma. Y me tenía todo el tiempo bajo sospecha. ¿Cuál era mi delito? ¿Ser defensora de pobres y ausentes? ¿No aceptar la obediencia debida?
Si ella hubiera podido, creo que hubiera emulado a Cornelio Saavedra cuando se enteró de que el cuerpo sin vida de Mariano Moreno, su adversario, había sido arrojado al mar: “Era menester tanta agua para apagar tanto fuego” habría dicho mientras sumergía mi cabeza en los piletones del baño del colegio.
Lo cierto es que se mandó un operativo de espionaje conmigo. Era tan perversa y siniestra que no dudó en leer mi diario íntimo y descubrir, sin pudores, mis broncas y temblores adolescentes.
Me hizo sentir importante y peligrosa, me hizo armar hasta los dientes en defensa propia, me graduó de guerrera, me sofocó y, por ella, supe lo que eran el miedo y la paranoia.
En esas interminables galerías, al pie de la escalera, en el tintinear de llaves, en los pasos fantasmales, en mis pesadillas, su rostro carroñero y sus garras.
Suerte que el padre Miguel era mi ángel de la guarda. Su palabra bienhechora, su mirada cuna-regazo-hamacaparaguaya, siempre me ofrecían el salvavidas cuando la mano tenebrosa del enemigo me empujaba al vacío.
Al terminar ese ciclo lectivo (1967) la entrañable religiosa le sugirió gentilmente a mi padre que me cambiara de colegio porque yo era demasiado levantisca. Y así fue como terminé el secundario en otro colegio de monjas, también pupila. Pero lo pasé mucho mejor, a pesar de ser “la nueva” en 5º año, no me resultó difícil hacer amigas, muchas amigas. De ese año rescato dos episodios que me marcaron: levantaron mi autoestima en uno y me dieron la mejor lección de cómo ser un buen docente en el otro. Un día, la Hermana M. me llamó para pedirme un favor: enseñar a estudiar a la “alumna diez” porque “estudia de memoria, no sabe estudiar”, me dijo. En otra oportunidad, pasé a dar lección de Química. No sabía, pero la profesora me fue guiando en el ejercicio. Al entregarnos las notas, tenía un 9. No pude con la intriga y le pregunté: “Señora, de dónde salió ese 9 si el día que pasé al frente no sabía nada” “¿Y vos pensás que yo pongo la nota a un alumno por un hecho aislado? La nota es el resultado de una observación constante y vos sos una alumna muy inteligente, que sabe relacionar los temas. No importa si ese día no sabías”. Cuando egresé, en noviembre de 1968, pensaba que jamás iba a ejercer. Con el tiempo descubrí que mis tres inteligencias predominantes (según la T.I.M, teoría de las inteligencias múltiples): lingüística, interpersonal e intrapersonal, me convertían en una buena comunicadora que para todo tipo de transmisión de conocimientos se basa en la relación de empatía que se establece con el otro.


En los dos últimos años de la carrera de Magisterio, recuerdo que me daba mucho temor saberme observada durante las prácticas. Y lo que más odiaba era la planificación y el primer momento, denominado “motivación”. Me parecía que nunca eran suficientemente buenos.
Muchos años después, un poeta lunfardesco, que dijo estar enamorado de mi risa, me preguntó por qué no usaba comas en mis poemas.
- Porque así es mi vida. Yo voy por la vida sin comas, sin pausas. Siempre torbellino, huracán, tornado.
Y pienso que ahí está la causa de mi rechazo a las planificaciones.
Planificar quiere decir hacer planes, organizar, prever, todo lo que en mí siempre estuvo ausente sin aviso. Pero no me jacto de eso, seguro que me hubiera ahorrado infortunios si el mito de Ícaro no latiera tanto en mí.
Cuando me tocó practicar con chicos de 7º grado, el primer día temblé. Al pararse para saludarme, la mayoría eran más altos que yo. Y algunos portaban mala fama. ¿Qué hago yo aquí?, me pregunté. No puedo contra ellos, me van a hacer pedazos, no podré controlarlos. ¡Son enormes! ¡Y muchos! Quiero huir, ay, mamá. Virgencita María Auxiliadora, apiadate de mí. Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío, pensaba. En medio del pánico arranqué:
- Buenos días, niños.
- Buenos días, señorita.
Tomen asiento. Y ahora, ¿qué hago?, me pregunté. El tema de hoy es… un nudo marinero en la garganta y el estómago me bloqueaba. Seguí hablando como autómata, desplegando láminas, escribiendo palabras. La calma del aula preanunciaba un Tsunami, pero nada de eso sucedió. Llegué sana y salva hasta la orilla del recreo. Recogí mis bártulos, traspuse la puerta y el aire del patio me gritó, muerto de risa: Sobreviviste. Etapa superada.

Todo un mes practiqué con ellos y nos encariñamos mutuamente. Fue el bautismo de fuego para una larga historia de amor con mis alumnos: no detentar el poder, no ejercer la soberbia, no portar la mentira de que una es poseedora de la verdad absoluta, querer a mis alumnos, respetarlos. Esa es la receta que cociné para saborear mis clases. Aquella tribu de gigantes de mi pigmea vez primera, se armaron caballeros para rendirme honores en mi baile de egresados. Fue la primera señal, el Km. 0 desde donde inicié mi travesía.
A la luz retrospectiva de la memoria, valoro enormemente los conocimientos que me brindaron. Aprendí mucho y conservo esos saberes. Mis notas eran excelentes, aunque distaba muchísimo de ser una “traga”, pero mi manejo del lenguaje siempre me sacó de apuros.
Es que la biblioteca de mi casa siempre fue la Isla del Tesoro donde mi alma pirata se perdía en busca de respuestas. Allí recorrí Mujercitas, Señoritas, Hombrecitos, Alicia en el país de las maravillas, Corazón, Colmillo blanco, una edición maravillosa del Martín Fierro con dibujos de Castagnino, las novelas de A.J. Cronin, una pecaminosa historia de los Borgia…
Lo cierto es que yo sentía curiosidad por saber, y si alguna vez me pillaban en falta, la herida narcisista sangraba hasta el momento en que podía reparar el daño. Yo sentía que aprender cosas nuevas me daba poder sobre mi propia vida y el mundo que me rodeaba. Recuerdo las discusiones con la profesora de Historia: había dos bandos, rosistas y sarmientistas. Eso nos llevaba a investigar horas y horas en la biblioteca para dar argumentos contundentes a los contrincantes. Rosas era la “Encarnación” de la dictadura. Y Sarmiento el “maestro”. Con el tiempo completé el rompecabezas y ninguna de las dos figuras se mantuvo en pie. Los dos, a su manera, eran autoritarios, intolerantes y egocéntricos, pero me sirvieron para iniciarme en la discusión, el debate y la participación. Hace algunos años, comprendí la necedad de ciertas imposiciones, cuando escuché a mi hijo menor, de un lado a otro de la casa, cantando muy afinado:
- ¡Olor y grasitud!
Así traducía lo que entendía del Himno a Sarmiento.


Pero volvamos a los cambios en materia educativa.
De la incursión de la psicogénesis de Emilia Ferreiro, tan mal aplicada, a los congresos para averiguar por qué los chicos escriben tan mal, hasta llegar a este Frankestein educativo llamado Ley Federal que llegó a nuestras orillas rioplatenses con certificado de defunción español. Parecía un chiste de gallegos, pero al revés.
Desde la Casa Rosada, desde el Palacio Pizzurno, desde el Congreso de la Nación, desde las casas de gobierno y las legislaturas provinciales, hicieron oídos sordos al clamor sindical que se oponía fervorosamente.
Pero el pueblo unido fue fatalmente vencido y como un maremagno, se construyeron escuelas, se transfirieron docentes con promesas que jamás se cumplieron, se urdieron capacitaciones incapaces. Y el monstruo comenzó a caminar desde La Quiaca hasta Ushuaia.
Solamente la Capital Federal, fiel a su tradición separatista, nunca la implementó. En cambio, La Pampa fue la mejor alumna del sultanato: ejecutó como nadie la reforma educativa.
Pero, Nobleza obliga y amor fraternal también, quiero transcribir fragmentos del alegato que escribió Roberto Ignacio Reinoso, mi hermano menor, Tito, cuando era diputado provincial por la U.C.R. y participó del debate de la Ley Provincial de Educación, en agosto de 1996. En realidad, no pudo decirlo en el recinto, por eso repartió entre gente interesada en el tema un trabajo al que denominó “Lo que no nos dejaron decir”:
INTRODUCCIÓN
(…) Hace casi medio siglo, con la provincialización de La Pampa, se iniciaba el desafío educativo en nuestra provincia a partir de la Ley 80; por eso considero justo iniciar mi exposición con un homenaje a los docentes, hombres y mujeres, que desde aquella época y en base a su vocación de progreso y de patria apostaron todo al crecimiento y desarrollo de nuestra tierra. A nosotros nos toca participar en una instancia muy especial de la vida de la humanidad. Este siglo que ya termina nos ha marcado con tragedias horrorosas que con seguridad la historia no olvidará, pero también con una transformación en lo político, lo social y lo cultural que anuncia al hombre tiempos de esperanza. La revolución científica y tecnológica nos obliga a sancionar una ley que sea capaz de captar tales transformaciones (…)
DEFENSA DE LOS DOCENTES

(…) Decía Manuel Sadosky, en una reunión del Congreso Pedagógico Nacional en su carácter de miembro del Consejo Honorario: “En mis tiempos de primaria el personaje maestro como tal tenía una gran importancia social. El director de escuela con casa propia en el predio del establecimiento, era el personaje más importante del barrio. Este es, naturalmente, un mundo que se ha ido, que ha cambiado, aunque creo que no para bien”.
Esta expresión sintetiza la situación actual del maestro, vapuleada por un salario indigno, con la pérdida de estabilidad en los tramos superiores de su carrera, con un discurso oficial agresivo que en muchos casos puso al maestro como un delincuente y generó una especie de libanización de la comunidad educativa, puesto que los padres, incitados por el discurso oficial, responsabilizan absolutamente a los docentes de los males de sus hijos (…)
EDUCACIÓN: UN BIEN SOCIAL. INVERSIÓN Y NO GASTO

Nos decidimos a presentar un proyecto alternativo porque la educación es un bien social, y la inversión no es un gasto, digo esto porque por cada dólar que se invierte en el proceso educativo genera un rendimiento que, está estadísticamente comprobado, es cinco o seis veces superior que un dólar invertido en determinado proyecto productivo; por contrario imperio, cada dólar que no se invierte en el desarrollo del proceso educativo genera una pérdida para el país que es cinco o seis veces mayor a la que se produciría en caso de no invertirse en un proyecto productivo.
NO AL DICTAMEN DE MAYORÍA
(…) ¿Por qué no, al dictamen de mayoría?
Porque estoy en contra de un modelo que deseduca, que margina, que expulsa, voy a votar en contra del dictamen de la mayoría.
Porque a una provincia que le falta desarrollar su industria, darle valor agregado a sus productos, resolver sus problemas estructurales, no le sobran estudiantes, sino que le faltan, voy a votar en contra del dictamen de la mayoría.
Por la defensa de nuestros jóvenes, voy a votar en contra del dictamen de la mayoría.
Por “los niños pobres que tiene hambre y por los niños ricos que tienen tristeza”, voy a votar en contra del dictamen de la mayoría.
Y para finalizar, y teniendo en cuenta que la educación tiene un carácter esencialmente liberador, por lo tanto, es sinónimo de libertad, voy a parafrasear a alguien que quiero entrañablemente, la poeta Olga Liliana Reinoso, que dice estos versos:
“La libertad es una mujerzuela
hermosa hembra que se acuesta con todos
menos con los farsantes
menos con los burócratas
menos con esos mal nacidos
que sólo si la violan
pueden tenerla”.

Brutal falacia esta reforma, sólo se dedicó a lo formal, a lo superficial. Se cambiaron los nombres, se trasplantaron a los chicos y a los docentes, se nos reconvirtió vaya a saber a qué religión, se erradicó el sentido de pertenencia. Pero no cambió lo esencial: la mentalidad. Al contrario, tanto discurso vacío nos fue inoculando desazón, escepticismo, decepción, desgana. Quitaron horas, sumaron hacinamiento. Y con la descarada mentira de la igualdad de oportunidades, ahondaron el abismo. Los maestros sufrimos la gran metamorfosis: de educadores a psicólogos sociales, licenciados en trabajo social, madres o padres sustitutos, expertos en drogodependencia, sexólogos.
Y, mientras tanto, “mi sueldo era una herida absurda”.
Un día, en plena “reconvención”, haciendo un curso sobre matemática, escribí este poema como antídoto.
Hoy he despertado triangular.
Tengo el alma como un trapezoide
y llevo el corazón partido
en dos semicírculos desparejos.
La superficie de tu ausencia es infinita
y he cruzado todas las diagonales
para tratar de alcanzarte en línea recta.
Pero sos un punto fugitivo
girando en círculos
rotando y trasladando
tu perímetro escaso de ternura.
Mis manos son polígonos cóncavos
buscando algún segmento de tus ojos
pero te cerrás, incongruente.
Yo podría acercarte un climograma
para representar temperaturas
(Horizontal y abscisa)
Pero estás asimétrico en la bruma
y ninguna estadística registra
mis barcos averiados
mi tangram dolorido.

10/08/96

Otra de las humillaciones a que nos sometieron fue rendir un examen para evaluar cuánto sabíamos de la Ley Federal. Hubo muchos valientes que se negaron. Yo fui una cobarde que lo rendí. Pero en absoluto tuvo que ver con el temor o con la ridícula necesidad de sumar puntaje. Fue por esa vieja costumbre de desafiarme a mí misma, a mi intelecto. Lo que no sopesé fue que con esa actitud les hacía el caldo gordo a los gobernantes. Salvo ese pecado de soberbia, mi postura fue de rechazo a esa ley. Y me atrevo a decir que la nueva Ley Nacional es apenas barniz: cambiar algo para que nada cambie.
Me viene a la memoria un reportaje que le hicieron al emperador riojano en canal 7. Con su calma chicha de bolsillos llenos y conciencia anestesiada, largó estos dardos envenenados:
- De qué se quejan los maestros, si trabajan cuatro horas y tienen tres meses de vacaciones.
¡Qué desinformación! Pobre Carlitos, a él también le vendieron el diario de Irigoyen. Nunca se enteró de que los maestros no pueden vivir con un solo sueldo, por lo tanto, tienen como mínimo dos cargos, que las planificaciones y correcciones las hacen en su casa, con lo que suman varias horas más que nadie ve, nadie valora y nadie paga. Y que hace mucho, muchísimo tiempo, que nuestras vacaciones comienzan en vísperas de Nochebuena y, en los mejores casos, terminan en la primera quincena de febrero.
Si es cierto aquello de que todo pueblo tiene el gobierno que se merece, yo me pregunto y no dejo de preguntarme:
- ¿Qué habremos hecho para merecer esto?








VII
ACTOS ESCOLARES
(No todos los padres son iguales)

La escuela estaba reluciente, ostentosamente adornada con flores y guirnaldas de papel crepè. Yo enfilaba hacia el Salón de Usos Múltiples (S.U.M) envuelta en mi pantalón un talle más chico y los tacos aguja que me hacían ver las estrellas, pero me tocaba la conducción del acto y tenía que estar de punta en blanco. ¿Otra vez conduce ésa? ¿Quién se cree que es? refunfuñaría alguna colega un poquito resentida…
Era la fiesta de fin de curso. Diciembre en pleno, el salón de actos parecía un sauna porque las escuelas argentinas solamente están equipadas para el invierno, las que lo están. De pronto, me interceptó un padre de muy mal talante:
-Por su culpa, mi hija hoy no es la abanderada.
Fue como un cachetazo, no entendía nada. Hasta que recordé que, casualmente, yo había defendido a esa niña porque me parecía brillante, pero triunfó el criterio de que era muy competitiva. Y ahora yo era la mala de la película. No iba a improvisar un alegato en ese momento, así que apenas atiné a un tímido y remanido: No es lo que parece. Y tratando de rearmarme enfilé hacia el escenario donde me esperaba un cartel gigante con el nombre de los angelitos que egresaban y el micrófono a mi escasa altura.
Poco a poco se fue llenando el salón y la algarabía reinante sumó calor humano hasta que llegó el momento crucial y comencé a leer las glosas.

- Autoridades presentes, directivos, docentes, padres, alumnos.
El cielo es ese techo que no se niega a nadie, es el campo celeste donde florecen luces para alumbrar la vida, la compuerta generosa que regala la lluvia para que el verde asuma su misión resucitadora. Hecha de libertad y de cielo, tan olvidada a veces y venerada otras, como un manto materno que nos cubre y nos une, hace su entrada la bandera argentina portada por… una daga fueron los ojos del señor padre que me había culpado de sus cuitas.
Una vez que hizo su entrada la bandera de ceremonias, continué:
- La música siempre ha sido, desde los orígenes de la humanidad, la manifestación más auténtica de los sentimientos y las emociones del hombre. Con la música el hombre ama, llora, manifiesta su alegría, grita su dolor y rebeldía, se comunica con Dios, con los demás hombres y con la naturaleza. Y la música también es una seña particular, un rasgo que nos define, una armonía de los sentidos que ratifica nuestra pertenencia a ciertas raíces, a ciertas tradiciones. Por eso vamos a entonar el Himno Nacional Argentino haciendo emerger de nuestro interior todo lo primitivo y también lo más civilizado de este sentir tan abstracto y carnal que es la patria.
¿Emerger qué? Pensaba mirando a los allí presentes, si nadie canta, apenas movemos los labios con vergüenza. Menos mal que el disco es cantado… y que no toca la profe que se traba justo en el larala la lara la ra la ra…
Cuando terminó el disco, retomé mi posición frente al micrófono para seguir adelante con el acto.
- Y ahora, en homenaje al gran maestro argentino, entonamos las estrofas del Himno a Sarmiento.
Vuelvo a mirarlos, ¿cuándo van a aprender la letra? -Me digo -¿Cuándo van a usar bien los pronombres? Fue la lucha TU vida y TU elemento… ¿qué? Olor y ¿eso acaban de cantar?…NO. Honor y gratitud… me dan ganas de gritar con la boca pegada al micrófono…pero me contengo pongo mi mejor sonrisa y sigo con el acto.
- Para soltar amarras a toda esta alegría dirige la palabra la directora de la escuela Por Dios, que no pronuncie las elles, queda horrible. Y eso que le hablé del yeísmo rioplatense, pienso, pero no digo nada.
- Queridos niños: vosotros sois nuestro malior orgulio. Nosotros, los adultos, padres y docentes, somos en realidad más espectadores que protagonistas. Y nuestras belias intenciones y deseos no harán la tarea que les espera, aunque siempre estaremos allí para acompañarlos.
A vosotros, más que a nadie, les toca construir esta nueva etapa en la que todos nos sentimos inexpertos. Pero para vosotros significa el futuro. Quiero decirles que a pesar de nuestras dudas y temores por la incertidumbre que genera lo desconocido confiamos plenamente en que sabrán atravesar las liuvias y tormentas con todo éxito, porque estáis hechos de madera noble, esa que no se resiente en la intemperie. Van a ser los primeros en encontrar la liave que los lieve a tiempo hacia la meta. Nosotros confiamos en vosotros y dejamos las puertas abiertas de la escuela y del corazón para recibirlos. No temáis, este lianto no es de dolor, sino de esperanza.

Después del bochorno de la elle, se retiró la bandera de ceremonias y convoqué a los futuros egresados para una dramatización.

- Son los mismos de siempre. Los de cada ciudad y cada año. Aquí, antes de irse, nos mostrarán su compromiso con el país que habitan:



Comenzaba la escena con un relator que pronunciaba las siguientes palabras mientras una alumna danzaba representando a la patria.
Hubo una vez una tierra joven y promisoria que despertaba a la vida gracias al esfuerzo denodado de sus criollos que lucharon por darle libertad. Y entonces la tierra fue una muchacha desperezándose de tantos años de sometimiento en el amanecer de un nuevo día. Así hubo alegría de fiestas domingueras, esplendor de manteles con tibieza de vid. Pero no se puede ser libre enteramente cuando el chacal está a la puerta. Alerta, tienes que estar muy alerta porque los enemigos no descansan. Acechan en la noche, cambian de nombre o de rostro para dominar la gravidez dorada de las parvas, los brotes incipientes del futuro. Y así siguió la patria, creciendo como pudo a pesar de los tropiezos y traiciones. Corrió la sangre, los invasores lo ensuciaron todo.
En ese momento descubrí al papá de Carlitos, el divorciado más codiciado de la región. También me clavó su mirada, también era una daga. Pero no dolía… En ese momento comenzaban a entrar otros alumnos que representaban nuestros males.
Yo soy la injusticia: no me tapo los ojos como mi antónimo. Pero eso sí, hago la vista gorda. Limpio la casa por donde ve la vieja. Libero a los culpables y castigo a los inocentes. ¡Nunca más volverán a creer en la justicia!

Yo soy el odio: El más poderoso, el que destruye, separa, enfrenta a los hermanos. El amor es cosa de blandos.

Yo soy el miedo: Me meto hasta en tus vísceras, voy trepando, trepando, trepando y me enrosco hasta asfixiarte.

Yo soy la violencia: El dios del mal, aliado de la muerte, el odio y el miedo. Estoy en todas partes, en la familia y en la calle. Me divierte destruir.

Yo soy la muerte: Vivo en los oscuros callejones, en las villas de emergencia, en las rutas, en los barrios privados y en los hospitales. Pero también vivo en las lujosas embajadas. Nadie se salvará de mí, nadie, nadie.

Yo soy la miseria: Vengo de una familia muy importante, mi madre es la Desocupación, mi padre es el Salario Mínimo, mi tía más famosa es la Inflación y mi hijo es el Hambre. Voy entrando lentamente hasta despojar a todos.

Yo soy la corrupción: Compro, compro, compro, compro a todos. Son tan débiles, nadie se me puede resistir.

Yo soy la deuda externa (y eterna): Yo nací doble (siempre valgo el doble) Nací para quedarme con todo y para chuparle la sangre a estos paisitos.

Formaban una ronda que tapaba a la “patria” y el relator continuaba:
Llena de riquezas, belleza y sueños, esta tierra fue la obrera que construyó un camino de esperanzas y afirmó la identidad argentina y latinoamericana.
El alma de dos pájaros azules se escapó de sus labios cuando cantaba con la música frágil de la ronda.
Sus hombres fieles se jugaron la vida para verla grande y soberana.
La Patria y la Paz fueron cómplices, abrieron sus brazos y cobijaron a todos los hombres de buena voluntad.
En ese momento se entabló una lucha de virtudes contra defectos, triunfó la utopía y la patria renació con el grito final. Digo utopía porque está muy lejos de parecerse a nuestra realidad. Es solo una expresión de deseo.
Donde hubo injusticia se hará JUSTICIA, en lugar del odio crecerá el AMOR, el miedo será vencido por la CONFIANZA, la PAZ y la ARMONÍA erradicarán a la violencia, la VIDA triunfará sobre la MUERTE, el TRABAJO acabará con la miseria, la impunidad y la corrupción serán aplastadas por la HONESTIDAD, la BUENA FE y la PALABRA EMPEÑADA. Y por fin se saldará la deuda interna cuando los argentinos comencemos a construir un nuevo país, cuando nuestro norte sea el SUR. Y en un abrazo fraternal cantemos a viva voz: Oíd mortales el grito sagrado. LIBERTAD, LIBERTAD, LIBERTAD.

Un aplauso rotundo, algunas lágrimas: el fervor patriótico había sido recuperado por un ratito, mientras duraba la emoción que por el solo hecho de prolongarla la estiramos haciendo participar a los padres.
- Ahora es el turno de los padres que quieren homenajear a sus hijos:

La voz de una mujer/mamá nos hablaba desde las bambalinas. Mientras tanto, en un teatro de sombras se mostraba a un niño pequeño jugando.

“Asoma el mechón como una sensación de primavera. Y una cara perfecta, mezcla de rebeldía e inocencia, emerge tornasolando al aire de la casa. Va descubriendo el mundo con esos ojos de uvita moscatel y sus dos manos hambrientas de texturas y sensaciones.
Cuando se ríe estallan fuegos artificiales.
Cuando llora, el sol tapa su cara y se sonroja de impotencia.
Cuando habla, todo el idioma resucita.
Cuando se ausenta, se oye un silencio de temblor y frío.
Él es un replanteo, una reconversión, un extracto de sabio. Es un ángel de pies voladores, inventor del futuro.
Es la vida.
A continuación, siempre en el teatro de sombras, se oía la voz de un niño.
Sonamo…
Mamá tiene cara de luna y yo quería pedirle una moneda para comprarme caramelos. Pero no me animo… si me reta… ay, me pica el brazo quiero yogur ahora que se fue al baño…Huy, vino larí lará me voy a jugar y ahora agarró la cartera se va a trabajar quiero ir con mi mamá pero no me lleva porque dice que no se puede, mala, mi mamá es mala no quiero quedarme solita con mi hermana mi hermano y mi papá me voy a jugar y mi papá quiere que junte los chiches pero no me gustan los dibujitos y el chanchito es una porquería voy a hacer pis tengo ganas de llorar quién entró mamita volviste agarrame fuerte suavecita sos y con perfume rico qué lindo y calentito estoy.

Diálogo del niño pequeño con la madre: aparecían las dos figuras hablando detrás de la tela blanca.

- Ma, lavame la cola.
- Ufa, siempre a la hora de comer…
- Mami, mamita, te quiero mucho… ¿Me compás los motoratones? Sí, ya sé, no tenés plata, nunca tenés… Che, mamá ¿por qué en tu escuela dicen “culo sagrado”?
- Noooooooooooooo, la oración a la bandera dice “Vínculo sagrado”. Huy, hiji, me olvidé de sacarte el piyama y ya estás vestido para ir al jardín…
- Ves que vos sos sorda… No ves nada!!!!!!!!!!!
- Vení para acá y juntá todos los chiches que tiraste.
- AHHHHHHH, no. Juantalos vos, yo tengo cansado.
- Pero te voy a dar…

El niño devino adolescente y le dijo a la madre: (solo se ven las sombras)

- Ma, me voy al cumple de quince de Noelia y después me quedo a dormir en la casa del Jovi.
- Que la pasen bien. Y… cuidate. Te quiero mucho.

La sombra del chico desaparecía y la sombra de la madre quedaba sola.

- Y ahora, los que se van son ellos… Nos vamos quedando solos.”

Mucho llanto, mucho moco, muchos ojos rojos. Estábamos llegando al final, menos mal, una gotita de sudor se deslizó hasta donde la espalda cambia de nombre y los tacos aguja me oscurecían la visión. Todavía faltaba la canción de despedida.
- Escuchamos a los felices egresados en su Canción de despedida:

Te doy mi rosa del ayer
con la fragancia del mañana
te doy un tierno amanecer
con el paisaje de mis manos.
Te doy un beso y un después
porque entre ambos no hay adiós.
Yo volveré a buscar ternura.

Cuando todos se hayan ido
tu recuerdo y mi sonrisa
brillarán en armonía
un año, un siglo, una eternidad.

Aquí viví con plenitud
la maravilla de aprender
aquí pude reconocer
todo el valor de la amistad.
Y aunque me vaya a otro lugar
mi corazón se quedará.
No habrá distancias.

Los miré embelesada y pensé: No desafinaron, salió linda al final… Entonces
apreté el micrófono, ya casi feliz de que todo estuviera por terminar.
- Gracias a todos por su presencia y ¡Hasta el año que viene!
Terminó, pensé ¡Terminó! No veo la hora de llegar a casa, sacarme los tacos, el pantalón, pegarme una ducha. Y el remis no llegaba…
- Hola, bombón, ¿te llevo? –me sorprendió el padre de Carlitos.
- ¿En serio? Es que este remis tarda tanto… - ¡Aleluya!,pensé.
- Dale, subí. ¿A tu casa?
- Sí - (si no hay más remedio, volví a pensar…)
- Muy lindo el acto, especialmente la locución.
- Ay, gracias - ¡Bombonazo!, me dije.
- ¿Qué me contás de Carlitos?
- Es divino, re bueno - Es tu hijo, papi, pero solo lo pensé.
- Pero las notas son horribles.
- Y, le cuesta un poco - La verdad es que es un adoquín…pero como eso no se dice, solo lo pensé.
- ¿Qué te parece si en lugar de llevarte a tu casa nos tomamos un café y me sugerís estrategias para ayudarlo? ¿Estás muy cansada?
- No, para nada. Dale, vamos- - Aprovechá gaviota…, me entusiasmé y hasta creo que me sonreí.


Muchas veces fui duramente criticada por mi manejo del micrófono y el aparente desparpajo con que enfrento al público, por eso imagino lo que diría “mi micrófono” si alguien lo entrevistara:

“Soy el micrófono de Liliana. He cambiado con el tiempo, evolucioné, me independicé, pero nuestro amor platónico creció a través de los años.
Nos amamos desde su infancia y la conozco mucho más que sus amigos. Sé de sus miedos, de sus temblores, de su inseguridad. Sé que enfrentarme siempre es un desafío, aunque los desatentos piensen que lo hace sin ruborizarse.
Pero lo cierto es que del pánico escénico de la primera vez, hemos pasado a esta simbiosis o adicción que la ha convertido en una locutora amateur.
Por eso no dudó en ofrecerse para dramatizar el primer día del maestro como “jubilosa jubilada”. Y esto fue lo que se la escuchó decir:

“Hola chicas y chicos. Ustedes se preguntarán qué hago acá y yo me dije: Si se visitan los vecinos, los amigos, los parientes, por qué no nos visitamos los maestros, en la propia escuela. Y así fue como me vine a visitarlas para festejar juntas el día del maestro , esta fecha que tanto nos conmueve a los que hicimos del magisterio un sacerdocio, a las que nos sentimos realmente la segunda mamá.
Pero esta visita no es tan inocente, la verdad es que hace un tiempo ando muy angustiada y quería venir a hacer catarsis con ustedes, mis queridas colegas, que son las únicas que me van a comprender porque lo sufren en carne propia.
El otro día me pasó algo terrible, me llamaron de un Juzgado porque había una denuncia en mi contra. Me presenté, muerta de nervios y le espeté al Juez un - - Su Señoría de qué se me acusa, puedo saber?
- Baje un cambio señora y escuche con atención: Usted es culpable de trabajar cuatro horas, tener tres meses de vacaciones, de enseñar solamente contenidos, trabajar en mejores condiciones que otros trabajadores y sobre todo, ganar mucho más.
Ante tamaña mentira yo ya estaba borravino y con toda la gallegada encima comencé a defenderme:
Qué trabajamos cuatro horas? Cuatro horas son las que estamos dentro de la escuela y eso siempre que seamos afortunadas de trabajar en un solo turno, pero las planificaciones, los exámenes, los recuperatorios, las planillas de seguimiento, los boletines, las hojas de concepto, las reuniones por ciclo, las reuniones de padres, la entrega de boletines, las pilas de pruebas para corregir ¿Eso no es trabajo, señor juez? Y lo hacemos en casa, mientras nuestros hijos andan con la cara larga porque ni les hablamos.
Tres meses de vacaciones!!!!! ¿De dónde lo sacó, del diario de Irigoyen? Los maestritos terminamos de trabajar en la víspera de Nochebuena y en febrero otra vez al yugo. ¿Y a usted le parece que solamente para enseñar contenidos atender los problemas personales de los chicos, detectar conflictos, juntar ropa para repartir, servir el refrigerio, reunirnos con equipos externos para encontrar soluciones?
¡Que tenemos mejores condiciones que otros! Nosotros trabajamos sin condiciones, sin aulas, sin vidrios, sin tizas, no recibimos nuestros materiales ni nos pasa a buscar un colectivo de la empresa, hay un baño para todo el personal, aunque sean 30 ó 50 y a nuestro refrigerio lo pagamos de nuestros bolsillos anoréxicos.
Y ganamos menos que otros, porque de ese sueldo que es una herida absurda tenemos que pagar materiales, refrigerio, transporte, ropa de trabajo, cursos, seminarios, etc, etc.
A esta altura, el juez ya estaba por encerrarme por desacato, menos mal que con mi sueldazo pude pagar la fianza y me fui a mi casa, en estado calamitoso. Me desmayé en la cama. Al día siguiente, miré el reloj y ya eran como las 8 y media. Llegaba tarde, encima de todo. A medio vestir fui al comedor a pedir un remis y en eso la sonrisa burlona del almanaque me gritó que era 10 de septiembre.
Entonces recordé que el 12 de julio yo había presentado mi renuncia definitiva para acogerme a los beneficios de la jubilación.
Todo había sido una pesadilla, las secuelas de tantos años de corridas. Por eso decidí venir a visitarlas y festejar con ustedes el día del maestro. Así no extraño tanto toda esta locura.”
Y así terminó la actuación de ese día, pero ella y yo seguimos con nuestro idilio cada vez que recita un poema o narra un cuento.”








VIII
TALLER LITERARIO
(Esta parte de la historia se la dejo a mis alumnos)

Yo terminé 9º en el 2002, después me fui de Pico, hice el Polimodal y ahora, sorpresivamente, decidí estudiar la carrera de Letras. Nadie imaginaba que iba a rumbear para ese lado. Y entonces me acordé de aquel estremecimiento al sonar los últimos compases de “Chiquilín de Bachín” en una de esas clases especiales que la maestra llamaba taller. Me acuerdo que le brillaban los ojos y me dijo:
- Fabri, no digas nada. Tu brrrrr fue más elocuente que mil palabras. Nos hiciste llegar tu emoción a todos. ¿Vieron cómo la música y la poesía conmueven el corazón?
Es que el taller literario era la herramienta que la seño Lili usaba para recuperar nuestra imaginación, aniquilada por la televisión, la computadora y los jueguitos. Menudo trabajo, pero ella nos llevaba de su mano y de su voz, a un paisaje lúdico, lleno de magia, en el que nuestras alas cercenadas se desaletargaban y emprendían un tímido vuelo rasante, al principio, para aspirar luego a las cumbres y más.
Allí todo era divertido, distendido, placentero. No había castigos y se respetaban todas las expresiones.
Al principio, ese mundo sin exámenes, sin censura, nos resultaba extraño y hasta sospechoso. Pero cuando entrábamos en confianza nos movíamos como peces en el agua. Y aprendimos a descubrir diferentes posibilidades de lo real.
- ¿Qué es esto? – preguntaba la seño.
- Un candado –respondíamos.
- ¿Y para qué sirve?
- Para cerrar algo.
- ¿Y qué más?
- Si lo revoleo, puede ser un arma.
- ¿Y qué otra cosa?
- Huy, mi hermana lo usaría como carterita de la Barbie.
- Y puede ser la ventana de un castillito.
- O el ojo de la cerradura de la cueva de un ogro.
- ¿Y qué historia nos cuenta esta medalla?
- O ¿qué les parece si escribimos un cuento sonoro?
- Ahora vamos a jugar a la ruleta de palabras.
- Dale, te convido con el cafecito de la vida para que salgas de ese mundo oscuro.
- Lo que más me gusta en la vida es que mi papá me abrace y lo que me pone más triste es cuando se pelea con mi mamá.
- En las letras de mi nombre se esconden mil palabras: Yamila- Ya, mi, ala, Yala, mía, Alí, y, ama, Lía, aya, mal, Amia, lima…
- Y yo que me llamo Sol soy la más luminosa.
- Yo soy Jazmín, linda y perfumada como una flor.
- Y Candela rima con escuela, con abuela, con me duele la muela.
- ¿Alguno escuchó la historia de la Crezca Grande?
- Hagamos una ronda y les leo el cuento del loco Domingo que murió en las bardas del Río Colorado.
Y así pasaban las imperdibles horas del Taller Literario. Yo estoy seguro de que todos los chicos que pasamos por esa experiencia nunca volvimos a ser los mismos: nos acarició el duende de la poesía.
Fabrizio


















este cuento
a Matías “duendecito” Calmels

Te voy a convertir en personaje literario: vas a ser el protagonista de este cuento.
No te prometo ganar premios, ni el Nobel, ni el Cervantes, ni siquiera Vivir en Democracia o La Memoria de los Pueblos.
Tampoco te hagas ilusiones: no vamos a revolucionar la literatura ni a encabezar una nueva tendencia, no haremos resucitar a las vanguardias ni este texto será inmortal como Rayuela.
Tal vez nadie lo lea, salvo algún día vos.
Porque yo no pasaré catorce días con sus catorce noches gestando aquel alumno ideal de Ruinas Circulares, ni habrá algún otro soñando que yo escribo. Te advierto esto para que no te aventures con el fuego.
Sucede que a mí, humilde maestra provinciana, la vida me premió con tu sonrisa. De entre todos los rostros potenciales, tu cara limpia y buena resultó la elegida.
Y hoy yo quiero brindarte este homenaje, quiero dejar un testimonio sobre la importancia de haberte conocido. Que sepas, de mi puño y letra, lo valioso de tu presencia en las mañanas.
Quiero asentar por escrito cuánto me reconforta tu afecto duradero, me hace sentir que algo habré hecho para merecerlo. Y que vale la pena el sacrificio, la entrega, la franqueza, si dan en el blanco de un corazón tan grande como el tuyo.
Muchachito ondulado, con alma cristalina como el Mar de las Antillas, pregonero de la no violencia, fatigador de lunas y violetas, hábil para la risa y artesano sutil de la dulzura; alquimista de palabras bien habidas, perpetuador de magia y buen alumno.
En la fecunda labor de los días, sos ángel de la guarda y duendecito, siempre atento al milagro del reencuentro a través de un mensaje o un saludo.
Yo sé que me querés. Y yo te quiero. Por eso te convierto en personaje. Para diferenciarte de los otros. Para poder leerte cada tanto y descubrir que seguís inalterable, intacto, en mis recuerdos y en mi vida diaria.
Cada vez que te veo confirmo la eficacia de tus buenos deseos, de tus ganas de alegrar mis mañanas.
Por eso yo te escribo. Porque te lo ganaste.
Un alumno como vos no puede permanecer inadvertido. Merece ser el personaje de un cuento, de este cuento.

































REPORTAJE IMAGINARIO DE MI MAESTRO DE VIDA: EL PADRE MIGUEL
A LA MAESTRA QUE FUI

- Conociendo tu genio, me imagino que habrá sido complicado ser madre y maestra, es decir, colega de las maestras de tus hijos.
- Y, no fue fácil. Me tenían demasiado a mano. Apenas me veían se descargaban. Claro que mis niños no eran angelitos…pero, hubieran tenido el decoro de hablarme en privado.
- Y vos tuviste de alumnos a hijos de…
- Sí, por supuesto. Pero jamás abochorné a ninguna. Me hubiera parecido una falta de respeto.
- Es una falta de respeto.
- Claro. Y cada uno destila su juguito por donde puede.
- Y vos, ¿por qué no?
- Mire, no creo ser mejor ni más buena, pero no disfruto jodiendo a la gente. Además, respeté siempre a mis alumnos y eso me parece una porquería.
- ¿Y cómo reaccionabas frente a “esos estímulos”?
- Me ponía re mal. Solía disimular, pero realmente me irritaba y alguna vez pedí mayor reserva. Se escandalizaron, en fin…
- ¿Y alguna vez te quejaste con un profesor de tus hijos?
- Yo soy de la vieja escuela, en sentido literal y figurado. Trataba de no darles alas a mis hijos porque eso, al fin de cuentas, no los beneficiaba. Pero hubo una persona que logró crisparme. Y se lo dije. Creo que era más una cuestión de piel. No me caía bien su idiosincrasia. Salvo eso, en general soporté estoicamente los embates porque yo era consciente de lo que hacían mis hijos: si no estudiaban no podíamos esperar milagros.
- ¿Fuiste maestra de tus hijos?
- Sí, para mí fue una experiencia hermosa, pero creo que para ellos era muy incómodo. Los compañeros, al principio, pensaban que estaban “acomodados”, después comprobaban que no. Increíblemente, en el aula, para mí eran todos iguales. Por ahí, a la hora de calificarlos, me dolía desaprobarlos, pero no dudaba en hacerlo. Alguna vez me preguntaron sobre eso y yo respondí: “Quiero tanto a mis hijos que no les mentiría poniéndoles una nota que no se merecen”.
- ¿Cómo eras con tus alumnos en general?
- También los sentía un poco mis hijos durante el año que compartíamos. En especial, ponía toda mi energía en los que venían “rotulados”.
- ¿Cómo es eso?
- “Ah, no sabés: Fulano es un desastre…” Entonces yo me empeñaba en levantar la autoestima de ese chico al que habían estigmatizado durante años. El respeto era la base de mi relación: lo brindaba y lo requería. Pero se daba naturalmente. Y el afecto. No olvidar que enfrente tenés personas, de cualquier edad, con historia, con sentimientos… Jamás creí en ese horror de que la letra con sangre entra. Yo creo que hay que enseñar con pasión, respeto, amor, y, esencialmente, con el ejemplo. Jamás traicionar, ni engañar, ni tener doble discurso. Poder decir “no sé”, “me equivoqué” o “para mañana te lo averiguo”, son señales de humildad y casi diría de grandeza.
- ¿Tuviste problemas con los padres?
- Afortunadamente, muy pocos. Y sólo con soberbios o mediocres. Algún profesional con la humareda llena o algún resentidito nostálgico. Lo que más he recibido es gratitud y a esa gratitud la agradezco de todo corazón. No es un juego de palabras.


EPÍLOGO



Cuando comencé a escribir este libro no sabía que había salido en busca de la pasión perdida. Y ahora, al finalizar, siento que la pasión, como el sol, siempre está.
Porque yo seguiré siendo maestra, pase lo que pase; es decir, la sembradora.

“En aquel tiempo, se le juntaba a Jesús mucha gente, y viniendo a él de todas las ciudades, dijo en parábola: Salió un sembrador a sembrar su simiente; y al sembrar, una parte cayó al borde del camino, fue pisada, y las aves del cielo se la comieron; otra cayó sobre terreno pedregoso, y después de brotar, se secó, por no tener humedad; otra cayó en medio de abrojos, y creciendo con ella los abrojos, la ahogaron. Y otra cayó en tierra buena, y creciendo dio fruto centuplicado. Dicho esto, exclamó: El que tenga oídos para oír, que oiga. Le preguntaban sus discípulos qué significaba esta parábola, y él dijo: A vosotros se os ha dado el conocer los misterios del Reino de Dios; a los demás sólo en parábolas, para que viendo, no vean y, oyendo, no entiendan. La parábola quiere decir esto: La simiente es la Palabra de Dios. Los del borde del camino, son los que han oído; después viene el diablo y se lleva de su corazón la Palabra, no sea que crean y se salven. Los del terreno pedregoso son los que, al oír la Palabra, la reciben con alegría; pero éstos no tienen raíz; creen por algún tiempo, pero a la hora de la prueba desisten. Lo que cayó entre los abrojos, son los que han oído, pero a lo largo de su caminar son ahogados por las preocupaciones, las riquezas y los placeres de la vida, y no llegan a la madurez. Lo que cayó en buena tierra, son los que, después de haber oído, conservan la Palabra con corazón bueno y recto, y dan fruto con perseverancia.”
Lucas 8, 4-15



 Todos los poemas que aparecen en el libro son autoría de Olga Liliana Reinoso.

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